Tres proyectos alternativos se presentan en la encrucijada en la que se encuentra hoy el estado de Israel. El primero es el mantenimiento del estado de Israel como estado judío, es decir, la identificación del soberano con una comunidad étnico-religiosa, el pueblo judío en todo el mundo.
Es fundamental y estructuralmente un modelo no democrático, que mantiene a una parte importante de los ciudadanos en una situación de inferioridad y de discriminación. Constituye, si se tiene en cuenta la problemática definición de "¿quién es judío?", un modelo preñado de tensiones y de contradicciones insuperables en el propio colectivo soberano. A medio plazo, lleva a la transformación de Israel en un estado teocrático, en el que serían progresivamente abolidos los aspectos realmente democráticos que existen en el régimen israelí.
El segundo modelo parte de la separación total de la nacionalidad y del estado, de la etnicidad y de la ciudadanía. En este estadio, se impone una precisión: en la lengua así como en la filosofía política francesas, se utiliza el concepto de "nacionalité" (nacionalidad), para definir a la vez la comunidad de los ciudadanos de un país y una comunidad nacional, étnica o cultural. El inglés (y el hebreo) conoce, en cambio, dos conceptos diferentes: "citizenship", para definir la pertenencia al colectivo de hombres y de mujeres que forman el soberano de un estado dado, y "nacionality", para definir la pertenencia cultural y/o étnica, incluso en el marco de una "citizenship" única. Esta diferencia no es evidentemente solo de orden lingüístico. Remite a la concepción republicana y laica, nacida de la revolución francesa que ha querido crear una nación de ciudadanos, borrando en el terreno público la pertenencia racial, étnica o religiosa: todos los franceses son los descendientes de Vercingetorix, y la conversión de Clodoveo es uno de los momentos fundadores de su historia y de su identidad, incluso para quienes viven y tienen su raíces en Martinica, o para quienes su abuelo vivía en una chtettle de Besarabia. En la filosofía política republicana, los franceses no son solo ciudadanos del estado francés, pertenecen a la nación francesa, siendo únicamente del dominio privado sus especificidades étnicas o religiosas.
Es este modelo republicano -el de un estado-nación de ciudadanos, indiferente al origen étnico o nacional de sus ciudadanos- el elegido por el Congreso Nacional Africano, alrededor de la consigna de "una persona, un voto", y que se ha impuesto contra las tendencias federales o multinacionales del Pan African Congress o de algunos partidos blancos, que sugerían un África del Sur multinacional, en la que cada comunidad tendría una autonomía propia y derechos colectivos. Para Nelson Mandela y su partido, al contrario, la lucha contra el apartheid debería desembocar, igual que la lucha contra el Antiguo Régimen en Francia, en la formación de una nación sudafricana nueva, simbolizada por la bandera multicolor de la nueva República.
La constitución de una república laica y democrática podría ser una alternativa al estado judío en las fronteras restringidas del estado de Israel con su corolario: la formación de una nación ciudadana "palestisraelí" nueva. Sin embargo, esta opción laica y republicana no parece ser ni la más probable ni siquiera la más deseable. Su principal debilidad, que es también la del modelo republicano al alba del tercer milenio, es que no toma en consideración la diversidad esencial de la identidad colectiva, nacional o étnica, de los individuos que supuestamente forman la nación ciudadana. Como decía recientemente, entre muchos otros, Alain Dieckhoff: "La democracia republicana inscribe al individuo en un colectivo: ciudadanía, movilización cívica. Pero su límite actual, es su carácter hiperpolítico que no concibe al individuo más que como ciudadano.
Sin embargo, esta dimensión política no es sino una faceta del individuo moderno... No hago sino constatar el debilitamiento de la pareja estado-nación. Del estado, pues cumple menos que antes su función de regulación, y de la nación como colectividad de ciudadanos... Hay que salir del dogma: un estado, una cultura, un pueblo. Si naturalmente la cuestión de reivindicaciones nacionalistas afirmadas se plantea, es preciso, me parece, darle un espacio no solo de libertad, sino de expresión, incluso constitucional. El estado multinacional puede ayudarnos a ello, pues supone sociológicamente varios pueblos en un mismo estado... Habría pues que intentar ir hacia un estado más pluralista en el que una ciudadanía compartida iría a pareja con el reconocimiento de identidades colectivas diversas.
Si esta cuestión de la expresión colectiva de grupos constituidos se plantea hoy, más de dos siglos después de la revolución francesa, en la mayor parte de los países de Europa, incluso en la Francia republicana, es aún más pertinente para un país como Palestina, en el que colectividades más o menos constituidas se han formado en el curso de los últimos decenios, a través de un conflicto doloroso y sangriento entre ellas. La necesidad de expresión autónoma, cultural y lingüística, pero también política, tanto para los israelíes como para los palestinos, parece casi una evidencia. El marco multinacional, sea en la Palestina histórica o en los límites del estado de Israel, aparece como una opción mucho más realista y creíble que un marco únicamente democrático, laico y ciudadano.
Más allá de la necesidad de un espacio institucionalizado de expresión colectiva para las comunidades que componen el colectivo ciudadanía, la opción multinacional permite superar la obsesión demográfica. En efecto, la garantía de una mayoría étnica -siempre cargada del peligro de política de depuración- es percibida, en el marco del estado nacional, como la condición de la autodefensa de la especificidad cultural de la nación mayoritaria. El multinacionalismo, al contrario, garantiza la defensa de esta especificidad, independientemente del número y de los cambios demográficos. Esto permitiría, en el contexto concreto israelo-palestino, un planteamiento menos atemorizado de la cuestión de los refugiados palestinos y de su vuelta al país, sin amenazar sin embargo la autonomía, la autogestión o incluso el autogobierno de la comunidad judía. El rechazo a contemplar el derecho al retorno de los refugiados palestinos es ante todo la expresión del miedo a perder la mayoría judía, siendo percibida esta exigencia de mayoría como la condición sine qua non del mantenimiento de este "espacio constitucional de libertad y de expresión". Si un espacio así puede existir independientemente del número, y es lo que el binacionalismo significa conjugando igualdad individual e igualdad entre colectivos organizados, no hay ya lugar para temer una "mayorización" por otra comunidad.
Además, la opción bi o multinacional permite dejar abierta la cuestión de la partición o no entre dos estados independientes, que guarda en los dos casos su pertinencia. Si se supone bien la ineluctabilidad, bien la necesidad de un estado palestino en Cisjordania y en la banda de Gaza, al lado de un estado de Israel democratizado (y por tanto bi/multinacional), todo parece indicar que las situaciones económicas, culturales y ecológicas empujarán rápidamente a esos dos estados a federarse, creando así una entidad política nueva que articularía unidad y autonomía. Si, en cambio, se defiende la opción de un marco unitario, verdaderamente democrática, este deberá, a fin de permitir la expresión de los colectivos nacionales, étnicos o culturales que le componen, federarse, y por tanto ahí también crear una articulación entre unidad y autonomía.
Mucho antes de ser un programa político preciso y una forma concreta de institucionalización de la vida ciudadana, el binacionalismo se pretende un sistema de valores que tiene por objetivo regularizar la coexistencia entre los pueblos y las comunidades que viven en el territorio de la Palestina histórica, sobre la base de la igualdad y del respeto de las especificidades de cada uno de esos grupos. Es un sistema en las antípodas de la filosofía de la separación que se encuentra en el corazón del sionismo, en sus presupuestos y su aplicación. Igual que el apartheid, el sionismo es una filosofía de la separación que parte de la idea de que cuantos menos contactos haya con el otro, mejor -"ellos en su casa y nosotros en la nuestra"-. Excluye, por principio el pluralismo y aspira a la homogeneización: un estado, un pueblo, una nación, una cultura, una ideología. Por otra parte, y precisamente por ello, en Israel, los barrios y los pueblos agrícolas son muy a menudo reservados a comunidades culturales precisas (religiosas o laicas), y el sistema escolar, dividido en sistema escolar laico, religioso, árabe, etc. No por pluralismo sino al contrario, por voluntad de homogeneización que, cuando se demuestra imposible, toma la forma de la separación, es decir de entidades homogéneas paralelas. El binacionalismo es el exacto opuesto de esta filosofía del apartheid. Como escribe Amon Raz-Krakotzkin, sumándose así a las tesis de Alain Dieckhoff: "El binacionalismo constituye un conjunto de valores, y no forzosamente un compromiso político concreto. Implica la separación de la identidad nacional y del estado, y la percepción del otro como parte integrante de la autodefinición de cada uno...". Un poco más lejos, añade: "La emancipación de los judíos pasa obligatoriamente por la emancipación de los palestinos, y la inclusión de su memoria y de sus aspiraciones en la historia de la región y en sus proyectos de futuro. En este contexto, la cuestión que debería plantearse es la de saber cómo definir una colectividad judía en Palestina que estaría basada en el reconocimiento de los derechos palestinos. Es imposible distinguir la discusión de la identidad judía del debate sobre el conflicto nacional que prosigue y de la cuestión de la responsabilidad en la tragedia palestina. Así. el binacionalismo constituye el contexto evidente de toda discusión política o cultural".