Notas sobre el "gran terror" franquista
memoria histórica

kaosenlared.net franco .jpgPepe Gutiérrez-Álvarez / Kaos en la Red

El gobierno se ha echado atrás sobre un tema como el de la “memoria histórica” cuyo contenido tanto irritaba a la derecha y a la Iglesia a pesar de que no llegaba a lo primordial. A declarar “ilegal” el franquismo, y por lo mismo verdad, justicia y reparación a sus innumerables víctimas.

No hace mucho el PP publicó una biografía de Fraga en la que no aparecía su “militancia” franquista. Al ser preguntado, el responsable dijo que para qué, si todo el mundo la sabía. Habría sido más honesto si hubiera dicho que mejor era no saberla, no es otra cosa lo que nos dice el señor Rajoy al rechazar el concepto de “memoria histórica”, porque los jóvenes de hoy ya no necesitan saber quien era Franco, aunque quizás hubiera sido más honesto de haber dicho que para su partido era mejor que no lo supieran...

Evidentemente, el PP quiere seguir con la fábula de la Transición según la cual hubo un régimen “autoritario” que acabó evolucionando hacia “la democracia” manteniendo la monarquía como “garantía” de que, como nos decían en los años setenta, la libertad no se convirtiera en “libertinaje”. Libertinaje es sinónimo de desorden, algarabía, desestabilización, acritud, sectarismo, o sea de lo que atenta contra la “normalidad” constitucional. Sin embargo, este esquema ha entrado en crisis, comenzando por la historia feliz de una dictadura que dejó de serlo gracias a sus jerarcas y beneficiarios.

A este esquema le corresponde una historiografía, la llamada revisionista que podemos dividir entre la más zafia (Moa, Vidal), y la más ilustrada, la que lleva el agua al molino de la “tercera España”, un lugar en el que no es extraño encontrar afines o afiliados al PSOE.

Este es un episodio nacional cuya amplitud quedaba oculta detrás de una guerra de propaganda en la que predominarían dos medidas, la "nacional", impuesta por el régimen de la Victoria, y que no solamente se prolongaría durante cuatro décadas sino que también acondicionaría la evolución democrática ulterior, y la consecuente e inherente a la "transición", según la cual hubieron excesos en ambos lados, y la mejor manera de superar el trauma de la guerra civil (y de exorcizar los fantasmas de una nueva intentona del 18 de julio), era desplazar la cuestión hacia un olvido que se tenía por reconciliatorio en la medida, también, que la monarquía asumía las libertades propias de la República. Se suele contextualizar el gran terror franquista en un tiempo que cuenta con una extenso precedente en la sangrienta represión de las respuestas sociales, con capítulos normalmente escamoteados como la dantesca represión de la revolución asturiana de octubre de 1934, pero que, cuando se evoca el concepto "franquismo", abarca básicamente desde el sangriento Alzamiento Nacional hasta la interminable postguerra, como una política represiva llevada con una determinación inquisitorial de la que se haría eco el Cardenal Gomá cuando en el Congreso Eucarístico de Budapest no tuvo empacho en declarar cuando le interrogaron sobre la paz en España: "Paz si, pero cuando no quede un adversario vivo".

Esta concepción “exterminista” impregnó la vida cotidiana del país durante décadas, y caló en los huesos de diversas generaciones, hasta quedar confortablemente instalada en el subconsciente del pueblo. Por ejemplo, no poco de este sentimiento de horror subyace en ese repudio de más del 90% de la población contra la ocupación imperialista en el Irak, incluso entre la gente que, instalada en el miedo al poder, y a que nunca asistiría a una manifestación.

Nuestra derecha "centrista" ha llegado a hacer bandera de este silencio, pero ahora resulta que hasta Felipe González reconoce que fue un error, un error que nos hacía indignos y que convertía la libertades en una conquista a medias que, entre otras cosas, se quedaba en las puertas de la justicia y la memoria, lo mismo que se quedaría en las puertas de los cuarteles y las empresas.

Evidentemente, desde aquella Victoria que el franquismo también llamó "paz" (abril 1939) hasta después de la muerte del dictador (noviembre de 1975), fue imposible, al menos legalmente, hablar públicamente y escribir con sinceridad sobre el gran terror; la verdad era clandestina. No obstante, se suele olvidar que en los primeros años de la "Transición" se avanzó muchísimo al respecto. Se abrió un amplio proceso de recomposición de la memoria, y las librerías se llenaron de volúmenes que ofrecían una rehabilitación plena, no solamente de los líderes políticos moderados como Azaña, Companys o Besteiro, recordemos sin más aquellas movilizaciones que clamaban Si, si, Dolores en Madrid, el mitin multitudinario de la CNT en Montjuich, así como la publicación de páginas sobre diversas matanzas fruto de un periodismo de investigación que se expresó por ejemplo en las páginas de los primeros Interviús, al lado de otras exigencias mucho más placenteras para el españolito de a pie, sin olvidar los libros del malogrado Antonio Téllez o del bueno e incansable Eduardo Pons Prades sobre los maquis, todo en un impulso muy amplio que se fue debilitando, hasta cortar en seco con el 23-F. El paso siguiente fue la reconversión ideológica del PSOE de socialista a socioliberal con alguna minoría socialdemócrata aquí y allá.

En la misma tanda pactista que consagró los Pactos de la Moncloa (el finiquito de las conquistas sociales y la recuperación de la plena iniciativa por parte de la patronal, consagrada en espina dorsal de nuestra democracia), conllevó a la par un "pacto de silencio" según en el cual a la derecha se la exoneraba de sus complacencias franquistas, a Carrillo se le pasaba por alto su estalinismo, sus crímenes de disidentes comunistas, el PSOE sus chalaneos (Indalecio Prieto) con los norteamericanos y su larga estancia en los "cuarteles de invierno". Cuando en 1986 se celebraba un Congreso internacional para conmemorar el asesinato de García Lorca, la consigna dada por la alcaldía a los congresistas era, por favor, no le den vueltas a las responsabilidades, sus asesinos podían estar tranquilo.

No había que molestarlos, por ello cuando TV2 emitió un telefilme sobre Lorca dirigido por Bardem, un poeta afiliado al PSOE, Félix Grande, manifestó su protesta por que Bardem no se dejaba suficientemente clara la actitud del antiguo poeta falangista, Luis Rosales que trató de salvar a Lorca. Le resultaba insoportable que el poeta granadino apareciera como miembro de uno de los escuadrones de la muerte, un hecho que no quitaba ni ponía en relación a su buena voluntad particular con Lorca y situaba el personaje más allá de este gesto particular. Cuando a Rosales le dieron el Cervantes, ningún diario anotó media línea de esta historia sobre la que tan notable señor, que yo sepa, no efectuó nunca un mea culpa.

No se trata por lo tanto de un silencio ininterrumpido, sino de un paréntesis. En la segunda mitad de los años setenta se registra una movilización por la recuperación de la memoria que se detuvo, en primer lugar por el miedo al fantasma golpista (recordemos que a la tropa de guardias civiles y mandos militares menores ni siquiera la multaron con las 25 Ptas. de rigor). En segundo lugar, por la claudicación de la cúpula y de los “profesionales” del PCE, y las exigencias del PSOE que contener todo lo que se moviera a su izquierda (hasta los informativos fueron entonces sospechoso de semejante dislate). Lo que viene después es un giro inaudito en lo que a la historia se refiere, la restauración conservadora acaba colocando a los comunistas en el banquillo de los acusados (que es como si se quisiera acusar a los cristianos de los crímenes perpetrados en nombre de Dios y su Iglesia por Franco, Pinochet o Anton Palevich), y se empieza a recomponer una nueva historia oficial hecha a la medida de la monarquía y de los "liberales reprimidos" que habían acabado jugando su propia alternativa a la oposición ilegal llevándola a su terreno.

Durante el franquismo los jóvenes gritábamos y pintábamos en los muros: "!Dictadura asesina¡". Una exigencia generalmente aceptada era la depuración de las responsabilidades de la dictadura, pero el asesinato múltiple de Atocha vino para demostrar que había otra opción: la impunidad. La prudencia pactista acabó convirtiendo a Franco en el jefe de Estado del "anterior régimen". En los medias se referían a él como un gobernante autoritario, e incluso compararlo con otros dictadores en España y Latinoamérica, así como amalgamarlo con otros grandes genocidas pero sin descender a la concreción de los hechos. Nadie mejor que los programas "históricos" de la TV pública refleja esta prudencia. Ha tenido que pasar mucho tiempo para que los historiadores puedan certificar que en comparación con otros golpes de Estados contrarrevolucionarios, el franquismo no tiene parangón. Ni siquiera con el nazismo fue tan despiadado con sus opositores (evidentemente el judeocidio es una medida aparte). Con la vana excusa de no crear tensiones, buena parte de los símbolos de la dictadura permanecieron en las instituciones y en las calles, y genocidas de todos conocidos pudieron gozar de una vejez sin que nadie les hablara de crímenes contra la humanidad.

La imposición de estos silencios fueron hasta tal punto considerados como "éxitos ejemplares" del modelo de Transición que incluso se trataron de hacer valer en relación a las situaciones creadas en países como Argentina y Chile tras la caída de sus respectivas dictaduras militares. Antes de que movimientos como el de las madres de la plaza de Mayo empezaron a imponer sus dolorosas exigencias, personajes tan como Fraga Iribarne, Roca Junyent o Felipe González hicieron declaraciones oponiéndoles el modelo de "transición a la española". En la misma línea se comportaron los historiadores más implicados en la creación de una nueva historia oficial en la que se daba por sentado una "aceptación admirada de la monarquía democrática por parte de Europa y el mundo en general" (Gabriel Jackson, De la represión franquista y la verdad, El País, 23-XI-02).

Se impuso un contexto, según el cual la historia de la guerra civil quedaba en manos de los expertos, tentativas como la, por ejemplo, representó Tierra y Libertad, de Ken Loach, serían vituperadas, la última vez por Francecs Bonamusa en un debate sobre mayo del 37 en el Ateneo de Barcelona, burlándose de lo guapa que eran las milicianas. Estos historiadores no solamente trataron de mirar hacia otro lado en relación a las represiones masivas llevadas a cabo bajo por el militar-fascismo, sino que en algunos se fue forjando una tentativa de rehabilitar la historia monárquica, incluyendo la más cercana, o sea la de Alfonso XIII, "padre" del ejército que acabaría ocupando su propio país. En esta orientación también quedaban fuera las manifestaciones de barbarie de los militares "africanistas" en la guerra de Marruecos, y no faltaron voces que al calor del revisionismo alemán, trataron de justificar críticamente el franquismo en base a tres razones: a) fue un baluarte contra la revolución "comunista", b) permitió un desarrollo económico y social moderno que sentaría las bases de la actual estabilidad democrática, y c) sus medidas represivas fueron decreciendo hasta permitir una reforma pactada en contra de cualquier aventura rupturista, incluida la que pudiera afectar a la historia. Habían demasiados cadáveres y víctimas por medio …

Jackson, en su artículo citado cuenta que recuerda "discusiones en 1986 en las que intelectuales españoles de la izquierda democrática explicaban a visitantes veteranos de las Brigadas Internacionales que pensaban que era mejor no organizar grandes "celebraciones" formales del quincuagésimo aniversario de la defensa de Madrid, no fuera a ser que inspirara a los numerosos partidarios vivos del general Franco la idea de montar una gran celebración de la victoria en 1989". Otra justificación avanzada por Jackson era que en "España, en 1986 estaba siendo gobernada pacíficamente, por primera vez en su historia, por un Gobierno de la izquierda democrática libremente elegido", aunque en los hechos estaba aplicando un programa de gobierno que la UCD había sido incapaz de llevarlo a cabo, Era la izquierda de la OTAN, de alineamiento norteamericano en Centroamérica o marroquí (contra el Frente Polisario), del GAL y de la reconversión industrial. El heredero formal de Pablo Iglesias y Largo Caballero consideraba ahora que la "autentica izquierda eran los empresarios emprendedores. Tanto fue así que no había duda: contra Franco la izquierda fue mucha más exigente y reivindicativa, hasta Felipe González apoyaba a los huelguistas, incluso afirmaba que él era socialista que no socialdemócrata. Ojalá hubiera sido al menos socialdemócrata.

Por mencionar sólo unas cuantas de entre las últimas publicaciones académicas: Julián Casanova, en La Iglesia de Franco, documenta la plena implicación de la Iglesia en decenas de miles de condenas a muerte durante la Guerra Civil y poco después de terminada ésta. Francisco Moreno Gómez, en La resistencia armada contra Franco, relata la obstinada resistencia guerrillera en la mitad sur de España durante casi una década después de la Guerra Civil. y más recientemente, Ricard Vinyes, en Irredentas, cuenta la historia de miles de prisioneras republicanas y sus hijos durante y después de la guerra. Se han organizado en museos, con un público probablemente mucho más amplio que el de los libros, exposiciones sobre los sufrimientos de cientos de miles de soldados republicanos derrotados y sus familias, y la televisión catalana recientemente mostró un documental sobre el rapto de hijos de prisioneros republicanos que involuntariamente tuvieron padres adoptivos a ciencia cierta franquistas, algo que, como sabemos desde hace tiempo, ha ocurrido en la Argentina del general Videla, pero cuya existencia en España sólo se ha conocido recientemente.

Lo antedicho son los antecedentes básicos que hay que conocer para el comentario que me ocupa acerca de la declaración emitida en Barcelona el pasado 23 de octubre en la clausura del "Congreso sobre los campos de concentración y el mundo penitenciario en España durante la Guerra Civil y el franquismo". La declaración apunta a los grandes avances que se han realizado en el conocimiento "de las atrocidades cometidas durante la dictadura del general Franco", pero protesta contra "la pervivencia de símbolos de la dictadura" en edificios públicos y monumentos, así como en nombres de calles. El exterminador de Badajoz, general Yagüe, hasta tiene un hospital a su nombre en Burgos.

En particular, protesta contra la existencia y la financiación pública de la Fundación Francisco Franco, cuyo objetivo reconocido es legitimar la insurrección del 18 de julio y mantener en posesión privada documentos que deberían estar alojados en archivos públicos abiertos a todos los historiadores. Personalmente no conozco la situación legal de la Fundación Francisco Franco, pero sé por muchos años de experiencia que gran cantidad de documentos oficiales que en los países anglosajones se consideran propiedad publica, y por tanto accesibles a los estudiosos, con frecuencia son retenidos por familias u organizaciones políticas en España. Ni que decir tiene que creo que todos los documentos generados en la función pública deberían ser puestos, después de un intervalo acordado de varias décadas, a libre disposición de todos los auténticos investigadores de historia.

Llegará un día en el que el franquismo será declarado ilegal con todas las consecuencias, hasta entonces la sombra de la dictadura y de sus crímenes seguirá planeando sobre nuestras libertades, todavía no totalmente conquistadas.