Una victoriosa derrota: Sobre ’Trotskismos’ de Daniel Bensaïd
análisis | política

Andreu Coll / Revolta Global

Ni reír ni llorar… entender

Este es un texto importante para reflexionar sobre el siglo XX a través de las experiencias de la corriente que da nombre al libro. El gran drama del siglo pasado no se entiende sin situar correctamente la historia de la Revolución rusa y del movimiento comunista internacional. Pero tampoco podemos luchar hoy por el socialismo del siglo XXI sin buscar nuestras raíces políticas en los combates del siglo pasado.

Pronto hará noventa años de la Revolución de Octubre. Este gran acontecimiento histórico propulsó la lucha entre capital y trabajo, y su degeneración es un enigma que ocupa un lugar privilegiado para comprender sus contradicciones y las causas profundas de la derrota de la izquierda. Hoy día, la historiografía neoliberal se esfuerza en escondernos la obra constructiva de la Revolución, asimilándola a la dictadura estalinista que se impuso después de una batalla despiadada contra los comunistas más lúcidos e irrompibles.

El libro comienza situando los avatares de este puñado de militantes que intentaron aplicar las categorías marxistas para entender aquello que estaba sucediendo en la URSS posterior a la muerte de Lenin y parar una involución política que ponía en peligro el futuro de la Revolución, transformaba el marxismo en un catecismo de Estado y explotaba el dinamismo de la Revolución para consolidar los privilegios de una burocracia tan cínica y mediocre como parasitaria.

Comunistas contra Stalin

Son los mejores cuadros comunistas los primeros en entender este proceso. Una buena parte de estos ingresó en las filas de la Oposición de Izquierdas Internacional a finales de los años veinte. Muchos murieron en los gulags, en los campos nazis o en las resistencias antifascistas. Los supervivientes sufrieron un ostracismo forzado en los márgenes del movimiento obrero durante casi medio siglo. Sin el ejemplo y la firmeza de estos revolucionarios, el antiestalinismo habría estado desde entonces patrimonio exclusivo de la burguesía, comprometiendo para siempre la idea misma del comunismo.

Las ideas-fuerza de la IV Internacional

La IV intentó continuar la orientación política de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (IC) y denunció la política catastrófica que la URSS impuso posteriormente a los partidos comunistas (PCs) oficiales.

El análisis de Trotsky de la naturaleza contradictoria del estalinismo se basaba en la idea que, tarde o temprano, la URSS se derrumbaría -ya fuera por motivos económicos, políticos o militares, o por una combinación de los tres- si no extendía la revolución a otros países y, particularmente, a los países más desarrollados, como Alemania.

Trotsky pensaba que la línea errática que Stalin imponía a los PCs se correspondía a nivel internacional con sus zigzags políticos en la URSS. Las políticas más beneficiosas para las capas campesinas enriquecidas por la NEP coincidieron con una política incapaz de aprovechar las crisis revolucionarias que se dieron en Alemania, Inglaterra y China a mediados de los años veinte.

Unos años más tarde, la colectivización forzosa y la industrialización acelerada en la URSS llevaron a Stalin a imponer un giro ultra izquierdista y sectario -el renombrado "tercer período" - a la IC, cosa que allanó el camino a la victoria de Hitler en Alemania. Esta derrota, la peor del movimiento obrero, convenció a Trotsky que la IC había dejado de ser un instrumento recuperable y ya estaba totalmente sometida a la realpolitk del Kremlin. Ésta es la razón de ser de la IV Internacional.

La llegada de los nazis al poder empujó a Stalin a un cambio de 180º en las alianzas internacionales y a un nuevo giro derechista para buscar acuerdos con Francia e Inglaterra contra Hitler: los llamados Frentes Populares. Esta política, que sacrificaba la revolución a una alianza interclasista contra el fascismo, fue la sentencia de muerte de la gran vaga general francesa del 1936 y de la Revolución española del 1936-37. Además, los frentes populares se demostraron incapaces de parar el fascismo y la guerra.

Revoluciones sin permiso

Trotsky previó que la II Guerra Mundial conduciría a una ola revolucionaria comparable a la que sucedió a la primera y pensaba que la dictadura estalinista se derrumbaría durante el conflicto debido a sus contradicciones. Por eso creía que, a la salida de la guerra, la nueva Internacional crecería tan rápido como el Komintern de los años 20.

Los acontecimientos fueron mucho más contradictorios. La victoria de la URSS sobre la Alemania nazi consolidó el prestigio de Stalin y su régimen, paradójicamente uno de los responsables del ascenso de Hitler. Trotsky sí acertó de lleno al pronosticar que cualquier partido comunista que quisiera hacer la revolución en su país entraría en conflicto con la burocracia soviética: éste fue el caso de la Yugoslavia de Tito y la China de Mao.

Esto rompía el principio del socialismo en un solo país y la idea de que los comunistas del mundo nada más podían seguir a un único líder supremo y a un único país guía. Ahí comenzaba la crisis del estalinismo que los trotskistas habían anunciado desde finales de los años veinte.

Las nuevas vanguardias

El 1956 fue un punto de inflexión clave. Fue el año de la Guerra por el Canal de Suez, donde Israel, Gran Bretaña y Francia fueron derrotados por el Egipto nacionalista de Násser; pero también del levantamiento húngaro contra la dictadura estalinista y del desembarco de los barbudos en Cuba para iniciar la lucha armada contra Batista. Un deshielo político que conducirá a la dinámica revolucionaria de 1968, que sacudirá la partición del mundo de Yalta.

La IV Internacional entendió la dinámica convergente de las luchas que comenzaban: la revolución mundial nada más avanzaría si se combinaba la revolución política contra las dictaduras en el Este (por regresar a la dinámica iniciada por la Revolución de Octubre), la revolución anticolonial en el Tercer Mundo (encarnada por Cuba, Argelia, Vietnam, etc.) y una nuevo empuje del movimiento obrero en los países capitalistas desarrollados (después de tantos años de rutina gradualista).

La IV se implicó de lleno en el apoyo a las luchas revolucionarias de los 60 (con el FLN argelino, mientras el PS y el PC eran cómplices de la represión colonial; con la revolución vietnamita -aunque Ho Chi Minh había liquidado a los trotskistas de Indochina- y con la cubana, mientras los PC oficiales pedían "paz en Vietnam" y desconfiaban del radicalismo del Che; con la revolución política en el Este, mientras se les acusaba de trabajar para la CÍA…).

Esta "dialéctica de los tres sectores de la revolución mundial" se hizo patente el año 68 en las junglas de Vietnam, en las calles de París y en las plazas de Praga y México. Parecía que, por primera vez en 50 años, la realidad les daba la razón. Los tres sectores convergieron finalmente y el programa de la IV se estaba llevando a la práctica.

Ése fue un momento decisivo: el relevo generacional permitió a los viejos trotskistas ganar para la Internacional un amplio sector de las nuevas vanguardias en Europa y Norteamérica, en América Latina y en algunos países de Asia y África: estudiantes, obreros e, incluso, campesinos y movimientos guerrilleros.

Desgraciadamente, aquella ola de politización se ahogó debido a los efectos combinados de la represión contra la disidencia en el Este, los golpes militares en América Latín y la estabilización política en el sur de Europa. Ello preparó el camino para la caída de la URSS y la imposición del neoliberalismo.

Una historia atormentada

El libro se esfuerza en explicar las dificultades de la lucha a contracorriente. La debilidad numérica y la necesidad de mantener una herencia programática explican una obsesión por la teoría y un cierto doctrinarismo. Así mismo, el tronco central de la IV Internacional (el Secretariado Unificado) siempre buscó, con más o menos acierto, ligarse a las luchas reales y a las nuevas vanguardias como antídoto contra el sectarismo y el dogmatismo (peligros que siempre persiguen a los grupos minoritarios).

Los sectores que más enfatizaban las batallas doctrinales fueron los más proclives a sectarizarse. Solo el tiempo y la experiencia permiten hacer balance de las polémicas del pasado. Y los errores cometidos son una gran fuente de aprendizaje para todo el movimiento obrero. Pero la forma de evitar que las controversias imposibiliten la unidad de los partidos revolucionarios es justamente la democracia interna, al permitir el respeto, el aprendizaje mutuo y la convivencia entre diferentes posiciones.

Siglo XXI: aún más motivos

Trotskismos es una brújula espléndida para extraer lecciones del Siglo XX y para adentrarnos en el siglo XXI con la convicción de que hay que reemprender la lucha revolucionaria que dio sentido a la palabra comunismo. Hoy el mundo es más injusto, insostenible y violento que nunca. El enemigo también es más fuerte y está mejor armado.

La tarea de la nueva generación militante es derribar el capitalismo y construir el socialismo en todo el mundo para lograr una humanidad justa en un mundo habitable. Nos debemos a los que sufren hoy y a los que lo intentaron en el pasado… Una tarea grandiosa por la que vivir y morir.