Ante la ruptura del alto el fuego por ETA
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logo espacioComunicado de Espacio Alternativo

El anuncio, por parte de ETA, del final del alto el fuego iniciado el 24 de marzo del año pasado constituye una mala noticia para quienes —ciudadanía, movimientos, fuerzas políticas y colectivos diversos— hemos venido apostando por el diálogo y una salida democrática negociada al conflicto vasco. Y, por supuesto, tampoco es una buena nueva por cuanto se refiere a los anhelos de avance social y democrático del propio pueblo vasco y, en particular, de aquellos sectores que reivindican el derecho de Euskal Herria a decidir su futuro.

Hace ya mucho tiempo que la vía de las acciones armadas de una minoría se ha revelado tan costosa en sufrimiento humano como estéril para el avance de los derechos nacionales. ¿Puede creer alguien a estas alturas que un coche bomba conmoverá los cimientos o la determinación del Estado español? ¿Acaso un atentado contra un concejal del PP o del PSOE atraería nuevas simpatías hacia el pueblo vasco, haría más comprensibles sus demandas o reforzaría su propia unidad y determinación para alcanzarlas?

¡Todo lo contrario! Es la derecha española más rancia quien ha estado especulando con el retorno a un escenario de violencia, con un "conflicto armado de baja intensidad" que le permitiese seguir galvanizando a su electorado en nombre de la unidad de España", poner a la izquierda a la defensiva en nombre de "la unidad de los demócratas contra el terrorismo", desgastarla y, finalmente, hacerse con el gobierno. De hecho, el PP ha trabajado sin descanso para sabotear el incipiente proceso de paz: desde la movilización en la calle, por supuesto —a la que la izquierda no ha sabido responder. Pero igualmente desde los engranajes del Estado —especialmente desde la magistratura—, donde cuenta con importantes influencias heredadas del franquismo.

Pero hay que decir también que en esta ruptura del proceso incumbe una grave responsabilidad al gobierno del PSOE que, atemorizado por las presiones de la derecha, ha ido retrocediendo sobre su inicial reconocimiento de un conflicto de naturaleza política entre Euskadi y el Estado español y se ha mostrado incapaz de gestionar valientemente la oportunidad que se abría para la paz. El alto el fuego no ha sido aprovechado para implementar medidas de buena voluntad y de distensión, como el acercamiento de presos o la aplicación de beneficios penitenciarios. Por no hablar de la exigencia insoslayable de abolir la Ley de partidos, una medida de excepción destinada a invisibilizar a la izquierda abertzale que ha pesado como una espada de Damocles sobre todo el proceso y que resulta a todas luces incompatible con su avance. Pues bien, no sólo no se han dado esos pasos, sino que las persecuciones judiciales y policíacas, el hostigamiento del mundo independentista, etc., han continuado hasta llegar al escándalo antidemocrático de las últimas elecciones del 27-M en que se han conculcado los derechos de la ciudadanía, instaurando un régimen de excepción y de arbitrariedad que ha rebasado la propia Ley. Esa irresponsabilidad por parte de un gobierno que ha llegado a jactarse de haber hecho menos concesiones que Aznar, ha dado argumentos a aquellos sectores que, por exasperación o afán de hegemonizar el proceso desde la lucha armada, estaban dispuestos a lanzarse de nuevo a esa aventura.

Y eso justamente en el momento en que, a pesar de todas las prohibiciones y cortapisas, sectores significativos de la ciudadanía vasca acaban de dar una lección de democracia votando ampliamente por las listas abertzales —autorizadas o prohibidas— en una clara exigencia de apertura de diálogo con una realidad social y política que ninguna arbitrariedad administrativa puede ocultar. Ese ha sido sin duda uno de los rasgos más positivos de estas últimas elecciones. Y ése es el camino a seguir: el de una movilización democrática que exija a las partes en conflicto retomar el hilo de un proceso de paz. Las condiciones siguen siendo las mismas: detener la violencia, acabar con la excepcionalidad. A pesar de todos los escollos que han surgido y surgirán, sigue sin haber otra vía de solución. Desde Espacio Alternativo llamamos a aunar esfuerzos en ese sentido. En primer lugar desde las filas de la izquierda más combativa, de los movimientos sociales y las entidades democráticas. Están en juego no sólo el futuro de Euskadi, sino también las libertades de pueblos como Catalunya y Galiza y las propias aspiraciones del conjunto de las clases trabajadoras y la juventud que, en un escenario de violencia, podrían ver el retorno al poder de la derecha más agresiva y anti-social.

6 de junio de 2007