Pepe Gutiérrez-Álvarez
La película Salvador (Puig Antich) es una muestra de cine popular, riguroso y honesto, necesario tanto para la reflexión como para la indignación.
El cine, y sobre todo el español, no nos tiene habituados a películas con “tanto hierro”, todo lo contrario. La historia de Sacco y Vanzetti tardó más de medio siglo en llegar a la pantalla, y lo tuvieron que hacer los italianos. Siete días de enero, una aproximación a la matanza de Atocha (de abogados laboralistas), casi se convirtió en una película “maldita”, y eso que los asesinos eran purria fascista, y no se decía nada sobre los cuerpos del Estado.
Lo contrario que Salvador que ofrece una reconstrucción que no deja lugar a dudas sobre lo que era la policía franquista (que torturaba y asesinaba), que “nuestro” ejército firmaba penas de muerte sin quitarse los guantes, que los ministros que más tarde formarían Alianza Popular (ahora PP) dieron su bendición, y que la oposición democrática no existió, por eso en la calle fuimos “cuatro gatos”, obligando a romper el pacto de silencio sobre estas cosas.
Salvador está ahí para demostrar, por sí hacía falta, que la historia del franquismo es la historia de sus crímenes, con todo lo que esto significa. Y será sin duda, un acontecimiento para las nuevas generaciones a las que se les quiso hacer creer que lo de Franco era una mera asignatura del instituto.
Unos radicales, otros no
Está ahí para hablar de una generación de jóvenes como Enrique Ruano y Salvador, que arriesgaron su vida y su libertad en una lucha contra el franquismo, pero –y esto queda claro como la luz del día-, también por muchas cosas más. Una generación que se hizo más audaz y radical después del crimen de Estado, y que se rompió los cuernos hasta que el régimen entró en plena descomposición.
De alguna manera, Salvador también deja constancia que en lo del antifranquismo no todos fuimos igual de consecuentes. Hubo líderes “comunistas”, como Antoni Gutiérrez Díaz, que creyeron que “no tocaba” salir a por todas a la calle, como sí se había hecho con los juicios de Burgos.
Ahora, desde diversos ángulos, se pretende que aquella generación “del 68” –a la que Puig Antich encarnó con sus grandezas y contradicciones- acabó integrada en su totalidad. Hay detrás de esta generalización una lectura perversa, un consejo implícito para no ser radical porque, al final, todos acaban “colocados”.
Ésta es, si acaso, una verdad a medias. Vale en lo que respecta a un sector, sin duda el menos combativo. Pero es mentira en relación al que persistió, algunos por lo menos hasta la campaña contra OTAN, otros hasta el presente. Y aún siendo un producto industrial como cualquier otra película, incluyendo las de Ken Loach, Salvador representa a los que no entraron en el juego de las complacencias.
¿Buenos entre los malos?
Cuesta mucho ficcionar un drama político, sobre todo uno que acaba mal. Son muchos los riesgos. Uno de ellos pasa por quitar hierro al asunto. La historia de Hollywood está plagada de películas de denuncias en las que al final todo recae en unos chivos expiatorios. Aquí no hay chivos expiatorios; Franco son todos los que le apoyan.
Ahora bien, es comprensible que los funcionarios más próximos a Salvador no pueden ignorar su humanidad. Los hay que no pueden leerle la sentencia, que a última hora tienen un gesto. Y está también Jesús Irurre (magnifico Leonardo Srabaglia), que hace su “viaje”, y llega hasta maldecir a Franco. Se puede decir que la película acentúa este viaje, que fue mucho más moderado, pero aún así, esto no afecta el contenido de la película ni su testimonio.
Cualquiera que haya pasado por las prisiones franquistas (o por el ejército), sabe que no todos los carceleros eran unos bestias y estúpidos, sin más. En un trance tan brutal como el final de Salvador, solamente los más monstruosos se mostraron como verdaderos fascistas.
La escena final quedará como un testimonio de la estupidez y la barbarie franquista. Son unos momentos que te cortan la respiración: un asesinato “reglamentario” de un muchacho noble e idealista. Al final, suena la canción inmortal que Lluis Llach compuso en nombre de todos nosotros, interpretando nuestro luto y nuestra ira. Cuando sales de la sala te sientes parte de una película concisa, intensa, milimetrada, obra de un equipo que se nota que la ha hecho suya.
Tal como era
No se trata de mitificar a Salvador. Fue nada más y nada menos que un muchacho comprometido hasta las cejas, pero al mismo tiempo alguien con dudas, con unas inmensas ganas de vivir, y por lo tanto de amar... Luchabas contra el franquismo para crecer como quería crecer, buscando sus propias alternativas, probando sus propios caminos. Ese Salvador es Daniel Brühl, y lo será para los que no tienen su imagen como parte de su propia historia.
Una película así solamente se puede hacer con un rigor y un respeto absolutos, y así lo han reconocido los que vivieron su parte más personal y humana. Sin embargo, algunos de los que compartieron su aventura política se sienten decepcionados, no reconocen su historia en la película, quizás porque quieren vivir su propia leyenda de héroes anarquistas.
Sin embargo, la respuesta que ofrece Salvador a su abogado sobre el porqué de su lucha, representa una explicación cabal del motivo sobre por qué la lucha armada fue una opción a considerar. Entre los que se mojaron el culo, ¿quién no la barajaba?. Aparecía como una respuesta consecuente a un régimen que quedaba definido con la “muerte accidental” de Enrique Ruano, tirado por la ventana de una comisaría. Salvador la explica, pero no la justifica. Por supuesto tiene dudas.
Opción equivocada
De alguna manera, el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), al que pertenecía Salvador, quería poner la España de Franco a la hora del mayo del 68, pero eso comportaba no sólo el riesgo de la represión; también el de una dinámica errónea, de un sustituismo de una respuesta que tenía que ser de masas en movimiento.
En Salvador no se dice nada que no sea cierto, incluyendo el desencajado ametrallamiento del consulado español en Toulouse... Este es un retrato de la impotencia, de la incapacidad para la respuesta. Dictamina el aislamiento del grupo cuyos componentes no eran “maquis” forjados en una larga guerra como Facerías o Sabater, sus referentes, sino jóvenes inexpertos como Puig Antich. Éste –tal como hicieron Sacco y Vanzetti, no hay más que leer las cartas de éstos para ver el paralelismo-, demostró su talla sobre todo en la cuenta atrás hacia la muerte, en un tiempo en el que no cabían proclamas sino una gran contención y una gran altura de miras.
Claro que la del MIL fue una opción equivocada, fruto de quienes no aprendieron que la paciencia era una virtud revolucionaria. Pero con todo, Salvador era de los nuestros. Luchaba por lo mismo que nosotros. Salvador pagó la muerte del almirante Carrero Blanco a manos de ETA, y pagó nuestra impotencia. Su situación fue tal como describe la película: supo estar al lado de los suyos, mantener sus convicciones, hablar con el enemigo, y reflexionar.
Sus lecturas carcelarias proyectan la silueta del mismo joven airado contra los grises y la dictadura: Hasta el último momento trató de crecer cultural e ideológicamente. Entre los autores que leía estaban Homero, Wilhem Reich o Castilla del Pino, además de Barrow Dunham, uno de los filósofos marxistas norteamericanos más abiertos y creativos de aquella época quien, en La filosofía como liberación humana, empieza diciendo que los enanos (los trabajadores), también pueden ser gigantes.
















