Controversias sobre el mayo trágico
memoria histórica

repPepe Gutiérrez-Álvarez / Kaos en la Red

La ingente suma de ediciones, debates públicos, seminarios, artículos, etc, son una evidencia de la importancia trascendental de los “hechos” de mayo de 1937.  Está claro que la República tenía “dos almas”, la democrática-liberal, y la socialista-revolucionaria.  Y se puede hablar de dos interpretaciones...

Como es bien sabido, la crisis española de los años treinta, con su fase republicana (optimista, creadora), y con una guerra civil, especialmente trágica por la derrota del pueblo y la inenarrable crueldad del nacional-catolicismo, ha dado lugar a una producción bibliográfica que supera incluso a la de otros acontecimientos como la IIª Guerra Mundial, de la que fue en gran medida prólogo.

Actualmente, nadie con un mínimo de cultura y honestidad puede dudar que el franquismo representaba la barbarie y la ignominia, su victoria es la de la fuerza bruta,  de ideologías hermanadas a la del nazismo al que quiso emular y al que superó ampliamente al menos en una cosa: en el trato con los derrotados. No hay muchos otros ejemplos en la historia de la humanidad de crueldad tan extrema y tan prolongada, de tanta impunidad. Qué mejor ejemplo que  todavía -siete décadas después-, los familiares no puedan llevar a cabo con normalidad algo tan profundo en  nuestra civilización como enterrar sus muertos, personas asesinadas simplemente por haber levantado el puño o haber votado al Frente Popular Si hay algo que recuperar del “Movimiento” son las personas que acabaron optando por la oposición, sobre todo los que lo hicieron tempranamente, cuando algo así  significaba “jugársela”.

Obviamente, la República plantea otra discusión. Representó la culminación de luchas democráticas que se remontaban a la Constitución de Cádiz, y fue una experiencia de libertades y de reformas sin parangón en este triste país. Pero sus protagonistas por abajo, fueron los trabajadores, y no lo de todas las clases, sino los trabajadores organizados. En muy poco tiempo la CNT y la UGT, con una base militante muy potente, atravesaron todo el tejido social, llegando hasta los pueblos más atrasados. Se habla de los líderes republicanos, intelectuales de talla, verdaderos gigantes frente a lo que se conoció después, pero lo cierto es que gobernaron con el voto prestado del primer partido obrero, el PSOE. Por abajo, hasta  las formaciones más moderada creía en la necesidad de reformas de fondo, esto explica que, Clara Campoamor, la mujer que más contribuyó al sufragio femenino, fuese militante de un partido como el de Lerroux, profundamente corrompido. Reformadores que soñaban una República liberal europea, algo que en Europa se había llegado –con todas sus contradicciones- después de revoluciones grandes y pequeñas.

Desde la actual ideología dominante, en la que como todo el mundo sabe, se considera que no hay vida más allá de la democracia liberal y de la economía de mercado, resulta bastante comprensible que a nuestros historiadores instalados lo de la revolución española les pueda parecer  algo fuera de lugar, una singularidad que, en no pocos casos atribuyen a historiadores extranjeros, los mismos que idealizan una revolución que no son capaces de hacer en su propio país. Esto fue lo que literalmente proclamó Francecs Bonamusa en el debate que tuvo lugar en Ateneo barcelonés con la presencia de portavoces ligados a ERC (el propio Bonamusa y Ramón Alquezar), al PSUC (José Lluis Martín Ramos y Ferran Gallego), a los medios libertarios (a Just Cases, que se presentó como militante de la CNT, y Ferran Aïsa), y de la Fundació Andreu Nin, Pelai Pagès y el autor de estas notas).

Entre estos extranjeros se encuentran, preferentemente, George Orwell, y el Ken Loach, de Tierra y Libertad con sus “milicianas guapísimas” provocó el alborozo del sector institucionalista de la masas, y que sigue siendo objeto de referencias rencorosas constante de autores como Julián Casanova o Antonio Elorza, que todavía no la han podido digerir. Bonamusa comentó que justo por las mismas fecha que el régimen permitía la edición de Homenatge a Catalunya,  él tenía problemas con la policía por haber escrito sobre el comunismo. Igualmente citó como en algunas revistas legales, señores como Juan Velarde Fuentes (economista franquista reciclado en AP y ahora en el PP), distinguía perfectamente entre comunistas como los de Bloque Obrero y Campesino (de Maurín), sobre el que propio Bonamusa había hecho un estudio, y el PCE que estaba en la clandestinidad.

Todos ellos coincidieron en negar el hecho mismo de la revolución, y al revés que Le Rochefolcault vinieron a que se trata de una “desestabilización” provocada por el mismo golpe militar que dejó a la República sin cuerpos represivos. Para revolución, la francesa, o la rusa, y citó pasajes de Marx sobre la tibieza de la Comuna de París.  Especialmente exaltado, Bonamusa, contó que durante las jornadas revolucionarias ni tan siquiera tocaron los bancos. Por su parte, Martín Ramos se atrevió a afirmar que en realidad la revolución no había tenido lugar, aunque si se podía hablar de una “desestabilización” producida por las mismas consecuencias del golpe militar, que dejó el Estado republicano sin ejército ni policía. En cuanto a Ferran Gallego admite que la República de la guerra ya no podía ser igual a la que le precedió, pero que se trataba de una revolución democrática dirigida desde el gobierno del Frente Popular. El matiz desde luego no le impidió situarse en el debate junto con Bonamusa y Martín Ramos.

De entrada, ya resulta de por sí curioso la negativa de una “revolución” con el trabajo que había costado su reconocimiento, entre otras cosas porque el “Movimiento” buscó su justificación en una “contrarrevolución preventiva” a una revolución que atribuían...al comunismo internacional. Parecía pues que hablar de una revolución social significaba darle argumentos al régimen.(“¡Eso es lo que dicen los fascistas¡”, escuche decir más de una vez). Está visto que este tipo de tautologías no pasan de modas.

Durante casi un cuarto de siglo, la historiografía republicana (extranjera, Thomas, Jackson) o española (Tuñón de Lara),  integró el conflicto revolucionario en el dilema fascismo-antifascismo, que se integraba a su vez en las coordenadas Ejes-Aliados de la IIª Guerra Mundial. Como he insistido muchas otras veces, no fue hasta los emblemáticos años sesenta  (claves en la crisis conjunta del imperialismo y del estalinismo) que aparecen una serie de obras que sitúan la revolución en primer plano. Están escritas por extranjeros (Broué-Témine, Bollotten),  y españoles (Peirats ), que  vienen a resultar como una suerte de prólogo para una serie de nuevos libros de la misma línea, algunas de ellas auspiciadas –significativamente- desde la muy emblemática ediciones Ruedo Ibérico que ligaba ampliamente antifranquismo con el antiestalinismo. El mismo que convirtió a Carrillo en el “patrón” del PCE.

A partir de entonces se opera un reconocimiento, y por lo tanto una rectificación. Hasta la historia oficiosa del PCE (hoy cerrada bajo siete llaves) escrita por una comisión presidida por Dolores Ibarruri, pero según parece escrita en realidad por un “negro” llamado Ramón Mercader del Río. Su título, Guerra y revolución en España bastante idéntico al de Broué-Témine. Estamos en pleno periodo kruscheviano, y no se habla de Stalin, y por lo mismo, el POUM ya no es la “quinta columna” sino parte de una ultraizquierda como la FAI (para distinguirlos de la CNT colaboradora). Ni uno ni otros se había enterado que la única revolución viable era la democrática.  El libro era pródigo en sus críticas a las potencias occidentales, las mismas que justificaban el eje estratégico  con el que  -presuntamente- se tenía que haber ganado la guerra.

Sí hay algo que ha quedado como irrefutable al final de todos los estudios e investigaciones efectuados, es que las democracias (el Reino Unido, la Francia del Frente Popular, y los Estados Unidos del “New Deal”), traicionaron la República, lo mismo que  al final de la IIª Guerra Mundial traicionaron el antifascismo. Y no fue por el miedo a “la revolución”, ya que justamente, poco después de que esta tuviera su último acto con las barricadas obreras de Barcelona, Churchill reconoció Franco (al que había prestado servicios que como diría Vargas Llosa de la Thatcher, “no tienen nombre”), y no tardaría en seguirle Francia.  Curiosamente, algunos de los autores que más han trabajado sobre esta cuestión como Enrique Moradiellos y Ucelay de Cal, en ningún momento se preguntan qué clase de democracias eran estas. Y es que para las democracias todo está permitido, pueden aplastar tentativas democráticas en cualquier parte del mundo (la India, Argelia, Guatemala, Nicaragua), pero seguirán siendo democracias, y no hay nada más que hablar.

Están fuera de cuestión,  la revolución sin embargo era un propósito de los de abajo, tuvo enormes dificultades, los que la hicieron suya (el POUM sobre todo) fueron una minoría, fue derrotada, y perseguida. Berneri supo encontrar el paralelismo histórico con la alemana de 1918-1919, por eso dijo que la represión contra el POUM, “olía a Noscke”. Noscke no representaba la contrarrevolución fascista, era un socialdemócrata al servicio de un gobierno socialdemócrata que “temía más a la revolución que al pecado”. Así, cuando Ferran Gallego dice que la contrarrevolución era el fascismo, dice la verdad pero pasa por alto el matiz. Luego, Hitler acabó también con los socialdemócratas aunque a Noscke se le agradecieron los servicios prestados.  

Ya nos habíamos acostumbrado al reconocimiento de la revolución. Sobre todo en la contrainsurgencia de julio, y luego en el impulso de una impresionante experiencia autogestionaria cuyo alcance abarcaba todas las zonas donde el pueblo se impuso. Encuentro muy significativo el personaje interpretado por Agustín González (el mejor de su vida) en Las bicicletas son para el verano, adaptación de la obra teatral de Fernando Fernán Gómez. Se trata de buen republicano, abierto y solidario, pero cuyas ilusiones redentoras ya quedaban muy atrás, y que estaba ya cansado de guerra, pero entre muchas dudas tiene una cosa clara: la empresa vinícola en la que trabaja estaba colectivizada, porque estaban cansados de que fuera el patrón el que los explotara. Edward Malefakis, un autor en nada sospechoso de formar parte de esos extranjeros románticos, dedica un capítulo propio La revolución social a la extensa recopilación sobre la guerra que ha preparado para Taurus (La guerra civil española, Madrid, 2007), y que reúne trabajos de la flor y nata de la historiografía académica.

El problema no es si existió, esto ya está fuera de cuestión. El problema es ya otro, es el problema sempiterno de las interpretaciones, y sobre estas se podría decir lo mismo que se dice del gusto, que no hay nada (concluyente) escrito. Malefakis se  cuestiona  su viabilidad, una expresión que, por cierto,  tuvo una gran prédica en los años de gloria de la Transición y a la que fue especialmente afecto Javier Tusell, y que dedicaba a toda la izquierda del PSOE. Malefakis sitúa su análisis ya en pleno meollo de la guerra, pero creo que el hecho revolucionario atraviesa todo el periodo republicano, y no solamente por parte de la CNT (o de los pequeños grupos comunistas, del PCE que llamaba a la insurrección y que veía el fascismo por todas partes).  La fiebre revolucionaria subió a partir de 1933, y un buen termómetro fue la radicalización de las bases socialistas, sobre todo de la UGT y de las juventudes.

Son varias las razones de dicha radicalización. La primera es la frustración provocada por la experiencia del bienio republicano-socialista  incapaz de entrar en la vía de resolución de las grandes reformas pendientes, sobre todo de la agraria, lo que provoca una intensa agitación en el campo, con ocupaciones de tierras, a la manera cenetista. Tampoco se ha mostrado capaz de parar los pies a los enemigos de la República sublevados en 1932, con Juan March como principal instigador (luego será el garante de Franco como muestra la película Dragon Rapide, de Jaume Camino), y  la lúcida reflexión de Manuel Azaña, “O la República acaba con sus enemigos o sus enemigos acaban con la República”, se queda sin traducción práctica. La derecha emerge a través de la CEDA que combina sus ligazones patronales al tiempo que deja de mirar hacia el modelo de Primo de Rivera para hacerlo hacia la Alemania de Hinderburg-Hitler.

Entre 1933-34 es la hora de la Alianza Obrera auspiciada especialmente por el BOC-ICE, con Maurín como principal arquitecto. Sus programa aceptado por PSOE, CNT-FAI asturiana, los sindicatos de oposición de la CNT (“trentistas”), más el PCE, aunque a regañadientes (hasta el último momento su gran preocupación fue marginar a los que llamaban “trotskistas”), no era otro que el de una revolución socialista basada en la pluralidad...Un frente único por el socialismo en el que se pueden integrar “rabassaires”, e incluso la Esquerra porque la Alianza defiende el derecho a la autodeterminación, y tiene muy en cuenta la base social popular de este partido. Habría que añadir que en el 34 catalán tomaran parte todos los grupos que en 1936 compondrán el PSUC. Es más, en el momento de plantearse a continuación la creación de un “partido marxista” único para llevar a cabo este programa, todos ellos tomaran parte en sus inicios. En esta fase, Largo Caballero ofrece a Maurín la posibilidad de que el BOC se constituya como el partido socialista catalán con su propio programa . Sobre todo este periodo de “convergencia revolucionaria” podrá encontrar el lector una amplia documentación en la obra (juvenil) de Josep Lluis Martín Ramos, Els origens del Partit Socialista Unificat de Catalunya, que podrán encontrar www.EspaiMarx.org.

Toda esta perspectiva cambia con la derrota y sus consecuencias de muertes, represión y retroceso legal (por ejemplo se anula la autonomía de Cataluña, se amnistía a Sanjurjo, etc), y aunque sea regañadientes, el PSOE de Largo Caballero acepta lo que entiende como una reedición de la coalición republicano-socialista, eso sí ampliada con los partidos nacionalistas en Cataluña y Galicia (Euzkadi todavía estaba un paso atrás), y por el PCE con doble entusiasmo.

Habían dos razones de peso para que esta coalición que se llamara como en Francia, Frente Popular  Tal como explica Malefakis, los planes de las autoridades republicanas que gobernaban con el apoyo externo de los partidos obreros, no era otro que canalizar el proceso revolucionario que, entre otros, explica muy bien Fernando Claudín en La revolución inoportuna, igualmente presente en l'EspaiMarx. De ahí su increíble ceguera y pasividad ante todas las informaciones que le fueron llegando sobre una trama golpista que era un secreto a voces, y que cuadraba totalmente con la actuación de los escuadristas de la Falange en la calle y con los discursos de Calvo Sotelo y compañía. De hecho, ya hubo en febrero una propuesta gilroblista de anular las elecciones y de sacar el ejército a la  calle.

No se puede comprender la respuesta revolucionaria al golpe militar sin la experiencia del UHP (Unión de Hermanos Proletarios, una consigna que no es, precisamente, la más adecuada para una “revolución democrática” que tiene prohibido tocar la propiedad). Cualquier estudio de las jornadas de julio viene a demostrar lo siguiente: allá donde las organizaciones  obreras confiaron ingenuamente en la palabra de las autoridades republicanas (Sevilla, Zaragoza, Granada, Oviedo), fueron engañados y masacrados, allá donde confiaron ante todo en su propia iniciativa (Barcelona,  Madrid, Valencia, etc), el fascismo fue derrotado. Los que como Ferran Gallego dicen que los que querían hacer la revolución estaban en contra de la República, mienten. Estaban por la República que habían ganado en armas, la misma que llevó la libertad a las tierras y a las fábricas.

Se dice que no fue solo el pueblo en armas, pues claro, no solo.  No lo fue en ninguna parte, en Francia y en Rusia las guarniciones se dividieron, por lo demás, los guardias de asalto o guardias civiles que apoyaron la República no lo hicieron en la primera línea, lo hicieron en la segunda, o sea detrás de la militancia obrera. Por otro lado, en últimas instancia estos cuerpos estaban formados por “hijos del pueblo”, por “desertores de arado” como dicen en Andalucía. En cuanto a los “excesos”, conviene no olvidar que por este camino se acaba dando la razón a Chautebriand. Estos no fueron mayores que en otras revoluciones, más bien al contrario. Cuando los hubo, por ejemplo contra los representantes de la Iglesia, fue igual en la zonas de predominio faista como en las de predominio republicano. Resultó especialmente “desmadrada” en el caso de los curtas, pero en absoluto con las monjas. Otra cosa es que aquí es justo reconocer  que , como ya había sucedido en otros momentos como la Semana Trágica, el anticlericalismo  llevó a las izquierdas al olvidar que, mal nos pese, la Iglesia contaba con el apoyo de gente humilde, a las que todavía no les había llegado la República.

Mayo del 27 es por lo tanto parte de un encadenado, ante todo es el epílogo de la revolución de  julio, y también de sus limitaciones y contradicciones. Esto fue lo que, básicamente, explicó en su día Manuel Cruells en su Mayo sangriento. Cabe decir que Cruells era del mismo partido que Bonamusa, y que su libro apareció en 1970, o sea más o menos que el Homenatge a Catalunya. Triunfo que se considera “proche” al PCE, le dedicó portada (con foto de Andreu Nin) y publicó uno de sus capítulos. Es lo que explican con minuciosidad autores como Agustín Guillamón y Ferran AISA, y que, bajo otro punto de vista acepta una autora como Helen Graham que describe un proceso revolucionario desde abajo, un movimiento que desbordó al propio POUM que no quiso quedar al margen por coherencia. Helen Graham también detalla la composición social dual del PSUC, formado originalmente por una militancia obrera-socialista, pero que acabó sirviendo de expresión a las clases medias antirrevolucionarias, y a amplios sectores del aparato del Estado. De lo que no hay la menor duda es que tanto el PCE como el PSUC (y sectores del PSOE afines a Negrín) hicieron  su trabajo en la campaña de linchamiento moral. No fueron los rusos los que respondieron “en Salamanca o en Berlín” a la pregunta, Gobierno de Negrín, ¿dónde está Nin? Viejos comunistas de entonces como Ricardo Muñoz Suay han escrito que, dado el fanatismo existente, habrían hecho esto y mucho más.

Al margen de los grupos estalinistas residuales (GRAPO, PC m-l, Sectores de Corriente Roja, los comunistas de Batasuna), actualmente nadie se cuestiona todas esas cosas.  Mi amigo y camarada Lluis Rebel recuerda una respuesta contundente de Manuel Sacristán ya a principios de 1970: la campaña contra el POUM fue una  infamia, el POUM era un partido honesto y revolucionario al margen de que se pueda discrepar con su línea política. Discrepancias que existían en su seno, desde una derecha valenciana (el bujarinista Luis Portela) más frentepopulista hasta una izquierda maurinista (“Pep” Rebull del que Kaos ha publicados sus críticas presentadas por Agustín Guillamón), sin olvidar los sectores trotskistas, que también tenían sus diferencias, había un sector que creía que mayo podía ser el inicio de otra revolución (sobre esta variación de opiniones se encuentran buenas muestras en la recopilación que ha editado Alikornio).

Al tiempo que asume el viejo criterio de que lo querían el PCE-PSUC era hacer “otra revolución”, contradiciendo aquella proclama de José Díaz en la que deshacía cualquier malentendidos al respecto, y que de paso desmentía la argucia de que primero era la guerra, Ferran Gallego también ofrece una variación sobre el viejo esquema estalinista. Es una valoración que pretende una equidistancia entre lo de Nin en Salamanca o Berlín con las críticas del POUM al PSUC por reformismo o de estar al servicio de la política exterior soviética, algo que actualmente reconocen hasta las piedras. La apertura de una nueva documentación soviética no desdice sino que confirma dicha vinculación. Esta ha ayudado a precisar con más detalle lo que antes se establecía “a bulto”. Sitúa el peso real de los “especialistas” soviéticos, de los “profesionales” del Komintern, cuya actuación por cierto fue magnificada por Francecs Bonamusa en el citado debate del Ateneo de Barcelona.

Ángel Viñas como antes Helen Graham tratan de demostrar que todo esta era muy artesanal, que su peso fue mucho menor del que le atribuyen los anticomunistas vulgares, y por lo mismo, subrayan más los conflictos internos. Graham da mucha importancia a la mentalidad “tradicional” de los policías reclutados por el PCE, y a la existencia de viejas rencillas políticas, que por supuesto no fueron exclusivas entre comunistas, y que no pueden de ningún modo justificar una actuación que no fue la meramente sectaria, fue mucho más. La precisó en un encuentro en Salamanca, Víctor Alba respondiendo a Amaro del Rosal cuando éste dijo que habían tenido “discrepancias”: “¿Discrepancias?. ¡nos queríais matar a todos¡”.

Bonamusa, Martin Ramos y el propio Gallego exaltaron la política de la Internacional Comunista como la más correcta. Es la misma construcción que hace el infame  (por tantos motivos) Antonio Elorza. Viene a decir: la política del Komintern fue “casi perfecta”, lástima que se mostrará tan impresentable en el tema del “trotskismos”, claro que estos se la ganaron o se la facilitaron con su actitud irresponsable.. Los estudios sobre los primeros meses de la guerra española, nos certifican que, primero, su gran preocupación era que los procesos de Moscú  no se salieran del guión, y segundo, ser el más firme ejemplo de la política de no-intervención, de apaciguamiento. Por lo tanto, las tesis de  dicho congreso que abogaba por un frente popular que envolvería un frente obrero hegemónico, pronto fue una página olvidada, y sus defensores se convirtieron en sospechoso de “trotskismo”, un virus que algunos cargos del Komintern llegaron a creer ver incluso en el propio PSUC...

.Esta otra revolución es un conejo que Ferran se saca de la manga. No digo con esto que no hubiesen cuadros del PSUC que creyeran en ella (y lo pagaron caro como José del Barrio), y que para muchos comunistas de buena fe, esta era una primera etapa que prepararía la socialista. Pero en los hechos no se trataba más de que de otro argumento del tipo “primero la guerra”, que servía para desactivar los poderes que se habían formado desde julio del 36, y que se extendieron en mayor o menos grado por casi todo el campo republicano. Se trataba de defender el Frente Popular y sus instituciones elegidas en febrero, porque esta era la mejor garantía de que la República encontrara el apoyo de las democracias. Es la misma razón que les lleva “pasar” del asunto de los nacionalistas marroquíes porque León Blum no quiere ni oír hablar de la cuestión. Se estaba en contra de la revolución porque era “inoportuna”, porque no  era “la verdadera” (esto le correspondía a la soviética, y a la URSS), y contra ella se organizan todos los sectores más o menos perjudicados. Evidentemente, estos sectores existían, y querían (como ERC o como Azaña), restituir la República de antes.

(En Francia, se jugó la misma carta para encauzar la huelga general con ocupaciones de fábricas de junio de 1936. La consigna de entonces la dio Maurice Thorez al proclamar: “Hay que saber acabar una huelga”. El mismo Thorez, en pleno pacto nazi-soviético, buscó un ”modus vivendis” bajo la ocupación nazi, realzando un discurso de izquierdas orientado contra el capitalismo británico y norteamericano).

Inmerso en esta atracción por la simetría, Gallego, cuando Pelai Pagès afirmó que “Stalin había matado más comunistas que Hitler” (algo que ningún historiador podrá negar) llegó a responder: “!No sé sí Stalin mató más comunistas que nadie, pero lo cierto es que Trotsky mató a más anarquistas que nadie¡”, y cuando en los pasillos le comenté la historia de José del Barrio dispuesto a bombardear los barrios barceloneses con barricadas, me respondió que en julio del 36 Abad de Santillán tenía los cañones apuntando hacia la Generalitat...

A mi parecer se trata de argumentaciones tan míseras como las de Bonamusa sobre los extranjeros. Sobre lo de Trotsky y los anarquistas en el marco del final de la guerra civil rusa, ya he escrito varios artículos que el lector encontrará en mi “buzón” de Kaos, se trata además de otra guerra y de otro debate, y lo que trataba Gallego era de hacer constar los desencuentros entre la CNT y el POUM. Ferran Aïsa trata este desencuentro en detalle, y lamenta que la CNT “dejó solo al POUM”, eso sí, sin olvidar que por abajo anarquistas y poumistas estaban en la misma revolución.  Evidentemente, la similitud del Barrio-Abad de Santillán (el más pactista de todos los faistas), no tienen nada que ver. Del Barrio apuntaba a los barrios obreros insurrectos, Santillán quería asegurarse que no los que habían derrotado al ejército en l calle, no serían traicionado. No hacía demasiado tiempo que la CNT y Esquerra estaban en plena “guerra social”.

Ferran subrayó la importancia capital del ascenso de los fascismos en los años treinta, y tenía toda la razón, sobre esto podrá encontrar numerosos trabajos desde principios de los años treinta en la prensa de la Izquierda comunista y del BOC, en Leviatán, y juzgar la diferencia con lo que publicaban en la prensa comunista oficial, o en “Solidaridad Obrera”; pero lo que no parece tener en cuenta en cuenta es la existencia de lo que algunos han llamado el “fenómeno estaliniano”, y mucho menos de sus consecuencias.  No se puede disociar mayo de los procesos de Moscú, y de todo de lo demás. Que el proceso contra el POUM no fue más allá, en primer lugar porque Nin se negó a “confesar” como lo habían hecho sus amigos bolcheviques, él tenían un partido y una causa todavía vivas, en segundo lugar porque el peso de la “agencia estalinista” tenía sus limitaciones, y en tercer lugar porque hubo una resistencia, no solo de poumistas y cenetistas, también de republicanos como Manuel Irujo y Jaume Miratvilles que hicieron todo lo que les fue posible.

Cierto, el destino de la guerra no se jugó a una sola carta, mayo del 37 fue una, y por la atención y los debates que todavía suscita, fue posiblemente la más simbólica. Italo Calvino, militante comunista que nunca renegó, escribió después del Octubre húngaro de 1956 que Orwell tuvo el mérito de verlo venir ya en 1937. Otro debate sería si con  la revolución se podría haber ganado la guerra, algo que nunca se sabrá. Lo que sí sabe que es que al reprimir la revolución, la República abrió una brecha aún mayor en sus contradicciones internas, y con la “guerra contra el trotskismo” (son palabras de Santiago Carrillo), el estalinismo escribió  la página más sucia de una historia marcada por la esperanza y por la lucha del pueblo militante,  parte del cual nos enseñó en los años siguiente que la única lucha que se pierde definitivamente es la que se abandona.

Al defender la revolución y el honor del POUM, hacemos honor a esa lucha.  
 


1) Quiero insistir sobre mis artículos sobre el Frente Popular en Francia y en Vietnam, ante todo porque habla de situaciones que se omiten sistemáticamente aunque resultan imprescindibles para situarse ante la naturaleza de la política exterior soviética, y de su traducción en la actuación de los partidos comunistas, sobre todo del francés.