Estrategias socialistas en América Latina (Parte II)
Latinoamérica

Claudio Katz / argenpress.info

¿Cuál es la correlación de fuerzas?

La preeminencia de relaciones de fuerza favorables a los oprimidos es una condición del cambio socialista. La mayoría popular no puede prevalecer sobre sus antagonistas si afronta un balance de poder muy negativo. ¿Pero cómo se evalúa este parámetro?

La correlación de fuerzas está determinada en América Latina por las posiciones conquistadas, amenazadas o perdidas por tres sectores: las clases capitalistas locales, la masa de oprimidos y el imperialismo norteamericano. Durante los 90 se consumó a escala global una ofensiva global del capital sobre el trabajo que perdió fuerza en los últimos años, pero legó un clima adverso para los asalariados a escala internacional. En Latinoamérica se verifican sin embargo varias peculiaridades.

Los capitalistas participaron activamente de la arremetida neoliberal, pero terminaron padeciendo varias consecuencias colaterales de ese proceso. Perdieron posiciones competitivas con la apertura comercial y resignaron defensas frente a sus concurrentes externos con la desnacionalización del aparato productivo. Las crisis financieras vapulearon, además, al establishment y redujeron su presencia política directa. Por eso la derecha ha quedado en minoría y los gobiernos centroizquierdistas reemplazaron a muchos conservadores en el manejo del estado (especialmente en el Cono Sur). Las elites capitalistas ya no fijan impunemente la agenda de toda la región. Han quedado afectadas por una crisis del neoliberalismo que puede derivar en la declinación estructural de este proyecto.

La relación de fuerzas regional también ha sido modificada por grandes sublevaciones populares, que en Sudamérica precipitaron la caída de varios mandatarios. Los levantamientos en Bolivia, Ecuador, Argentina o Venezuela han repercutido directamente sobre el conjunto de las clases dominantes. Desafiaron la agresividad patronal e impusieron en muchos países cierta contemporización con las masas.

El impulso combativo es muy desigual. En ciertas naciones es visible el protagonismo popular ((Bolivia, Venezuela, Argentina, Ecuador), pero en otras prevalece un reflujo derivado de la decepción (Brasil, Uruguay). Lo novedoso es el despertar de luchas gremiales y estudiantiles en países que encabezaban el ranking neoliberal (Chile) y en naciones agobiadas por atropellos sociales y hemorragias de emigrantes (México). La correlación de fuerzas es muy variada en América Latina, pero se afirma en toda la zona una tónica general de iniciativas populares.

Al comienzo de los 90 el imperialismo norteamericano estaba lanzado a la recolonización política de su patio trasero a través del librecomercio y la instalación de bases militares. También este panorama cambió. La versión original del ALCA fracasó por los conflictos entre firmas globalizadas y corporaciones dependientes de los mercados internos, por choques entre exportadores e industriales y por el extendido rechazo popular. La contraofensiva de tratados bilaterales que ha lanzado el Departamento de Estado no compensa este retroceso.

El aislamiento internacional de Bush (desplome electoral republicano, fracaso en Irak, pérdida de aliados en Europa) le ha quitado espacio al unilateralismo e incentivó el resurgimiento de bloques geopolíticos adversos a Estados Unidos (como los No Alineados). Este repliegue norteamericano se refleja nítidamente en la ausencia de respuestas militares al desafío de Venezuela.

La correlación de fuerzas ha registrado, por lo tanto, varios cambios significativos en América Latina. Las clases dominantes ya no cuentan con la brújula estratégica neoliberal, el movimiento popular recuperó presencia callejera y el imperialismo norteamericano perdió capacidad de intervención.

El nuevo período

Los cambios en la dominación por arriba, en la beligerancia por abajo y en el comportamiento del gendarme externo obligan a revisar un diagnóstico tradicional de varios teóricos de la izquierda. Esta caracterización tendía a remarcar las dificultades que enfrenta la batalla por el socialismo a partir de un contraste entre dos etapas: el período favorable que inició la revolución cubana (1959) y la fase desfavorable que inauguró la caída de la URSS (1989-91). El primer ciclo -revolucionario y antiimperialista- era confrontado con la segunda fase de regresión conservadora. (7) ¿Es válido este esquema en la actualidad?

El clima político que se respira en muchos países contraría intuitivamente esta visión en los tres planos de la correlación de fuerzas. En primer lugar, los capitalistas locales han perdido la confianza agresiva que detentaban en la década pasada. A diferencia de los años 70 ya no pueden recurrir al salvajismo dictatorial. Se han quedado sin el instrumento golpista para sortear las crisis y aplastar con asesinatos masivos la rebeldía popular. En varios países persiste el terrorismo de estado (no solo Colombia, sino también en forma selectiva actualmente en México), pero en general el establishment debe aceptar un marco de restricciones institucionales que ignoraba en el pasado. Esta limitación constituye una conquista popular que opera a favor de los explotados en el balance de fuerzas.

En segundo término la intensidad de las luchas sociales -mensuradas en su magnitud e impacto político inmediato- tiene muchos puntos en común con las resistencias de los años 60 o 70. Las sublevaciones registradas en Ecuador, Bolivia o Argentina y las gestas estudiantiles o rebeliones comunales en toda la zona son comparables con los grandes levantamientos de la generación pasada.

En tercer lugar son muy visibles las dificultades de intervención que enfrenta el imperialismo. Mientras que en los años 80 Reagan libraba una guerra contrarrevolucionara abierta en Centroamérica, Bush ha debido restringir sus operativos en la región.

El análisis de la correlación de fuerzas debe tomar en cuenta estos tres procesos y evitar una mirada que solo preste atención al contexto por arriba (relaciones entre potencias), omitiendo lo que sucede por abajo (antagonismos sociales). Este problema afecta al enfoque tradicional de las dos etapas, que divorcia en forma tajante la historia regional en función del colapso de la URSS. Partiendo de esta divisoria las posibilidades socialistas del primer período son idealizadas y las potencialidades anticapitalistas del segundo quedan minimizadas.

La existencia o desaparición de la URSS constituye un elemento del análisis que no define la correlación de fuerzas. Conviene recordar que una burocracia hostil al socialismo comandaba a este régimen, mucho antes de su reconversión en clase capitalista. Libraba un choque con Estados Unidos en el ajedrez internacional y solo contemporizaba con los movimientos antiimperialistas en función de sus intereses geopolíticos. Por eso no era un motor del proyecto anticapitalista. Las diferencias con los años 70 existen y son significativas, pero no se ubican en la correlación de fuerzas.

Diversidad de sujetos

Los actores de una transformación socialista son las víctimas de la dominación capitalista, pero los sujetos específicos de este proceso en América Latina son muy diversos. En algunas regiones las comunidades indígenas han ocupado un lugar dirigente en las rebeliones (Ecuador, Bolivia, México) y en otras zonas los campesinos lideraron la resistencia (Brasil, Perú, Paraguay). En ciertos países los protagonistas han sido asalariados urbanos (Argentina, Uruguay) o precarizados (Caribe, Centroamérica). También es llamativo el nuevo rol de las comunidades indígenas y el papel menos gravitante de los sindicatos fabriles. Esta multiplicidad de sectores refleja la estructura social diferenciada y las peculiaridades políticas de cada país.

Pero esta diversidad también confirma la variedad de participantes de una transformación socialista. Como el desarrollo del capitalismo expande la explotación del trabajo asalariado y las formas colaterales de opresión, los actores potenciales de un proceso socialista son todos los explotados y oprimidos. Les cabe este rol no solo a los asalariados que generan directamente el beneficio patronal, sino a todas las víctimas de la desigualdad capitalista. Lo esencial es la convergencia de estos sectores en una batalla común en torno a focos muy cambiantes de rebeldía. La victoria depende de esta acción contra un enemigo que domina dividiendo al campo popular.

En esta lucha ciertos segmentos de los asalariados tienden a jugar un rol más gravitante por el lugar que ocupan en ramas vitales de la economía (minería, fábricas, bancos). Los capitalistas lucran con las privaciones de todos los desposeídos, pero sus ganancias dependen específicamente del esfuerzo laboral directo de los explotados.

Esta centralidad se verifica en la actual la coyuntura de reactivación económica que tiende a recrear la significación de los asalariados. En Argentina las organizaciones sindicales recuperan preeminencia callejera, en comparación al papel cumplido por los desempleados y la clase media durante la crisis del 2001. En Chile las huelgas de los mineros ganan protagonismo, en México se afianza el rol de ciertos sindicatos y en Venezuela persiste la gravitación exhibida por los petroleros durante su batalla contra el golpismo.

Notas:

7) Esta tesis fue considerada y posteriormente matizada por: Harnecker Marta. La izquierda después de Seatlle. Editorial Siglo Veintiuno, Madrid, 2002. Harnecker. La izquierda en el umbral.(cap 1 y 2)


* Claudio Katz es economista, profesor de la UBA, investigador del CONICET. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).