Crisis energética terminal
ecología

Manuel Garí 

El modelo energético que posibilitó la acumulación, consolidación y universalización del capitalismo está agotado. Su base material es la del consumo intensivo, ineficiente y acelerado en 200 años de la concentración de energía solar almacenada por la naturaleza en 300 millones de años en forma de carbón, gas y petróleo en un proceso de eficiencia tendente a cero. Durante dos siglos se instauró en el mundo occidental la cultura de la existencia ilimitada de energía disponible y de su uso irresponsable ajeno a las consecuencias. 

En la denominada crisis energética coexisten y se realimentan tres crisis concomitantes de la energía: el agotamiento de los recursos energéticos fósiles, el creciente precio de los mismos y el cambio climático a consecuencia del efecto invernadero. En muchos países, como es el caso español, hay que añadir un cuarto factor: el de la dependencia del exterior (que llega al 93,7%) y comporta la no autosuficiencia energética.  

Ello comporta un importante peligro para la acumulación y reproducción del capital industrial y financiero mundial, pero también graves incertidumbres para las masas populares. En la arena internacional la desigualdad lo es en primer lugar en torno al acceso y dominio de los recursos naturales: agua, alimentos, materias primas y fuentes de energía. Las primeras victimas viven en la periferia. Pero nadie escapa, la crisis energética también puede golpear sin piedad el bienestar y el empleo de los trabajadores de las metrópolis. Y sobrevolando todo lo anterior, hemos comprobado que la principal causa de la barbarie, la conculcación de los derechos humanos, los ataques a la libertad y de las guerras y conflictos bélicos imperialistas huele a gasolina.  En la geopolítica del capitalismo petrolero el control de los yacimientos y las rutas de los combustibles fósiles es esencial como comprobamos en las guerras preventivas del fundamentalista Bush. El pueblo iraquí es paradigma de la agresión y aviso para otros pueblos.  

Se acabó la era del petróleo y el gas abundantes y baratos. La multinacional BP estima que en 2020 comenzará el declive conjunto de la producción de petróleo y gas. Algunos expertos adelantan la fecha al presente decenio. Las pistas que abonan la hipótesis son claras: desde los años ochenta decrecen los descubrimientos de nuevos yacimientos, los rendimientos exploratorios son decrecientes y los costes de extracción crecen constantemente. Ni siquiera con nuevas agresiones al planeta mediante la puesta en explotación de Alaska y el Antártida anunciados por el sociópata de la Casa Blanca, es posible poner en el mercado la cantidad de crudo necesario para sostener el crecimiento económico actual de EEUU, los países de la OCDE y las potencias industriales emergentes China, Brasil e India. Ello comportará escasez y nuevos incrementos de los precios de los carburantes en los próximos años. Emilio Menéndez y Andrés Feijoo en “Energía y conflictos internacionales. Política, tecnología y cooperación” señalan la posibilidad de una implosión económica derivada de la reducción de la capacidad de extracción del crudo. Baste recordar que excepto el sistema eléctrico que puede alimentarse de diferentes fuentes de energía, el transporte mundial y local –básicos para el comercio y la producción- y la maquinaria industrial móvil se basan en la combustión de derivados refinados del petróleo. No es exagerado, por tanto, augurar posibles crisis financieras y económicas con ataques al empleo y a los derechos sociales de los trabajadores. 

Con todo, es posible que antes de ver los anteriores efectos, estemos ya ante los efectos aún más devastadores e inmediatos producidos por el calentamiento global originado por el modelo productivo y de transporte. Tanto Federico Velázquez de Castro en “25 preguntas sobre el cambio climático. Conceptos básicos del efecto invernadero y del cambio climático”, como los autores de “Cambio global. Impacto de la actividad humana sobre el sistema Tierra” publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) nos sitúan ante una realidad gravísima que requiere soluciones urgentes. Situación que ha sido documentada por el Panel Internacional para el Cambio Climático (IPCC), foro científico que analiza los escenarios del cambio climático. 

La agricultura, la industria, la construcción y el turismo tienen un talón de Aquiles con las modificaciones climáticas. Fenómenos como el tsunami, ya han causado la pérdida de miles de vidas humanas, pero también de riqueza y de cientos de miles de puestos de trabajo. De no cambiar la tendencia, podemos, como señala el denominado Informe Stern, La economía del Cambio Climático, situarnos en un escenario de descenso radical y acelerado del PIB mundial. Cuestión particularmente grave para las masas populares de los países pobres, pero que alcanzará a todos los pueblos y puede hacer desaparecer derechos sociales conquistados por la clase obrera en los países industrializados. Las medidas de adaptación y mitigación se hacen urgentes. Mientras tanto los gobiernos siguen sumidos en irresponsables negativas  de la realidad (con EEUU a la cabeza) o en debates bizantinos y rácanos sobre la aplicación de las insuficientes pero imprescindibles medidas contempladas por el Protocolo de Kyoto. 

¿Qué hacer? Algunos resucitan las centrales nucleares como panacea. Sigue siendo una solución peligrosa (accidentes, ataques terroristas a instalaciones, residuos radioactivos), inviable pues se necesitaría construir 4.500 reactores antes del 2030 (uno cada dos días) para sustituir al petróleo en algunos de sus usos energéticos, cara por lo que los inversores no se animan sin el concurso de los estados y que se colapsaría rápidamente pues en 15 años terminaría con las reservas de uranio que al ritmo actual de extracción tienen un horizonte entre 50 y 100 años. 

La solución debe combinar, junto a medidas de ahorro y eficiencia energética, una apuesta decidida por las energías renovables para la producción de electricidad con el uso de biocombustibles (bioetanol y biodiésel) y el desarrollo de tecnologías como la propuesta por Jeremy Rifkin en “La economía del hidrógeno”, alternativa que Antonio Ruiz de Elvira, miembro de Científicos por el Medio Ambiente (CIMA), califica de solución para el transporte generadora de gran cantidad de empleo de calidad. Será también imprescindible -dadas algunas limitaciones técnicas de la producción de electricidad, intensidad de penetración en la red, acumulación, etc. de las energías renovables- desarrollar tecnologías y procesos que requieran menor intensidad energética. 

Lo que hoy se tambalea con el modelo energético es el modelo de producción pero también posibilita el cuestionamiento del modelo civilizatorio depredador y la crítica del sistema social y económico al que sirven, el capitalismo. Ante esto se abren nuevos e importantes retos para la izquierda anticapitalista que deberá impulsar urgentemente vías de lucha y resistencia, pero también alternativas programáticas y propuestas estratégicas globales con escasos recursos políticos y teóricos en su haber tradicional.