Sandra Campañón
Últimamente se ha cuestionado, en diferentes entornos, la necesidad de los espacios sólo de mujeres para realizar la lucha feminista y llama la atención que se haga de esta forma, pues tradicionalmente el movimiento se lo ha planteado al revés: ¿necesitamos espacios mixtos?
¿Debate generacional?
Uno de los espacios donde se ha dado
esta discusión ha sido en la Trobada de Dones de este año,
en la que participaron unas 3000 mujeres. En los dos debates a cargo
de un grupo de jóvenes feministas, surgió la preocupación de que
las mujeres solas no podrían realizar la revolución necesaria para
acabar con el patriarcado, pues éste es muy poderoso, penetra cada
vez más en todos los aspectos de la vida y un cambio de toda la sociedad
requiere la participación de... toda la sociedad.
Otro ámbito en el que también se han
cuestionado los espacios no mixtos ha sido los Campamentos para Jóvenes
Revolucionarios/as de la IV Internacional, donde además del espacio
de discusión sobre feminismo, tiene lugar una fiesta sólo para mujeres.
Parece ya una tradición el debatir cada año -y son ya 23- sobre su
necesidad. Siempre hay un sector que está en contra, otro que la encuentra
necesaria y otro que no lo tiene claro, tanto entre hombres como entre
mujeres, pero, a menudo, la discusión entre éstas es más acalorada.
Acostumbra a pasar que, prácticamente
todas las mujeres asisten, disfrutan de la fiesta y constatan que la
mayoría se comporta igual que cuando hay hombres, pero se sienten más
cómodas. Después de la experiencia, algunas cambian de parecer y apoyan
la fiesta, aunque sólo sea por tradición. Otras ratifican su opinión
según la cual ya no es necesario este espacio lúdico no mixto, como
tampoco lo serían los espacios separados de lucha y discusión políticas.
Que se replantee cada año se puede interpretar
como un avance del feminismo en dos aspectos. Por un lado, significa
que hay bastantes hombres que sienten la lucha feminista como propia
y necesitan trabajar con nosotras contra el patriarcado. Por otro, supone
que una parte de las jóvenes tiene la sensación que puede luchar en
igualdad de condiciones, aunque parta de una situación de desigualdad.
Estos dos ejemplos pueden hacer pensar que el debate es generacional y que quienes defienden los espacios mixtos son jóvenes en edad o en el feminismo. No es del todo cierto. Muchas mujeres que reclaman un trabajo conjunto con los hombres tienen una experiencia feminista considerable. Y otro grupo que se muestra contrario a los grupos no mixtos es el de los compañeros que han sufrido los ataques del feminismo de la diferencia en su momento álgido, aunque de ello hace ya bastantes años.
Cada cual ha de ganar su guerra
¿Por qué la mayoría de los grupos
y asociaciones que trabajan en el movimiento feminista están compuestas
por mujeres? Una respuesta es por el principio de autoorganización.
El principal argumento para defender los espacios no mixtos es que no
te reúnes con tu patrón para tomar conciencia de que te está oprimiendo
y para decidir cuáles serán las líneas de actuación. Si se respeta
el derecho de autoorganización de otros colectivos, como el movimiento
negro o de inmigrantes, ¿por qué no se respeta el de las mujeres?
¿Es que debe ser un hombre quien nos
muestre hasta que punto el género masculino, al que pertenece, nos
está oprimiendo? Además de ser de un paternalismo flagrante, no quiero
ni pensar cuál podría ser la reacción de cualquier mujer. Si alguien
ha de descubrirme el grado de opresión que sufro, prefiero que sea
una igual, entre otras cosas porque me entenderá mejor y me sentiré
más cómoda cuando tenga la necesidad de despotricar contra mi opresor.
Otro de los argumentos para defender
los espacios sólo de mujeres es que necesitamos un espacio propio donde
hacernos fuertes. El feminismo radical de los 70 tuvo un gran crecimiento
a partir de los denominados grupos de autoayuda, en los que las mujeres
podían reunirse y, entre otras cosas, expresar su malestar y preocupaciones
como tales, encontrar apoyo y, sobre todo, perder el miedo a intervenir
en la vida política.
No hace tanto que las mujeres pueden
estudiar, trabajar y, en España, hasta comprar una lavadora sin el
permiso del hombre. Por tanto, imaginémonos lo que supone empezar a
participar políticamente en un mundo de hombres, con unos esquemas
y unas formas totalmente masculinas y en donde, por el hecho de ser
mujer, parece que tu opinión tiene menos valor. En un grupo de mujeres
es más fácil perder el miedo a opinar, a hablar en público, a tomar
iniciativas y también a equivocarse: se trata de un entorno menos hostil.
Muchas cosas han cambiado, especialmente
en la izquierda, y por ello, las jóvenes que participan en movimientos
y agrupaciones políticas, lo encuentran superado. Pero si rascamos
un poco la superficie, nos daremos cuenta que todavía existen desigualdades
dentro de las organizaciones, que las mujeres no participan por igual,
que no todos los valores del feminismo estás asumidos por los hombres
y que, incluso, se tiende a repartir tareas según el género.
Otro factor importante es la existencia de una contracultura femenina. Romper con el patriarcado y construir un nuevo mundo implica reconocer unos valores femeninos, hasta ahora ignorados, desprestigiados o explotados: un feminismo de la diferencia. Esta contracultura se hace del todo necesaria ya que lo cuestiona todo. Pero en el proceso de autoafirmación de las mujeres -imprescindible para su liberación- se puede caer en la demonización de todo lo masculino, y no debe llegarse a tales extremos.
Al fin y al cabo, la colaboración es necesaria
Si echamos un vistazo a la historia,
veremos que, ya sea por necesidad o por voluntad, los hombres han participado
en nuestra lucha. Eran mujeres las sufragistas que salían a las calles
de Gran Bretaña o los EUA, pero debían ser hombres los que pedían
el voto femenino en los respectivos Parlamentos.
Afortunadamente, hoy en día, en la mayoría
de países (pero recordemos que no en todos), las mujeres no necesitamos
que los hombres defiendan nuestro derecho a votar y a ser elegidas como
representantes. En teoría existe una igualdad formal. Pero si somos
un poco objetivas nos daremos cuenta que, desgraciadamente, todavía
necesitamos que los hombres defiendan nuestros intereses: ¿cuántas
listas son paritarias? ¿Cuántas mujeres ocupan cargos de relevancia
política y/o legislativa? ¿Cuántas mujeres ostentan cargos directivos
en las Universidades? Mientras todavía deban llevar nuestra voz donde
no nos dejan llegar, deberemos hacerles saber cuáles son nuestras opiniones,
y esto exige un espacio mixto.
Una organización de izquierda debe ser
feminista, no sólo en sus ideales y discursos, sino también en las
formas; en donde las mujeres que participen se sientan en igualdad y
libertad. Cada organización debe decidir, respetando el derecho de
autoorganización y con realismo, si requiere un grupo de mujeres; pero
al menos, por un principio de prudencia, debería existir. Debería
cumplir, como mínimo, una función de acogida para quien lo necesite,
aunque también puede darse que las mujeres quieran hacer parte de su
práctica feminista sin hombres, por los motivos que sea. Ha de respetarse.
Esto no significa que no estén preparadas o que estén contra los hombres,
simplemente así lo quieren.
Por otro lado, quien forma parte del problema debe también formar parte de la solución, por lo que la participación de los hombres en la lucha feminista se hace imprescindible. La lucha feminista, la revolución, debe ser continua y conjunta si queremos un cambio global. Por tanto, la solución al dilema es, a mi parecer, una cuestión de momentos: en unos momentos solas; en otros, conjuntamente.



















