EDITORIAL
La evolución de la situación política en los últimos tiempos ha venido caracterizándose por la intensa ofensiva movilizadora de la derecha política, judicial y mediática en torno al objetivo de la derrota total de ETA frente a cualquier intento de reapertura del proceso de paz y de facilitar la legalización de la izquierda abertzale; por no hablar ya de la obsesión por obstruir cualquier medida de distensión relacionada con los presos tras el escándalo organizado en torno a Iñaki de Juana. Esa orientación, dirigida al desgaste de Zapatero, va estrechamente unida, como ocurre desde hace tiempo, a la reafirmación de un nacionalismo español esencialista para el que incluso la tímida oferta gubernamental de la “España plural” le parece demasiado. Con esos mensajes de fondo el PP de Aznar-Rajoy espera convertir las próximas elecciones municipales y autonómicas en una primera vuelta de unas generales anticipadas en las que pudiera recuperar el gobierno. Es de prever, por tanto, que mientras no sufra una prueba negativa en las urnas no se producirá un cambio de táctica por parte de la cúpula de este partido.
Pero lo más
preocupante de este proceso de radicalización de la derecha es que
no sólo se apoya en el “franquismo sociológico” y en el rechazo
ciudadano que provoca ETA sino que incorpora también valores convergentes
con un neoconservadurismo con creciente arraigo en la sociedad norteamericana
y, aunque todavía menos, en otros países europeos al calor de la “guerra
global contra el terror” y del “choque de civilizaciones”. La
nueva cultura de la inseguridad que tanto la “nueva derecha” como
la casi olvidada “tercera vía” han ido generando, no sólo entre
las “clases medias blindadas” sino también entre sectores populares,
está dando alas a lo que Eduardo Galeano ha definido como “el miedo
global” y, más concretamente, a la xenofobia y a la búsqueda de
refugio en valores tradicionales (en nuestro caso, los canalizados a
través de la Iglesia católica), haciéndolos a la vez compatibles
con la defensa de la “libertad”...económica y las guerras de “Occidente”
frente a las presuntas amenazas procedentes de otros pueblos.
En el caso
español, si tenemos en cuenta que los grandes poderes económicos y
la Comisión Europea ven con buenos ojos la política económica y fiscal
e incluso la actual política exterior de Zapatero, se puede entender
mejor por qué el PP tiene que poner mayor acento en un nacional-populismo
que explote a fondo el “antiterrorismo” y el rechazo a los nacionalismos
vasco y catalán, consciente de que de esta forma mantiene en tensión
a su electorado fiel y puede influir desde la intoxicación propagandística
y la movilización en una parte del electorado del PSOE tradicionalmente
sensible a esos discursos. Habrá que ver si todo esto le da réditos
electorales pero lo que parece claro es que sí está consiguiendo bloquear
cualquier iniciativa del gobierno, amedrentado ahora por los sondeos
posteriores a la prisión atenuada para Iñaki de Juana. Una prueba
reciente de ello ha estado en la cuestión de Navarra, en donde el intento
de paralizar la manifestación de UPN mediante una promesa por escrito
de garantizar la españolidad de esa Comunidad (la única, por
cierto, que no sometió a referéndum su “Ley de Amejoramiento del
Fuero”) ha sido inútil para tal propósito pero, eso sí, ha puesto
de relieve una vez más que el control de la agenda política y de los
pasos que se puedan dar lo está ejerciendo la derecha.
Mientras tanto,
seguimos viendo cómo las grandes empresas con sede central en este
país se están haciendo cada vez más transnacionales y alcanzan unos
beneficios récord, en detrimento de los salarios y de un elevado índice
de precariedad. Vemos también agravarse de nuevo los efectos del libre
movimiento de capitales y de la búsqueda de la mayor rentabilidad posible
en el sector del automóvil, con el anunciado cierre de Delphi, el nuevo
expediente de SEAT y los despidos en Airbus, sin que los sindicatos
se atrevan a resucitar, más allá de los sectores afectados, el discurso
de la solidaridad y de la movilización frente a unas agresiones que
tienen un carácter transnacional y que exigen, por tanto, respuestas
a una escala cada vez mayor. Sólo las luchas juveniles por una vivienda
digna y las que se desarrollan en ámbitos más locales en defensa del
territorio y contra la especulación urbanística están contribuyendo
a una relativa reactivación de la movilización ciudadana que no debería
detenerse ante la proximidad de las elecciones municipales y autonómicas
sino todo lo contrario.
En cambio,
las manifestaciones con ocasión del cuarto aniversario del comienzo
de la guerra de Iraq no han estado a la altura de lo que habría sido
necesario tanto para denunciar la ocupación de ese país como para
recordar también que en Afganistán continúa una guerra que, por mucho
que la apoye la ONU, es tan injusta e ilegítima como la de Iraq y de
la que las tropas españolas deberían retirarse ya. Las iniciativas
previstas en abril con ocasión del Día de la Tierra deberían ser
una buena oportunidad para favorecer la convergencia de todas estas
luchas en torno a la exigencia de un cambio de rumbo radical contra
el cambio climático y a la denuncia de un capitalismo cada vez más
depredador y militarista.
En estas condiciones
la ausencia de una “izquierda de izquierdas” es un problema grave
al que no es fácil encontrar solución. Porque tanto IU como ERC están
mostrando una dependencia creciente de un gobierno que sigue manteniendo
una orientación social-liberal y atlantista en el “núcleo duro”
de la política y que, en aquellas materias en las que entra en conflicto
con el PP, renuncia a apelar a la movilización de la izquierda social
frente a la derecha. Lo que es peor, apuestan únicamente por la confrontación
en el plano electoral permitiendo así que sea aquélla la que campe
a sus anchas en la calle, negándose a extraer lecciones de una ya vieja
experiencia histórica que demuestra que de ese modo no hacen más que
dejar el terreno abonado para el crecimiento de una extrema derecha
militante y agresiva.
















