Pese a las multitudinarias manifestaciones del pasado 15 de febrero y a las muy diversas acciones de protesta y de desobediencia civil que están recorriendo el planeta, los planes de guerra de Bush II y sus acólitos siguen adelante: ni las reticencias de sus tradicionales aliados, Francia y Alemania, ni el contratiempo sufrido en el parlamento turco ni las concesiones parciales del régimen iraquí a la labor de los inspectores ni, sobre todo, la creciente fuerza del movimiento por la paz en el seno de la sociedad estadounidense parecen ser suficientes para frenar una ofensiva militar en toda regla diseñada al máximo desde hace tiempo.
Bush II está dispuesto a hacer una demostración de toda su fuerza, con o sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, para poder erigirse como la gran superpotencia imperial, decidida a imponer su orden geopolítico y geoeconómico en una zona clave como la del Golfo Pérsico y a seguir aplicando su estrategia de guerra global, preventiva e indefinida, en cualquier parte del planeta en la que sus "intereses vitales" se vean amenazados. El precio de esta estrategia no sólo va a ser muy alto en pérdida de vidas humanas y en destrucción económica y ecológica en Iraq sino que va a suponer la instauración de ese Imperio sin ley cada vez más beligerante contra toda forma de disidencia tanto en los países del "Sur" -fomentando más todavía un fundamentalismo armado reactivo frente al que profesan Bush y sus más entusiastas seguidores- como en los del "Norte", siempre al servicio de un proyecto neoliberal y neoproteccionista especialmente beneficioso para las empresas transnacionales angloestadounidenses ligadas al petróleo y a la industria militar.
Pero la significación histórica de la jornada del 15-F no puede ser borrada de nuestra memoria: en ese primer Día Global Contra la Guerra fueron muchos millones de personas las que se manifestaron para impedir una guerra que consideran mucho más injustificada, ilegítima e inmoral que muchas otras habidas en el pasado. Ni la presunta existencia de armas de destrucción masiva ni las no probadas vinculaciones con Al Qaeda ni la demagógica promesa de instaurar la "democracia" en ese país ni, en fin, la presión ejercida por Bush II sobre la labor de inspección son capaces de ocultar el doble rasero que practica EEUU a escala internacional protegiendo al racista Sharon y su genocidio del pueblo palestino, apoyándose en una dictadura militar como la paquistaní, poseedora de armas nucleares, o en una Turquía tan represora de los kurdos como lo ha sido Sadam Hussein. Por eso, ante los ojos del mundo esta guerra aparecerá cada vez más claramente como una guerra imperialista y colonial y como tal tiene que ser denunciada y rechazada.
El movimiento global contra la guerra está desafiando esos planes y deslegitimando abiertamente a gobiernos como los de Bush, Blair y Aznar ante la opinión pública mundial. Las objeciones expresadas por Francia y Alemania, seguidas por Rusia y China, sólo pueden ser entendidas en ese escenario en el que, además de los conflictos de intereses geoestratégicos y económicos que les pueden dividir, pesa cada vez más el protagonismo de la movilización popular y ciudadana. No podemos tener ninguna confianza en unas potencias que no pueden presumir de pacifismo y que en el marco de la ONU han avalado la política de embargo al pueblo iraquí y el coste de vidas humanas que ésta ha supuesto durante los años pasados; pero no por ello debemos dejar de presionarles para que se resistan a su "Gran Hermano" americano. En cualquier caso, debemos gritar bien alto que nos oponemos y nos opondremos a esta guerra, independientemente de que tenga el apoyo o no del Consejo de Seguridad de la ONU, y que seguiremos exigiendo el levantamiento del embargo.
En el Estado español el servilismo de Aznar ha llegado a extremos difícilmente previsibles hace unos meses: tras el desastre ecológico y social del "Prestige" y la extraordinaria movilización del pueblo gallego, su sueño de pasar ahora a "la Historia" al lado del gran carnicero americano, mediante el "paseo militar" en que quieren convertir su bombardeo masivo sobre Iraq, no parece haber calado ni siquiera en las filas de muchos de los miembros de su propio partido y de sus votantes. Nunca hemos podido ver un choque de legitimidades tan profundo como el que se está dando entre una ciudadanía tan aplastantemente contraria a esta guerra y un gobierno tan aislado, pese a su mayoría parlamentaria, y dispuesto a apostar por una nueva "cruzada" belicista e incluso decidido a implicarse en ella en todo lo que el aspirante a Emperador le requiera.
Tras la votación en el Parlamento el pasado martes 4 de marzo la confrontación está hoy en la calle, en los centros de trabajo y estudio y en todo espacio posible en el que podamos gritar nuestro "No a la Guerra, con o sin ONU. No a la participación del Estado español en la guerra". Las nuevas iniciativas que se desarrollen estos próximos días -el 8 de marzo, en el Día Internacional de las Mujeres; el 15 de marzo, siguiendo la convocatoria de la reunión internacional de Londres- deberían apoyarse en el mayor número posible de acciones de desobediencia civil y de boicot a los centros más simbólicos y representativos del imperialismo estadounidense, y deberían confluir en la preparación de una HUELGA GENERAL con ocasión de la jornada de acción sindical convocada para el 14 de marzo así como en una participación masiva a escala estatal en la Marcha a Rota, anunciada para el próximo 30 de marzo.
Pero no podemos descartar, por desgracia, que la guerra se desencadene antes de cualquiera de esas fechas: es preciso mantenerse en un estado de alerta permanente por la paz para, en el caso de que estalle, paralizar la vida económica, política y cotidiana del país y gritar muy alto que queremos parar esa guerra inmediatamente. La experiencia de las movilizaciones contra la guerra de Vietnam se ha visto superada ya por la fuerza alcanzada por las protestas actuales contra una guerra que todavía no ha comenzado. Mayor razón para confiar en nuestras fuerzas y en la necesidad de ayudar a quienes en la sociedad estadounidense se están movilizando con tanta dignidad gritando, en medio del maccartismo reinante, "No a la Guerra, No en Nuestro Nombre".
Para parar esa guerra la máxima unidad de acción entre la enorme diversidad de organizaciones y sectores sociales debe ser preservada, sin que ello impida que sin sectarismos cada fuerza política y corriente de opinión pueda defender sus propias consignas y propuestas. Porque lo fundamental ahora es sin duda parar o no esta guerra, pero no por ello debemos dejar de esforzarnos por hacer comprender todo lo que está en juego en ella tanto en el futuro inmediato como en el de la necesidad de erradicar sus causas mediante un cambio de rumbo profundo que permita tener más cerca esa idea-fuerza, tan popularizada en los últimos años, de que "Otro Mundo es Posible".
7 de marzo de 2003