"Durante décadas los EE UU han buscado jugar un papel más permanente en el Golfo. Aunque el conflicto con Iraq proporciona una justificación inmediata, la necesidad de mantener e incrementar la presencia de EE UU en el Golfo va más allá de la naturaleza del régimen de Sadam Hussein" (Proyecto para un nuevo siglo americano, Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y Jeb Bush, Septiembre del 2000)
"Nuestro ejército no entra en vuestras ciudades como conquistadores y enemigos, sino como libertadores" (Proclama del general británico Stanley Maude tras el bombardeo de Bagdag en 1917)
EE UU ha concentrado más de 250.000 soldados, seis portaaviones y cientos de aviones en la región del Golfo. Gran Bretaña, su principal aliado militar en esta campaña, ha enviado 60.000 soldados más. Aznar, a pesar de haber afirmado en público que no tiene compromisos de participación militar con EE UU en esta guerra, mantiene al portaviones Príncipe de Asturias y a la flota de acompañamiento en continuas maniobras militares, listo para sumarse a la flota norteamericana en el Golfo. Bush, Blair y Aznar quieren la guerra y están dispuestos a atacar Iraq unilateralmente con o sin una nueva resolución del Consejo de Seguridad que les autorice.
Las consecuencias inmediatas de un ataque contra Iraq serían espantosas desde el punto de vista humanitario. EE UU ha anunciado ya que la guerra comenzará con el mayor bombardeo de la historia en los dos primeros días. Bombas convencionales con la misma capacidad destructiva que las atómicas utilizadas en Hiroshima y Nagasaki serán lanzadas sobre los supuestos arsenales y acuartelamientos del ejército iraquí que, desgraciadamente, están concentrados en las zonas urbanas. Cientos de missiles inteligentes lloverán sobre Iraq destruyendo el sistema eléctrico, las conducciones de agua, las cadenas de televisión y radio, los pantanos, las carreteras, los hospitales, las escuelas y todos los edificios públicos. Para romper la capacidad de resistencia militar del régimen de Sadam Husein, Iraq -una de las cunas de la civilización- será convertida en un montón de ruinas, peor que la edad de piedra, porque la capacidad de barbarie del capitalismo globalizado no tiene posible parangón con las armas de sílex de nuestros antepasados.
Las estimaciones de las organizaciones humanitarias y de Naciones Unidas son que las víctimas civiles "colaterales" superarían el cuarto de millón. Más de dos millones de refugiados sin hogar intentarían escapar de la guerra, hacinándose en las fronteras de los países vecinos. El hambre se haría dueña del país porque no hay sistema internacional alguno capaz de alimentar a 20 millones de personas heridas y traumatizadas. Hasta ahora, el apocalipsis estaba reservado a Dios. Bush, un cristiano fundamentalista, ha decidido ejecutar él mismo las promesas del fin de los tiempos, consolidar la hegemonía imperial de EE UU en el mundo, asegurarse el control de las reservas petroleras de Oriente Medio e imponer la "justicia infinita" y la paz de los cementerios.
Es una guerra tan injusta, tan inmoral, que ha provocado una ola de protestas sin precedentes en la historia. El 15 de febrero, más de 20 millones de personas se manifestaron en todo el mundo contra la guerra. La inmensa mayoría de los líderes religiosos -desde el Papa hasta el Dalai Lama- han condenado la guerra. Pero han sido el movimiento contra la globalización neoliberal y, luego, la izquierda y los sindicatos los que han puesto en pie las condiciones organizativas y políticas para permitir esta inmensa movilización popular contra la guerra. Han sido la gente de a pie, los trabajadores y los jóvenes, los que se han convertido en el principal obstáculo e impedimento a este gigantesco crimen premeditado con el que se quiere inaugurar el "fin de la Historia" en el siglo XXI. Porque más allá es la barbarie.
La actual crisis internacional remonta sus orígenes en las convulsiones que provocó en Oriente Medio a finales de los años 70 la guerra irano-iraquí. El régimen de Sadam Hussein, armado y financiado por las grandes potencias occidentales, fue utilizado para desangrar al nuevo régimen islámico iraní y evitar la expansión de su influencia en los países productores de petróleo de la región, gobernados en su mayoría por monarquías feudales corruptas. Esta guerra, que duró diez largos años (1978-88), arruinó para beneficio de las compañías occidentales, a Iraq. Incapaz de pagar sus deudas y creyendo contar con el apoyo de EE UU y otras potencias occidentales, Sadam Hussein invadió Kuwait -un estado artificial creado en su momento por el imperialismo británico para controlar el petróleo de la zona- en 1990.
Esta invasión rompió el frágil equilibrio político de la región y amenazó directamente a Arabia Saudí, obligando a EE UU a intervenir, bajo el amparo de la Resolución 678 del Consejo de Seguridad, para expulsar a las tropas iraquís de Kuwait. La operación "Tormenta del Desierto" destruyó a decenas de miles de tropas iraquíes, pero se detuvo en Basora, sin entrar en Bagdag ni acabar con el régimen de Sadam Hussein. Bush padre ordenó detener el avance de las tropas aliadas ante el temor de que la sublevación de la población shiita en el sur de Iraq y las milicias kurdas en el norte del país -que la propaganda militar había alentado- hicieran estallar al Estado iraquí, dando paso a un Estado independiente kurdo y un Estado árabe de mayoría shiita bajo influencia iraní. La guerra contra Iraq se había hecho para preservar el equilibrio de la región, no para destruirlo y crear nuevas amenazas contra los aliados de EE UU como Turquía y Arabia Saudí.
Se permitió así a Sadam Hussein aplastar militarmente la insurrección de kurdos y shiitas y reconstruir su régimen dictatorial, utilizando incluso gases venenosos, con la única limitación de unas zonas aéreas prohibidas impuestas unilateralmente por EE UU y Gran Bretaña sin el consentimiento de NN UU, en el norte y sur de Iraq. La resolución 687 de abril de 1991 decretó un alto el fuego, castigando a Iraq con el pago de indemnizaciones de guerra, la devolución de los bienes kuwaitis, imponiendo la destrucción de sus armas de destrucción masiva y un régimen de inspectores y un duro embargo económico con el control de NN UU de sus ventas de petróleo y sus importaciones..
De 1991 a 1998, los inspectores de UNSCOM localizaron y destruyeron sistemáticamente los arsenales de armas biológicas y químicas fabricadas por el régimen de Sadam Hussein en la década anterior con ayuda de compañías occidentales. Asimismo, los inspectores constataron que el programa nuclear iraquí había sido abandonado en 1992. En 1994, Francia, Rusia y China -que ya habían negociado nuevos contratos para sus compañías de petróleo- comenzaron a cuestionar el régimen de sanciones y la política de contención de EE UU y Gran Bretaña, en una creciente crisis de intereses inter-imperialistas que ponía en cuestión la hegemonía internacional de EE UU como única superpotencia.
Después de presentar pruebas de que EE UU e Israel estaban utilizando a los inspectores de NN UU para sus operaciones de espionaje, Sadam Hussein puso fin al programa de UNSCOM, desatando una crisis y exigiendo el fin del embargo y las sanciones. EE UU, con un Clinton envuelto en sus escándalos sexuales, bombardeó Iraq sin autorización del Consejo de Seguridad, en diciembre de 1998 en la operación "Zorro del Desierto". Desde entonces, los bombardeos de EE UU y Gran Bretaña en las zonas de prohibición aérea- impuestas unilateralmente- han sido continuos, provocando cientos de víctimas "colaterales".
La llegada a la Casa Blanca de Bush hijo, con menos votos que el demócrata Gore y en medio de un escándalo electoral, no impidió que desde el primer momento su equipo formado por neo-conservadores como Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz y Rize impusieran su agenda de una reconstrucción imperial de la hegemonía internacional de EE UU como única superpotencia. Es decir, utilizar el monopolio de su poder militar para imponer las condiciones políticas que hagan posible satisfacer los intereses económicos de las grandes compañías capitalistas norteamericanas en todo el planeta.
Y ello porque si Clinton, con la ayuda de la llamada "tercera vía" socialdemócrata, había iniciado a través de la OMC y con la ayuda del Banco Mundial y el FMI, la apertura de los mercados exteriores y la globalización neoliberal, tras la recesión del 2000-2001 la economía de EE UU había vuelto a perder su competitividad internacional y su dominio del mercado mundial. Lo que no se podía conseguir a través de la "mano invisible" del mercado había que imponerlo ahora con un "puño de hierro" según los neoconservadores de la Casa Blanca.
Desde la propia campaña electoral, pero sobre todo con la redacción del informe "Proyecto para un nuevo siglo americano" Bush y los neoconservadores empezaron a crear las condiciones de su proyecto de hegemonía imperial a través de un nuevo control de las fuentes del petróleo en Oriente Medio, acabando con las contradicciones inter-imperialistas que habían aparecido desde 1994 con las negociaciones independientes de Francia, Rusia y China con Sadam Hussein. Los objetivos políticos y económicos se fundieron en un todo: el rearme estratégico de EE UU con las políticas de gasto militar, un dólar fuerte a pesar del déficit comercial, un nuevo proteccionismo y la nueva ronda negociadora de la OMC, el cambio de régimen de Sadam Hussein y la justificación de la política genocida de Sharon contra los palestinos, el control del petróleo en Venezuela y Oriente Medio.
Pero las condiciones políticas del proyecto neoconservador de la Administración Bush solo aparecieron como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre. En nombre de la "guerra contra el terrorismo internacional" y Bin Laden -un antiguo agente saudí al servicio de la CIA- se bombardeó y ocupó Afganistán, destruyendo el régimen islamista talibán, abriendo de paso la vía al suministro por el sur de las nuevas reservas petroleras y de gas de Asia Central, hasta entonces controladas por Rusia. Si Kuwait en su día fue "liberado" para volver a ser una monarquía feudal antidemocrática y corrupta, Afganistán fue devuelto a los "señores de la guerra" para volver a convertir el país en el mayor productor mundial de opio y heroína.
Con la complicidad silenciosa de la UE, Rusia y China, el derecho internacional, en especial el derecho humanitario, fue violado sistemáticamente por EE UU, con manifestaciones extremas como la tortura de los prisioneros de guerra afganos en Guantánamo y la negación de todos sus derechos. En EE UU, en la UE y en Rusia se adoptaron medidas legislativas especiales contra los "terroristas", reduciendo los derechos democráticos en nombre de su defensa. Una ola de propaganda desató la mayor marea de racismo contra los árabes en general y los emigrantes árabes en particular, mientras el Mullah Omar, Bin Laden y compañía seguían escapando a la superpotencia mundial y el gobierno israelí de Sharon se dedicaba a acabar sistemáticamente con la economía y la Autoridad Palestina.
El siguiente paso fue conectar el 11 de septiembre con Sadam Hussein. El peligro era ahora que Sadam Hussein hubiera escondido armas de destrucción masiva y las entregase por venganza o intereses ocultos a grupos terroristas islámicos como Al Qaeda. El hecho de que establecer una conexión entre el totalitarismo laico de Sadam Husein y el fundamentalismo islámico de Bin Laden -enemigos declarado- fuera imposible de demostrar -como advirtieron públicamente la CIA y los servicios secretos británicos- no impidió a la Administración Bush lanzar su campaña. La mayor prueba de que Sadam Hussein es un tirano sanguinario capaz de todo no era su violación sistemática de los derechos humanos en Iraq sino que hubiera pretendido atentar contra Bush padre según Bush hijo. Sólo un cambio de régimen en Bagdad, si era necesario, a través de un ataque preventivo, permitiría acabar con el peligro.
Cuando Bush inició el pasado 12 de septiembre su campaña diplomática para preparar la intervención contra Iraq, nadie podía imaginar que seis meses después no sólo no hubiera sido capaz de crear las condiciones políticas necesarias para la guerra sino que se enfrentase a una dura derrota diplomática en el Consejo de Seguridad que condiciona sus propios planes militares.
Bush consiguió el consenso necesario para hacer aprobar la Resolución 1441 con un mandato para los inspectores de NN UU que colocaba en peso de la prueba de la existencia de armas de destrucción masiva en el propio régimen de Sadam Hussein. Si no era capaz de presentar pruebas fehacientes de que aun tenía o de que habia tenido y destruido sus armas de destrucción masiva sería porque sadam Husein las ocultaba para poder amenazar al mundo.
Los inspectores volvieron a Iraq con la amenaza de la guerra. Cuatro meses y medio más tarde y después de dos informes, era evidente que Iraq no poseía armas de destrucción masiva. Que los restos de su arsenal químico y biológico estaban enterrados en cementerios contaminados. Por si hacía falta alguna evidencia, Corea del Norte se encargó de demostrar cuál era la reacción de EE UU ante un país del "eje del mal" que no solo decía tener armas de destrucción masiva sino que las mostraba y ensayaba en dos ocasiones, en una abierta advertencia a la Administración Bush de las consecuencias que tendría un ataque preventivo. EE UU prefirió, con el apoyo de Japón y Corea del Sur, evitar cualquier escalada y buscar soluciones estrictamente diplomáticas a la crisis.
Pero ni los informes de los inspectores ni la colaboración iraquí -hasta el punto de destruir sus misiles Al Samud 2 porque habían sobrepasado en algunas pruebas en 30 kilómetros el límite de 150 impuesto por Naciones Unidas- interrumpieron los planes de guerra de Bush y Blair, ayudados ahora diplomáticamente por Aznar. La única garantía que Sadam Hussein podía ofrecer era su propia dimisión o el cambio de naturaleza de su régimen mediante un golpe de estado interno.
Sin embargo, Bush, Blair y Aznar se encontraron en el mes de enero con serias dificultades inesperadas. Francia y Alemania empezaron a ofrecer resistencias en el Consejo de Seguridad a una nueva resolución que legitimase la intervención militar, pidiendo más tiempo para los inspectores. Y en todo el mundo irrumpió un movimiento antiguerra masivo, a partir primero del movimiento contra la globalización neoliberal, utilizando las estructuras de coordinación del Foro Social Mundial, que acabó por sumar a sindicatos, ONGs y todo tipo de organizaciones cívicas. El 15 de febrero, con las manifestaciones en todo el mundo ya no había dudas de que la opinión pública internacional estaba en contra de la guerra y además estaba dispuesta a salir a la calle para evitarla.
El efecto inmediato fue convertir la resistencia franco-alemana en una oposición diplomática firme en el Consejo de Seguridad, a la que se sumó Rusia, mientras China mantenía un gélido silencio. La crisis interna en el gobierno y el "nuevo laborismo" de Blair llegó a tal punto que empezó a amenazar con hacer del aliado incondicional de Bush la primera víctima política de la guerra. La segunda resolución era imprescindible ya para mantener al menos un disfraz de legitimidad. Pero EE UU ha sido incapaz de conseguir nueve votos en el Consejo de Seguridad, tras el anuncio formal de que en cualquier caso Francia y Rusia vetarían la propuesta.
Las contradicciones interimperialistas, la cadena de nuevas movilizaciones de masas en la calle, como la convocada el 15 de marzo, han situado a la Administración Bush -y a sus aliados Blair y Aznar- en un callejón sin salida. No existen las condiciones políticas para una acción militar capaz de acabar a sangre y fuego con el régimen iraquí. El "síndrome de Vietnam", una guerra en el frente y en la retaguardia contra la opinión pública, volvía a condicionar cualquier opción del imperialismo.
A mediados de marzo, con todo el despliegue militar ya realizado en el Golfo, la cuestión sigue abierta. Un ataque unilateral de EE UU y Gran Bretaña puede provocar una acción de protesta sin precedentes en la historia, con un Secretario General de NN UU que dice que sería ilegal de acuerdo con el derecho internacional, con la probable caída de Blair y una crisis sin precedentes de la hegemonía de EE UU, con todo el resto del mundo cuestionando abiertamente su papel de superpotencia.
Entre los elementos más sorprendentes de esta crisis ha estado el alineamiento sin matices de Aznar con Bush, hasta el punto de que las intervenciones de la ministra Ana de Palacio en el Consejo de Seguridad han sido más agresivas y a favor de la guerra que las del propio Powell.
Aznar ha hecho una apuesta como el mejor aliado de Bush en la UE que tiene una base en intereses comunes. Hay que tener en cuenta que el capitalismo español es el mayor inversor en América Latina. Las crisis de Argentina, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela han puesto de manifiesto que la verdadera garantía de esas inversiones -mucho más importantes que las subvenciones de la UE- es la capacidad de intervención de EE UU a través del FMI, y el Banco Mundial y, en última instancia con los marines.
Pero, sin olvidar otro factor como la deseada "reconciliación" con Marruecos con la ayuda de Bush II, también hay un elemento ideológico y de ambición personal en la arriesgada apuesta de Aznar. Se quiere identificar terrorismo internacional con nacionalismo vasco, cuando la polarización españolismo-nacionalismos periféricos se ha convertido en el principal elemento de movilización de una derecha desgastada por dos legislaturas de reformas neoliberales, amiguismo y corrupción. La mayoría absoluta ha escorado al PP ireversiblemente hacia un discurso de derecha fundamentalista que tiene más en común con el de la Administración Bush que con el resto de la Unión Europea. Y las ambiciones personales de Aznar de llegar a ser Presidente del Consejo de la UE son imposibles tras sus enfrentamientos con Chirac y Schroder y su única esperanza ahora es contar con el apoyo exterior de Bush en una UE sometida y subordinada a la hegemonía de EE UU.
Arrastrado por la lógica de su discurso más que por la gestión racional de los intereses de la derecha, Aznar es incapaz de controlar ya los efectos de su apoyo entusiasta a Bush. Ha conseguido polarizar en su contra todo el descontento provocado en el último año por la resistencia al Plan Hidrológico Nacional, los ataques contra los derechos nacionales en Euskadi, la reforma del mercado laboral o de la enseñanza, para no hablar de la desastrosa gestión del "Prestige". Su egolatría sin límites de querer jugar a gran líder internacional, aunque sea sin tener los medios y sin calibrar las consecuencias, le ha hecho posponer incluso una y otra vez la designación de un candidato del PP que le suceda. Es posible que Aznar haya acabado por creerse sus propias mentiras cuando afirma que no enviará tropas españolas a la segunda guerra del Golfo, a pesar de ser el más decidido partidario de empezar la guerra cuanto antes, a sangre y fuego, y estar el portaaviones Principe de Asturias ya en alta mar, cargado de munición. Pero en este proceso Aznar se ha convertido en un gestor no fiable para la clase dominante española, que empieza a mirar de reojo a Zapatero como su próximo candidato.
Espacio Alternativo, consciente de la encrucijada histórica que vivimos, ha volcado todos sus esfuerzos en ayudar a impulsar el movimiento contra la guerra. Los próximos dias y semanas serán decisivos. Si el movimiento sigue creciendo, ocupando calles y ciudades, deslegitimando con su desobediencia civil y una HUELGA GENERAL activa el militarismo enfebrecido de Aznar y el PP, puede no sólo contribuir a parar la guerra haciéndola más dificil sino dar un golpe mortal al PP en las elecciones municipales y autonómicas de mayo. Hay que hacer pagar al PP su apuesta por la guerra, su inmoralidad de jugar con las vidas humanas de las posibles víctimas "colaterales" inocentes. Una derrota del PP abriría la vía a una campaña masiva por la dimisión de Aznar y la convocatoria anticipada de elecciones generales; en ese proceso deberemos esforzarnos por romper no sólo con el belicismo de este gobierno sino también con las políticas neoliberales, autoritarias y neocentralistas que han predominado durante un largo período en nuestro país.
Pero ello sólo sucederá si el movimiento contra la guerra se refuerza, sin sectarismos de ningún tipo, mantiene su independencia política, une la crítica de la globalización capitalista con la explicación de las causas de esta guerra contra Iraq y se plantea la alternativa de que "otro mundo es posible", un mundo en el que no solamente no haya superpotencias nucleares que quieran imponer su hegemonía imperial sino en el que se cuestione radicalmente las causas de la explotación, del hambre, del racismo y la guerra. Un mundo en el que lo más importante sea satisfacer las necesidades de la gente y no los intereses de las grandes compañías transnacionales. Un mundo necesario en el que un nuevo socialismo basado en una democracia profundamente participativa siente las bases de una vida digna, en armonía con nuestro medio, para todas y todos.
Marzo 2003