Franco Turigliatto
Queridos compañeros y amigos:
Sigo esperando que el Senado acepte mi dimisión, que a pesar de todo, no he retirado y no retiraré. Mientras tanto, en los próximos días debo expresarme sobre la “moción de confianza” al gobierno Prodi. Quiero así explicar las razones de mi opción de dar el voto a favor, que definiré técnico, a pesar de que rechazo en sus aspectos generales, los doce puntos presentados por el gobierno Prodi. En mi intervención en el Senado, explicaré con mucha claridad que no se podrá contar conmigo para aprobar la misión militar en Afganistán, ni para realizar la línea Turín-Lyon del Tren de Alta Velocidad (TAV) o la contrarreforma de las pensiones. No se podrá contar conmigo porque no votaré estas medidas, incluso si en base a las mismas existiera el riesgo de apertura de una nueva crisis de gobierno. Y es obvio que continuaré con vosotros la batalla contra la nueva base militar americana de Vicenza.
Con mi rechazo de votar a
favor la política exterior del gobierno, no he tenido, en
absoluto, la intención de realizar un gesto “politicista”
destinado a provocar una crisis de gobierno. Se trata de un gesto de
responsabilidad y coherencia con respecto a mis convicciones y de
aquellos que como yo, se sienten distantes de una política
exterior que continúa el sendero de la guerra, eso sí
con tintes “multilaterales”; que sostiene una concepción
neoliberal de Europa; que piensa que enviar soldados por el mundo sea
un modo para “contar” en la política internacional. Un
gesto animado del rechazo a los que tratan de convencerme a
considerar como misión civilizatoria y de paz, lo que no es
sino una ocupación militar. Un pequeño gesto para
sostener la extraordinaria lucha de Vicenza contra la construcción
de una base que destruye el territorio y que será un
instrumento fundamental del dispositivo de los EEUU en la guerra
global y permanente. Un gesto del que no me arrepiento y que repetiré
cuando sea necesario. Mi disenso con la política exterior del
gobierno está indisociablemente ligado a la oposición a
la guerra de Afganistán y a la decisión del gobierno de
autorizar la duplicación de la base de Vicenza. El sentido de
mi voto, que disiente de la postura de mi partido [Partido de la
Refundación Comunista, PRC], es un disenso sobre un punto que
considero fundacional para cualquiera que haga política, el No
a la guerra.
No creo que haya sido yo
el responsable de la crisis de gobierno, de la cual, el principal
responsable es el gobierno mismo y la política que ha ido
adoptando en estos últimos meses y que lo han alejado, cada
vez más, de quien lo había votado. Una crisis nacida
por razones en parte oscuras, en parte debidas a la voluntad del ala
“reformista” [neocentrista] de la Unione de dramatizar
la situación, para inducir a la izquierda alternativa al
silencio sobre las cuestiones candentes. Una crisis que ha servido
para parar cualquier reivindicación y para sancionar el curso
social-liberal de la actividad de gobierno. En este sentido el debate
en el Senado ha sido un chantaje, particularmente sobre la cuestión
de Vicenza. También por este motivo he dicho No.
La salida de la crisis me
parece que confirma este juicio. Los doce puntos presentados por
Prodi constituyen un giro neoliberal y una voluntad decidida de
afirmación de una política de sacrificios y de guerra
multilateral. Los ataques que me han dirigido, como el fantasma del
retorno de Berlusconi, fantasma agitado por mis acusadores, estaban
destinados precisamente a esconder esta realidad: el hecho que el
balance de la actividad del gobierno Prodi en estos meses es
sumamente negativo y que la actividad perfilada para los próximos
meses será una acción de gobierno peor, si cabe, de la
precedente.
Este juicio, obviamente,
no ha sido compartido por mi partido [PRC] que a pesar de todo
sostiene totalmente el nuevo gobierno. Y ha sido acogido en formas
diversas por la sociedad civil, los movimientos, los dirigentes
sindicales y exponentes del pacifismo radical, por los mismos que el
17 de Febrero manifestaron contra la base en Vicenza. El miedo del
retorno de la derecha es muy grande. Hay además quien piensa
que la partida con el gobierno Prodi no está cerrada y que su
supervivencia constituya el marco, a través del cual, obtener
resultados más avanzados o en cualquier caso una dialéctica
democrática.
No habiendo decidido yo
el provocar la caída del gobierno Prodi, pienso que es justo
verificar estas intenciones, dialogar con gran parte del movimiento y
del “pueblo de izquierdas” que piensa de este modo, y permitir
así que el gobierno Prodi permanezca en pie. Pero pienso
también que esto se puede hacer expresando nítidamente
la postura. No estaré jamás disponible para votar la
guerra en Afganistán ni a convertirme en cómplice de
las políticas antipopulares de de este gobierno.
Obviamente no preveo un
futuro en el cual uno se pueda mover tranquilamente. Los 12 puntos
presentados por el gobierno constituyen un paso atrás y un
golpe contra el movimiento y los propios partidos de la izquierda
alternativa. Veo por tanto una fase en la que vendrá
desarrollada una oposición social a las medidas del gobierno
Prodi, oposición que tendrá consecuencias
parlamentarias. Esta es mi intención. Es posible elegir el
gobierno al que hacerle oposición, transformando en
indisponibles algunos principios y algunos vínculos esenciales
para mí: con el movimiento de los trabajadores, con las
comunidades populares en lucha contra el TAV, contra las
regasificadoras, por la defensa del ambiente, con el movimiento
pacifista que hemos visto recientemente en Vicenza. Estos son los
vínculos que regulan mi actividad política, no una
abstracta coherencia ideal, sino un proyecto político que me
ha acompañado durante toda la vida.
En los últimos
quince años estos vínculos, estos convencimientos, han
coincidido perfectamente con los del PRC. Sin embargo, hace algunos
días, mi partido me ha declarado “incompatible”
sencillamente por el motivo de ser fiel al programa histórico
del PRC. No quiero discutir sobre una elección que me toca
pero puedo decir una cosa. He construido el PRC desde su fundación,
lo he defendido cuando lo estaban atacando, he pasado cientos de
horas delante de las fábricas de Turín y por toda
Italia para hablar con los trabajadores y las trabajadoras. La
amenaza de expulsión del partido [definitivamente producida
tras la declaración del colegio de garantías del PRC
del 1/3/2007 N d T] me amarga y me desilusiona al mismo
tiempo. Pero se trata de un cambio profundo de las prioridades del
PRC y de su acción: algunas idealidades superiores se ponen al
servicio de un proyecto político contingente, cumpliendo un
proceso de desnaturalización de la izquierda que me deja
perplejo. Y, sobre todo, ridiculiza una cualidad fundacional de la
política –la coherencia entre conciencia y acción-
cuya ausencia está hoy en la base de la crisis de la política
de la que se discute desde hace más de un decenio.
No es la primera vez en
la historia que quien desde la izquierda se opone a la guerra, quien
coherentemente dice No en el Parlamento, contra todo y contra todos,
venga acusado de estar en “espléndido aislamiento”, de
ser “un alma bonita”, “incapaz de realismo”, “irresponsable”
o “idealista”: estas acusaciones no me hacen daño a mí
sino a una experiencia en la que he creído y puesto todo mi
empeño y que hoy viene desnaturalizada por la responsabilidad
de los que han decidido plegarse a lo existente.
Por ser fiel a mis
convicciones y a mis vínculos, ha sido puesto en discusión
el vínculo que me ligaba al partido y que ha forzado al
gobierno a la dimisión. No me considero ni tan importante ni
tan esencial. Quizás todo esto representa el “chivo
expiatorio” de las múltiples contradicciones que afligen a
la izquierda en su conjunto y a la relación entre el gobierno
y su gente. Una relación debilitada como demuestran los
últimos sondeos y los sucesivos episodios de descontento. Por
mi parte no puedo sino continuar a rebatir lo que ha venido
diciéndose en estos días. Si el Senado rechazara mi
dimisión, y mientras que esté en el mismo, votaré
contra la guerra, porque el No a la guerra y la relación con
el movimiento obrero constituyen la brújula que orienta mi
acción política: estos ejes son desde siempre el alfa y
omega de una perspectiva de clase y anticapitalista.
Permitidme por tanto
agradeceros por las palabras que me habéis dirigido,
conmovedoras en tantos pasajes. Honestamente, no creo ni siquiera
merecerlas, simplemente que en este mundo parece anormal aquello que
a las personas serias debería parecerles normal: actuar de
acuerdo a las propias convicciones. Si este pequeño gesto ha
servido para rehabilitar esta lógica que a algunos parece, con
juicio despreciativo, muy “idealista”, entonces habrá sido
útil.
Mi camino es este y
espero recorrerlo junto a vosotros. Gracias.
Roma, 28.2.2007




















