¿Qué salvo a IU de si misma a finales del 2002? Esencialmente la presión exterior de una segunda fase de movilizaciones, que llegaron a su punto más álgido en la campaña contra la guerra de Iraq. Millones de ciudadanos se manifestaron en la calle y fueron apoyados por el 90% de la opinión pública contra un Aznar lanzado a toque de degüello a la polarización política antiterrorista, convertida en ontología unívoca del mundo mundial, de Vitoria a Bagdad.
La movilización fue tan grande que simplemente desbordó a todas las fracciones de IU, muchas de las cuales echaron el resto en la campaña con toda generosidad. Pero su dimensión organizativa independiente era insuficiente para hacerlas jugar un papel de referente a nivel estatal, como había sido en parte durante la campaña contra la presidencia española de la UE. Y el voluntarismo vanguardista de algunas se veía desbordado por coordinaciones amplias y autónomas que, como la Plataforma de la Cultura contra la Guerra o Aturem la Guerra, necesitaban un referente político parlamentario, dado el carácter de la confrontación, además de la convocatoria del 15 F lanzada por el FSE. Llamazares se tiró al ruedo sin dudarlo dos veces y se convirtió en la voz y la cara de la oposición más dura en el Parlamento, arrastrando a un PSOE que no tuvo más remedio que seguirle como pudo. Hacia falta algo como IU a la izquierda del PSOE en el terreno político y el movimiento social se encargó de definir sus fronteras como un polo de confrontación genuino en la polarización alimentada por Aznar. Un papel que el PSOE no podía cumplir simbólicamente por mucho que se empeñase, porque había metido a España en la OTAN y había apoyado la primera guerra de Iraq, lo que de entrada hacia cuanto menos sospechosa su nueva radicalidad en defensa del derecho internacional. La política de polarización extrema de Aznar pretendía alcanzar la tercera victoria del PP a base de erosionar la credibilidad o lo deseable de una mera alternancia para obligar a la gente a no tener otra opción que una alternativa, que la calificación de “social-comunista” colocaba, unida al envite nacionalista, en el fantasma de la guerra civil (que la negativa del PP a condenar la insurrección de Franco bastaba para recordar a los olvidadizos quién había ganado).
¿Qué credibilidad tiene hoy semejante discurso? Probablemente no demasiada, más allá de ciertos sectores de la derecha, y de ahí su subordinación a media bronca al discurso del “constitucionalismo patriótico y antiterrorista” frente al federalismo o los nacionalismos democráticos de PNV-EA y ERC (dejando de momento de lado al BNG para que se despedazase con el PSOE en Galicia por ver quien era la alternancia a Fraga, incapaces de organizar una auténtica alternativa a pesar de la impresionante movilización de Nunca Mais). A medida que Aznar iba convirtiendo al PP en más de si mismo y a Rajoy en su alternancia, ocupaba todo el espacio del régimen constitucional de la transición en su 25 aniversario y hacia de la reforma de la Constitución, a través de la reforma de los estatutos de autonomía, la más moderada y, por tanto, la más factible de todas las alternativas. Llamazares, colocado en ese campo por la presión de las movilizaciones, el apoyo –con todos los peros, pero al final apoyo- a EB y su opción federalista se encontró al frente de una IU justificada y necesaria. Su recurso a reivindicar la Constitución a reformar tanto en el modelo de estado como en su contenido social, no era tanto un “reflejo carrillista” sino el miedo a perder credibilidad como alternativa posible y real y ser empujado por Aznar y la “brunete mediática” más allá, en el apetecible pero sin duda utópico campo, de una ruptura republicana en seis meses /3. Para el bipartidismo radicalizado de Zapatero del “cambio sereno y responsable” era demasiado atraganto, porque implicaba a Ibarretxe como guinda. Aunque tímidamente empezó a apuntarse también a una reforma constitucional “light” mediante la reforma del Senado (sin duda para hacerlo tan “útil” como su oposición) y a mirar de reojo insistentemente a Maragall, su última esperanza antes de la generales tras el desastre de Madrid, a pesar de las acusaciones del PP de que ello le despistaba cuando Aznar le repetía una vez más machaconamente la lección del constitucionalismo antiterrorista.
La formación del gobierno tripartido de izquierdas y catalanista en la Generalitat, como se ha señalado antes, tradujo de alguna manera en el terreno institucional los cambios en la correlación de fuerzas a nivel social que se estaban acumulando en los dos últimos años. Sus consecuencias políticas fueron inmediatamente perceptibles cuando cinco gobiernos autónomos mas plantearon también, como el vasco y el catalán, la necesidad de reformar sus estatutos (incluyendo a Madrid y Valencia, del PP, y Canarias, gobernada por un aliado incondicional del Gobierno como es CC). El enfrentamiento iba a producirse en los próximos meses en el campo escogido por el PP, entorno a la cuestión nacional, como no podía ser de otra manera dada su hegemonía. Pero la movilización y sus primeras consecuencias electorales estaban cambiando los términos del enfrentamiento. La cuestión ahora era si las reformas acumuladas de los estatutos de autonomía (con sus competencias y respaldos fiscales) eran contenibles en el actual marco constitucional o si podían desbordarlo, a partir de la presión inicial de Euskadi y Catalunya, y plantear una reforma de la Constitución que abriese una segunda transición. Calderas, cuando comenzó a filtrar el programa electoral del PSOE a comienzos de enero, aseguró que su partido se mantendría en el marco constitucional y aceptaría negociar todas las reformas menos la propuesta por Ibarretxe, y volvió a definir su programa como una alternancia dentro del bipartidismo constitucional. El campo de la alternativa, es decir de luchar por una reforma de los estatutos que desembocase en una reforma constitucional, quedaba en manos de IU a nivel estatal, con aliados interesados en ERC y ICV en Catalunya y PNV-EA en Euskadi. Para la izquierda alternativa el desafio era empujar lo más lejos este choque sobre el modelo de estado y llenarlo de contenido social.




















