DIPLOMACIA DE GUERRA

G. Buster



Los últimos días de febrero están siendo testigos de una diplomacia de guerra desenfrenada. La Administración Bush, tras la derrota política y moral de las manifestaciones del 15 de febrero, intenta recomponer las alianzas y consensos mínimos que le permitan desencadenar los bombardeos masivos contra Iraq a mediados de marzo.

Blinx, jefe de los inspectores de NN UU, ha exigido a Iraq la destrucción a partir del 1 de marzo de sus misiles Al Samud 2, que en 9 de 40 pruebas han superado en 30 km los 150 prescritos por las sanciones. Y esto se le pide a un país cercado ya y convencido como todo el mundo- de que el objetivo de Bush es la guerra y no el desarme de Iraq. El día 7 de marzo, los inspectores presentaran un nuevo informe de su labor al Consejo de Seguridad. Ya sabemos que inmediatamente después, EE UU y Gran Bretaña presentarán una segunda resolución que acuse a Iraq de violar la resolución 1441 y autorice su ataque. Si consigue 9 votos y no hay vetos de Francia, Rusia o China, los bombardeos comenzarían, lanzando sobre Iraq en 48 horas una cantidad de explosivos sin precedentes en la historia.

Este es el mejor escenario para la Administración Bush. Hay quien ha señalado que el calendario descrito corresponde perfectamente a los ritmos del despliegue militar del plan de guerra aprobado por el Pentágono y con las fases de luna sobre Oriente Medio. Que todo esta pensado y planeado. Que la guerra y su resultado son inevitables.

Sin embargo, lo que hemos vivido en estos meses esta muy lejos de sostener esta versión interesada. La realidad es que las contradicciones inter-imperialistas que minaron la eficacia de la política de contención y sanciones contra el régimen de Sadam Husein han alcanzado un nivel sin precedentes en la oposición de Francia, Alemania, China y Rusia a la política de guerra de la Administración Bush. Que la opinión pública internacional, lejos de haber sucumbido a la propaganda de guerra de sus gobiernos y a la guerra psicológica del Pentágono, ha mostrado su oposición abierta en las manifestaciones sin precedentes del 15 de febrero. Que la propuesta de resolución de los Bush y Cía no cuenta todavía con los 9 votos que necesita en el Consejo de Seguridad. Que Blinx puede tener que informar que Sadam ha decidido finalmente comenzar a destruir los misiles Al Samud el 1 de marzo. Que Francia puede estar dispuesta, con el apoyo de Alemania, a llegar hasta el final y, si fuera necesario, vetar la segunda resolución, arrastrando quizás a Rusia y China...Que Bush puede verse obligado a un ataque unilateral.

Nada esta escrito. Lo que pase en los próximos 15 días será el resultado de una suma tal de acciones individuales o colectivas, respondiendo a un mismo problema común desde posiciones morales en unos casos y de intereses fríos en otros, que todos los resultados son posibles. Este es el escenario de la diplomacia de guerra de estos días.

Si Bush, aislado y condicionado políticamente por sus aliados, lanza un ataque unilateral, habrá perdido cualquier legitimidad moral. Millones de personas se lanzaran a la calle en todo el mundo, en un efecto multiplicador sin precedentes. Blair quizás tenga que dimitir, abandonado por su propio gabinete. Aznar puede encontrarse con una situación insostenible que convierta a las elecciones municipales de mayo en un referéndum contra el PP, mientras el clamor popular pide que siga el ejemplo de Blair.....¿Quién consolidará una administración provisional o un protectorado sobre Iraq en estas circunstancias? ¿Cómo estabilizar Oriente Medio con un fondo de manifestaciones masivas reprimidas en las calles de las ciudades árabes, una guerra turco-kurda en el norte de Iraq, choques armados en la frontera irano-iraquí, una oleada de violencia israelí sin precedentes en Gaza y Cisjordania, decenas de miles de refugiados, y ataques de los señores de la guerra afganos contra las tropas de pacificación alemanas en Kabul?

Estos son los problemas de fondo de esta encrucijada histórica, cuyo alcance real solo podemos intuir.


La lógica política de Aznar

Esa intuición, distinta sin duda de los más de tres millones de personas que se manifestaron en el estado español el 15 de febrero, es la que ha llevado a Aznar a alinearse incondicionalmente con Bush. A viajar a Tejas para discutir con Bush el texto de la segunda resolución, robándole a su amigo Blair el escenario público al que estaba acostumbrado del aliado más fiel. A presionar a Chile y Méjico, con la palanca de las inversiones españolas en América Latina, para que voten con EE UU y España en el Consejo de Seguridad la segunda resolución. A colocar a la sociedad española en primera linea de peligro de una probable reacción del terrorismo internacional. A aislar a España dentro de la Unión Europea y poner en peligro su construcción en el momento clave de la ampliación, encabezando el grupo de apoyo a los intereses de EE UU frente al proyecto de la Europa-potencia de Francia y Alemania.

Incluso The Economist, que es un firme partidario de la guerra contra Iraq, se pregunta en su edición de esta semana cuáles son los verdaderos motivos que explican la actitud de Aznar, a pesar del evidente coste político interno para el PP y para la política exterior española en su conjunto. La única respuesta que encuentra The Economist se resume en una frase de un asesor de Moncloa: ser uno de los pocos y no uno de los muchos.

Quizás no sea tan descabellada esta explicación. Aznar comenzó su mandato obsesionado por alcanzar el reconocimiento de estadista mundial que Felipe Gonzalez le previno que nunca llegaría a ser. Y su método ha sido asentar las bases de un nuevo imperialismo español en America Latina y un centralismo españolista que de nuevo protagonismo al estado como su pedestal. Su táctica, una polarización ideológica sin precedentes, en el interior sobre la cuestión vasca, y en la UE, sobre todo durante la presidencia española, buscando favorecer un giro a la derecha político, conservador y neoliberal, que cerrase el ciclo de luchas sociales abierto en 1995.

Cualquier balance racional de los resultados es negativo. Ha acumulado enemigos en todos los campos y va a contracorriente de las realidades políticas tanto en propio estado español, como en América Latina o la UE. Si es más visible en la política exterior, es simplemente por el falso efecto de estabilidad de la mayoría parlamentaria del PP, que no tendrá que sufrir la prueba de las urnas hasta mayo. Pero es una herencia de muy difícil trasmisión, a lo que no ayuda tampoco la cadena continua de errores políticos propios de los Rato, Oreja o Rajoy. Pero la respuesta a esta erosión continua de apoyo y legitimidad social es aumentar la polarización, tensar la situación política y social es una nueva escapada hacia delante. La crisis interna y la internacional comienzan a retroalimentarse.


Prepararse para tiempos duros

Las semanas que tenemos por delante pueden ser muy duras. Es evidente que lo que de verdad permite la oposición a una segunda resolución en el Consejo de Seguridad es la movilización masiva e independiente contra la guerra en la calle. El Gobierno del PP, por su parte, ha puesto en marcha una vez más su estrategia tradicional de polarización y aumento de la tensión en el País Vasco, con una nueva cadena de detenciones y el cierre del periódico Egunkaria, que intenta dividir la movilización contra la guerra.

Es difícil mantener el nivel de movilización expresado por el 15-F y por la manifestación de Nunca Mais! el 23-F en Madrid. Exige un esfuerzo de explicación y organización sin precedentes, con una izquierda desbordada y sin salidas políticas claras en el horizonte. Pero a pesar de ello es posible por la inmensa espontaneidad y auto-organización de la gente, que es un elemento nuevo de la situación. Construir movimiento es en estas circunstancias crear espacios para que se exprese esa espontaneidad, no intentar imponer moldes o consignas. Coordinar los esfuerzos unitarios, no introducir divisiones sectarias. Resguardar la independencia del movimiento explicando que solo puede confiar en sus propias fuerzas y en su tenacidad.

El 5 de marzo las plataformas anti-guerra en EE UU han convocado a una jornada de desobediencia civil. En Bélgica e Italia piquetes de desobedientes se han colocado en las vías de trenes para parar el movimiento de armamento y tropas. Habrá que decidir y pronto un calendario de acciones, centrales y locales, de aquí al 7 de marzo, cuando el Consejo de Seguridad discuta el nuevo informe de los inspectores.

Si la movilización es lo más importante, tampoco hay que olvidar posibles salidas políticas. Si Aznar apoya finalmente la segunda resolución pro-guerra en el Consejo de Seguridad, habrá llegado el momento de comenzar a pedir abiertamente su dimisión, porque carece de toda legitimidad para ello. Y habrá que convertir las elecciones municipales de mayo en un auténtico referéndum contra la política de guerra del PP, exigiendo después la convocatoria inmediata de elecciones legislativas anticipadas.

Mientras tanto, el movimiento de movimientos tendrá que atender todos los frentes abiertos: contra la guerra, contra las políticas ecocidas del PHN y del Prestige, contra la represión de los derechos nacionales del pueblo vasco, contra los ataques a los derechos de expresión y manifestación. Porque los responsables de todo ello son capaces de cualquier cosa.

 

 

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