EDITORIAL
Desde la solidaridad con las luchas. Rompamos la "Paz Social".
La solidaridad con luchas como la que la clase trabajadora y el pueblo de la bahía de Cádiz están desarrollando contra el cierre de la empresa transnacional Delphi, así como con las de otras como Sintel, SEAT, Telemadrid o Mercadona; las movilizaciones contra la precariedad y por una vivienda digna, o las que denuncian la especulación urbanística, la corrupción y la degradación ambiental en distintas zonas del Estado están sin duda presentes en la conmemoración de este Primero de Mayo por la izquierda sindical y juvenil e influirán también en lo que puedan decir los grandes sindicatos y las distintas candidaturas que participan en la campaña de las elecciones municipales y autonómicas.
Es a través de
esas protestas como hoy se expresa la necesidad de poner en primer
plano los principales problemas sociales que afectan a la ciudadanía,
más allá de la contaminación mediática
que acompaña la confrontación entre los líderes
de los grandes partidos sobre materias que no hacen más que
ocultar su amplio consenso alrededor de la continuidad de las
políticas neoliberales de la Unión Europea. Con razón
la Comisaria Europea de la Competencia comentaba recientemente que
éste “es un país muy bueno para los negocios”, a la
vista de los enormes beneficios extraídos por las grandes
empresas y la banca y de la cantidad de “dinero sucio” que
circula, sin preocuparle demasiado el clima de “crispación”
provocado por la derecha.
Sin embargo, el bloqueo
en que se encuentra el proceso de paz y negociación sobre el
conflicto vasco y el riesgo de que la izquierda abertzale no pueda
presentarse en estas elecciones, debido a la vigencia de una injusta
Ley de Partidos, nos obligan a volver a decir bien alto que el
conflicto vasco sólo puede resolverse por la vía del
diálogo, la negociación y el reconocimiento de todos
los derechos fundamentales, individuales y colectivos, entre ellos el
derecho a la vida y el de la ciudadanía vasca y navarra a
decidir su futuro. Por eso supondría no sólo un déficit
de legitimidad para esas elecciones sino, sobre todo, un grave revés
para la reapertura de ese proceso que un sector social significativo
de Euskadi y Navarra no pudiera contar con sus representantes en las
instituciones vascas y navarras, ya que ello favorecería a
quienes siguen apostando, desde un lado, por la “solución”
represiva y, desde el otro, por la continuidad de una vía
violenta que no haría más que alejar la posibilidad de
reanudar el proceso.
Tampoco podemos
olvidarnos del contexto europeo y mundial en el que una jornada tan
internacional como el 1 de mayo se celebra este año. Las
direcciones de CCOO y UGT tienen en cuenta esa dimensión en su
Manifiesto unitario pero la creciente moderación que les
caracteriza desde hace bastante tiempo les lleva a contradicciones
flagrantes como pedir “que las políticas neoliberales den
paso al gobierno democrático de la economía global”,
sin decir cómo, y al mismo tiempo a seguir reivindicando junto
con la Confederación Europea de Sindicatos un proyecto de
Tratado Constitucional europeo que fue rechazado precisamente por su
contenido neoliberal en Francia y Holanda. Tampoco su exigencia de
“un orden mundial más justo y en paz” va más allá
de pedir soluciones pacíficas para Sahara y Palestina -sin
atreverse a exigir el respeto a su derecho de autodeterminación-
y de mantener su rechazo a la guerra de Iraq, sin decir nada sobre la
guerra de la OTAN en Afganistán y otros conflictos, como el de
Líbano.
Esa adaptación al
orden neoliberal y atlantista es especialmente grave en un momento
histórico como el actual en el que el neoconservadurismo
estadounidense está sufriendo un fracaso estrepitoso en Iraq
y en Afganistán, pese al apoyo de la OTAN, y cuando urge desde
el movimiento obrero y social europeo demostrar que es necesaria otra
Europa que haga frente a la “guerra global permanente” de Bush y
sea solidaria con los pueblos, como los de América Latina, que
se esfuerzan por reapropiarse de sus riquezas frente a unas empresas
transnacionales cada vez más depredadoras de sus recursos
naturales y de sus vidas.
El alcance de la crisis
socio-ecológica que esta “globalización”
neoimperialista está agravando ha quedado ahora todavía
más confirmado con los diversos informes institucionales sobre
el cambio climático y la innegable responsabilidad que en el
mismo tiene el “modelo” capitalista de producción,
distribución y consumo dominante. Por eso las manifestaciones
celebradas con ocasión del Día de la Tierra no pueden
quedar esta vez en una simple protesta simbólica. Tienen que
ir acompañadas por una ecologización radical del
discurso de la izquierda y de los movimientos sociales alternativos,
así como por la puesta en pie de unos programas “de alcance
medio” que combinen tanto la reivindicación de medidas
efectivas de transición hacia una era “posfosilista” y
hacia otro modelo civilizatorio, superador de los mitos de un
“crecimiento” y un “desarrollo” insostenibles, como cambios
drásticos en el modo de vida y de consumo cotidiano en los
países del “Norte” que demuestren que se puede vivir de
otra manera haciendo las paces con la naturaleza.
Pero para dar pasos decisivos en el camino de la ruptura con el “modelo” actual y con la hegemonía neoliberal sigue siendo necesario reconstruir una “izquierda de izquierdas”. La experiencia de distintos países europeos, como Holanda y ahora Francia (en donde la LCR ha obtenido un buen resultado en condiciones adversas) pese a la presión del “voto útil” en las confrontaciones electorales, existen sectores significativos de la sociedad en busca de otra izquierda que, aun sabiendo distinguir entre la derecha neoconservadora y la izquierda social-liberal, vuelva a poner de actualidad la necesidad de romper con un neoliberalismo y un capitalismo cada vez más injustos e insoportables. En el caso español, la adaptación de fuerzas como IU a los límites marcados por el gobierno –ahora comprobados de nuevo con un pacto sobre la “memoria histórica” que no anula los juicios franquistas- y el predominio de los intereses de los distintos grupos de poder en su seno confirman la existencia de un creciente vacío que apela a los sectores críticos presentes en esa formación y a quienes fuera de ella forman parte de diversos colectivos o se sienten huérfanos de alternativa a esforzarse, más allá de las próximas elecciones, por responder a esa exigencia mediante la reapertura de un debate de ideas y de proyectos y una práctica común que impidan caer de nuevo en la política del “mal menor” o en los errores de viejos sectarismos que no acaban de morir.




















