Tras Fini, Haider o Le Pen, la fórmula del neoliberalismo reaccionario se impone en Suiza

Martes 21 de octubre de 2003

Por [b]Mundo[/b]

[b]La extrema derecha arrasa en las elecciones helvéticas[/b]

El resultado ya era de temer y la realidad fue aún peor: el partido de la extrema derecha, la llamada Unión Democrática de Centro (UDC), se convirtió en el partido con más diputados del recién elegido parlamento helvético. La escalofriante trayectoria de esta organización desde los años noventa hasta hoy da un nuevo salto cualitativo al lograr expandirse incluso en aquellos cantones tradicionalmente más progresistas. Tras una campaña electoral marcada por la extrema tolerancia de los grandes medios de comunicación al mensaje xenófobo y racista del partido del multimillonario Christoph Blocher, el establishment helvético se encuentra ahora ante el dilema de permitir la entrada en el gobierno de quien hasta ahora había sido su bestia negra. Fuertemente debilitados por el avance de la UDC y temerosos de perder aún más influencia, los partidos de la derecha tradicionales se apresuraban, ya en la misma noche electoral, a hacer prepararse para tal eventualidad. Por su parte, destacados líderes del Partido Socialista admitían adelantaban su disponibilidad a pactar la entrada en el gobierno la extrema derecha. Tan sólo los partidos a la izquierda de los socialistas (en torno al diez por ciento del nuevo parlamento) expresaron su rechazo inequívoco.

[b]Las contradicciones del eslabón más fuerte.[/b]

Lejos de ser un fenómeno excepcional, el éxito de la extrema derecha en las pasadas elecciones constituye tan sólo una de la expresiones más depuradas de la crisis constitucional posfordista que asola Europa. En efecto, en pocos países como en Suiza se hace tan evidente el abismo que se abre entre las constituciones material y formal en la era de la globalización neoliberal. Pocos países del mundo cuentan con un desarrollo más acabado de las relaciones de producción capitalistas (en el país del reloj de cuco, por expresarlo en las palabras de Marx, la «dominación formal» del capital hace mucho tiempo que dejó paso a la «dominación real»). De hecho, la concentración de capital hace de este país un habitual del primer puesto en el ranking mundial del PNB per cápita.

Al mismo tiempo, esta posición privilegiada de la sociedad helvética ha facilitado históricamente un margen de maniobra tan amplio a la burguesía que, de no ser tenido en cuenta, difícilmente se podría comprender la negación de derechos tan elementales en otros países del entorno como el derecho de manifestación (uno de los pilares básicos del derecho a la libertad de expresión en las sociedades modernas), el seguro de maternidad, etc. En este país, el sufragio femenino sólo es una realidad nacional desde 1971 y para la totalidad de las instituciones cantonales, desde 1992. Los derechos políticos para los migrantes (actualmente en torno a un quinto de la población total y más de la mitad en el caso de cantones como Ginebra), son, sencillamente, inexistentes y el reparto del trabajo puede ser calificado abiertamente como "etnocrático": un auténtico régimen de apartheid laboral que sólo recientemente ha realizado concesiones tan elementales como permitir la reunión de las familias de los migrantes residentes en territorio suizo.

El contrapunto a esta situación lo ofrece una ciudadanía aristocratizada que goza de todos los derechos que ofrece un sistema democrático en el que se combinan los elementos tradicionales del gobierno representativo con un desarrollado entramado de instituciones participativas que no impiden unas elevadas cuotas de desafección política (la participación de estas últimas elecciones, con ser la mayor desde 1979, es del 44,5%).

[b]El péndulo roto y la marea negra neoliberal[/b]

Al igual que en otros países de Europa, el tan aclamado equilibrio constitucional fordista basado en la armoniosa alternancia en el poder de las opciones de centro–derecha y centro–izquierda ha dejado de ser una realidad. Los incrementos de volatibilidad electoral y el debilitamiento subsiguiente de la fidelidad de partido han traspasado definitivamente el umbral de las antiguas certidumbres y sitúan a los diferentes establishment de los moribundos estados nacionales ante un escenario político inédito fuertemente marcado por la emergencia de las diferentes fórmulas del neoliberalismo reaccionario. Así ocurrió en su momento con los éxitos electorales de Jörg Haider o de Jean Marie Le Pen y ahora, en Suiza, con la victoria de Christoph Blocher. Contrariamente a lo que cabría esperar, pero al igual que en otros contextos históricos de bajas cíclicas marcadas por una movilización reaccionaria (salvando las evidentes diferencias históricas, cabría recurrir a la comparación con décadas negras como la de los años treinta del siglo XX), no parece que se reúnan las condiciones para una recomposición de los viejos equilibrios de antaño. En consecuencia, la deriva derechista se extiende al conjunto de aquellos actores del régimen político que comparten una común asunción del programa neoliberal; incluidas las opciones de centro-izquierda (y ello en una mayor medida incluso de lo que quizás habría cabido esperar).

[b]Las opciones de la izquierda contra el neoliberalismo reaccionario[/b]

En la Confederación Helvética, como antes en Austria, Francia y los restantes países en los que progresan las diferentes expresiones políticas organizadas del neoliberalismo reaccionario, el resultado de las urnas ha abierto un importante debate estratégico de cuya resolución depende la definición del futuro escenario político y, por ende, la posibilidad misma de la construcción de ese otro mundo posible que reclama el altermundialismo. En este sentido, las fracturas que se evidencian en los resultados electorales bosquejan toda una serie de divisorias que amenazan con facilitar aún más el progreso del neoliberalismo reaccionario.

Así, por ejemplo, no resulta difícil detectar un serio problema en la articulación de representación y participación: en Suiza, tanto las expresiones más decantadamente partidarias del gobierno representativo (socialistas y verdes), como las más favorables a la democracia participativa (autónomos y libertarios) se han demostrado insuficientes a la hora de proponer un proyecto capaz de hacer frente a la ofensiva del neoliberalismo reaccionario. Por su parte, las opciones de izquierda que se encuentran en un punto intermedio entre los dos polos anteriores (las diversas tradiciones "post-": post-troskistas, post-maoistas, etc.) tampoco han sabido articular una solución organizativa alternativa. De la resolución concreta de este problema, más que del incesante cruce de acusaciones mutuas, depende hoy en muy buena medida el diseño de una estrategia de oposición al neoliberalismo reaccionario.

Relacionado con lo anterior se encuentra otro importante problema que en pocos países como en Suiza resulta tan evidente: la migración. A nadie se le cuenta nada nuevo cuando se insiste en que la globalización neoliberal ha desencadenado enormes flujos migratorios que han alterado profundamente la composición de la clase trabajadora. Sin embargo, a juzgar por lo que ha sido esta campaña electoral, no parece que la izquierda esté cerca de resolver el problema: allí donde los partidos tradicionales de la clase trabajadora autóctona se ven tentados del recurso al socialchovinismo, las demás opciones, integradas por y jerarquizadas por los ciudadanos suizos no suelen contraponer más que un discurso retórico y beneficiente (esto afecta por igual desde las opciones más moderadas del partido verde hasta las más radicales del anarquismo). Dos datos particularmente significativos ilustran lo que decimos: el primero nos lo ofrece la composición sociológica de la revuelta espontánea que tuvo lugar en Ginebra en la noche que siguió a la gran manifestación altermundialista contra el G-8; el segundo, el hundimiento electoral del Partido del Trabajo tras una campaña marcadamente nacionalista. Si la izquierda no encuentra pronto una solución a esta cuestión, el riesgo de expresiones fascistizantes intrínseco a la política de la desesperación seguirá abriendo camino al neoliberalismo reaccionario.

Igualmente relacionado con la composición de la clase trabajadora cabría añadir otros dos problemas fundamentales en la redefinición estratégica de la izquierda, a saber: las cuestiones de la precariedad y el género. Basta una ojeada a la composición de la nueva legislatura para darse cuenta de que ni el precariado ni las mujeres encuentran una representación ajustada a su realidad social. Los esfuerzos de las organizaciones por elaborar listas paritarias y otros recursos formales, al no ir seguidos por una praxis verdaderamente paritaria y equitativa, siguen mostrando un importante déficit político. Por otra parte, tampoco parece que las respuestas prácticas sean mucho mejores en el seno de los tan mitificados movimientos sociales. A pesar de que en este ámbito se hayan propuesto iniciativas importantes, los beneficiarios del patriarcado y la estabilidad laboral siguen obstruyendo el paso a un giro estratégico y facilitando con ello el progreso del neoliberalismo reaccionario.

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