Barcelona, mayo del 37, barricadas y policías

Pepe Gutiérrez-Álvarez

 

En las controversias históricas, no es difícil confundir lo principal con lo secundario. Así por ejemplo, cuando se habla de la revolución en Cataluña (julio 1936; mayo 1937), no faltan quienes ponen el subrayado en los desafueros provocados por la represión revolucionaria, incidiendo sobre todo en la actuación de los sectores de la FAI. Se ha llegado a afirmar que la revolución “se perdió a sí misma”.

El paso siguiente es minusvalorar su obra constructiva: “La revolución es un proceso dual. De un lado se destruye, de otro se construye, pero como no hay tiempo para construir”, nos dice el historiador Julián Casanovas. Pero sí hubo un tiempo de construcción, además, la revolución fue la manera en que en casi todas el pueblo respondió a una tentativa golpista contra la que las autoridades republicanas se habían negado a intervenir arrestando a los cabecillas...

Entre cierta izquierda, se ofrece una idea de las jornadas de Mayo como la gran oportunidad perdida para la victoria revolucionaria, la ocasión en que el poder estuvo al alcance de la mano y no se ganó por los errores (u oportunismos) de la CNT, y también del POUM. Visto con más perspectiva, se podría decir mejor que la crisis de mayo fue, antes que otra cosa, una colisión entre un proceso revolucionario que se había quedado a mitad de camino situándose a la defensiva y una "restauración democrá­tica" que quería todo el poder para reducir al máximo una dinámica revolucionaria “inoportuna” para los planes de privilegiar la alianza con las potencias “democráticas”.

La iniciativa de las jornadas la tuvieron las fuerzas institucionales (el PSUC prosoviético en primer lugar), pero, las masas trabajadoras habían reaccionado indignadas. Orwell nos ofreció un retrato inigualable del cambio que había sufrido la ciudad desde julio del 36, y ante las posibles dudas, se puso al lado de las barricadas en contra de la policía “democrática” que quería acabar con “trotskistas”e “incontrolados” (anarquistas insumisos).

Tres opciones

Durante los primeros días, la conclusión del enfrenta­miento no estaba decidida de antemano. Para la revolución obrera empero, existían tres opciones. La primera era llegar hasta las últimas consecuencias, e iniciar una nueva fase revolucionaria. En este extremo se situaban con diferentes matices Los Amigos de Durruti, y el grupo bolchevique-leninista que apoyaba las tesis de Trotsky contra el POUM. Pero mayo no era julio, entre oras cosas porque la CNT estaba en el gobierno, y el POUM no veía que se pudiera transitar este camino.

La propuesta del POUM era la segunda opción. Su empeño fue bus­car una solución de compro­miso desde una posición de fuer­zas, desde una retirada que evitara lo peor para el sector revolucionario.

La tercera era la representada por la dirección ministerialista de la CNT que defendió lo que podíamos llamar la postura conciliadora. Incluso se atrevió a garantizar que no habría ni vencedores ni vencidos.

Los límites de la revolución

Las “jornadas” mostraron el enorme empuje revolucionario de la base social confederal (y poumista), su conciencia de que se estaba restableciendo la otra República, la de antes de julio, y lo estaba haciendo además con la presencia de un partido comunista que empleaba la guerra contra la revolución.

Pero al mismo tiempo pusieron en evidencia las limitaciones de la revolución. Esta se había desarrollado poderosamente en las fábricas, los barrios, el campo y los municipios, pero se había detenido en las puertas del gobierno. Se ha hablado de doble poder, pero en realidad, se trató más bien de una suerte de cohabitación. El poder revolucionario desde abajo, nunca llegó a cuestionarse la hegemonía política de los partidos del Frente Popular, consideró suficiente la “rectificación” que implicaba la presencia de los sindicatos y de los partidos obreros. Los gobiernos-comités locales nunca se cuestionaron este poder central, ni tan siquiera en los casos en que, como en Aragón, se llevaba a cabo una intensa labor colectivizadora. El Consejo de Aragón tuvo suficiente con que le dejaran hacer, y cuando llegó la hora de la restauración, no tuvo otra alternativa de recambio.

Este desequilibrio sería incompresible sin la presencia hegemónica del anarcosindicalismo, tan combativo por abajo, tan extraviado por arriba. Al no cohibir una fórmula de poder obrero abierto y unitario, y con el pretexto de “no hacer como los bolcheviques” los líderes anarquistas aceptaron el compromiso de sostener hasta octubre de 1936 un Comité Central de Milicias Antifascistas que, además, fue propuesta por Companys.

Una muestra de la actitud de este Comité la tenemos en la cuestión de Marruecos. En conexión con los nacionalistas magrebíes, García Oliver y Gorkin (CNT-POUM), llevaron una propuesta al gobierno de Valencia que causó enorme perturbación en los llamados “nacionales”. Sin embargo, cuando Largo Caballero se sometió a las exigencias de León Blum, abandonaron la propuesta.

La palanca contrarrevolucionaria institucional

A ellos por lo tanto, ya les estaba bien esta cohabitación. Sin embargo, desde el primer momento, las autoridades republicanas en cuyo frente en Cataluña se situaba el PSUC prosoviético y ERC de Companys y Tarradellas con una política propia, fueron recomponiendo su autoridad en todos los terrenos, incluyendo la tentativa de asimilación de las colectivizaciones.

Desde la política institucional fueron invirtiendo la situación con la ayuda del ministerialismo cenetista, y con la oposición descolocada del POUM que planteó una posición de llevar la revolución hasta el final. Sin embargo, esta opción no fue ayudada con el paso de Andreu Nin por el gobierno de la Generalitat que, aunque fue acompañado de medidas muy avanzadas, tuvo consecuencias desastrosas.

La actuación del PSUC situado en el centro de la vorágine revolucionaria fue un preludio de la que tendrían al final de la II Guerra Mundial los partidos comunistas en Italia, Francia y, sobre todo, en Grecia. Orientado por personajes como Togliatti y otros cuadros del Komintern organizó campañas demagógicas atribuyendo la escasez de alimentos a los comités: “Más pan, menos comités'" era la consigna.

Lo hacía además en nombre de la URSS y del socialismo, tratando de ocupar los puestos decisivos del aparato de Estado republicano con el apoyo de sectores del PSOE. Ejerció toda la violencia necesaria para lograr sus objetivos.´ La “guerra al trotskismo” que en la URSS significaba la liquidación de toda la vieja guardia bolchevique, se tradujo aquí como una vía para acabar con la izquierda revolucionaria.

Han pasado 70 años, y mayo del 37 sigue animando controversias, con la particularidad de que la descomposición y descrédito del estalinismo ha podido barrer las pocas dudas que podían existir. Un desastre y un horror tanto más cuando obnubiló a muchos comunistas auténticos que creyeron de buena fe que Stalin representaba la revolución de Octubre y el primer Estado socialista.