Manuel Garí
El cambio climático es la principal amenaza material y universal contra los pobres y las gentes trabajadoras en la primera mitad del siglo XXI. La lucha contra el cambio climático forma parte de la primera línea del combate anticapitalista. En caso de no actuar enérgicamente y con celeridad desde las metrópolis industriales, comenzado por los países de la OCDE principales emisores de gases a la atmósfera, estaremos ante un escenario de pérdida de millones de puestos de trabajo, desertificación de los campos de los que depende la alimentación básica de miles de millones de seres humanos y de migraciones masivas hacia ninguna parte. La lucha contra el cambio climático forma hoy parte de la primera línea del combate anticapitalista.
No es futuro: está aquí, ha comenzado. El pasado siglo aumentó la temperatura media 0,7º C en el planeta y 1,5º en España. En menos de 10 años, de no actuar, podemos estar en la situación de no retorno: en el punto de inflexión irreversible del clima. Las proyecciones para 2030 del panel de expertos de la ONU plantean aumentos de hasta 6,8 º C como media en el mundo, siendo nuestro país uno de los más afectados con cifras de hasta 8º C. Y hablando de España si seguimos igual no sólo no cumpliremos el tímido Protocolo de Kyoto que permite un incremento del 15% de emisiones respecto a 1990, sino que llegaremos a un aumento del 50%. Irresponsable. La conciencia social ante el drama ha surgido por fin. Los ecologistas empiezan a estar menos solos.
El cambio lo origina la emisión masiva de gases de efecto invernadero producidos por la actividad humana productiva industrial y agrícola y por la que se origina en las acciones difusas derivadas del transporte en vehículos de motor de explosión y derivados, el modelo de urbanístico y las formas de consumo de energía en los hogares. Por tanto forma parte consustancial al modelo de producción y consumo económico basado en la quema de combustibles fósiles: el capitalismo petrolero. La forma de acumulación del capital hoy, pese a la apertura de negocio en torno a las energías renovables, está íntimamente ligada al efecto invernadero.
El capital ha intentado desacreditar las previsiones de ecologistas y científicos, sobornado a desaprensivos que negaban la evidencia mensurable e impulsando tesis negacionistas respecto al origen antropogenico del calentamiento climático por boca de gentes como Claude Allègre, para finalmente -al ver peligrar sus negocios- afirmar por boca de Stern -que representa a una fracción más lúcida- que la tienda puede cerrar por caída de un 20% del PIB Mundial en 2030. Caída, podemos nosotros añadir, que será desigual según países y repercutirá desigualmente según clases sociales. Los ciclos climáticos naturales, con toda la fuerza material que los origina, no han sido jamás capaces de lograr en tan poco tiempo modificar tanto el clima como lo ha logrado el capitalismo petrolero.
Ante esto, ¿y la izquierda? ¡Ah, la izquierda! Escasa en la calle, escasa de alternativas, pero eso, sí: ecosocialista por auto proclamación. En otra ocasión quizás podamos hablar de soluciones (haberlas haylas) y movilizaciones (en breve haremos el test).




















