En la madrugada de hoy la superpotencia militar más poderosa de la historia ha empezado a desencadenar su enorme maquinaria destructiva contra el pueblo iraquí, pese a la oposición de la mayoría de la opinión pública mundial e incluso del Consejo de Seguridad de la ONU. Junto con sus secuaces Blair y Aznar, Bush II no sólo ha vulnerado la legalidad internacional sino que ha mostrado su voluntad de imponer un verdadero golpe de estado global para así alcanzar sus designios imperialistas en una región estratégicamente clave como la del Golfo Pérsico.
El aspirante a Emperador del mundo ha anunciado además que ésta puede ser una guerra larga que no concluirá hasta su victoria y en la que está dispuesto a utilizar una fuerza decisiva. No cabe ya duda alguna sobre su disposición a emprender una guerra total en esa zona, aun a costa de un precio elevado en pérdida de vidas humanas, de la destrucción de todas las infraestructuras de Iraq y del inicio de una escalada militar en la zona, con la ayuda del genocida Sharon.
Pero no sólo es la supervivencia del pueblo iraquí la que está en juego en esta guerra. También lo está el futuro de la Humanidad: porque si ese fanático fundamentalista que es Bush y sus belicistas servidores logran sus designios, lo que nos espera es ni más ni menos que la extensión a escala planetaria de la ley del más fuerte mediante la práctica de la guerra preventiva, global e indefinida en cualquier parte del mundo en donde surja alguna forma de resistencia u oposición a sus intereses. Si esto se lleva a cabo, será también la ya frágil democracia en la que vivimos la que estará en peligro y lo que aparecerá como modelo será lo que hoy tiene su versión más extrema en Guantánamo, o sea, la negación de los derechos fundamentales para todos aquéllos que se rebelen frente a este nuevo orden.
Convirtiéndose en el más entusiasta vasallo de Bush II, Aznar ha mostrado cuál es su verdadero rostro: el de un antiguo franquista que vuelve a sus orígenes y no esconde su desprecio a una ciudadanía opuesta mayoritariamente a esta guerra. Su participación directa en ella a través de las bases en nuestro territorio y del envío simbólico de fuerzas militares, bajo el manto de un falso humanitarismo, a la zona confirma su disposición a apoyar un proyecto imperial que supone la implantación del terrorismo de estado global.
Hay que emprender una constante oposición ciudadana contra esta guerra, contra quienes la promueven y contra los que la apoyan. Debemos poner en pie todas las formas posibles de resistencia y de desobediencia civil frente a una acción ilegal e ilegítima, hasta lograr paralizar nuestro país mediante una Huelga General.
20 de marzo de 2003