Viaje al “centro” del PSF

Galia Trépère

“Sigo con vosotros”: estas primeras palabras de Ségolène Royal, dirigidas a sus partidarios, habran hecho recordar, como un contrapunto, la lamentable e indigna huida de Lionel Jospin después de su fracaso, el 21 de abril de 2002.

La candidata del Partido Socialista ha asumido con coraje su descalabro frente a Sarkozy. Y, sobretodo, frente los “amigos” de su propio partido. Dominique Strauss-Kahn ya había estigmatizado “el grave descalabro”. Para Laurent Fabius “la bandera de la izquierda ha caído por los suelos”.

Incluso el compañero de Ségolène, François Hollande, ha tomado su revancha incriminando exclusivamente la candidata – “Seguramente, Ségolène Royal no ha hablado suficiente de cuestiones concretas” – antes de adoptar el puesto de quien, situándose por encima de la rencilla, querría parar los ajustes de cuentas.

Pero ha sido la misma Ségolène Royal quien se ha impuesto sobre unos y otros con su declaración desde el cuartel general de la campaña. Hollande, quien le escuchaba, con el rostro crispado, desde un plató de televisión, no ha tenido más remedio que tomar acta y gritar a “la unidad de todos los socialistas”.

Los dirigentes del PS tienen una memoria bien curiosa. Desde el año 2002, no han dejado de agitar la amenaza de otro 21 de abril. Pero no quieren ni oír hablar ni del resultado catastrófico de Jospin, ni de su cobarde deserción de la escena política, ni de la alineación de los socialistas con Chirac, la impostura del cual han facilitado presentándolo como la única barrera de contención de la extrema derecha.

El descalabro de 2002 representaba la sanción de cinco años de un gobierno de “la izquierda plural” que había hecho mucho por imponer las exigencias patronales a la clase trabajadora en el marco de la globalización: privatizaciones en cascada, flexibilización de la Ley Aubry sobre la semana de 35 horas, desgravaciones fiscales para los más ricos y una lluvia de subvenciones para la patronal, las primeras disposiciones de todo un plan de control de los parados y paradas, las leyes Vaillant sobre seguridad, después de las medidas del ministro Chevènement contra los “sin papeles”, la propaganda que preparaba los nuevos ataques contra las pensiones...

Los dirigentes socialistas han cantado las alabanzas de una unión sagrada alrededor de Chirac para encubrir la responsabilidad que tenían en la irrupción de Le Pen a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Después de dejar pasar un cuantos años sin decir nada ante de los ataques que lanzaban los gobiernos de derechas, estos dirigentes – salvo algunas excepciones – defendieron el Tratado constitucional europeo, auténtico manifiesto de liberalismo, hasta que la profundidad de la contestación social y la perspectiva de las elecciones presidenciales y legislativas les recordaron que, como poco, debían adoptar un puesto de oposición.

Cojeando por el derrumbamiento de la muleta que había representado el PCF, que le dejaba ahora sin una caución de izquierdas, el PS ya no motivaba ni a su propio electorado...