Especial 15-F: el mundo contra la guerra

Encrucijada histórica

Jaime Pastor



Hay momentos en la historia de los que depende mucho la evolución de la Humanidad en un sentido u otro y creo que éste es uno de ellos. Un éxito de la guerra decidida por Bush contra Iraq, con o sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, no sólo supondría un daño enorme para la población de ese país.

También significaría la implantación a escala mundial de un Imperio sin ley, dispuesto a aplicar su doctrina de guerra preventiva en cualquier parte del planeta en la que vea amenazados sus intereses vitales, además de imponer estados penales en el corazón mismo de Occidente, con la prisión de Guantánamo como manifestación más degradante de la vulneración de derechos fundamentales que conlleva. Nos jugamos, por tanto, mucho en esta confrontación y no caben ya posiciones neutrales ante ella.

Afortunadamente, un grito de paz está extendiéndose en todo el mundo frente a un discurso guerrero que no puede ocultar cuáles son las verdaderas razones de quienes detentan el poder en el seno de la hiperpotencia estadounidense. Porque ni la hipotética existencia de armas de destrucción masiva en Iraq (Estados Unidos sí tiene, en cambio, muchísimas y ha sido la única que las ha usado -en Hiroshima y Nagasaki- y amenaza con hacerlo de nuevo en esta guerra) ni el presunto apoyo de Sadam Hussein a Al Qaeda ni la lucha por la "libertad" en Iraq explican la obstinación del complejo belicista en emprender este ataque.

Todo esto es pura retórica, como lo es el uso de palabras como Democracia, Justicia, Derechos Humanos, Terrorismo en tantos comunicados y discursos oficiales. Como muy bien denunció John Berger, "cada palabra en ese contexto significa lo opuesto al sentido que tuvo en algún momento. Se ha traficado con ellas y se han convertido en palabras clave del código secreto de las mismas bandas que se las han robado a la humanidad".

Varios parecen ser los motivos e intereses realmente implicados en esta guerra. Uno, sin duda, es el control geoestratégico de una zona y un país ricos en petróleo, un recurso que pese a las consecuencias antiecológicas de su explotación, transporte y consumo (multiplicadas en caso de accidente, como ha ocurrido con el "Prestige") sigue siendo fundamental para el modelo de vida occidental y su mantenimiento en el siglo que acaba de empezar.

Otro es la necesidad de garantizar al régimen de Sharon apoyo para conseguir una derrota militar y política del pueblo palestino, para así forzarle a renunciar definitivamente a su tierra. Otra razón poderosa de Bush es ocultar a su propio pueblo el fracaso de una política neoliberal que ha conducido, como alguien dijo a raíz de escándalos como los de Enron y AOL-Time Warner, "del capitalismo de casino al capitalismo de estafa".

Otra, en fin, sería el intento de aprovechar esta guerra preventiva para reafirmar su superioridad militar ante sus aliados europeos, obligándoles a un cierre de filas como condición para repartirse luego el botín o, en caso contrario, provocar una profunda crisis en el seno de la Unión Europea. A todo esto se añade otro motivo de orden interno más: Bush junior no puede llegar a las elecciones sin acabar con Sadam y, como fanático fundamentalista que es, sin demostrar con hechos que ha cumplido con su misión de jefe de la "nación elegida por Dios para salvar al mundo libre".

Pero esas sinrazones están chocando con las previsibles consecuencias que muchas gentes están comprobando ya: porque a la destrucción humana que provocaría la guerra se unirá el estímulo a otro fundamentalismo armado de signo reactivo, que logrará mayor audiencia entre los pueblos árabes y asiáticos. Otra consecuencia serán los grandes beneficios para el complejo militar-industrial, mientras se reducen los gastos sociales y aumenta la pobreza mundial, sin que por ello haya ninguna garantía de estabilidad política futura en Iraq, como estamos viendo ya que ocurre en Afganistán.

En resumen, la amenaza que se cierne es la instauración de un dominio de EEUU en todo el planeta, fuera de todo control y al margen del respeto a libertades y derechos fundamentales conquistados tras más de dos siglos de luchas. Se trata de una guerra ilegal e ilegítima a la que tenemos que decir NO si queremos evitar un nuevo acto de barbarie y abrir paso a un mundo justo y sin guerras, libre de la dominación del neoliberalismo y de los capitalistas del petróleo. Por eso toda forma de desobediencia civil frente a esta guerra estará justificada ética, política y legalmente.



Nota: Este artículo ha sido publicado en la edición de "El Mundo" del 6 de febrero de 2003.

Jaime Pastor es profesor titular de Ciencia Política de la UNED, miembro de Espacio Alternativo y de Izquierda Unida y del Foro de Cultura contra la Guerra

 

 

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