Yoyes y la nueva izquierda
memoria | Euskadi

Mariano Gómez Sanz *

[Al hilo del asesinato de Yoyes a manos de ETA, el autor afirma que el miedo a la discrepancia, al debate entre las organizaciones de izquierda tiene que ser desterrado **]

No sé por qué, pero tal vez no esté de moda hablar de Yoyes, de su muerte, de su asesinato, del porqué se decidió asesinarla. Estamos dentro del proceso de paz, y la mayoría de este pueblo deseamos que termine bien (que se encauce, mejor dicho, porque la lucha seguirá siendo dura y dificil), que desaparezcan las armas, que, al menos en el lado soberanista, las únicas armas sean las políticas. Por eso, tal vez, no esté bien visto hablar de ciertas cosas, porque pueden ser interpretadas como bazas para el contrario. Nada más lejos de mi intención. Y, por tanto, voy a hablar de Yoyes, sin hablar de ella, sin saber si es su historia verdadera, pero que tal vez pudiera serla. No quiero saber si habló o calló, si delató o no, si se acogió a medidas que sus subordinados no podían utilizar o no, si sólo quería tener una nueva oportunidad sin arrepentirse de nada o no...

No quiero hablar de eso porque no es éste el artículo en este momento. Tengo mi opinión y creo que fue inocente, pero, aunque no lo fuera, no creo en la pena de muerte. Lo que hoy yo quiero es hacer una reflexión, tal vez nada acertada, cogiendo un personaje (una persona real) y hacer una historia, demasiado repetida en la historia de la izquierda. Tal vez un día una persona entregada, dedicada al cien por cien a una causa, luchadora incansable en las condiciones más dificiles, que asume las directrices emanadas de la dirección sin rechistar por el bien común, decide empezar a pensar, a debatir las decisiones, a cuestionar los métodos, a decir en voz alta sus pensamientos... Posiblemente sin saber si son los correctos, pero necesitando contrastarlos... Ese día, incluso al mejor militante, se le empieza a mirar mal, de reojo, no gusta, es un mal ejemplo... Se le convierte en traidor a la causa, en enemigo, en un peligroso revisionista... Y por desgracia no sólo en organizaciones clandestinas que necesitan por su propia forma de actuar un mayor hermetismo, sino que también en la mayoría de las legalizadas...

El miedo a la discrepancia, al debate dentro de las organizaciones de la izquierda, es algo a desterrar de una vez y para siempre... La esclereosis mental que produce en su seno, la falta de dinamismo y de capacidad de creación son evidentes. La izquierda, una verdadera izquierda, no puede reproducir los métodos de trabajo antidemocráticos de la derecha, no puede organizarse del mismo modo, y sobre todo no puede entrar en contradicción entre los fines a conseguir y los medios para llegar a ello. Cuando apostamos por una sociedad mejor, debemos ser capaces de ir creando espacios de esa sociedad nueva en nuestra forma de luchar por ella, en la forma de relacionarnos entre nosotros/as y con los/as demás.

Por eso en estos tiempos es aún más importante que hablemos, que sepamos debatir, que expresemos nuestras opiniones, sin miedo y sin cortapisas; que no tengamos ningún pudor en criticar la política del Estado, a la vez que denunciamos métodos que nos parecen lo más alejados a ideales emancipadores; que a la vez que apostamos por dar una salida a este pueblo en clave de soberanía (derecho a decidir), apostemos por ir creando una nueva izquierda plural, enraizada en los valores de siempre, en la lucha de distintas generaciones, con nuevas formas de ver y de entender la política. Que seamos capaces de crear una izquierda vasca radicalmente democrática, comprometida con su entorno, con los sectores más desfavorecidos, con todos los derechos humanos, alejada del profesionalismo de la política, tremendamente participativa, y no entregada al poder.

Conseguirlo ya sería un éxito y si, además, somos capaces de evitar que en Euskal Herria se consolide otra izquierda al uso, que sea el mejor apoyo (o el apoyo necesario) al sistema ( su cuarta pata, la de la izquierda) mucho mejor. Porque para ese viaje ya hemos tenido demasiadas alforjas.


* Publicado en Deia, 12/09/2006 ** Nota de la Redacción de Deia