El 15 de febrero una marea humana sin precedentes ha salido a la calle en todo el mundo para decir ¡No a la guerra!. De Nueva York a Tokio, de Johanesburgo a Kiruna, en los cuatro rincones del planeta millones de personas -quizás más de 20 millones- han protagonizado la mayor manifestación coordinada de la historia. ¿Podrán los señores de la guerra ser sordos a este clamor universal pidiendo paz?
Las manifestaciones suponen un factor político nuevo en la coyuntura internacional. El precio político de una intervención unilateral, o incluso de una intervención escudada en una segunda resolución de Naciones Unidas, ha aumentado exponencialmente. Los Blair, Aznar y Berlusconi de este mundo saben ahora que su apoyo incondicional a los planes de guerra de Bush les va a costar muchos, muchos votos. En Londres, una manifestación que superó ampliamente el millón de personas, fue el canto de cisne del nuevo laborismo, mientras Blair se refugiaba en Glasgow para anunciar que la necesidad moral de acabar con Sadam Husein tendría que esperar, cercado también allí por 100.000 manifestantes escoceses que le abucheaban desde la calle. En Roma, más de dos millones de personas, envueltas en banderas arcoiris y rojas y bendecidas por el Papa, hicieron temblar a un Berlusconi que no pudo ni utilizar como plataforma sus propias cadenas de televisión. En el estado español, con cerca de tres millones de manifestantes en la calle en 60 convocatorias, los únicos que se quedaron en casa fueron los Aznar, Fraga y compañía.
Los aliados de la nueva Europa se encuentran ante el dilema de tener que elegir entre su lealtad a Bush o una erosión sin precedentes de su legitimidad política. Su prioridad ahora es reconstruir un discurso que minimize el daño de una intervención unilateral de Bush y limitar los efectos de su aislamiento en la Unión Europea frente al eje franco-alemán. Chirac y Schroder han demostrado en este pulso la utilidad de su resistencia frente a Washington y con ello la posibilidad de una política exterior común autónoma que defienda sus intereses. El Consejo Europeo extraordinario del 17 de febrero supondrá el arrinconamiento del eje Blair-Aznar-Berlusconi, dejandoles desnudos frente a sus electorados. Si se mantiene la movilización y Bush ataca finalmente Iraq, Blair puede verse obligado a dimitir. Y aunque ni Aznar ni Berlusconi conocen la palabra dimisión, sus proyectos políticos conservadores quedarían sentenciados.
La principal lección de la guerra de Vietnam, el elemento central de la doctrina Powell es que no se puede luchar una guerra en dos frentes, contra el enemigo y en la propia retaguardia de la opinión pública interna. Antes de que estalle la guerra de Iraq, la Administración Bush se encuentra ya asediada por un movimiento anti-guerra en todo EE UU que, a pesar de las prohibiciones de manifestarse de los jueces federales alegando la situación de emergencia nacional, se concentraron masivamente en Nueva York, San Francisco, Los Angeles, Chicago, Detroit y decenas de ciudades pequeñas en todo el país. Según las encuestas, el 52% de los consultados dice apoyar la política de Bush contra Iraq. Pero la calle es del movimiento anti-guerra, que ha ganado ya el debate moral, con varios familiares de las víctimas del 11-S al frente las manifestaciones.
El efecto bola de nieve del movimiento contra la guerra es el factor determinante para explicar la crisis de hegemonía de EE UU en los últimos meses. Lo que empezó siendo una oposición de tanteo en el Consejo de Seguridad por parte de Francia y Alemania para ganar tiempo frente a Bush se ha convertido, gracias al desarrollo del movimiento anti-guerra en todo el mundo, en un frente abierto de oposición que incluye a la mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad, incluidos China y Rusia, que ahora tienen mucho mas que ganar que perder manteniendo su postura contra la guerra. La erosión de la hegemonía de EE UU en este proceso no tiene precedentes. El bloqueo en la OTAN de las ayudas militares para Turquia supone no solamente el final de la Alianza Atlántica como mecanismo privilegiado para imponer los intereses de EE UU a sus aliados, sino que hará muy difícil que a finales de febrero el parlamento turco, en el que los islamistas moderados son mayoría, pueda votar un apoyo directo a la guerra contra Iraq.
El dilema de la Administración Bush es ahora lanzarse sola a la guerra para reimponer su hegemonía mundial o aceptar una política de contención e inspecciones en Iraq que inevitablemente cuestiona su papel como única superpotencia. Su principal objetivo ya no es tanto acabar con Sadam Husein como acabar con la crisis de su propio sistema de alianzas imperialistas: bombardear Bagdad para cambiar los régimenes de Paris y Berlin.
Ninguna de las opciones del dilema es buena porque el precio político de ambas ha aumentado hasta niveles tan insoportables que le costará a Bush su reelección en el 2004 cualquiera que sea su decisión. Las contradicciones inter-imperialistas que se expresan en la OTAN y el Consejo de Seguridad condicionan ya los planes de guerra, hasta el punto de que si Bush decide finalmente lanzarse a la aventura de un ataque unilateral contra Iraq, tendrá que hacerlo con bombardeos aéreos brutales y masivos, con un numero de víctimas colaterales gigantesco, para acabar tan rápidamente como sea posible la guerra. Ello puede provocar una nueva oleada aun mayor de movilizaciones contra la guerra, la dimisión de Blair, la crisis final de la OTAN y más contradicciones inter-imperialistas.
Si por el contrario, bajo la presión actual, la Administración Bush decide dar mas tiempo a las inspecciones, la erosión de su hegemonía continuará imparable. Y si al final no tuviera más remedio que no ir a la guerra, su papel como única superpotencia habría dejado de existir y se entraría en una fase de redefinición del sistema político internacional en términos multipolares que pondría en cuestión el equilibrio de poderes en todas las regiones del mundo.
Por ello todo parece apuntar que Bush decidirá atacar Iraq cuanto antes, solo, sacrificando a sus peones de la nueva Europa como la solución menos mala y con el objetivo no ya de convencer sino de aterrorizar. La primera víctima será la legitimidad política y moral que los EE UU ha tenido desde el fin de la II Guerra Mundial como líder del mundo libre y democrático, porque no habrá ya diferencia alguna entre Bush y Bin Laden.
El 15 de febrero será una fecha histórica, el día que la gente de a pie normal y corriente, discutió a los dueños del mundo y de la guerra su derecho a matar a cientos de miles de personas inocentes para imponer sus intereses. El día que las cocineras, como decía el viejo Lenin, se atrevieron a contradecir a los señores de la globalización y a dejarles desnudos sin razones.
La política internacional no será igual a partir de esa fecha. Pero hay que recordar que ha sido posible porque el movimiento ha sido unitario, sin sectarismos estériles, acogedor de todas las formas de protesta, independiente de todos los poderosos y confiando sólo en sus propias fuerzas y razones.
Ahora tiene que mantener la presión sobre todos los gobiernos y seguir acumulando fuerzas. Sobre los gobiernos contrarios de la guerra, para que no cedan y negocien en secreto un compromiso con la Administración Bush. Sobre el eje del mal Blair-Aznar-Berlusconi para hacerles pagar caro su desprecio de la vida ajena en el altar de sus ambiciones. Sobre la Administración Bush para levantar una muralla contra la tentación de imponer sus intereses por el terror, ahora que nadie cree ya en sus razones.
Hay que preparar desde ya nuevas acciones de protesta, hay que reforzar y ampliar aun más si cabe el movimiento contra la guerra, hay que interpelar uno a uno a los que quieren la guerra. Podemos impedirla, el 15 de febrero se ha demostrado que es posible. Ahora hay que conseguirlo, aunque intenten iniciarla. Hay que ahogar al imperialismo en esta marea blanca.