A pesar de la reacción burocrática, que comienza muy pronto a "helar la revolución", a pesar de las penurias y del atraso cultural, el impulso revolucionario inicial se hace aún sentir a lo largo de los años veinte, en las tentativas pioneras en el frente de la transformación del modo de vida: reformas escolares y pedagógicas, legislación familiar, utopías urbanas, invención gráfica y cinematográfica. Es aún ese impulso el que permite explicar las contradicciones y las ambigüedades de la "gran transformación" operada en el dolor entre las dos guerras, donde se mezclan aún el terror burocrático y la energía de la esperanza revolucionaria. No fue la menor de las dificultades para tomar conciencia del sentido y del alcance histórico del fenómeno.
Es importante por tanto captar en la organización social, en las fuerzas que se constituyen y se oponen en ella, las raíces y los resortes profundos de lo que a veces se ha llamado "el fenómeno estalinista". El estalinismo, en circunstancias históricas concretas, remite a una tendencia más general a la burocratización, que actúa en todas las sociedades modernas. Es alimentada fundamentalmente por el auge de la división social del trabajo (entre trabajo manual e intelectual principalmente), y por "los peligros profesionales del poder" que le son inherentes. En la Unión Soviética, esta dinámica fue tanto más fuerte y rápida en la medida en que la burocratización se produjo sobre un fondo de destrucción, de penuria, de arcaísmo cultural, en ausencia de tradiciones democráticas.
Desde el origen, la base social de la revolución era a la vez amplia y estrecha. Amplia en la medida en que reposaba en la alianza entre los obreros y los campesinos que constituían la aplastante mayoría social. Estrecha en la medida en que su componente obrera, minoritaria, fue rápidamente laminada por los desastres de la guerra y las pérdidas de la guerra civil. La brutalidad burocrática es proporcional a la fragilidad de su base social. Es constitutiva de su función parasitaria. No deja de haber una ruptura, una discontinuidad irreductible, tanto en la política interna como en la política internacional, entre el comienzo de los años veinte y los terribles años treinta. Las tendencias autoritarias comenzaron ciertamente a hacerse visibles bastante antes. Obsesionados por el "enemigo principal" (en este caso bien real) de la agresión imperialista y de la restauración capitalista, los dirigentes bolcheviques comenzaron por ignorar o subestimar "el enemigo secundario", la burocracia que les minaba desde el interior y acabó por devorarles.
Este inédito escenario era difícil de imaginar. Se necesitó tiempo para comprenderlo, interpretarlo, para sacar las consecuencias. Si Lenin percibió sin duda la señal de alarma que significó la crisis de Kronstadt, hasta el punto de impulsar una profunda reorientación económica, no será sino bastante más tarde, en La Revolución Traicionada, cuando Trotsky llegará a fundar como principio el pluralismo político sobre la heterogeneidad del proletariado mismo, incluso tras la toma del poder. La mayor parte de los testimonios y de los documentos sobre la Unión soviética o sobre el Partido bolchevique mismo (ver el Moscú bajo Lenin de Rosmer, el Leninismo bajo Lenín de Marcel Liebman, la historia del partido bolchevique de Pierre Broué, el Stalin de Souvarine y el de Trotsky, los trabajos de E.H.Carr, de Tony cliff, de Moshe Lewin, de David Rousset) no permiten ignorar, en la estrecha combinación de ruptura y de continuidad, el gran giro de los años treinta.
La ruptura gana de lejos, atestiguada por millones y millones de muertos de hambre, de deportados, de víctimas de los procesos y de las purgas. Fue preciso el desencadenamiento de tal violencia para llegar al "congreso de los vencedores" de 1934 y a la consolidación del poder burocrático.
El gran giro.
Entre el terror de la guerra civil y el gran terror de los años treinta, Nicolas Werth privilegia la continuidad. Debe para ello relativizar la significación de los años veinte, de las opciones que se presentan en ellos, los conflictos de orientación en el seno del partido, reducirlos a una simple "pausa" o "tregua" entre dos auges terroristas. Aporta sin embargo él mismo los elementos que testimonian un cambio (cuantitativo) de la escala represiva y un cambio (cualitativo) de su contenido. En 1929, el plan de "colectivización de masas" fija el objetivo de trece millones de explotaciones a colectivizar por la fuerza. La operación provoca las grandes hambrunas y las deportaciones de masas de 1932-1933: "La primavera de 1933 marcó sin duda el apogeo de un primer gran ciclo de terror que había comenzado a finales de 1929 con el lanzamiento de la deskoulakizción" (N. Werth, Libro negro, p. 199). Tras el asesinato de Kirov, comienza en 1934 el segundo gran ciclo, marcado por los grandes procesos y sobre todo por la "gran purga" (iejovschina) de 1936-1938, cuyo número de víctimas está evaluado en 690.000. La colectivización forzosa y la industrialización acelerada conllevan un desplazamiento masivo de poblaciones, una "ruralización" de las ciudades, y una masificación vertiginosa del Gulag.
A lo largo del proceso, la legislación represiva se desarrolla y se refuerza. En junio de 1929, al mismo tiempo que la colectivización de masas, es puesta en pie una reforma capital del sistema de detención: los detenidos condenados a penas de más de tres años serán en adelante transferidos a los campos de trabajo. Ante la importancia incontrolable de las migraciones interiores, una decisión de diciembre de 1932 introduce los pasaportes interiores. Algunas horas después del asesinato de Kirov (dirigente del partido en Petrogrado), Stalin redacta un decreto conocido como "ley del 1 de diciembre de 1934" legalizando los procedimientos expeditivos y proporcionando el instrumento privilegiado del gran terror. Más allá del aplastamiento de los movimientos populares urbanos y rurales, este terror burocrático liquida lo que subsiste de la herencia de Octubre. Se sabe que los procesos y las purgas produjeron enormes claros en las filas del partido y del ejército. La mayor parte de los cuadros dirigentes del período revolucionario son deportados o ejecutados.
De los 200 miembros del Comité Central del Partido Comunista ukraniano, no hubo más que tres supervivientes. En el ejército, el número de los arrestos alcanzó más de 30.000 cuadros de 178.000. Paralelamente, el aparato administrativo requerido para esta empresa represiva y para la gestión de una economía estatalizada se dispara. Según Moshe Lewin, el personal administrativo pasó entonces de 1.450.000 miembros en 1928 a 7.500.000 en 1939, el conjunto de los trabajadores de cuello blanco de 3.900.000 a 13.800.000. La burocracia no es una palabra vana. Se convierte en una fuerza social: el aparato burocrático de estado devora lo que quedaba de militante en el partido. Esta contrarrevolución hace también sentir sus efectos en todos los terrenos, tanto en el de la política económica (colectivización forzosa y desarrollo a gran escala del Gulag), de la política internacional (en China, en Alemania, en España), de la política cultural (ver el libro de Varlam Chalamov, Les années vingt que subraya el contraste entre esos años aún efervescentes y los terribles años treinta), de la vida cotidiana, con lo que Trotsky llamó el "thermidor en el hogar", de la ideología (con la cristalización de una ortodoxia de Estado, codificación del "diamat" y redacción de una Historia oficial del partido).
Hay que llamar a las cosas por su nombre, y a una contrarrevolución una contrarrevolución, de otra forma masiva, de otra forma visible, de otra forma desgarradora que las medidas autoritarias, por inquietantes que fueran, tomadas en el fuego de la guerra civil. Nicolas Werth, por su parte, está desgarrado entre el reconocimiento de lo que hay de radicalmente nuevo en esos años treinta y su voluntad de establecer una continuidad entre la promesa revolucionaria de octubre y la reacción estalinista triunfante. Habla así de "episodio decisivo" en la puesta en pie del sistema represivo o de "último episodio del enfrentamiento comenzado en 1918-1922". Episodio o giro decisivo, hay que elegir. Optar por la continuidad lleva a saltar por encima de los años veinte, sus controversias y sus envites, como si se tratara de un simple paréntesis. El relato lineal de la represión sala entonces de su contexto. Relega a un segundo plano difuso los conflictos alrededor de opciones cruciales, tanto en materia de política internacional (orientación durante la revolución china, actitud ante el ascenso del nazismo, oposiciones sobre la guerra de España), como en materia de política interna (oposición tanto trotskysta como bujariniana a la colectivización forzosa, ¡alternativas económicas y sociales propuestas en nombre de una otra idea del comunismo!)
Contrarrevolución y restauración.
La idea de contrarrevolución turba a algunos con el pretexto de que no lleva al restablecimiento de la situación anterior. El tiempo histórico no es reversible como el de la física mecánica. La película no va hacia atrás. Tras Thermidor, Jospeh de Maistre, el ideólogo conservador durante la revolución y buen conocedor en materia de reacción, señalaba ya finamente que una contrarrevolución no es una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de una revolución. Los dos procesos no son simétricos. Una contrarrevolución puede así producir algo nuevo e inédito. Fue el caso en la Alemania bismarckiana tras el fracaso de las revoluciones de 1848. Igualmente, Thermidor no es todavía la Restauración. El imperio constituye una larga zona gris en la que se mezclan las aspiraciones revolucionarias y la consolidación de un orden nuevo.
Es en una zona gris análoga donde se han perdido numerosos militantes comunistas sinceros, impresionados por los éxitos de la "patria del socialismo" sin conocer o medir su coste. A condición de querer saber, se sabía mucho, aunque no se supiera todo, en los años treinta sobre el terror estalinista. Estaban los testimonios de Victor Serge, de Ante Ciliga, el contraproceso presidido por John Dewey, los testimonios contra la represión de los anarquistas y del POUM en España. Pero en aquellos tiempos de lucha antifascista y de "heroismo burocratizado" (según la fórmula de Isaac Deutscher), fue a menudo difícil combatir a la vez al enemigo principal y el enemigo no tan secundario, que derrota desde el interior. Numerosos actores (Jan Valtin, Elizabeth Poretsky, Jules Fourier, Charles Tillon, los supervivientes de la Orquesta roja, y tantos otros) son testimonio de esas "existencias desgarradas".
En efecto, la Unión Soviética bajo Stalin no era la del estancamiento brejneviano. Se transformaba a toda marcha, bajo el látigo de una burocracia emprendedora. El secreto de esta energía no deja de tener relación con el de la energía napoleónica que fascinó a Chateaubriand: "Si los boletines, discursos, alocuciones y proclamas de Bonaparte se distinguen por la energía, esta energía no le pertenecía como algo suyo propio; era de su tiempo, venía de la inspiración revolucionaria que se debilitaba en Bonaparte, porque él marchaba en sentido inverso a ella". (Memorias de ultratumba, II, p. 643). No es por otra parte la única analogía llamativa entre los dos personajes: "La Revolución que había sido la nodriza de Napoleón no tardó en presentársele como una enemiga, por lo que nunca no dejó de combatirla" (ibid, p.647).
Nunca ningún país del mundo habrá conocido una metamorfosis tan brutal como la Unión Soviética de los años treinta, bajo el puño de una burocracia faraónica: entre 1926 y 1939, las ciudades van a aumentar en 30 millones de habitantes y su parte en la población global pasar del 18% al 33% de la población; solo durante el primer plan quinquenal, su tasa de crecimiento es del 44%, es decir prácticamente tanto como entre 1897 y 1926; la fuerza de trabajo asalariado aumenta más del doble (pasa de 10 a 22 millones); lo que significa la ""ruralización" masiva de las ciudades, un esfuerzo enorme de alfabetización y de educación, la imposición a marchas forzadas de una disciplina del trabajo. Esta gran transformación se acompaña de un renacimiento del nacionalismo, de un auge del carrerismo, de la aparición de un nuevo conformismo burocrático. En este gran barullo, ironiza Moshe Lewin, la sociedad estaba en un cierto sentido "sin clases" pues todas las clases se encontraban informes, en fusión (Moshe Lewin, La formación de la Unión Soviética, Gallimard 1985).
A la pregunta esencial de Mikhaël Guefter, una "marcha continua" entre Octubre y el Gulag, o "dos mundos políticos y morales distintos", el análisis de la contrarrevolución estalinista aporta una respuesta clara. La periodización de la revolución y de la contrarrevolución rusas no es una pura curiosidad histórica. Ordena posiciones, orientaciones y tareas políticas: antes, se puede hablar de error que corregir, orientaciones alternativas en un mismo proyecto; después, son fuerzas y proyectos que se oponen, opciones organizativas. No se trata de una querella de familia que permita exhibir a posteriori a las víctimas de ayer como prueba de un "pluralismo comunista" que reúne víctimas y verdugos. La periodización rigurosa permite así, por retomar la fórmula de Guefter, a la "conciencia histórica penetrar en el campo político".




















