De Gilbert
Achcar y Michael Warschawski
Achcar y Warschawski(*),
originarios de estos dos países enfrentados, el Líbanos e Israel,
y unidos desde hace más de treinta años por una amistad más fuerte
que cualquier conflicto, analizan esta última guerra y sus consecuencias-
en el libro publicado en castellano por la editorial Icaria - a través
de una observación minuciosa del contexto político y estratégico
y de su perspectiva histórica. Esta guerra, lejos de obligar a Hezbolá
a deponer las armas, ha colocado a la organización islamista chiïta
como el enemigo más prestigioso de Israel y a su líder Hassan Nasrallah
en el héroe más popular después de Nasser. Ésta es la crisis más
grave que Israel ha tenido que afrontar desde la guerra de 1973.
El objetivo central que buscaba el ataque israelí era, por supuesto, la destrucción de Hezbollah. Israel intentó alcanzarlo mediante la combinación de tres medios principales. El primer medio consistía en asestar un golpe fatal a Hezbollah llevando a cabo una campaña de bombardeo "post-heroico", dicho de otra forma, de una gran cobardía, sacando provecho de la "superioridad aplastante y asimétrica" de la fuerza de choque israelí. La campaña intentaba cortar a Hezbollah de sus líneas de reavituallamiento, destruir una buena parte de su infraestructura militar (stock de misiles, lanzamisiles, etcétera), eliminar un gran número de sus combatientes, y decapitar el movimiento asesinando a Hassan Nasrallah y otros dirigentes de la organización.
El segundo medio utilizado consistía en volver contra Hezbollah a su base de masas entre los chiítas libaneses, designando para ello a Hezbollah como responsable de su tragedia, por medio de una campaña frenética de guerra psicológica. Esto suponía, por supuesto, que Israel infligiera a los chiítas libaneses un desastre a gran escala por medio de una campaña extensiva de bombardeos criminales, arrasando deliberadamente pueblos y barrios en su totalidad, y matando a centenares y centenares de civiles.
El tercer medio consistía en perturbar masiva y gravemente la vida del conjunto de los libaneses, tomándolos como rehenes por medio de un bloqueo aéreo, marítimo y terrestre a fin de incitar a la población, en particular a las comunidades que no son chiítas, contra Hezbollah y crear así un clima propicio a una acción militar del ejército libanés contra la organización chiíta.
En relación con el objetivo central y los tres medios descritos antes, la ofensiva israelí fue un fracaso total y flagrante. Lo más evidente, es que Hezbollah no ha sido destruido, ni de lejos. El partido ha mantenido lo esencial de su estructura política y de su fuerza militar, ofreciéndose incluso el lujo de bombardear el norte de Israel hasta el último momento anterior al alto el fuego de la mañana del 14 de agosto. No ha sido separado de su base de masas, más bien ha logrado ampliarla considerablemente, no sólo entre los chiítas libaneses, sino también en el seno de las demás comunidades religiosas libanesas, sin hablar del inmenso prestigio que esta guerra le ha otorgado, sobre todo en la región árabe y en el resto del mundo musulmán. Y, para completar el cuadro, todo esto ha conducido a una evolución del equilibrio de fuerzas en el Líbano en una dirección exactamente contraria a lo que Washington e Israel deseaban: Hezbollah ha salido de la batalla mucho más fuerte y más temido aún por sus adversarios declarados o no declarados, los amigos de EE UU. y del reino saudita. El gobierno libanés ha optado en lo esencial por Hezbollah durante los combates, haciendo de la protesta contra la agresión israelí su prioridad.
(*) Gilbert Achcar es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Paris-VII y autor de El choque de las barbaries: terrorismo y desorden mundial. Michel Warschawski es militantes pot la paz israelopalestina desde 1968 y presidente del Centro de información alternativa de Jerusalem. Ha publicado A tumba abierta en esta misma colección.
















