Pierre-François Grond
En la historia de las movilizaciones de la juventud, la lucha actual de los estudiantes y de los alumnos institutos de segunda enseñanza contra el contrato primero empleo (CPE) ocupa ya un lugar destacado. Tanto por la tenacidad de esos centenares de miles de jóvenes, muchos en huelga desde hace más de tres semanas, como por la amplitud de las manifestaciones. Con 500.000 y 1,5 millón de participantes, el 16 de marzo y 18 de marzo no han sido sólo unos días de manifestaciones exitosas, sino que también han abierto una crisis social y política, un debilitamiento, seguramente momentáneo pero bien real, de un poder que se consideraba inflexible frente a los movimientos de la calle.
Partiendo de las universidades, la movilización no ha dejado de extenderse a la mayoría de los campus, a los IUT [Institutos Universitarios de Tecnología], a los institutos, en oleadas sucesivas que se prosiguen hasta el día de hoy. Los bloqueos de establecimientos escolares dan testimonio de la profundidad del movimiento. No sólo porque los jóvenes en huelga no quieren ser penalizados, en sus cursos, por sus ausencias a clase, sino también porque muestran al conjunto de la población la gravedad del momento. Si el CPE se aplica, la inmensa mayoría de la juventud va a caer aún más en la precariedad, la relación de fuerza entre empresarios y asalariados se deteriorará todavía más, el gobierno y el empresariado se verán aún más fortalecidos en su voluntad de destruir el código de trabajo. Quieren derrotar a los jóvenes para someter después al conjunto de los trabajadores a la ley de la selva liberal.
Por ello esta semana es decisiva para construir la unión de todos los jóvenes y de los asalariados. Los movimientos de jóvenes han triunfado a menudo con sus propias fuerzas, o en circunstancias dramáticas, como en 1986. Pero, frente a la apisonadora liberal y a la determinación de la derecha, frente a la dinámica derechizante del enfrentamiento Villepin-Sarkozy, los jóvenes no pueden, esta vez, ganar solos. He aquí el sentido del llamamiento de la coordinación estudiantil a un día de huelga interprofesional, el 23 de marzo, uniendo a jóvenes y trabajadores. Hace falta responderles positivamente multiplicando los llamamientos unitarios, de instancias sindicales, a la huelga y a la manifestación.
No dejar solos a los jóvenes esta semana, esta debe ser la señal a enviar. No sólo por solidaridad, sino igualmente para mostrar que la lucha contra el CPE es en adelante una cuestión del mundo del trabajo. La intersindical, reunida el lunes, 20 de marzo, decidió sostener el día de movilización del 23 de marzo y apela, el 28 de marzo, a un día de acciones, de huelgas y de manifestaciones. Digámoslo sin ambages, la decisión de la intersindical no está a la altura de la prueba de fuerza establecida por el gobierno. A nuestro parecer, era imperativo implicarse en la jornada de movilización del 23 de marzo, respaldada por el conjunto de los movimientos de la juventud. Dos fechas están, por lo tanto, insertas en el paisaje. No se oponen entre sí. Conseguir que la huelga y las manifestaciones de los jóvenes el 23 de marzo sean un éxito, extender esta movilización a todos los sectores asalariados que, nacional o localmente, quieren actuar desde ahora mismo. Transformar el 28 de marzo en una huelga total interprofesional que paralice el país y que obligue, si para entonces no lo ha hecho ya, a ceder al gobierno.
El levantamiento de la juventud contra la precariedad abre una crisis social que obliga al conjunto de las fuerzas sindicales y políticas de izquierda a sostener la consigna de la retirada del CPE. Ya comienzan las maniobras que pretenden maquillarlo. Sin embargo, el mensaje expresado por las y los que se mobilizan es claro: el CPE no es negociable, ni enmendable. La ley es de aplicación directa, no necesita de ningún decreto. O el Consejo constitucional la anula, cosa muy incierta, o lo hace la calle. Ninguna negociación colectiva puede mejorar una ley perversa. Ir hasta el final en la prueba de fuerza, es evidentemente atreverse a la crisis política. Villepin liga su suerte a su ley sobre la igualdad de oportunidades. La derecha, en el poder desde el 2002, elegida en las circunstancias que conocemos, ha destruido metódicamente décadas de derechos sociales adquiridos. ¿Se sabe lo suficiente que esta famosa que ley que incluye el CPE también permite la vuelta del trabajo nocturno para los jóvenes aprendices desde los 15 años? De las jubilaciones al seguro de enfermedad, del código del trabajo a las privatizaciones de servicios públicos, la suma se hace pesada. Y especialmente indecente, ya que en cada ocasión electoral el poder ha sido castigado. Es, hoy más que ayer, ilegítimo.
Lo proclamamos desde hace bastantes meses: debemos ganar, sin esperar al 2007. Queremos una victoria social y política, ahora. Para devolver la confianza a todos los que resisten. Para permitir volver a levantar la cabeza a los que fracasaron en el 2003. Para que una nueva generación comience su vida política y social con una victoria. Porque una alternativa anticapitalista no puede construirse sin lucha, sin victoria -aún parcial- del mundo del trabajo y de la juventud. La derecha lo ha comprendido bien, si es derrotada hoy en la calle, lo será mañana en las urnas. La victoria es posible. Se trata de no dejársela robar, manteniendo la presión. Que el Primer ministro ceda o que dimita.
* Publicado en Rouge [1] n° 2151, 23-03-2006 / Traducido por E. Reno para corriente[a]lterna