Laura Camargo
La realidad que padece el pueblo palestino desde hace casi 60 años es tan dramática y tan terriblemente injusta que resulta complejo asimilarla. Durante las tres semanas que he pasado en Palestina formando parte de una brigada de Komite Internazionalistak he sido testigo del implacable proyecto de limpieza étnica al que Israel está sometiendo a este pueblo, día tras día, desde 1948. Mediante un estructurado plan colonialista y un cruel sistema de apartheid, del cual forman parte el extensísimo muro de hormigón que se extiende por toda Cisjordania, las espeluznantes terminales de la represión permanentes en las que se han convertido los checkpoints, las gigantescas colonias que se extienden por los territorios ocupados, las autopistas para uso exclusivo de los israelíes, las calculadas políticas racistas para expulsar a los árabes de Jerusalem, la destrucción de casas, las detenciones, las deportaciones, y un largo etcétera de castigos colectivos contra la población palestina, el Estado de Israel avanza sin remordimientos alentado por su espíritu sionista y amparado por la comunidad internacional.
Una de las primeras cosas que me costó comprender y que aún hoy no alcanzo a asimilar es cómo un pueblo que sufrió tan hondamente el genocidio nazi puede estar hoy empleando la misma crueldad y las mismas medidas de exterminio contra el pueblo palestino. Y que, mientras todo esto sucede, Estados Unidos y Europa mantengan o una actitud de apoyo sin fisuras, como en el primer caso, o bien una vergonzosa conspiración de silencio, como sucede en la mayoría de los países europeos con Naciones Unidas a la cabeza. Estando en Palestina, se toma conciencia de lo fácil que es que las víctimas se conviertan en verdugos. Israel se comporta como un niño malcriado que sabe que sus padres -Estados Unidos y Europa- siempre le perdonarán los males que cometa porque entienden que tuvo una infancia difícil. Mientras tanto, la población palestina que resiste a las agresiones que sufre diariamente en lo poco de tierra que Israel no les ha robado todavía es tachada de terrorista por la comunidad internacional. Sí, este es otro de los hechos que aún me resulta incomprensible: los palestinos no tienen derecho a defenderse. Todos los movimientos de resistencia que a lo largo de la historia han luchando contra fuerzas de ocupación extranjeras han sido tratados como heroicos; sin embargo, la resistencia palestina contra la ocupación israelí es tachada en todos los medios de comunicación del mundo occidental de terrorista. Y todo el que se atreve a criticar la ocupación y a cuestionar la política de Israel es sistemáticamente tildado de antisemita.
Tras la victoria de Hamas en enero de este año, todas las ayudas que Palestina recibía de la Unión Europea han sido cortadas de raíz, lo cual ha generado una crisis económico-social sin precedentes: el paro ha crecido hasta un 70%; los índices de pobreza se han disparado; el funcionariado lleva 7 meses sin percibir su salario; la mitad de los ministros y altos cargos del gobierno, legítimamente elegidos por su pueblo, han sido encarcelados, sumándose a los 10000 presos palestinos que malviven desde hace años en las cárceles israelíes. En medio de este caos, Israel aprovecha la excusa de la captura de un soldado para arrasar con bombardeos e incursiones diarias la franja de Gaza. La situación que vi allí es de catástrofe humanitaria total y las imágenes de muerte y destrucción que conservo en la retina son iguales a las que nos han llegado del Líbano. Estando en Gaza comprendí que el Estado de Israel no se avergüenza de cometer crímenes contra la humanidad a plena luz del día; antes al contrario, quiere que el mundo entero vea hasta dónde es capaz de llegar.
Si queremos frenar este genocidio, tenemos que presionar a nuestros gobiernos para que rompan los acuerdos económicos preferenciales y los proyectos de cooperación con Israel. Mientras esto llega, debemos reclamar el fin del bloqueo de las ayudas a Palestina y, en un nivel de compromiso más individual, hacer un boicot a los productos israelíes (comerciales, culturales, deportivos y empresariales), del mismo modo que se hizo en el pasado para luchar contra el apartheid en Sudáfrica. Solo tras el fin de la política racista y colonialista de Israel, podemos tener esperanza en que los pueblos de Oriente Medio disfruten de la prosperidad, la libertad y la paz.
15/09/2006




















