Como en vísperas del 15 de enero de 1991 el Gran Hermano nos prepara para una guerra que no existirá; una guerra ajena, sin víctimas, una guerra virtual. Sabido es que negar la evidencia es una de las máximas seguidas por todas las grandes agencias propagandísticas del Imperio. Así en Galiza, según nos dicen, no es ha producido una «marea negra», sino una «catástrofe» y en Irak, no habrá una «guerra», sino un «conflicto».
No menos conocido es que la propaganda necesita de la repetición de la mentira como catalizador de las malas conciencias. Gracias a la reiteración sistemática del engaño resulta posible la catarsis reificadora de un imaginario alienado. De esta suerte, la «catástrofe» del Prestige se convierte en la construcción de infraestructuras benefactoras y ecológicas como las tan cacareadas instalaciones de refugio para buques en situación crítica. Igualmente, el «conflicto» en Iraq conducirá al derrocamiento de la dictadura de Saddam Hussein y a la instauración subsiguiente de un régimen político democrático. Así las cosas, parezca que estemos condenad@s una vez más a ver como se hace bueno aquello de que la historia se repite dos veces: la primera como drama, la segunda como farsa.
Pero lo más sorprendente en esta víspera cierta de la barbarie no es tanto comprobar de nuevo como proliferan «todólogos» capaces de argüir las bondades de la masacre y el exterminio en ello les va el sueldo, cuanto descubrir la enorme medida en que abundan quienes piensan aquello de que las guerras "si a mí no me toca" pueden ser ventajosas para "nuestra" economía. Esta variante interpretativa del «conflicto», evidencia lógica en el discurso interesado de los señores de la industria armamentística, se hace tanto más preocupante cuando la vemos difundirse, a velocidad prodigiosa, entre los cuadros subalternos del Estado. Desde el más alto funcionario hasta el más ínfimo grado de la escala burocrática, no parece que haya otra canción y, al igual que en 1991, todos entonan los estribillos repetitivos del «realismo político». Resulta así estremecedor comprobar como, gracias a la reiteración propagandística de estos argumentos de la acquiescencia, se difunden y fortalecen las bases de legitimidad del poder estatal y la actividad febril de su maquinaria disciplinaria.
Conscientes de los riesgos de enfrentamiento con un electorado (real o potencial, poco importa en el fondo si es visto como real), tampoco nos ha faltado algún siniestro paladín de la izquierda «tradicional» que haya insistido en cometer los «tradicionales» errores de la izquierda y es que, justamente al parecer una obviedad estar contra la guerra (ya puestos, hasta Rumsfeld se ve «obligado» a hacerla), parece que el principal motivo de las movilizaciones contra la misma no sean el impedirlas, sino el transformarlas en votos las próximas elecciones (algo semejante, por cierto, podríamos decir respecto al Prestige).
Un «pacifismo sano», sin otras armas que las de las manifestación de corto alcance (de aquí a las municipales, tal vez), piensan los nuevos Ghandi de conveniencia, podrá reportar importantes réditos políticos a quien sepa aprovecharlos. He ahí las razones de los Schroeder/Zapatero o Mendiluce/Cohn-Bendit. O dicho en toda la oquedad de sus palabras: «haremos todo cuanto esté en nuestras manos por hacer prevalecer el derecho internacional y humanitario». Aquí es justamente donde nos acercamos al meollo de la cuestión. Debilitados al máximo por los efectos desastrosos de más de una década de social-liberalismo, los adalides de la izquierda gestionaria han vuelo a ponerse la chaqueta de pana; precampaña electoral obliga...
La diferencia entre los proyectos reformista y alternativo es una divisoria cada día más clara que se erige entre quienes aspiran a reforzar el poder del Estado por la vía del derecho a la opresión (con voto de la ONU) y quienes aspiran a ese otro mundo posible en el que se destierre para siempre la guerra. Y no es ésta, como ya hemos tenido ocasión de escuchar más de una vez, una cuestión de exceso de buena voluntad, ingenuidad o de falta de realismo: es, pese a quien pese, un imperativo de clase. Pues para quien vive de su trabajo, con cada guerra no sólo se destruye lo construido (lo que de por sí ya es execrable), sino que se establecen nuevas reglas para trabajar, se perfecciona la máquina de la explotación capitalista. Al igual que hoy sabemos que la Primera Guerra Mundial hizo posible la difusión de la organización taylorista de la producción, mañana se sabrá si en esta guerra, tan real el capital ganó su batalla por la reorganización de las relaciones de producción.
He aquí pues las razones interesadas y subyacentes a los argumentos que se dicen del «realismo político». Desde asegurarse el dominio sobre las materias primas y recursos energéticos hasta el reforzamiento del control biopolítico de un precariado crecientemente movilizado, autoorganizado y contestatario en la fábrica global, nuestros «realistas» aspiran a constitucionalizar el poder emergente de la multitud y a estructurar en nuevos marcos legales que garanticen la dominación formal del Estado al que sirven con devoción. Por eso mismo, la opción entre las opciones gestionaria y alternativa no es una cuestión de estética posmoderna o voluntarismo pequeño-burgués, sino de constitución misma de nuestro futuro.
13 de febrero de 2003.
Raimundo Viejo es miembro de Galiza Alternativa.