Los resultados electorales en la Comunidad de Madrid han terminado dando la victoria, como era previsible, al PP, gracias sobre todo a la abstención de un sector importante de votantes de izquierda. El "efecto Tamayo" no ha podido ser contrarrestado por un PSOE que, pese a haber hecho una campaña que ha tratado de poner el acento en su última fase en materias de interés ciudadano como la vivienda y el transporte, no ha mostrado ninguna voluntad de asumir responsabilidad política alguna por lo ocurrido el 10 de junio ni de emprender ninguna autorreforma política interna de cara al futuro. En cuanto a IU, ésta ha podido mantener el espacio ganado en mayo pero sólo en la capital parece haber logrado atraer a una pequeña parte de votantes verdes o socialistas; no hay, por tanto, razones para la autosatisfacción, ya que tampoco en la gestión de la crisis provocada por los "tránsfugas" esta formación ha mostrado un perfil político alternativo.
Más allá de estos datos concretos, lo más significativo ha sido la persistencia del proceso de repolitización de una ciudadanía que sigue estando obligada a tener que elegir entre un PP cada vez más neoliberal y prepotente y una izquierda incapaz de sacar las lecciones del desprestigio creciente que sufre como "clase política". Sólo el rechazo que produce la derecha y la ilusión en que con Simancas en el gobierno se pudiera poner un freno a los especuladores explican que la abstención no haya sido mayor. Por eso, frente a las interpretaciones interesadas de Bono y otros consejeros mediáticos, es muy probable que sin el énfasis puesto en los temas sociales el descenso electoral del PSOE hubiera sido mucho más pronunciado. En resumen, podemos decir que la victoria tan ajustada del PP revela el desgaste gradual que continúa sufriendo mientras que los resultados de la izquierda se explican por el hecho de que la voluntad de dar un voto de castigo al PP sigue funcionando, a pesar de que en esta ocasión dan también una relativa coartada tanto al PSOE como a IU para eludir el necesario debate sobre cómo proceder a una reorientación y a una autorreforma urgentes.
En este nuevo escenario cabe pensar también que existe una ventana de oportunidad todavía abierta para superar la resignación y la desesperanza y recrear las condiciones para un nuevo ciclo de movilizaciones sociales que sirva a su vez de contexto favorable para una derrota electoral del PP en marzo del año que viene. Motivos para ello no faltan: la obstinada defensa de la "postguerra" de Bush en Iraq (ahora, con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU), el aumento de los gastos militares al servicio de la doctrina del "ataque anticipatorio", el deterioro creciente de los servicios públicos y de la protección social, los nuevos ataques a las pensiones mediante la reciente revisión del "pacto de Toledo", la continuidad del "boom" inmobiliario y urbanístico y de los beneficios extra del capital financiero, la carestía de los precios de alimentos básicos, la nueva reforma de la ley de extranjería (con el apoyo del PSOE) y las redadas continuas contra inmigrantes mientras sigue la tragedia de las "pateras", los nuevos desalojos y juicios contra los centros "okupados", los despidos masivos en grandes empresas (con casos como el de Antena 3 que chocan con respuestas ejemplares por parte de los trabajadores afectados) o, como ya ocurre desde hace tiempo, la preparación desde el poder del cerco mediático y judicial necesario para poder aplicar el artículo 155 de la Constitución en Euskadi frente al Plan Ibarretxe. Estos son sólo los ejemplos más sobresalientes de la necesidad de reforzar nuestra capacidad de respuesta y de construir un amplio bloque social capaz de confluir con las movilizaciones "altermundialistas" y "altereuropeístas" que se van a desarrollar en los próximos meses tras el éxito alcanzado en Cancún y la celebración multitudinaria del Foro Social Europeo en París.
Otro test inmediato de interés es el de las elecciones catalanas del 16 de noviembre, ya que en ellas se va a comprobar también hasta qué punto se reflejan en las urnas tanto los efectos de las movilizaciones del último año y medio como la doble polarización en torno al eje convencional izquierda-derecha y a la cuestión nacional, teniendo en cuenta que hay una mayor diversidad de fuerzas en liza. Eso, y no tanto las pocas expectativas de cambio de política -más allá del fin del pujolismo- que pueda significar la llegada de Maragall a la Generalitat, es lo que puede tener mayor transcendencia a la hora de valorar la posibilidad de un desbloqueo del neocentralismo del PP que redunde en beneficio de una vía de diálogo para el conflicto vasco y de una posible derrota de Rajoy-Aznar en marzo.
Pero de nuevo tenemos que insistir en que la crisis de la política y de la democracia representativa realmente existentes va a seguir profundizándose, que su subordinación al "mundo de los negocios" y a los grandes poderes económicos y políticos mundiales es cada vez más visible y que todo ello obliga a la izquierda alternativa y anticapitalista a demostrar que son necesarias otra política y otra democracia. Estas deberían ser reconstruidas partiendo de la centralidad de la movilización y de la autoorganización social y de la búsqueda desde ella de la mayor unidad de acción posible contra la derecha: para salir en apoyo de pueblos como el palestino, el iraquí o el boliviano, para denunciar un proyecto de Constitución europea neoliberal y elitista cada vez más beligerante contra los derechos sociales y de los pueblos, para defender el derecho a la libre decisión sobre su futuro de la sociedad vasca, para evitar el aislamiento de las luchas sociales que van surgiendo desde muy diversos lugares y espacios de resistencia, para hacer fracasar, en fin, un "nuevo" modelo de dominación -y de servidumbre- que no puede dejar de sufrir un déficit de legitimidad creciente.


















