SEGURIDAD ALIMENTARIA:
NECESITAMOS OTRA POLÍTICA AGRARIA


 
 Jorge Riechmann

 

El año pasado, en Gran Bretaña, en plena tormenta de agitación social sobre cultivos transgénicos, encefalopatías espongiformes, y otras cuestiones de las que revuelven a la gente los estómagos y las conciencias a la vez, el Comité Escogido sobre Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Lores hizo público un Informe sobre ciencia y sociedad destinado a intentar calmar un poco las revueltas aguas. Uno de los grupos de riesgo al que los Lores querían meter en cintura era el de los periodistas que informan sobre ciencia, y entre sus recomendaciones hallamos la siguiente –casi increíble—perla: habría que expulsar las palabras "seguro" y "seguridad" del vocabulario de los medios masivos. En efecto, se nos dice textualmente, "la misma pregunta ¿es seguro? ya resulta en sí misma una irresponsabilidad, puesto que induce a pensar que se puede alcanzar la seguridad absoluta".

Nadie se llame a engaño: tales son las propuestas de la nueva policía del pensamiento. En un mundo donde la inmensa potencia tecnocientífica se encuentra cada vez más sujeta a los dictados capitalistas de apropiación privada y búsqueda del beneficio inmediato, donde "seguridad alimentaria" significa una cosa en el Norte –no ser intoxicados—y otra muy distinta en el Sur –no padecer hambre o desnutrición--, donde es inimaginable generalizar la dieta altamente cárnica de los ricos a toda la población del planeta, donde esquilmamos la productividad biológica de la ecosfera arriesgando así la alimentación de las generaciones futuras, la propuesta de los mercaderes de tranquilidad es desterrar la palabra "seguridad" del debate público. Come y calla.

Pero no podemos seguir así. Las distintas crisis agroalimentarias de los últimos años –de las "vacas locas" a los alimentos transgénicos, pasando por los nitratos en el agua potable, los residuos de plaguicidas, las hormonas en la ternera o los "pollos a la dioxina"— son señales ya inequívocas de que algo va muy mal en nuestro modelo agroalimentario. Necesitamos impulsar la transición desde los actuales sistemas de agricultura industrial hacia una agricultura y ganadería sustentables, mucho menos intensivas en energías no renovables y agroquímicos, que aseguren la producción de alimentos y otros productos agroganaderos (fibras, cultivos energéticos, etc.), respeten la biodiversidad, preserven las culturas campesinas, frenen y luego inviertan la destrucción de empleo agrícola, minimicen el sufrimiento animal, revaloricen el trabajo agrícola y ganadero y creen nuevas relaciones entre el campo y la ciudad. Cambiar la actual Política Agraria Comunitaria, esta PAC productivista, antiecológica, injusta, lesiva para los agricultores del Sur y destructiva del mundo rural europeo, es necesario y es posible.

A escala mundial, Vía Campesina –donde se encuentran y suman fuerzas las organizaciones del Norte y del Sur que luchan por una agricultura campesina—defiende estas ideas. En la UE lo hace la Confederación Campesina Europea, que acaba de lanzar una campaña europea para cambiar la PAC (marzo de 2001), señalando que "ha llegado la hora de que los consumidores y los agricultores se vuelvan a apropiar de la alimentación que, durante demasiado tiempo, ha quedado entre las manos de la industria y del comercio. Es lo que llamamos soberanía alimentaria. Será una de las bases de la nueva PAC." En nuestro país, hace más de un año, se puso en marcha la campaña impulsada por Plataforma Rural "PAC: ¿pa’ qué, pa’ quien?", que parte del mismo cuestionamiento. La PAC que queremos, en todos los sectores saturados, debe dar marcha atrás en la intensificación hoy insoportable: desintensificar. Como señalan desde la Confédération Paysanne francesa, "si la agricultura intensiva e industrial tuviese que hacerse cargo económicamente del conjunto de sus externalidades negativas, hace mucho que no sería más que un montón de ruinas". Nos engañamos a nosotros mismos al desarrollar una producción masiva de productos sin calidad, barata al precio de ingentes apoyos públicos, y generadora de cuantiosos costes externos que repercuten sobre la sociedad entera, las generaciones futuras y la salud de la biosfera.
 
 
  Jorge Riechmann

 

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