"Los trotskismos" de Daniel Bensaïd, en el Viejo Topo
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Pepe Gutiérrez-Álvarez / Kaos en la Red

No hace mucho tiempo que la idea de publicar un libro como éste habría sido considerado descabellado, una forma deliberada de arruinar una editorial, y muestra de ello es que la edición crítica del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente, pasó bastante desapercibido a pesar de que reunía textos trotskistas y surrealistas, inclusive entre los especialistas del surrealismo (1).

Y es que los temas que aborda Bensaïd dejaron de tener una viabilidad editorial después del 23-F y todo lo demás. Hasta entonces, se había editado prácticamente todo Trotsky lo mismo que otros autores importantes de su o­nda (Deutscher, Nin, Mandel, Broué, etc), y tanto en editoriales de tono militante (Ruedo Ibérico, Fontamara, Akal, Júcar, Crítica) como en otras que no lo eran o no lo eran tanto (Alianza, Planeta, Ariel), y algo similar sucedió en la primera mitad de los años treinta, cuando el escritor norteamericano John Gunther que frecuentó las actividades del grupo madrileño que lideraban Juan Andrade, pudo escribir: "En ningún otro lugar de Europa Occidental vi tantos libros suyos ni tanta literatura trotskista al alcance del público como aquí". Había una notable paradoja en este contraste, sobre todo considerando que si bien en los ochenta fueron años de "saldos" en todas partes (2), con el tiempo el pulso se fue recuperando poco a poco y un autor como el "Bensa" era ampliamente publicado en Francia y ampliamente traducido cuando por estos lares una obra de las que marcan un hito en el pensamiento como Marx intempestivo se paseó por diversas editoriales para ser finalmente editado en Uruguay (3).

Se equivoca quien se crea que semejante situación era producto de una evolución "natural" que estaba imponiendo la llamada "postmodernidad" (un cambio en las modas de pensamiento que nos liberaba de la mala conciencia y de "arcaicos" compromisos sociales) se trataba de algo muy diferente. En concreto de una aplastante victoria conservadora por más que, al menos por estos lares, no se expresaba a través de un clásico cuadro trágico de represiones y exilios. Ahora podía expresarse "elegantemente", con puño de hierro envuelto en guante de terciopelo.

En este sentido recuerdo entre mil un pequeño episodio que me tocó vivir allá por la mitad de los años noventa, un poco antes de los emblemáticos acontecimientos de Seattle. El escenario se sitúa en unas jornadas sobre desarrollo comarcal o algo así convocadas con un nombre por el Consell Comarcal del Garraf, de mayoría socialista, y con una nutrida presencia de sindicalistas y concejales de izquierdas. El ponente era un elegante economista claramente oriundo polaco, que efectuó un extenso discurso durante el cual criticó toda la maraña de leyes, formativas y trabas burocráticas que obstaculizaban "nuestra competitividad", sin olvidarse de ofrecer una apología de "la flexibilidad laboral". Ninguno de los sindicalistas e izquierdistas presentes tuvo nada que objetar salvo el autor de estas líneas, frente al cual el ponente estaba aparentemente advertido. No dedicó ni un segundo a tratar de justificar lo que había dicho, simplemente se limitó a ironizar paternalmente sobre las "internacionales obreras", con lo que vino a decir que las cosas que yo decía (no mucho más que defender los "derechos sociales" conquistados en más de un siglo de luchas) eran meros anacronismos, y prueba evidente de que era el único que no me había enterado que el mundo había cambiado de base, sólo en sentido inverso al que prometían "las internacionales obreras".

Aunque menos elegantemente, no era otra cosa -por seguir con el ejemplo- lo que me decían desde el equipo socialista municipal que no mucho después conseguiría por primera vez en la localidad (Sant Pere de Ribes) gobernada municipalmente entre 1979-1991 por una coalición militante entre nacionalistas (a la izquierda del ERC) y el PSUC. Repetían que el tiempo de las ideas había pasado y que ahora era el de los gestores (y se podía añadir: de sindicalistas que parecen que habían estudiado empresariales). La lucha de clases seguía, solo que ahora la iniciativa la tenían los poderosos y en nombre de la "nueva economía" y de la democracia.

Este cambió de base era deudor ante todo de la descomposición de la burocracia estalinista que se fue hundiendo aceleradamente a ojos vistas y en el mayor de los desprestigios (sin que sus presuntos beneficiarios dieran un paso al frente por ella), tanto en su estructura central (aquellos países del socialismo "realmente existente" y en los que, al decir certero del malogrado Rudi Dutscke, habían muchas cosas reales pero ninguna merecía llamarse socialismo), como en sus ramas, el movimiento comunista internacional, y no digamos, las variantes derivadas del cisma chino-soviético en la que podíamos encontrar expresiones tan degradadas como Sendero Luminoso...Parecía que esta descomposición se había llevado "de paso" todos los demás socialismos, tanto era así que un personaje tan representativo de las bodas entre el neofranquismo y el neoliberalismo pudo afirmar que "ahora el problema era el socialismo". De hecho, no era otra cosa lo que venía a decir Felipe González cuando declaraba que la verdadera izquierda estaba entre los empresarios emprendedores.

Ni que decir tiene que en semejante momento lo de las "internacionales obreras" podía llegar a parecer algo casi tan lejano como las guerras púnicas, una "utopía" sobre la que se proyectaban connotaciones "totalitarias" al margen de los buenos sentimientos y propósitos de sus defensores, de manera que por más que se pudieran criticar tales o cuales aspectos del capitalismo (tanto era hasta la o­nU podía ofrecer datos escalofriantes sobre el crecimiento de la miseria, el hambre y las enfermedades en el mundo mayoritario, sobre la trágicas consecuencias del desmantelamiento en todas partes de lo que había del "Welfare State o sobre un deterioro ecológico que estaba poniendo dramáticamente en cuestión la propia supervivencia del planeta), no había problemas: tal como certificaban los legitimadotes del orden establecido,. Aunque podían admitir que esto pudiera ser malo o criticable, mucho peor eran los "totalitarismos", aquellos que, al decir de Pascal, al querer ser Ángeles se convertían en Diablos. El problema no era pues la Trilateral o las multinacionales sino Lenin o cualquier otro, por ejemplo, Durruti era comparado con Ben Laden.

Pocos eran los vestigios que quedaban de la variante surgida de la AIT bakuniniana sobre la que ya existía una tradición negativa sólidamente establecida que la amalgamaba con sus expresiones terroristas, las mismas que se reproducirían en cualquier conato de manifestación radical, y no importaba si para ello era necesario mover piezas de infiltración policíaca, dificultades a las solamente le faltaba la renovada presencia de un anticomunismo "negro". Del socialismo "democrático" se podía decir algo similar al "realmente existente" solo que desde la apología del presente, solamente en el terreno de lo simbólico permanecía ligada con lo que fue la Internacional Socialista, incluso cuando se vestía con ropajes más de izquierdas como Jospin en Francia de hecho, su izquierdismo jamás sobrepasaba los de la izquierda de la derecha en una representación bipartidista "made in USA" (o canovista). Por su parte, la tradición comunista seguía inmersa en una crisis perpetúa, afectado tanto por la tentación institucional (un espacio para el que ya no tenía una base social activa de apoyo, y que por lo demás, ya estaba ocupado por la única izquierda institucional posible desde el momento que cualquier paso más allá de lo establecido por los pactos de la Transición suele ser considerado como un atentado a la "estabilidad" democrática), como por su incapacidad de ajustar las cuentas de manera concluyente con el pasado estaliniano principal responsable de su crisis de identidad.

Esta situación coincidía entre nosotros en el contexto de una Transición determinada por un "compromiso histórico" según el cual, las clases dirigentes reconducían el Estado franquista hacia un reconocimiento de las libertades por un lado, mientras que el antifranquismo (el movimiento obrero, la izquierda), aceptaba pagar las consecuencias de la crisis económica que venía...Esto sucedió en un tiempo en el que se habían conquistado importantísimas mejoras sociales, gracias a las cuales (y a las posibilidades derivadas de un tiempo en que con muchas horas extras, destajos o pluriempleos, el mundo obrero logró salir de la situación de humillación y semiesclavitud impuesta por el "régimen de la Victoria", de manera que mejoras y libertades (y prudencia para no "provocar" los demonios de un golpe militar, parecieron ir de la mano.

La izquierda establecida se justificó en su momento desde esta situación que creyó irreversible, sin embargo no ha sido así ni mucho menos ya que desde entonces no hemos hecho más que retroceder, incluso cuando parece que se avanza (Zapatero o Prodi) es en relación al triste hecho de que con la derecha-derecha podría ser muchísimo peor.

En su prólogo Daniel Bensaïd nos dice que está abordando un tema muy poco conocido en Francia, está hablando de una edición popular dirigida a un amplio abanico de lectores que apenas si saben más que cuatro generalidades sobre la cuestión, y que su principal referencia fuese nuestra épica orwelliana y anarcopoumista de Tierra y Libertad, un hito cinematográfico-militante en la segunda mitad de los años noventa pero actualmente un tanto olvidada aunque existe una recuperación de dicha épica.

Pero, ni que decir tiene, por estos lares, el desconocimiento es notablemente mayor. No es en vano que el trotskismo ha sufrido dos cortes históricos de décadas de duración. Además," dada su escasa implantación organizativa, muy atrasada en relación a la que se ha conquistado en los países vecinos como Francia, Portugal o Italia (4) apenas si comienza a aparecer (nuevamente) como una alternativa militante avanzada, capaz de influir al menos en "lo que se mueve", la palabra adquiere peyorativamente el significado de una mera variante crítica del "comunismo" contra el que los líderes de nuestra derecha se han rearmado gracias a obras como la de Furet, El pasado de una ilusión o El libro negro del comunismo (5), con los que se alimentan por igual Tribunalistas, historiadores de la catadura de Pío Moa o César Vidal o tertulianos, y no solo entre los de la COPE, no hay más que escuchar a Pilar Rahola (la novia catalana de Sharon), para la que la LCR francesa no representa nada mejor que lo que puede representar Le Pen.

Desde el canon del pensamiento establecido por conjunción de la historia oficial derivada de la Santa Transición con la ofensiva neoliberal según la cual la medida del "comunismo" la ofrecen Stalin y demás, no hay lugar para la hipótesis de que con Lenin y Trotsky había sido diferente por la simple regla de tres de remontar el Gulag a 1917 o al inicio de la guerra civil, y en todo caso se trata de ideologías extremas situadas fuera de esta democracia. Una vez esto queda claro, no importa mucho que testimonialmente se ofrezcan matizaciones (hasta Vargas Llosa se vio obligado ofrecerlas sobre Trotsky y el "Che", tampoco había que llegar a los extremos de dos Fernando: Savater y Arrabal unidos en este punto), necesarias a veces para hablar del POUM o la de más firme y noble militancia comunista contra el franquismo (Matilde Landa, Fernando Quiñones, Gabriel León Trilla, Juana Doña Simon Sánchez Montero, Rafael Núñez, Camacho o López Raimundo) en épocas en la que los liberales y socialdemócratas apenas si salían de sus despachos.

Aunque esta campaña denigratoria ha sido general, también es cierto que entre nosotros la resistencia ha estado mucho más debilitada por la "debâcle" de la izquierda, de un pozo por el que finalmente acabó cayendo la izquierda radical (que menos considerando que en nuestra época Pablo Iglesias sería un extremista de izquierdas), incluida la LCR que había sido -junto con el MCC-, uno de los pilares de la campaña anti-OTAN así como sostén de todos los movimientos disidentes comenzando por el feminismo combativo y la izquierda sindical pasando por la insumisión a la "mili", etcétera. El desaliento fue tal que no es que ya hubiera espacio para libros de autores como Daniel... El desconcierto fue tal que los que se tenían de otros tiempos fueron apiñados en las partes más altas de las estanterías, aunque todo comenzó a cambiar después de Seattle, y para nosotros también con los ejemplos militantes como los de la Liga francesa.

Durante este tremendo bache, se había dejado de hablar de la cuestión y cuando se hacía -mediáticamente- era bien para denigrar ("los cazadores y los trotskistas entran en el Parlamento europeo", informaba El País), bien para aplicar en relación a Octubre y la URSS la teoría de los dos osos (según la cual se viene a decir poco más o menos Trotsky fue un Stalin fallido), y también como una página olvidada de allá por el 68 en la biografía de tal o cual figura institucional, por ejemplo Pascual Maragall, por mencionar solamente al más conocido de esa franja de políticos extalolocual que tuvieron corazón a los vente años y que ahora eran inteligentes conservadores instalado en el todo va bien, aunque sea en un planeta que recuerda al Titanic.

Es vedad que nunca fue fácil hablar del trotskismo y menos de los trotskismos, de una lista de variantes que agotarían un diccionario. De una patología que nos intenta viveseccionar (analizar y comprender) Bensaïd, sin perder el pulso autocrítico. Anotemos que ya Trotsky escribió una situación comparable a los alpinistas que tratan de escalar montañas mientras constantemente le caen aludes de piedra. En semejante situación es prácticamente posible no padecer algún tipo de patología, sobre todo cuando se trata de un tema tan trascendente como la revolución y cuando se posee unos utensilios teóricos y programáticos que permiten construcciones capaces de justificarse por sí misma, cerradas en su propia verdad, sin necesidad de mirar hacia fuera, de constatar consideraciones tan simples como que hay una mayoría, que a ésta se le pueden imputar errores múltiples pero no traiciones (baste el ejemplo del denostado Michel Pablo en cuyo honor se puede decir que ayudó como pocos la revolución argelina y que nunca accedió a ningún privilegio), que se forma parte de una tradición que ha cultivado la democracia interna, o más prosaicamente, que ningún programa (algo que en marxismo no es nada sino responde al análisis concreto) puede sustentarse al margen de una dinámica histórica, por lo demás más acelerada que nunca desde la II Guerra Mundial, por no hablar de la utilización de la autoridad del Trotsky (le mismo que escribió que la teoría marxista era como una almena que había que conquistar permanentemente) y de esta manera blindar su propia autoridad de guardián del legado contra...los revisionistas.

Y sin embargo...Algo tendrá una corriente que ha superado la prueba del tiempo, aunque en no pocos países las guerras sectarias (pienso en Bolivia o en México), han acabado dando al traste con ella. Se ha mantenido contra todo pronóstico (¿cuántos desaparecieron en circunstancias menos adversas?). Por lo tanto, el legado de Trotsky no era arqueología como pretendía Jorge Semprún cuando escribía guiones para Costa Gravas como el de Estado de sitio. Algunos jóvenes lo descubríamos como una clave para entender la revolución de 1917 y el curso tomado por la URSS. Era un clásico vivo, protagonista de una historia que atravesaba la primera mitad del siglo XX: los "soviets" de 1905, la "Gran Guerra", la revoluciones de febrero y de Octubre, la guerra civil rusa, la creación de la Internacional Comunista, los debate sobre Alemania, China o Inglaterra, sobre el Termidor, el significado del estalinismo, los granes análisis sobre el fascismo, la crisis francesa de 1936, la República y la guerra española, una II Guerra Mundial que la revolución podría haber evitado. Además, no se trataba de ningún "hombre providencial" a la manera de Mao sino de alguien que era el primero entre iguales, alguien que se convencía en debates tan densos como ricos, el teórico de la revolución permanente que nos servía para comprender China, Cuba o el Vietnam, de la revolución traicionada para analizar el fenómeno estalinista y burocrático, el defensor de las libertades socialistas...Detrás suya aparecía un pelotón de gigantes menores: Rakovsky, Preobrazhenski, Serge, Monatte, Naville, Deutscher, Cannon, Nin, Andrade, Tresso, Frank, Mandel, Hugo blanco, y un largo etcétera que resulta ser en no poca medida, la historia de la revolución en el siglo XX.

Por otro lado, su caudal no se agotaba con el final del estalinismo, tal como vinieron a decir algunos amigos (recuerdo a Enric Tello en un acto allá por 1989 en un acto sobre el socialismo y la "perestroika"), ya que se trata de algo más, de una tradición marxista revolucionaria que sigue teniendo sentido en la medida en que vaya sabiendo ofrecer respuestas a nuevos problemas y situaciones...Así fue en 1930 con la ICE, después del 68 con la LCR y lo está siendo ahora con una combinación entre los abuelos del 68 y las nuevas generaciones que se están forjando una respuesta alternativa al neoliberalismo.

Habían pues muchos argumentos que convertía el trotskismo en uno de los referentes que nos ayudaba a tirar hacia adelante. Cierto, antes que nada estaba el rechazo al desorden establecido. De un mundo oscilante entre el hambre y el despilfarro, entre las grandes palabras y el abismo de las guerras como la del Vietnam que casi convertían en "humanitarias" las antiguas. Entre otras ideas fuertes, el legado comprendía una esquema estratégico según la cual cualquier avance social comporta unificar al máximo a los trabajadores y a sus aliados, lo que significa ante todo que aunque cada uno marche por separado según sus ideas, había que hacer todo lo máximo para golpear juntos...lo que implicaba claro está una concepción clara de la democracia social y el pluralismo como riqueza, del papel de la asamblea, los cargos elegidos y revocables, y por supuesto la denuncia de toda tentación de hegemonismo bajo cualquier envoltorio, incluido el presuntamente ácrata, el más paradójico de todos ya que se impone en nombre de una libertad que algunos aspiran a representar por el ser y no por lo que hacen.

El debate estaba servido con todas y cada una de las corrientes socialistas, y sobre cada una de ellas se mantenían unos ciertos criterios. Con la CNT nos hermanaban las luchas obreras, pero mientras que para ellos era suficiente los fines, el ideal, para nosotros la gran cuestión eran los medios. La revolución no es un gran día, es un objetivo consciente que requiere de instrumentos capaces de cortar el nudo gordiano. La crisis española de los años treinta era el mejor ejemplo. Todo hubiera sido distinto si la clase mayoritaria hubiera contado con la capacidad de iniciativa que apuntó Asturias en Octubre de 1934. Con la socialdemocracia no había apenas espacio para el debate. Era la izquierda del sistema, eran Miterrand en Argelia o Willy Brandt apoyando a los norteamericanos en el Vietnam. Con los comunistas, habían muchas historias por medio.

No podíamos por menos que reconocer que eran parte de un movimiento internacional conformado por los países llamados socialistas cuyo carácter decíamos que era dual, por una parte eran países anticapitalista o neocapitalista, pero por otra estaban gobernados por una burocracia que sustituía a la clase obrera, una fórmula insuficiente pero que ayudaba a explicar (porqué se había llegado a tal deformación), y al tiempo combatir por las libertades, en defensa de los disidentes, a Soljenitsin sin ir más lejos. Por otro lado, bajo el capitalismo, el movimiento comunista representaba en muchos países y en España especialmente (fueron los más perseguidos por el franquismo), a los sectores obreros más combativos...Pero, por sus estructuras verticalistas, justificadas además por las exigencias de la clandestinidad (cuando en el PCF eran si cabe más severas), no había espacio para ninguna discrepancia, además seguían funcionando los esquemas "etapistas", primero contra Franco y luego ya veremos. Y ya se vio.

Aquí, la "quinta del 68" emergía bastante infantilmente, con los padres y abuelos muertos o en los exilios, sin una escuela, pero con una cierta cultura política y militante heredada del FLP. Conviene recordar que aquí si que se dio una cierta continuidad, ya que en entre sus principales animadores habían "veteranos felipistas" como Miguel Romero, Jaime Pastor, Manolo Garí, en Madrid; y Juan Tolosa (Carapalo, apodo popular de Buster Keaton), Martí Caussa, Meritxell y Miriam Josá, Joan Font, Pau Pons, Jaume Roures, Ricardo Huélamo, y un largo etcétera con conexiones en buena parte del Estado y cohesionado por el referente de las JCR francesa más la lecturas de Marx siguiendo a Louis Althusser, con el que pronto se ajustarían las cuentas. La reunión constituyente en Barcelona tuvo lugar en casa de los Maragall en presencia de dos hermanos, Ricard y Pascual, pero este último no tardará en apartarse. El grupo se implanta rápidamente en universidades, en institutos y en amplios sectores de la juventud obrera radicalizada, incluyendo empresas puntas como SEAT (Diosdado Toledano y Antonio Gil), muy marcada por las referencias sindicalistas revolucionarias de la CNT, con su enérgica defensa de los comités revocables elegidos abiertamente en las asambleas, la acción directa desde abajo, la huelga como punto de partida para la extensión territorial, su conexión con las barriadas, la defensa del frente único y de la unidad sindical, etcétera, planteamientos que guiarán una extensa lista de huelgas ejemplares en las que se demostraba que la clase obrera no era solamente la espina dorsal del antifranquismo, sino que podía plantearse objetivos políticos rechazando tirar del carro de una burguesía que pretende desviar el movimiento hacia sus propios propósitos…

El engarce con la Cuarta se hizo sobre todo a través de la Liga francesa. Creada, pues, bajo este signo, la Liga española carecerá del soporte de una vieja guardia; sus «veteranos» son felipistas de mitad de los años sesenta. Serán éstos quienes trataran de conferirle una primera fundamentación teórica propia; no obstante, ésta será, al menos en los primeros años, plenamente deudora de los franceses. Su debut político será fulgurante, apareciendo como una ruptura frente al paternalismo de los partidos tradicionales, como un desafío abierto. Decir Liga era decir un proyecto para crear el "instrumento de la revolución" desde la periferia juvenil al centro proletario. La Liga despliega un impresionante élan militantista y divulgativo coincidente con una fase de incorporación masiva de una juventud izquierdista a la lucha, y refleja todos sus sueños liberadores, como el feminismo, la libertad sexual, el psicoanálisis, el rechazo del consumismo, etc. Todo ello como parte del reforzamiento de las expectativas socialistas alimentadas por los mayos, las crisis latinoamericanas, la revolución de los claveles, el cine político y militante, la irrupción del libro de bolsillo, etc.

Aquí también se trata de imponer una línea de frente único pero para sobrepasar por la izquierda a los reformistas, atributo que también se hace extensible a los diversos grupos maoístas en una época en que la tarea primordial pasa por «desenmascarar» la política reformista del PCE (que por entonces sufrió constantes desbordamientos desde su área juvenil), homologado de una manera un tanto simplista con el PCF. Después de poco más de un año de un izquierdismo rupturista que trata de crear comisiones revolucionarias , y una de cuyas acciones más significativas fue la de poner "patas arriba" la emblemática calle Tuset de la gauche divine barcelonesa, tiene lugar un fuerte debate de reconsideración en el que la Liga queda dividida en dos mitades. Las infancias políticas se pagan.

Una la representa la tendencia en marcha y tiene el respaldo de la LCR francesa y del secretariado unificado, y su planteamiento pasa por una rectificación parcial del curso, mientras que la otra subraya que la organización se encuentra en una encrucijada (los nombres se derivan del título de los textos, en marcha es que seguimos aunque con rectificaciones, la encrucijada plantea una enmienda de fondo), que coincidirá con las posiciones de la minoría internacional liderada por el SWP, y que ofrece una enmienda más clasicista (había ayudar a recomponer el movimiento obrero antes de abordar actividades "luminosas", y trabajar por un frente proletario) al citado curso, y trata de recuperar las líneas estratégicas más de trabajos de masas y de inserción. El debate acabó bloqueando a la organización, y la dinámica rupturista se impone. Ahora se trataba ante todo de demostrar de parte de quién estaba la razón. Como no podía ser menos, el coste militante de estas crisis resultó muy grave, al tiempo que reforzaba el mito del trotskismo condenado inexorablemente a la división.

Vistas en perspectivas, aquellas crisis, como la que dio lugar a dos Ligas, la LCR y la Liga Comunista, ofrecen la idea de una militancia con 40º de fiebre, sin una conciencia precisa y madura de las dificultades que comportaba la propuesta de convertir el derrocamiento del franquismo en la apertura de un proceso hacia la revolución socialista. Había una conciencia de que se asistía a la "agonía de la dictadura", en particular gracias a las crecientes energías militantes las luchas obreras podían alcanzar el calificativo de «ejemplares» (hubo militantes que se hicieron como José Arán, José Borrás, Enric Montraveta, Pedro Navarro, Marío Salas, etcétera, que fueron expertos en el "oficio" de lograr que una "chispa" que encendían empresas o cinturones industriales, la llanura de un sector), en la universidad, los trotskistas podían radicalizar cualquier "movida" y se imponía brillantemente en los debates.

Estos serán unos "trotskos" caracterizados como militantes "palizas", muy leídos, especialmente atentos a cualquier debate, incluidos los que se podían dar en cualquier parroquia y cine-fórum, bien para galvanizar, obligando a los líderes "reformistas" a emplearse a fondo, y muchas veces desbordarlos, hasta el punto de que esto se hizo casi una tradición…Los de la Liga poseían un sentido de la historia que resultaba confirmado mediante una auténtica pirámide de obras maestras como testimonian las anotaciones bibliográficas anexas que no incluye folletos ni la documentación expresada en un combate que durante una larga temporada fue semanal y luego quincenal.

Se estaba creando con muchas dificultades una escuela, con capacidad de aplicar los esquemas a las realidades cercanas, al calor de las luchas, los desbordamientos de las apuestas reformistas se mostraron bastante posibles. Hubo momentos en que las huelgas y las movilizaciones, animadas por las corrientes izquierdistas y por sectores de las bases del PCE-PSUC, sobrepasaron de lejos los propósitos pactistas y causaron un desbordamiento de los planes de reformas. En ese estado de cosas, el trotskismo apareció como una forma de marxismo libertario, opuesto a las "burocratadas" que cerraban huelgas por exigencias partidarias, y con una creciente capacidad de atracción que permitió creer en la posibilidad de estabilizar una alternativa de izquierdas capaz de superar las componendas.

Un buen ejemplo de la atracción de este trotskismo nos lo ofrece la trayectoria de una fracción, entonces mayoritaria en el seno de ETA, concretamente la que dio lugar a Komunistak (luego el MCE), y a partir de la cual se produjo un proceso de maduración política en el que se mezclaban aspectos programáticos y estratégicos: revolución permanente (realización de las tareas democráticas y proceso de revolución socialista), crítica de la estrategia militarista existente en ETA, crítica de la burocracia estalinista en la URSS, dimensión internacionalista de la lucha de liberación nacional, etc. En la VI Asamblea se produce una ruptura política en el seno del movimiento de liberación nacional vasco, en virtud de la cual los defensores de la antigua línea permanecerían agrupados en ETA V Asamblea (línea que condujo, con todas las crisis y vicisitudes posteriores, a la actual ETA). Dentro de la propia VI Asamblea, se produce un proceso de evolución político-ideológica hacia el trotskismo en un proceso que comienza con una campaña internacional de la IV contra el proceso de Burgos. En esta evolución, la influencia de la LCR francesa fue determinante. La posterior reunificación de la LCR con ETA VI constituyó un salto cualitativo que se complementaría con la unificación ya mencionada de 1977. La influencia y las raíces sociales de ETA VI contribuyeron a hacer avanzar la implantación social y la experiencia en el trabajo de masas en el conjunto de LCR. ETA VI tomará el nombre de LKI, logrando de lejos, ser el colectivo de filiación trotskista más implantado, e imprimiendo en la organización una mayor predisposición para asimilar la controvertida cuestión nacional desviada hacia un laberinto.

Cuando esto ocurría, el concepto comenzó a tener un sentido mucho más amplio. Se rechazaban las lecturas lineales -por ejemplo en relación a la crisis española y del POUM-, se asimilaban otras lecturas y tradiciones, pero sobre todo se trataba de desarrollar las adquisiciones de cara a las nuevas realidades. De esta concepción abierta será una buena muestra el periódico Combate, mucho más enfocado hacia los temas de las luchas sociales, al tiempo que se distanciaba de las disputas doctrinarias que tanto obsesionaban a los ya poseían la "fórmula" correcta sobre la revolución...

En el momento de la reunificación en 1977 todo parecía llano, pero se trata de una impresión óptica. Lo que viene es una cuesta arriba, la tarea de Sísifo, una crisis que no permite despegar a la CNT, que desarbola a los poderosos maoístas de la clandestinidad, y que, a pesar de una esforzada trayectoria que durante los años ochenta la LCR, junto con el militantista y verticalista MCE, agrupaba algunos núcleos de avanzada del activismo militante. Entre otras cosas, insuflaba vida a una izquierda sindical que, cuando menos, quitaba el sueño a los burócratas sindicales y daba la batalla en la calle contra el desmantelamiento industrial. A pesar de que en realidad contaban con una implantación reducida, se trataba de gente muy forjada, con incidencia en sectores no organizados entre el personal que daba la cara en todos los conflictos, aunque luego nadie los votaba. No obstante, estas «pasadas por las urnas» (en expresión castiza de José Borrás) no eran obstáculos para animar los cotarros combativos de sindicalistas, feministas, insumisos, gais-lesbianas, okupas, y un largo etcétera.

Esta coincidencia por abajo permitió creer como posible una "convergencia" revolucionaria con el MC, último reducto parcialmente reconvertido del maoísmo. Por abajo era un partido bastante implantado, con una maquinaria dirigente muy eficaz que en el momento de concretar el proyecto, ya estaba retrocediendo en una evolución controlada por una dirección instalada en la tradición estaliniana. Entre el cansancio y la "alegría", la mayoría de la LCR lo apostó todo, incluso la exigencia de mantener la sección de la Internacional, algo que habían hecho en otros lugares con sus propias aventuras unificadotas, en Italia sin ir más lejos (6). El caso es que el hara-kiri del MCE (que conservó una franja de incondicionales a una cúpula con aparato propio), se llevó también a la LCR Este desastre afectó muy gravemente a todos los colectivos sociales insumisos, y la vida personal se convirtió en una meta en sí misma; no había que tratar cambiar el mundo -como se decía en una película de Ettore Scola-, porque al final es el mundo el que te cambia a ti.

Así pues, la Liga se desplomó justo cuando su presencia era más necesaria para una recomposición que se aplazaba, pero que se iba a mostrar más necesaria que nunca, y cuando comenzaba a cobrar alma y cuerpo en algunos lugares como Andalucía. La caída produjo no una reacción, sino un profundo desaliento; sólo una minoría muy exigua persistió en una apuesta de recomposición bao otos parámetros organizativos.

Los restos del naufragio constituyeron grupos como el Espacio Alternativo, Izquierda Alternativa, el Col·lectiu per una Esquerra Alternativa en Cataluña o la Plataforma de Izquierdas en Madrid, y luego aparecieron grupos juveniles como Batzac, como parte de un conglomerado trotskiano afín ahora delimitado no tanto por la historia, sino por qué hacer frente a la globalización neoliberal, para llegar a un proceso de reunificación que ha dado lugar a Revolta Global, al tiempo que ha insuflado un nuevo aliento a procesos parecidos en el resto del Estado español, aunque ahora ya no se pretende hacer una apuesta única por el autodesarrollo sino que se trata por todo los medios de unificar el máximo de fuerzas posibles en una tarea que se adivina ciclópea, nada menos que la recomposición de los movimientos sociales, sobre todo de un movimiento obrero arruinado por sus orientaciones subordinadas a la cultura de la derrota y a la total iniciativa del capital, y para muestra de ella baste pronunciar cuatro letras: SEAT con el añadido de los despidos "gestionados".

Nos decía Marti i Pol que el fuego de ayer ya no calentaba, que el fuego de entonces tampoco, y que por lo tanto había que encender un nuevo fuego. Este fuego ha sido el vasto movimiento por otra globalización, resultado tanto de los fracasos de la vieja izquierda como de las bárbaras consecuencia de lo que nos quiso vender como la globalización feliz. Es un fuego que ya ha llegado a tener expresión gubernamental, que congrega mayorías electorales, y que concita fuertes movimientos en un proceso obligado a transcrecer. Al calor de esta nueva situación, algunos movimientos han retomado viejos Dioses democráticos y socialistas (Bolivar, Marti, Sandino, Farabundo Marti, el Mandela anticapitalista, el "Che", Malcom X, y por supuesto los nombres del Partenón marxista y libertario, con todas sus limitaciones y contradicciones), y se reconoce en una historia localista abierta y plural en la que se trata de subrayar más las convergencias de la lucha y los buenos debates que los estropicios sectarios.

Y también en este terreno cierta tradición trotskista ha dicho y tiene mucho que decir. No es otra cosa lo que hace en este apretado breviario (tan apretado que su edición permite prólogos y epílogos largos), con el que el pasado y el presente se articulan en un diálogo con la historia y consigo mismo. Es muy posible que con nuestros atrasos, quizás sea necesario decir que Daniel Bensaïd (Toulouse, 1946), adherido a las juventudes comunistas en 1962 de la que fue excluido en 1962 por su oposición al apoyo del PCF a Miterrand, es un intelectual marxista forjado en los debates abiertos (en ese perfil de Trotsky que tanto admiraba G.B. Shaw), el mismo que meses después de mayo del 68 escribió (con Henri Weber) uno de los primeros y más incisivos e influyentes libros sobre dicho acontecimiento, Mayo 68: un ensayo general (que la mítica editorial mexicana ERA vertió al castellano en 1969), cofundador de la JCR y de la LCR, dirigente de la IV Internacional, profesor de filosofía en la Universidad de Paris 8, Saint Denis, director de la revista Contre-Temps...

Este es un libro para debatir, no para adoctrinar

 


Notas

1) Estada edición contiene aparte de trabajos de miguel romero y mío, una cronología realizada or Marti Causa, un detallada glosario amén de una bibliografía, aportes que se han creído convenientes para ayudar a las nuevas generaciones a situarse ante una historia sobre la cual se ha publicado poco, y sobre la cual no faltan aproximaciones sectarias.

2) En un viaje a Paris a principios de los ochenta, pude descubrir que gran parte de toda la abundante producción bibliográfica "gauchiste" se encontraba fácilmente a precios de saldos, y que editoriales y revistas tan representativa como la de Maspero -que si no me equivoco llegó a militar en la LCR francesa-, se habían tenido que reconvertir mientras que otras desaparecieron, como aquí. Por estas fechas, grandes almacenes como "El Corte Inglés" ofrecía las colecciones de la mexicana ERA a bajo precio. Entre la devaluación del peso y la baja demanda, esta editorial, qué tanto nos había ayudado en los sesenta-setenta, desapareció de nuestras librerías.

3) Esto que antaño no habría sido un problema insalvable, lo es actualmente como se indica más atrás, de manera que, por citar un ejemplo, no nos ha llegado la reedición mexicana que Siglo XXI (que tiene su vertiente española) ha realizado de Memorias de un revolucionario, de Víctor Serge con traducción del poeta español Tomás Segovia y con nuevos dibujos de Vlady Serge. Esta se explica también por la falta de instituciones estables que trabajen por facilitar una distribución, tarea de la que se está empezando a ocupar la Fundación Andreu Nin que ya ha realizado una importante labor por dar a conocer las novedades editoriales ligadas en el marxismo revolucionario y de la izquierda insumisa en el sentido más amplio.

4) Solamente muy de tarde en tarde "nuestros" medios de comunicación se ven obligados a reseñar los avances y los compromisos políticos de estas secciones que han conocido un salto del "grupusculismo" a formaciones o corrientes con las que se ha de contar y que en momentos de lucha pesan de una manera determinante. En algunos casos han llegado a pesar en temas como una posible mayoría parlamentaria para que la izquierda convencional gobierne. De darse un apoyo siempre ha sido exterior, o sea contra la derecha y a favor de medidas que se consideran positivas, normalmente en el terreno de las libertades.

5) Sobre esta cuestión me gustaría anunciar en esta misma editorial Para comprender la revolución rusa, que comprende trabajos de Trotsky, Deutscher, E.H. Carr y el propio Bensaïd y que se ocupa de la campaña de denigración promovida por el neoliberalismo contra Octubre.

6) "Creo que es necesario aludir a que en el seno de la LCR hubo una resistencia organizada, una auténtica batalla política, que produjo una tendencia organizada durante el congreso previo a la unificación con el MC, en defensa de mantener una relación plena con la IV Internacional (al menos la parte de la antigua LCR, o quienes lo desearan), como garantía para la evolución política de la unificación y como válvula de seguridad para reagruparse si las cosas iban mal). Recuerdo perfectamente que las informaciones que ya teníamos sobre la evolución político-ideológica de la cúpula de MC eran inquietantes. Dicha tendencia, fundamentalmente catalana (estábamos, entre otros y otras, Brian Anglo, gente de la enseñanza, la gente de SEAT, etc.), aunque no sólo, desempeñó un papel esencial en la recomposición posterior de los trotskistas tras el fracaso de la unificación. Basta ver la realidad actual del Col·lectiu per una Esquerra Alternativa… La gente de aquella tendencia en defensa de la IV impulsó el agrupamiento de posiciones en el proceso final de la crisis de la unificación, y en el último congreso anterior a la disolución (la tendencia en defensa de la organización política y la estructura confederal, que permitió entrar en contacto con Kemal (Javier González Pulido) y diversa gente de la antigua LCR de Madrid).

La gente agrupada en esta lucha de posiciones constituyó una parte muy importante de la acumulación de fuerzas que, tras la crisis de la unificación de LCR-MC, dio lugar a la organización cuartista Izquierda Alternativa. Esta organización entró en crisis posteriormente, dando lugar a las organizaciones actuales de la IV en el Estado español: Cuadernos Internacionales (que comprende el Col·lectiu per una Esquerra Alternativa) e Izquierda Alternativa (que comprende en Cataluña una parte de los militantes de Batzac). Grosso modo, las diferencias políticas que originaron tal separación fueron: distinto énfasis en la necesidad de organizarse autónomamente como cuartistas, en combinación con la intervención en marcos más amplios (IU); valoración desigual del papel de la clase obrera en el proceso de lucha política y revolucionaria y sobre la necesidad de apoyar e impulsar la corriente critica en CC.OO. (frente a los sectores que teorizaban que la clase obrera ya no era sujeto revolucionario y se había adaptado a la dirección burocrática y derechista de CC.OO. bajo el liderazgo de Antonio Gutiérrez); diferencias de apreciación sobre los sectores de izquierda en IU y en el PCE, para configurar una política de alianzas y la formación de una corriente, que se materializó exitosamente en la creación de la Plataforma de Izquierda -20% de los votos en la VI Asamblea federal de IU-, que ha dado lugar en la actualidad a Corriente Roja, en la cual militantes de Cuadernos y del Col·lectiu desempeñan un papel destacado, y la corriente Espacio Alternativo, animada por militantes de Izquierda Alternativa (Diosdado Toledano, carta de 4-5-03).