Javier Valdés (Espacio Revolucionario Andaluz )
Podemos considerar que la realidad del cambio climático está aceptada de forma mayoritaria por el conjunto de la sociedad. De hecho, la encuesta1 realizada por una empresa barcelonesa a 219 personas con fecha del 1 al 8 de marzo del 2000 realiza una pregunta, la cual ya asume la realidad del cambio climático: “¿Considera que el cambio climático nos afectará gravemente?”. El 64,84% de los encuestados responde que sí. En cambio, si usted visita páginas de reconocida ideología ultraliberal (y no voy a dar ningún nombre) o lee el último libro del best-selleriano Michael Crichton, verá una realidad distinta: el cambio climático no existe y si existiera no estaría provocado por la acción humana.
En 1989, empresas como Shell, Exxon, Texaco y Ford impulsan la Global Climate Coalition (GCC), cuyo primer objetivo es desacreditar el cambio climático y su relación con la actividad humana, ejerciendo a la par presión sobre las reuniones internacionales en torno a la cuestión. Quizá sólo a la luz de esto último se pueda entender el fracaso de asistencia gubernamental a la cumbre de Johannesburgo de 2002 o la comprometida situación de aceptación y compromiso respecto al protocolo de Kyoto. No es pues baladí el hecho de que las opiniones que van en la misma línea que las de la GCC sean defendidas en aquellos espacios de opinión marcadamente conservadores. Vemos así que el Capital, o al menos la parte del Capital relacionada con el sector energético y automovilístico, ofrece resistencias a hacer ver las consecuencias directas de su actividad.
Los tres grandes engranajes del cambio climático
La máquina del cambio climático posee tres grandes engranajes relacionadas entre si: efecto invernadero, modificación del ciclo hidrológico y pérdida de la capa de ozono. Respecto a los dos primeros, cabe decir que según los datos hechos públicos en 2002 por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climatico (IPCC: Intergovernmental Panel on Climate Change)2, ha habido un aumento de la temperatura global en 0,6 ºC en el último siglo, existe en el planeta un 10% menos de cobertura de nieve respecto a 1960, en las altas y medias latitudes existe un aumento de las precipitaciones otoñales de entre un 0,5 y un 1% por década y una disminución en las zonas tropicales y subtropicales del 0,3% por década. ¿Están todos estos cambios relacionados con la actividad humana o se deben a un fenómeno natural más amplio?
Si nos vamos a una base de datos y realizamos una búsqueda a lo largo de la historia de entre las publicaciones científicas, vemos que uno de los primeros trabajos científicos sobre cambio climático aparece en 1970 con el siguiente título: “Dióxido de carbono y su papel en el cambio climático”3. No es casualidad que los primeros artículos científicos que vinculen el cambio climático con el incremento de CO2 atmosférico aparezcan al comienzo de la década de los 70, después de que en la década anterior se gestase el movimiento ecologista y después de que la ciencia de la Ecología introdujese al hombre en sus estudios y dejase de estudiar los escasos parches de naturaleza “prístina” que aún quedaban. Desde esos orígenes de lo que podríamos llamar la Ciencia del Cambio Climático, el número de artículos científicos sobre esta temática ha crecido de forma exponencial y se han multiplicado también las formas de abordar estos estudios. Así, el año 2005 (sin haber terminado aún el año 2006) posee la cifra record de 2.710 trabajos internacionales relacionadas con cambio climático, de entre los que son una minoría abrumadora los que justifican desde un punto de vista climatológico el hecho y abundan aquellos trabajos que relacionan el cambio con cualquier proceso interno de los ecosistemas, las comunidades, las poblaciones y los individuos.
Tanto peso toma la idea de que el aumento de los niveles de CO2 en la atmósfera debido a la actividad humana es el principal responsable del efecto invernadero, que en 1997 se desarrolla el protocolo de Kyoto e incluso el Secretario General de la O.N.U. en su informe para la cumbre de Johannesburgo de 2002 afirma que los niveles dióxido de carbono aumentarán en un 75% en el periodo que comprende desde 1997 hasta 2020, y esta predicción la plantea entre los datos que indican la evolución de los distintos desastres que componen la crisis ecológica.
Dos grandes interrogantes
Admitiendo la realidad del cambio climático hay dos cuestiones tendidas sobre el tapete ¿cómo o en qué medida nos afectará el cambio climático? ¿es posible poner freno al proceso?
Respecto a la primera pregunta: sabemos que no es lo mismo un aumento de 0,6ºC en pleno desierto del Sahara que en las zonas polares y peri-polares, en donde dicho aumento puede significar una disminución de la superficie cubierta de nieve y un aumento del periodo libre de hielo, lo cual entre otras causas ha originado el cambio en la composición de especies acuáticas de algunas de las lagunas de estas áreas4. Sirva para otras latitudes que los sistemas biológicos ofrecen cierta resistencia al cambio, por lo que cuando se origina un cambio en los factores climáticos, en muchas ocasiones no son rastreados por los productores (vegetales) y más difícilmente lo serán por los consumidores (animales y otros)5, pero claro está que todo dependerá de la magnitud de la perturbación; a mayor cambio climático, mayor posibilidad de alterar las relaciones ecológicas. Y una relación ecológica es la que mantiene el hombre con las plantas que consume y con los patógenos, es decir: la agricultura y la salud humana. La reducción de las precipitaciones en determinadas áreas del planeta, parece un problema serio para la agricultura local, que junto al hecho del calentamiento global acarreará en nuestra latitud el peligro de exportar las epidemias del sur, no sólo para la agricultura, sino también para la salud humana. Resumiendo: los efectos del cambio climático dependerán de la latitud en que nos encontremos y de la magnitud del propio proceso.
Respecto a la segunda pregunta, he de señalar la esquizofrenia entre quienes desde dentro de la lógica del capitalismo admiten y rechazan la realidad del cambio climático y la de su humano origen. En la actual fase del capitalismo donde se lleva a cabo un aumento salvaje de la tasa de ganancia a costa del incremento de la explotación, en la que cualquier regulación por parte del Estado ha sido disminuida respecto a periodos anteriores de sueños keynesianos, es imposible pensar que la solución al problema va a venir por imposición de los Estados, y mucho menos va a venir desde la anarquía que opera en los mercados internacionales. Más bien la tendencia es todo lo contrario, y es que si uno revisa las sentencias del CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones), un órgano internacional que sustituye en la práctica a los tribunales nacionales en Latinoamérica en lo referente a acuerdos de inversión entre los Estados y las trasnacionales6, puede ver que la propiedad privada está protegida contra toda expropiación, frente a la cual se debe indemnizar a la empresa y que incluso “… las medidas de protección del medio ambiente pueden ser consideradas medidas expropiatorias a este respecto …”, por lo que “… el Estado está obligado a pagar la debida indemnización.”.
La lógica del capitalismo hace que el productivismo sobre el que se asienta, imponga a la Naturaleza unos ritmos de reciclado de sus elementos ajenos a ella misma, lo que provoca la actual crisis ecológica. La superación de esta crisis sólo se llevará a cabo en la medida en que seamos capaces de resolver el antagonismo entre la propiedad de los recursos naturales y los ritmos de extracción de éstos. Mientras que la propiedad de los recursos naturales sea privada y mientras que los ritmos de extracción vengan impuestos por el mercado capitalista, las tasas naturales de reciclado de los elementos (agua, aire, suelo, elementos químicos, etc) serán obviadas sistemáticamente agravando aún más el problema de fondo. Quizá ahora sí tengamos la posibilidad de reverdecer el “Socialismo o Barbarie” de Luxemburg.




















