2/10/01
La Administración Bush puede desencadenar en cualquier momento un ataque contra Afganistan. Tres porta-aviones, cientos de aviones y tropas de asalto de EE UU y Gran Bretaña se han concentrado en el Golfo y el Océano Indico en el mayor despliegue militar desde la Guerra del Golfo en 1990-91.
Esta "respuesta" –como la califica hipócritamente la Resolución 1368 de Naciones Unidas- provocará inevitablemente decenas de miles de muertos civiles. Ya ha desencadenado una oleada de refugiados aterrorizados y hambrientos, mientras los paises limítrofes cierran sus fronteras. La "libertad duradera" que se quiere imponer desde el cielo, mientras en el suelo se desata una anarquía de bandas armadas, parece un escenario salido del apocalipsis.
Los atentados terroristas contra las Torres gemelas de Nueva York y el Pentágono querían mostrar la vulnerabilidad de la única superpotencia mundial, golpear los símbolos de su poder económico y militar. No solamente son condenables desde el punto de vista moral, por las miles de victimas inocentes que han causado, sino también por sus efectos políticos. Ha permitido a la Administración Bush arroparse con la legitimidad de las victimas, chantajear al resto de las naciones para encuadrarlas en una Coalición que solo representa sus intereses, ocultar bajo el humo de la guerra la recesión de la economía capitalista mundial, militarizar a los trabajadores y dividirlos –cuando cientos de miles son despedidos en todo el mundo- con los llamamientos a la solidaridad antiterrorista. Y hacer sospechosa de complicidad con los terroristas toda disidencia democrática.
Hablan de justicia cuando en realidad van a utilizar la venganza para sus propios fines. La Administración Bush ha conseguido el apoyo de Rusia, China, Francia y Gran Bretaña en el Consejo de Seguridad para interpretar las ambiguedades de sus Resoluciones como un cheque en blanco para intervenir militarmente y golpear donde, cuando y como quiera. La interpretación del derecho internacional, de las nociones de "autodefensa", de "respuesta proporcional", de "seguridad colectiva" la hace el más fuerte, es decir Bush. Y el consenso de los demás se debe a que también ellos aprovecharán esa ambigüedad para sus propias luchas "antiterroristas" en Chechenia, Singkian, Palestina, Irlanda del Norte....
La intervención militar se enmascarara como una "operación quirurgica antiterrorista con daños colaterales minimizados". En realidad se trata de una operación inspirada –pero multiplicando objetivos y medios- en la campaña de asesinatos selectivos extrajudiciales que lleva a cabo Israel en Palestina o los escuadrones de la muerte en Colombia. Es la victoria de la ley del Oeste sobre el Derecho Internacional.
El ataque a Afganistán contra los Talibanes, y tal vez contra Irak si se imponen los sectores más reaccionarios de la Administración Bush, creará una crisis de legitimidad en todos los Gobiernos de los estados islámicos que apoyen y colaboren en la campaña militar. Aumentará la influencia del fundamentalismo islámico, no solo por la humillación cultural y religiosa que supondrá el ataque, sino porque aparecerá como el único medio de resistir a la agresión imperialista. De Indonesia a Marruecos se provocará una inestabilidad política profunda, que, dada la pobreza y la miseria reinante, no tiene otra respuesta posible que la represión, el estado fuerte "antiterrorista" y el golpe de estado cuando vayan a ganar las siguientes elecciones los partidos islamistas, como ocurrió en Argelia. El ataque a Afganistan hará más dificil aun una evolución democratica de los estados arabes e islámicos. No es casualidad que Arabia Saudí se haya negado a permitir la utilización de sus bases para el ataque, que Egipto pida pruebas que acusen a Bin Laden, que Pakistan esté al borde de la guerra civil.
El régimen de los Taliban, creado, armado y financiado por EE UU a través de Pakistan y Arabia Saudi –a cuyo sueldo ha estado hasta hace demasiado poco Osama Bin Laden- llegó al poder porque los diferentes señores de la guerra islámicos, los clanes y grupos étnicos del país, los narcotraficantes y contrabandistas de la zona -que antes habían sido a su vez armados y financiados por EE UU, Pakistan, Arabia Saudi, Iran y China para acabar con la hegemonía de la URSS en Afganistan- habían convertido el páis en un infierno. A la destrucción de la guerra contra la URSS, se sumó la crueldad genocida de una guerra civil tribal. Y, a pesar de la crisis humanitaria de millones de refugiados, de las lapidaciones y ejecuciones sumarias, de la opresión escandalosa de las mujeres, EE UU y sus aliados solo se han acordado del pueblo afgano como chivo expiatorio de su venganza.
Ahora se azuza de nuevo la guerra tribal con el solo objetivo de evitar bajas de soldados americanos y británicos. Se saca del desván a un viejo ex monarca, que pretende imponer la democracia a través de una Asamblea Tribal. Y todas las potencias regionales se preparan para negociar un nuevo equilibrio de poderes e influencias, en medio de la desestabilización general de la zona. ¿Por qué no un protectorado de Naciones Unidas, como en Bosnia o en Kosovo?
Esta es la realidad, que no se parece en nada a la pelicula de catastrofes de la television de estos días. Se trata del viejo juego de la hegemonia imperialista mundial, que ha encontrado en el "antiterrorismo" y el racismo su ideología, y en los fundamentalistas islámicos como Bin Laden un nuevo enemigo convenientemente despreciable para este comienzo de siglo XXI.
Esta es la realidad en Palestina o Chechenia, donde Israel y Rusia violan sistematicamente las resoluciones de Naciones Unidas, donde se aplica el terror de estado contra poblaciones indefensas, donde se asesina "selectivamente" y se planifica sistemáticamente el bombardeo de civiles para provocar la huida de miles de refugiados. Esta es la realidad en Irak, donde al régimen despotico de Saddan Hussein –armado y financiado por EE UU y sus aliados durante los años de la guerra contra Iran- utiliza como rehenes a sus habitantes, que el bloqueo económico y militar de EE UU y sus aliados condena al hambre y a la enfermedad, en un genocidio en el que han perecido cientos de miles de niños.
El terrorismo es una de las consecuencias de la violencia estructural de las políticas económicas neoliberales y de la hegemonía militar de EE UU y sus aliados. Una violencia estructural que es el resultado de la injusticia, el hambre, la miseria y la desesperanza de millones de personas en este Nuevo Orden Mundial proclamado por Bush padre en 1991 tras la Guerra del Golfo.
Hay que evitar esta nueva guerra. Hay que salir a la calle como decenas de miles de ciudadanos progresistas en los propios EE UU. Hay que defender nuestras libertades y nuestros derechos contra quienes quieren recortarlos en nombre de la "lucha antiterrorista". Hay que defender el derecho internacional y la solidaridad entre los trabajadores y los pueblos frente a quienes quieren imponer sus intereses imperialistas hegemónicos en nombre de unas victimas pero despreciando otras. Hay luchar contra los miles de despidos de trabajadores de las mismas empresas que reciben subsidios millonarios para mantener sus ganancias en la recesión. Hay que negarse a que los pobres sean la carne de cañon de los ricos y que éstos, en nombre de su "civilización", nos obliguen a escoger entre Bin Laden o Bush, dos caras, por muy distintas que parezcan, de la barbarie.
Otro mundo es posible. Y además es necesario.
¡Justicia si, guerra no!