Juana Paredes
Las huelgas generales del 4 de octubre en Francia y del 7 de octubre en Bélgica, unidas a la reanudación de la campaña contra la directiva Bolkestein en varios países, han venido a confirmar el creciente malestar social que ya reflejaron el No al Tratado Constitucional Europeo en Francia y Holanda y las pasadas elecciones alemanas.
En Francia el éxito de la Huelga General y de las manifestaciones del 4 de octubre fue indudable y tuvo que ser reconocido por el propio primer ministro Villepin. La exigencia de un aumento de salarios tanto en el sector privado como en el público estuvo claramente presente, ya que se trataba de recuperar las pérdidas de poder adquisitivo acumuladas después de varios años de congelación, pese a que paralelamente aumentaban los precios de la vivienda y de los productos dependientes del petróleo. Pero evidentemente esa movilización no ha sido suficiente para modificar sustancialmente la relación de fuerzas. Se plantea ahora la necesidad de favorecer la convergencia de las luchas contra los despidos que se están dando en muchas empresas y contra las “deslocalizaciones” (como la de Hewlet-Packard, que ha llevado incluso a Chirac a “quejarse” ante la Comisión Europea por no hace nada...), así como las que se desarrollan contra las privatizaciones. El 19 de noviembre próximo va a ser una nueva cita de movilización de los colectivos de defensa y desarrollo de los servicios públicos, en la que se va a tratar de unir a usuarios y asalariados contra la política gubernamental de destrucción de los servicios públicos.
La LCR participa activamente en todas estas iniciativas y está proponiendo la necesidad de una convergencia de todas las luchas en torno a una marcha a escala nacional que permita hacer retroceder las políticas de Villepin y Sarkozy. La actitud autista de este gobierno frente al rechazo que esas políticas tuvieron en el referéndum sobre la Constitución Europea, ahora reflejadas en nuevas medidas privatizadoras como la que afecta a empresas del sector del transporte marítimo- la gente trabajadora de la Sociedad Nacional Córcega-Mediterráneo (SNCM) mantuvo 24 días de huelga que, sin embargo, no contaron con la solidaridad necesaria por parte de los grandes sindicatos -obliga a un mayor esfuerzo movilizador y a construir con mayor razón un referente político de izquierdas claramente diferenciado del social-liberal. Ese es el debate que se ha abierto también en el marco de los colectivos unitarios que protagonizaron el No el pasado 29 de mayo y, particularmente, el que está centrando la discusión entre fuerzas políticas como el PC y la LCR, además de muy diversos sectores del PS, del sector crítico de Los Verdes y de diferentes corrientes anticapitalistas.
También en Bélgica el pasado 7 de octubre hubo una Huelga General que, a pesar de haber sido convocada sólo por el sindicato socialista FGTB, obtuvo un rotundo apoyo entre los trabajadores, como no se había visto desde hacía 13 años. Las razones de esa movilización estaban principalmente en el rechazo al plan gubernamental que trata de elevar la edad de prejubilación a los 60 años, con algunas excepciones a partir de 58, mientras sigue disminuyendo las cargas fiscales a la patronal para la Seguridad Social y se anuncia la pérdida de 15.000 empleos en los próximos meses.
Como respuesta a esta movilización se está produciendo ahora una ofensiva mediática, política y jurídica que trata de desacreditar las acciones de la FGTB apoyándose en la actitud del otro sindicato mayoritario, la CSC, el sindicato cristiano considerado “responsable”. Detrás de esa campaña existe la clara intención de atacar el derecho de huelga y de cuestionar el papel de los piquetes de huelga en nombre del “derecho de trabajar”... Sin embargo, frente a esa ofensiva es de la necesidad de una nueva huelga general de la que ya se está hablando desde los sectores más combativos del movimiento obrero.
Para muchos sindicalistas socialistas la deriva neoliberal de la socialdemocracia belga es bastante evidente, teniendo en cuenta además que son ministros de ese partido los que tratan de adoptar las políticas cuestionadas en la reciente huelga general. Por eso la “anomalía belga” no puede durar eternamente: Bélgica es uno de los pocos países en donde no hay una verdadera oposición política de izquierdas al social-liberalismo. Pronto o tarde, un escenario a la alemana, en el que amplias capas del sindicalismo rompan sus lazos tradicionales con la socialdemocracia y busquen una nueva salida política a sus luchas, tendrá que salir a la luz.
En cuanto a la directiva Bolkestein, el 4 de octubre se reunió la Comisión sobre el mercado interior del Parlamento Europeo para discutir el proyecto. Las diferencias sobre el procedimiento de debate sobre las enmiendas al mismo, previamente consensuadas entre neoliberales y social-liberales pero posteriormente rotas por los primeros, llevaron a que el presidente de la Comisión propusiera aplazar el debate al 22 de noviembre. Queda así más tiempo por delante para mantenernos vigilantes ante un proyecto que los del Sí francés decían que iba a ser abandonado pero que va a seguir siendo un objetivo a cumplir tanto por parte de Blair como de Durao Barroso.
Paralelamente, la afirmación militarista de la Europa fortaleza frente a la inmigración, como hemos podido ver en Ceuta y Melilla y en el reforzamiento del papel represor del régimen “amigo” de Marruecos, y las nuevas medidas “antiterroristas” promovidas por Blair, también están obligando a nuevas acciones de protesta de diferentes redes ciudadanas, como la jornada europea del 29 de octubre.
La crisis de la Unión Europea, de su proyecto neoliberal y autoritario prosigue, por tanto, y es importante que las iniciativas que se están dando en los diferentes países miembros se coordinen a escala europea y confluyan en nuevas movilizaciones y espacios de encuentro. La reunión en Florencia los días 12 y 13 de noviembre para discutir qué Europa queremos y, sobre todo, la preparación del Foro Social Europeo que se ha de celebrar en Atenas en abril de 2006 pueden ser dos citas importantes que ayuden a demostrar que otra Europa es posible.




















