Cristina Garaizabal (Colectivo Hetaira)
En nuestro país ejercer la prostitución no constituye un delito, pero paradójicamente, quienes la ejercen no tienen reconocidos sus derechos. Más aún, en muchas ciudades y especialmente en Madrid y Barcelona, las prostitutas que captan su clientela en la calle y que son el sector más vulnerable están siendo acosadas y hostigadas por Planes y Ordenanzas Municipales que empeoran día a día su situación.
La prostitución es una realidad muy diversa, una actividad que puede desarrollarse y vivirse de muchas formas. Cada una de estas situaciones plantea problemas diferentes y es necesario luchar por la defensa de todas las personas que ejercen la prostitución, especialmente de las mujeres porque son las más discriminadas y estigmatizadas por ello.
Existe un tanto por ciento de mujeres, entre un 5 y un 10% según el sector de prostitutas que nosotras conocemos, que lo hacen forzadas y engañadas por las mafias. Ante esta situación es necesario que se persiga con determinación a estas mafias que mantienen a las mujeres trabajando en un régimen de esclavitud. Pero las acciones que se realicen deben poner en primer término la protección de las mujeres que denuncian sin criminalizar a las víctimas.
También existe un sector de mujeres que han interiorizado el estigma que la sociedad hace recaer sobre las prostitutas, se sienten mal trabajando en esto y desean abandonar el ejercicio de la prostitución. Para ellas es necesario que se destinen recursos económicos y materiales y alternativas de formación y empleo reales y efectivas, a los que puedan acogerse voluntariamente.
Pero existe un tanto por ciento muy elevado, mayoritario según nuestros datos, que desea continuar ejerciendo la prostitución pero en mejores condiciones. Desean ser tratadas con dignidad, sin ser estigmatizadas por desarrollar ese trabajo; desean no ser discriminadas y tener los mismos derechos que otros trabajadores; aspiran a poder trabajar en la calle pero en zonas tranquilas, seguras, sin ser molestadas y sin molestar ellas a nadie... Para este sector de prostitutas nos parece imprescindible descriminalizar totalmente la prostitución y reglamentar las relaciones con terceras partes de acuerdo con los códigos de comercio ordinarios, incluyéndose claúsulas especiales para impedir que se abuse de las prostitutas y se las estigmatice.
También es necesario reconocer la prostitución como una actividad económica legítima, es decir como un trabajo con unas características particulares. Estas particularidades son especialmente la estigmatización que sufren las mujeres que lo realizan y el hecho de que los servicios que se dan sean sexuales, en sociedades que magnifican la sexualidad. Y estos hechos deben tenerse en cuenta, por ejemplo, para preservar el derecho de las prostitutas a decidir qué clientes aceptan y qué tipo de servicios ofrecen, sin que nadie, especialmente los empresarios, pueda interferir en esta decisión.
Desde nuestro punto de vista es fundamental que en las medidas legislativas que se tomen en relación a la prostitución se cuente con la voz de las personas trabajadoras del sexo y de aquellas asociaciones constituidas por ellas.
Somos conscientes de que la prostitución que capta la clientela en la calle es el sector que resulta más conflictivo para la opinión pública. Pero, contrariamente a lo que a veces se oye, es también el sector más independiente porque no quiere compartir sus ingresos con nadie ni que nadie le marque horarios. Para acabar con este problema es necesario que se creen espacios públicos, al estilo de los barrios rojos de algunas ciudades europeas, donde se pueda ejercer libremente la prostitución, en buenas condiciones de higiene, seguridad y tranquilidad. La ubicación de dichos barrios debe ser negociada con las personas trabajadoras del sexo y los vecinos en pie de igualdad.
Por último nos parece imprescindible que se reconozca y respete la dignidad de las prostitutas y su capacidad de decidir, sin coacciones, a qué quieren dedicarse y cómo o con quién quieren establecer acuerdos comerciales.
Las posiciones abolicionistas niegan esta capacidad de decisión y reproducen la vieja idea de que las mujeres somos seres menores de edad, que necesitamos ser protegidas aún en contra de nuestra voluntad. Al considerar que la “prostitución reduce a las mujeres a la categoría de cuerpos, meros objetos para el uso y disfrute de los hombres” contribuye a reforzar la estigmatización de las trabajadoras del sexo. Además, esta forma de acercarse a la realidad de las prostitutas impide ver las estrategias que éstas utilizan para sobrevivir en un mundo lleno de desigualdades. Un mundo de una dureza excesiva para determinados sectores de la población, especialmente si se trata de mujeres.
Independientemente de la opinión que nos merezca la prostitución, no podemos seguir permitiendo que un sector tan amplio de mujeres se vean desposeídas de los derechos más elementales. Reconocer los derechos de las trabajadoras del sexo es una cuestión de justicia que no puede posponerse por cuestiones electoralistas ni moralistas.




















