Josu Egireun
La OMC fue creada con el señuelo de que con ella el mundo se volvería “más prospero, tranquilo y fiable” porque su objetivo era “el bienestar de la población de los países miembros”. ¿Cómo? Sencillo, liberalizando al máximo las transacciones comerciales y financieras y sometiendo a la ley del mercado cualquier tipo de actividad humana. Según su credo la liberalización del mercado aseguraba el crecimiento económico y con él estaba garantizado el bienestar de la población mundial.
Diez años después no hay duda que su discurso era una gran mentira: Según los datos de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), el crecimiento per cápita entre l961 y 2003 del PIB mundial cae del 3,6 al 1%, mientras que las cifras referentes al empleo muestran que entre 1990 y 2003 el paro aumentó en siete de nueve regiones del planeta (en Asía pasa del 3,6% al 6,5% entre 1990 y 2002 y en América Latina aumenta un 50%).
Además, en otro orden de cosas, mientras 10 millones de niños y niñas mueren anualmente antes de cumplir los cinco años por causas evitables; 852 padecen hambre (de ellas 9 millones en los países desarrollados) o 1200 millones no tienen acceso a agua potable, en Europa 17 millones de personas con trabajo viven por debajo del umbral de la pobreza y 72 millones se encuentran a las puertas de la misma fruto de unas políticas orientadas a la privatización de los servicios públicos, la precarización del empleo, y el desmantelamiento del estado de bienestar. Ese es el fruto amargo de la OMC.
Una OMC orientada a garantizar el beneficio de las empresas. Los datos cantan: el comercio mundial no responde a las necesidad de los países en desarrollo sino al de las multinacionales, que acaparan el 70% de las transacciones mercantiles mundiales, donde las 200 empresas más importantes llegan a controlar la cuarta parte de la actividad económica del planeta, sin que, por otra parte, llegan a emplear más que al 1% de la mano de obra global. La otra cara de la moneda la ofrece la cuenta de resultados de las transnacionales: 49 de las más potentes del planeta acaparan 109,29 billones de dólares en ganancias. ¿A quien sirve la OMC?
Pero las consecuencias de la OMC van más allá. La privatización de los recursos naturales y la supeditación y la del medioambiente a las reglas del mercado capitalista, no sólo mercantilizan el medio ambiente y la naturaleza, sino que se han convertido ya en un riesgo permanente para el futuro del planeta.
Fruto de este cúmulo de injusticias, el planeta está lejos de ser “más tranquilo y fiable”. El modelo impulsado por la OMC es una fuente permanente de conflictos en el interior de cada país y a nivel internacional, cuyo corolario es el recurso cada vez más permanente a la restricción de derechos civiles y democráticos, a la militarización del planeta y la guerra cómo la única fórmula para garantizar las condiciones de reproducción del sistema.
En este contexto, la VIª Cumbre Ministerial que se celebra en Hong-Kong del 13 al 18 de diciembre, se está convirtiendo en un terreno de juego en el que, las potencias como los EEUU y la UE buscan profundizar las políticas liberalizadoras (en la agricultura, los servicios y las políticas arancelarias) frente a una fuerte oposición de los países en desarrollo, sin que en vísperas de la cumbre se haya logrado un mínimo consenso. Es lo que ellos llaman desarrollar el “programa de Doha” tras el fracaso de Cancún.
Frente a esta cumbre, como quedo claro en Cancún, no basta con la oposición de los países en vías de desarrollo o la movilización que se vaya a desarrollar en Hong-Kong: la forma más eficaz de echar por tierra la “agenda de desarrollo” aprobada en Doha (bajo la presión agobiante de los atentados del 11-S en los EEUU) es organizar la movilización en los países que integran la OMC. Que los gobiernos sientan de cerca el aliento de la protesta es la mejor manera para hacer fracasar esta cumbre y poner en la picota a la OMC.




















