La pesada herencia de la guerra civil
memoria

La guerra civil constituye una terrible experiencia fundadora. Crea una costumbre hastiada a las formas más extremas e inhumanas de una violencia que se añade a los ensañamientos de la guerra mundial. Forja una herencia de brutalidad burocrática, de la que Lenín tomará conciencia con ocasión de la crisis con los comunistas georgianos, y de la que Trotsky da cuentas en su Stalin. El "Testamento de Lenín" y el "Diario de sus secretarias" (ver Moshe Lewin, El último combate de Lenín, Minuit, 1979) dan fe, en su agonía, de esta conciencia patética del problema. Mientras que la revolución es un asunto de pueblos y multitudes, Lenín agonizante se ve reducido a sopesar los vicios y las virtudes de un puñado de dirigentes de los que casi todo parece depender en adelante. En definitiva, la guerra civil ha significado un "gran salto hacia atrás", una "arcaización" del país en relación al nivel de desarrollo alcanzado antes de 1914. Ha dejado al país exhausto. De los cuatro millones de habitantes que tenían Petrogrado y Moscú a comienzos de la revolución, no quedaban más que 1,7 millones a fines de la guerra civil. En Petrogrado, 380.000 obreros abandonaron la producción quedando 80.000. Las ciudades devastadas se convirtieron en parásitas de la agricultura, obligando a retenciones autoritarias de aprovisionamientos. Y el Ejército rojo alcanzó un efectivo de 4 millones. "Cuando el nuevo régimen pudo al fin conducir el país hacia su objetivo declarado, escribe Moshe Lewin, el punto de partida se reveló bastante más atrasado de lo que habría sido en 1917, por no decir en 1914".

A través de la guerra civil se forja "un socialismo atrasado" y estatalista, un nuevo estado edificado sobre ruinas: "En verdad, el estado se formaba sobre la base de un desarrollo social regresivo". (Moshe Lewin, Russia, URSS, Russia, Londres 1995). Ahí reside la raíz esencial de la burocratización de la que ciertos dirigentes soviéticos, entre ellos Lenín, toman bastante pronto conciencia a la vez que se desesperan de no lograr contenerla. Aquí, el peso terrible de las circunstancias y la ausencia de cultura democrática acumulan sus efectos. No queda así ninguna duda de que la confusión mantenida, desde la toma del poder, entre el estado, el partido, y la clase obrera, en nombre de la extinción rápida del estado con que se contaba y de la desaparición de las contradicciones en el seno del pueblo favorece considerablemente la estatización de la sociedad y no la socialización de las funciones estatales. El aprendizaje de la democracia es un asunto largo, difícil. No va al mismo ritmo que los decretos de reforma económica, tanto menos en la medida que el país no tiene prácticamente tradiciones parlamentarias y pluralistas. Reclama tiempo, energía, también medios. La efervescencia en los comités y los soviets del año 1917 ilustra los primeros pasos de un aprendizaje así, en el curso del cual se dibuja una sociedad civil.

Ante la prueba de la guerra civil, la solución más sencilla consiste en subordinar los órganos de poder popular, consejos y soviets, a un tutor ilustrado: el partido. Prácticamente, consiste también en reemplazar el principio de la elección y del control de los responsables por su nominación a iniciativa del partido, desde 1918 en ciertos casos. Esta lógica lleva finalmente a la supresión del pluralismo político y de las libertades de opinión necesarias a la vida democrática, así como a la subordinación sistemática del derecho a la fuerza. El engranaje es tanto más temible en la medida en que la burocratización no procede solo de una manipulación desde arriba. Responde también a veces a una demanda de abajo, a una necesidad de orden y de tranquilidad nacida de los cansancios de la guerra y de la guerra civil, de las privaciones y del desgaste, que las controversias democráticas, la agitación política, la demanda constante de responsabilidad molestan. Marc Ferro ha subrayado muy pertinentemente en sus libros esta terrible dialéctica. Recuerda así que existían claramente "dos focos democrático-autoritarios en la base, centralista-autoritario en la cumbre", al comienzo de la revolución, mientras "que ya no queda más que uno en 1939".

Pero, para él, la cuestión está prácticamente zanjada al cabo de algunos meses, desde 1918 o 1919, con el decaimiento y el control de los comités de barrio y de fábrica (ver Marc Ferro, Les Soviets en Russie, collection Archives). Siguiendo un planteamiento análogo, el filósofo Philippe Lacoue-Labarthe es aún más explícito declarando al bolchevismo "contrarrevolucionario a partir de 1920-1921" (es decir antes de Kronstadt). (Cf. Revue Lignes n.31, mayo 1997). El asunto es de la mayor importancia. No se trata de oponer punto por punto, de forma maniquea, una leyenda dorada del "leninismo bajo Lenin" al leninismo bajo Stalin, los luminosos años veinte a los sombríos años treinta, como si nada hubiera aún comenzado a pudrirse en el país de los soviets. Por supuesto la burocratización está inmediatamente en marcha, por supuesto la actividad policial de la tcheka tiene su lógica propia, por supuesto el penal político de las islas Solovski es abierto tras el fin de la guerra civil y antes de la muerte de Lenin, por supuesto la pluralidad de partidos es suprimida, la libertad de expresión limitada, los derechos democráticos incluso en el partido son restringidos desde el X Congreso de 1921.

Pero el proceso de lo que llamamos la contrarrevolución burocrática no es un acontecimiento simple, fechable, simétrico de la insurrección de Octubre. No se hace en un día. Pasa por decisiones, enfrentamientos, acontecimientos. Los propios actores no han dejado de debatir sobre su periodización, no por gusto de precisión histórica, sino para intentar deducir de ello tareas políticas. Testigos como Rosmer, Eastman, Souvarine, Istrati, Benjamin, Zamiatine y Boulgakov (en su carta a Stalin), la poesía de Maiakowski, los tormentos de Mandelstam o de Tsetaieva, los carnets de Babel, etc, pueden contribuir a esclarecer las múltiples facetas del fenómeno, su desarrollo, su progresión. Así, cuando la desastrosa represión de Kronstadt hace tomar conciencia en la primavera de 1921 de una reorientación necesaria de la política económica, cuando la guerra civil es victoriosamente terminada, las libertades democráticas son de nuevo restringidas en lugar de ser ampliadas: el X congreso del Partido prohíbe entonces las tendencias y las fracciones. Con la visión histórica, es necesario volver sobre estas cuestiones de la democracia representativa, del pluralismo político, de la censura, de la disolución de la Asamblea constituyente, para formular teóricamente los problemas a los que se han enfrentado los pioneros del socialismo y para meditar sus lecciones.

No hay ninguna duda de que la herencia del zarismo, los cuatro años de carnicería mundial durante los cuales fueron movilizados más de quince millones de soldados rusos, las violencias y las atrocidades de la guerra civil, influyeron infinitamente más sobre el futuro del régimen revolucionario que las faltas doctrinales de sus dirigentes, por graves que fueran. Es sin embargo necesario volver, con la distancia histórica, sobre las cuestiones democráticas en la revolución, no para rehacer la historia, sino para formular teóricamente los problemas a los que se han enfrentado los pioneros del socialismo y para asimilar sus lecciones. En un artículo sobre "la Revolución y la ley" publicado por Pravda el 1 de diciembre de 1917 (¡), Anatole Lunatcharski, futuro ministro de educación, comenzaba con esta constatación: "Una sociedad no está unificada como un todo". Se necesitó mucho tiempo y muchas tragedias para sacar todas las consecuencias de esta pequeña frase.

Porque una sociedad no está unificada como un todo, incluso tras el derrocamiento del antiguo orden, no se puede pretender socializar el estado por decretos sin correr el riesgo de estatizar la sociedad. Porque la sociedad no está unificada como un todo, los sindicatos deben permanecer independientes en relación al estado y a los partidos, los partidos independientes en relación al estado. Las contradicciones entre los intereses existentes en la sociedad deben poder ser expresados por una prensa independiente y por una pluralidad de formas de representación. Es también por ello que la autonomía de la forma y de la norma jurídica debe garantizar que el derecho no se reduce a arbitrariedad perennizada de la fuerza. La defensa del pluralismo político no es por tanto una cuestión de circunstancias, sino una condición esencial de la democracia socialista. Es la conclusión que Trotsky saca de la experiencia en La Revolución Traicionada: "En realidad las clases son heterogéneas, desgarradas por antagonismos internos, y no llegan a fines comunes más que por la lucha de las tendencias, de los agrupamientos y de los partidos". Esto quiere decir que la voluntad colectiva no puede expresarse más que a través de un proceso electoral libre, cualesquiera que sean sus formas institucionales, combinando democracia participativa directa y democracia representativa.

Sin constituir una garantía absoluta contra la burocratización y los peligros profesionales del poder, pueden sin embargo desprenderse algunas respuestas y orientaciones de la experiencia.

- La distinción de las clases, de los partidos y del estado, debe traducirse en el reconocimiento del pluralismo político y sindical, como única forma de permitir la confrontación de programas y de opciones alternativas sobre todas las grandes cuestiones de sociedad, y no el simple intercambio de puntos de vista provenientes de las instancias locales del poder.

- Una forma de democracia que combine consejos de producción y consejos territoriales, con una expresión directa y un derecho de control, no solo de los partidos, sino de los sindicatos, asociaciones, movimientos de mujeres.

- La responsabilidad y la revocabilidad de los electos por quienes les han elegido, y no un mandato imperativo que bloquearía toda función deliberativa de las asambleas elegidas.

- La limitación de la acumulación y de la renovación de los mandatos electivos y la limitación del salario del electo a nivel del obrero/a cualificado/a o del empleado/a de los servicios públicos, a fin de restringir la personalización y la profesionalización del poder.

- La descentralización del poder y la redistribución e las competencias a nivel local, regional, o nacional más cercano a los ciudadanos, con el derecho de veto suspensivo de las instancias inferiores sobre las decisiones que les afecten directamente y posible recurso a referendums de iniciativa popular.

Una democracia de los productores libremente asociados es perfectamente compatible con el ejercicio del sufragio universal. Consejos comunales o asambleas populares territoriales pueden estar formados de representantes de las unidades de trabajo y de habitación y someter toda decisión importante al voto de las poblaciones concernidas. Experiencias recientes, la de Polonia en 1980-1981, la de Nicaragua en 1984, han puesto al orden del día la posibilidad de un sistema de dos cámaras, una elegida directamente mediante el sufragio universal, la otra representando directamente a los obreros, los campesinos, más ampliamente las diferentes formas asociativas del poder popular. Esta respuesta (que puede incluir en los estados plurinacionales una cámara de las nacionalidades) satisface teóricamente a la vez la exigencia de elecciones generales y la preocupación por la democracia popular más directa posible. permite no confundir por decreto la realidad de la sociedad y la esfera del estado, llamada a ir debilitándose a medida que se desarrolla, se extiende y se generaliza la autogestión. Estas grandes orientaciones resumen las lecciones de una historia dolorosa. No constituyen ni un arma absoluta contra los peligros profesionales del poder, ni una receta para cada situación concreta.

Se puede discutir retrospectivamente sobre las consecuencias de la disolución de la Asamblea Constituyente por los bolcheviques, la representatividad respectiva de esta Asamblea y el Congreso de los Soviets a fines de 1917, sobre saber si no hubiera sido preferible mantener duraderamente una doble forma de representación (especie de dualidad prolongada de poder). Puede preguntarse si no habría habido que organizar desde el final de la guerra civil elecciones libres, a riesgo de ver, en un contexto de destrucción y de presión internacional ver a los Blancos militarmente vencidos ganar. Esta situación particular depende de relaciones de fuerza específicas, nacionales e internacionales. Toda la experiencia histórica en cambio confirma la advertencia lanzada por Rosa Luxemburg en 1918: "Sin elecciones generales, sin una libertad de la prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se apaga en todas las instituciones públicas, vegeta, y la burocracia sigue siendo el único elemento activo" (La Revolución Rusa). La democracia más amplia es inseparablemente una cuestión de libertad y una condición de eficacia económica: solo ella puede permitir una superioridad de la planificación autogestionaria sobre los automatismos del mercado.

¿Voluntad de potencia o contrarrevolución burocrática?

La suerte de la primera revolución socialista, el triunfo del estalinismo, los crímenes de la burocracia totalitaria constituyen uno de los hechos más importantes del siglo. Para algunos, el principio del mal residiría en un mal fondo de la naturaleza humana, en una irreprimible voluntad de poder que puede manifestarse bajo diferentes máscaras, incluso la de la pretensión de hacer la felicidad de los pueblos a su pesar, de imponerles los esquemas preconcebidos de una ciudad perfecta. El objetivo polémico del Libro Negro consiste en establecer una estricta continuidad entre Lenin y Stalin, arruinando "la vieja leyenda de la revolución de Octubre traicionada por Stalin": "Los horrores del estalinismo son consustanciales al leninismo" (Jacques Amalric); "El impulso criminal precoz corresponde a Lenín" (Eric Conan, L´Express, 6 de noviembre).

A falta de haber llevado la crítica de su propio pasado hasta un examen riguroso de la periodización de la revolución rusa, de las orientaciones que se enfrentaron a lo largo de los años veinte y treinta, algunos responsables del PCF se contentan por su parte con una autocrítica vaga y se dejan llevar a hablar de los crímenes del estalinismo como de la "prolongación trágica" del acontecimiento revolucionario (Claude Cabanes, L´Humanité, 7 de noviembre). Si un destino implacable, portador de tales desastres, estuviera en marcha desde el primer día, ¿porqué pretenderse aún comunista?