Pepe Gutiérrez-Álvarez
Presentación del documental “Victor Serge, el hereje necesario" el jueves 7 de junio a las 19 h., en Arts Santa Monica, al final de las Ramblas de Barcelona.
“Victor Serge, l´insurgé” es un documental escrito y dirigido por: Carmen Castillo, cineasta chilena afincada en Francia y conocida entre nosotros por una película, “Calle Santa Fe” (2007), sin duda una de las reflexiones más elaborada de todas las que se han realizado sobre la experiencia de la Unidad Popular chilena, y el golpe de Estado de Pinochet, clave en el advenimiento de lo que se llamará la “revolución conservadora”. Un cuadro histórico sobre el que Patricio Guzmán, ha aportado una aproximación documental cinematográfica de carácter casi exhaustivo.
Carmen, nacida en el seno de una familia de alto nivel cultural, ella misma fue profesora de historia e investigadora en el Centro de Investigaciones de Historia de América Latina de la Universidad Católica de Santiago de Chile. A principios de los años setenta, Carmen fue la compañera del dirigente más reconocido del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enriquez. “Calle Santa Fe” es una reconstrucción de aquellos días de resistencia, y al mismo tiempo, una reflexión sobre los acontecimientos, el paso del tiempo, de lo que fue y de lo que queda. Estaría bien dedicarle una mayor atención a la historia del MIR, representante de la izquierda radical que agrupaba sensibilidades diversas (castristas, trotskistas, anarquistas, cristianos de base…), y que en cierta medida, tuvo un cierto paralelismo con lo que significó el POUM en su momento. “Victor Serge, l´insurgé” que en su versión castellana ha adoptado el título de “Victor Serge, el hereje necesario”, es una producción francesa en la que la autora aborda la vida de Victor Lvovich Kibalchich que ya nació exiliado, y lo hace con la ayuda Regis Debray, lo que cual desde mi punto de vista, no deja de representar una cierta paradoja. Cierto que Regis es un intelectual capaz de modelar discursos muy diferentes. Según noticias, Carmen estaba preparando un documental sobre Daniel Bensaïd, otra “hereje necesario”.
Serge fue un revolucionario integral de la primera mitad del siglo XX. Su padre ya tuvo que ver con un atentado contra la tiranía zarista; Víctor nació en Bruselas, el 30 de diciembre de 1890 (1) en una casa con muchos libros y con muy poco para comer. Luego, también morirá en el exilio. En consonancia con el precepto básico del internacionalismo, su patria fue la humanidad, y Serge fue un insurrecto en Bélgica como precoz militante de la Joven Guardia Socialista, la extrema izquierda de la socialdemocracia de antaño. En Francia se relaciona con la banda de Bonnot (2), sobre la cual por cierto existe una película La Bande à Bonnot (Philippe Fourastié, Francia, 1968) en la que Víctor Serge tiene un papel. Lástima que el filme resulta frustrante, y parece que su director tenía en la cabeza las aventuras de Paul Newman y Robert Redford en el Oeste tardío, y no se preocupó mucho de lo demás.
Antes de la “Gran Guerra”, Serge fue un anarquista “ilegalista” que firmaba como “Le Retif” (El Reacio), era un buen amigo de Raymond Callermin (Raymond le Sciencie), y fue amante de la intrépida Rirette Maitrejean… Pagó esta relación con cinco años de prisión. Fue acusado de haber dado refugio a miembros de la banda. Rirette y Víctor se casaron en la prisión de Melun, para facilitar la obtención de permisos de visita y la autorización de correspondencia. Fue liberado en enero de 1917, y expulsado de Francia. Recaba en Barcelona donde tomará parte en la huelga general de agosto de 1917, una experiencia barcelonesa especialmente fecunda que evocó en una novela emblemática, El nacimiento de nuestra fuerza, la primera que firma como Serge, y para la que ahora tratamos de encontrar editor pariendo de una traducción antigua. La revolución rusa de Octubre abre las puertas al exiliado, y durante varios años, Serge pasa a ser algo así como el rostro más anarquista del bolchevismo. Desde luego, su visión sobre este bolchevismo de los “tiempos de Lenin”, discrepa con la imagen en negro vertida desde el anarquismo.
Quizás por eso resulta equívoca la voluntad de algunas plumas como la de Susan Sontag, en olvidar o desdibujar este compromiso, del que Serge nunca se desdijo, más bien todo lo contrario. En Rusia, Serge intervino en la guerra civil, y tuvo un papel muy destacado en la marcha de la Internacional Comunista. Fue un profesional de la revolución gracias a sus dotes de políglota, intervino en la revolución alemana, trabajó con los comunistas italianos (hay una foto con Gramsci efectuada en la clandestinidad), en la crisis china en 1927, y de todo ello dejó testimonios literarios ardientes y al mismo tiempo, templados.
Así pues, que nadie olvide al Víctor Serge comunista democrático, al autor de El año uno de la revolución, Ciudad de conquista, Petrogrado en peligro, etcétera. Obras ya clásica que en alguna medida se percibe en las densas páginas de sus Memorias de un revolucionario (ahora asequibles en estos pagos gracias a traducción del gran poeta Tomás Segovia, en la cuidada edición de Jean Rière que editado. Veintisieteletras de Madrid). Algunas de estas obras fueron editadas entre finales de la dictadura de Primo de rivera y los primeros años de la República. También por entonces se editó el testimonio de Panait Istrati, el primer viajero que buscó la revolución detrás de la creciente maraña burocrática (heredera del antiguo régimen y del abismo social y económico en que quedó la joven República con la guerra civil. O sea que los factores determinantes en la gestación del estalinismo fueron históricos y no por una mera “elección” ideológica como se pretende vender muy sumariamente en ciertos medios doctrinales estrechos.
Al igual que la mayoría de los comunistas procedentes de las filas ácratas, Serge fue, como Nin, Maurín, Rosmer, Monatte, Daniel Rebull, y muchos otros), un opositor tempranero de la burocracia y del nacionalismo estrecho. Militante de la Oposición de Izquierdas, del primer trotskismo, un concepto que había sido acuñado con la intención de oponerlo al “leninismo” en un sucio juego que convertía a Lenin en un icono al servicio de los intereses del partido-aparato que lideraba como “Sumo sacerdote”, el más sagaz de los funcionarios, Stalin. Serge fue oposicionista hasta su muerte. Cierto es que en los años treinta y cuarenta amplió su visión, y ajustó mucho de sus criterios; por cierto, también lo hizo Trotsky del que tradujo obras claves como La revolución traicionada(de la que, por cierto, la Editorial Marxista del POUM estaba preparando una edición en 1937 en traducción de Juan Andrade, y que, obviamente no pudo ser.
De las prisiones de Stalin le salvaron sus amigos franceses, los surrealistas, pero sobre todo André Gide y André Malraux. De nuevo en Francia se convirtió en uno de los más acervos críticos del estalinismo a través de obras como Los años sin perdón, Medianoche en el siglo (que dedicó a los líderes del POUM), todas ellas editadas en los años setenta. De esta fase data su Retrato de Stalin, una de las primeras biografías del “sepulturero de la revolución”. De entonces es también Destino de una revolución, editada por Ercilla en Chile en 1939, y que hemos recuperado para Los libros de la Frontera con un prólogo de nuestro Wilebaldo Solano, y con un apéndice que recupera el “testamento” de Serge sobre esta revolución. Un “testamento” en el que se replantea muchas cuestiones, pero en la que básicamente, persiste en el criterio de que la revolución socialista era posible, que fue truncada por las enormes dificultades objetivas, y sobre todo, abogaba por una nueva revolución en la que el criterio primordial tendría que ser la democracia socialista.
¿Qué es lo que explica esta contradicción? Actualmente ya parece más asequible entrar en un debate sobre lo que fue y lo que no fue la Rusia soviética, una cuestión han corrido mares de tintas, y seguramente correrán más. No hay que olvidar que el “pensamiento único” ha tratado de convertir en un dogma de fe la consideración de que toda tentativa de superar el orden establecido lleva –inexorablemente- a la tiranía. Pero esta sórdida concepción del mundo rechaza también todas las revoluciones sin las cuales todavía estaríamos bajo las monarquías divinas, y sometidos a las formas más atroces de esclavitud. En su tiempo, la revolución rusa –heredera de una guerra mundial destructiva- planteó la posibilidad de los seres humanos dominen la historia y la economía, y no al revés, que no sea la historia y los dineros los que nos gobiernen.
Se justificó como un “prólogo” partiendo del principio de que Rusia era un país enormemente atrasado. Pero, en los años de su formación, dicho atraso se vio agravado por una guerra mundial, una guerra civil devastadora, y un cerco internacional feroz. Como había sucedido en tantas otras ocasiones, la revolución tuvo que sacrificar sus principios “humanistas” para sobrevivir, tuvo que quemar sus propios dioses y aceptar otros que negaban. En su descomunal esfuerzo, en una lucha entre la vida y la muerte, los revolucionarios no pudieron o no supieron apreciar el tumor que estaba creciendo en sus propias filas, un tumor que se justificaba contra la contrarrevolución. Así, las medidas autoritarias concebidas como transitorias, se convirtieron en instrumento del partido- Estado que aparecía como la única tabla de salvación. Cuando se dan cuenta de que han creado un “estado obrero burocráticamente deformado”, la burocracia ya tenía en sus manos todos los resortes del poder. Estos y no otros fueron los criterios defendidos por Serge, y lo fueron también de la unificación que dio lugar al POUM.
Creo que no se puede decir –como se hace casi de manera obligatoria en un texto aparecido en el magnífico “Dossier” que le dedicó el suplemento cultural de “LA Vanguardia”- que “Victor Serge se había alineado con la oposición de izquierda ligada a Trotsky, pero también se distanció de este al considerar que, aun siendo un disidente, no quiso tolerar ningún punto de vista diferente al suyo.”. En otros lugar me he referido al debate entre Serge y Trotsky (3), que, a mi entender, no se atienen a toda la verdad. Cierto es que el último Trotsky fue tan duro con Serge o Nin como lo fue con Alfred Rosmer o con su propio hijo, León. Él “viejo” veía la historia desde la perspectiva de guerra o revolución (solamente la revolución podría evitar el desastre, y si no podía ser así, se trataba de preparar una reedición de lo que pudo ser el internacionalismo durante la “Gran Guerra”, pero el curso histórico fue mucho más complicado), además, era muy exigente, sobre todo consigo mismo.
El tono que emplea con sus mejores amigos es hiriente y contraproducente, y estos a veces se apartan. Pero esas discrepancias eran más de forma que de fondo. No hay que olvidar que Serge fue partidario de la IV Internacional, pero no coincidía con las prisas de Trotsky en proclamarla. Lo que vino después es otra historia, pero la verdad es que el último libro de Serge fue una biografía de Trotsky escrita a cuatro manos con Natalia Sedova. Decir que los trotskistas tampoco los trotskistas han tendido a vindicarlo, es sencillamente, hablar por hablar. Serge es una figura reconocida en una tradición que no estaba limitada a Trotsky, un personaje que, por lo demás, modificó sus criterios en medio de controversias de todo tipo. Como la que tuvo con Breton en el tiempo que redactaron el Manifiesto por un arte revolucionario e independiente, apuesta de la que Serge fue un ardiente partidario junto con Diego Rivera, Benjamín Peret, Ignacio Silote, George Orwell, James T .Farrell, Mary MacCarthy, etcétera. Estamos hablando de un personaje, de un tiempo y unas circunstancias especialmente duros y complejos. Eran tiempos en los que las opciones parecían cuestión de vida o muerte, marcados por la tragedia y la pasión. Luego hemos ver que existen otras maneras. En este sentido, creo ilustrativo el enfoque utilizado por la Fundació Andreu Nin los Manifiestos dedicados en el 2007 y ahora, a la conmemoración del 70 y del 75 aniversario del asesinato de Nin y de Camillo Berneri. Que la película de Carmen Castillo se estrene unos días antes de nuestro acto en el Palau de la Virreina (9 de junio por la mañana), es el mejor regalo que nos podían hacer.
Por cierto, es un acto al que estáis invitados todos y todas las amistades de Serge.
(*) El jueves 7 de junio a las 19 h., en Arts Santa Monica, al final de las Ramblas de Barcelona. Contará con la presencia de la propia autora, en tanto que Xavier Montanyá e Imma Merino participarán en un coloquio en el que estará como invitada la fundació Andreu Nin que desde su creación ha trabajado lo suyo por la edición y divulgación de la vida y la obra de Serge.
Notas
1) Con ocasión de su centenario, la Fundación Andreu Nin realizó un extenso “dossier” recuperando gran parte de los textos de Serge aparecidos en “La Batalla”. También aparecen textos suyos sobre la guerra de España y el POUM en la edición de “La Fléche” que ha editado Salvador Trallero.
2) Ver, La Belle Époque de la banda de Bonnot, de Bernard Thomas, Editorial Txalaparta, Euzkalerria, 2000, 281 págs.
3) Cifra: El gran negador: 24. Convergencias y divergencias con Víctor Serge
www.kaosenlared.net/noticia/...
Izquierda Anticapitalista




