Korkozen
Salimos temprano de Al-Quds (Jerusalem) por la puerta de Damasco en busca de un trasporte a Ramallah. Unos cuarenta minutos de trayecto con el muro de la verguenza que se extiende a nuestra derecha. El ejército israelí nos para en el check point de Ramallah.
Quasi-adolescentes soldados suben al bus mirando con desprecio hacia el interior, nosotros con los pasaportes preparados. Pasamos sin novedad. Ramallah está desierta a medio día, algo habitual los viernes. Cogemos un taxi.
Bil'in se encuentra a media hora en coche desde Ramallah. La carretera serpentea por colinas resecas con olivos. El calor aprieta, vamos amontonados cinco más el taxista, que pasó cuatro anios (no tengo enies) en cárceles israelíes. Desde el 20 de Febrero del 2005, cada viernes, el Comité Popular de Bil'in contra el muro organiza marchas desde el centro del pueblo en protesta por el muro de cemento y por el otro muro que conforman las carreteras israelíes repletas de alambradas y vallas.
Estas carreteras cortan el paso de los campesinos palestinos a sus tierras e impiden su único sustento: los olivares. A estos Viernes de Bil'in acuden decenas de internacionales venidos desde diversos puntos del mundo: escoceses, ingleses, japoneses, belgas, norteamericanos y canadienses entre otros. También nos encontramos madrilenios, catalanes y vascos. A la una en punto la manifestación sale del centro del pueblo camino del muro que conforma la carretera. Allí nos espera el ejército.
Calculo a soldado por barba. En la cabecera de la manifestación se encuentran dos miembros del parlamento palestino. En medio de ellos va Mohamed, un anciano casi octogenario con su traje de los domingos y su kafiya. Por delante decenas de ninios, por detrás los internacionales. Los fotógrafos pululan alrededor. Algunos con txaleco antibalas y casco como el de France Press. Otros no tenemos más que la cámara.
Avanzamos coreando consignas contra el muro hasta llegar cerca del ejército. En otras ocasiones se ha llegado al cara a cara, por eso a 200 metros caminamos adelante con paso firme. Sorpresivamente cargan de repente con gases lacrimógenos, bonbas sonicas y balas de goma. Nos dan de lleno, no vemos, el gas nos oprime la garganta, corremos. Alguien me pasa una cebolla para contrarrestar el efecto del gas. También circulan gasas empapadas en alcohol para ponérselos en la nariz, yo sigo con la cebolla.
Nos reagrupamos, comienzan los heridos. Un bote alcanza en la frente a un joven que está a escasos metros del olivo donde me parapeto. Un grupo grita y corre. Traen en volandas al anciano octogenario desvanecido y convulsionando. Parece que le ha impactado un bote y posteriormente ha sido gaseado. Intentamos reanimarlo mientras sigue la carga del ejército.
Los ninios están en primera línea con sus hondas, David contra Goliath. De repente vítores y gritos de victoria, han impactado a un soldado, una pequenia gran victoria. Nos vamos dispersando, retrocedemos, la manifestación se disuelve, pero los ninios siguen en primera línea. La hospitalidad palestina se muestra con toda su generosidad: en la única casa que hay entre los olivares nos invitan a agua fresca y café. Allí el anciano ya recuperado nos da las gracias mientras a un kilómetro escaso el ejército sigue disparando.
Regresamos a Bil'in, el sol en su cénit nos aplasta con su calor y su luz. El taxista nos espera, primero hasta Ramallah, y luego en bus hasta Al-Quds. Anochece cuando llegamos a la puerta de Damasco. Las familias de judíos ortodoxos con su atuendo friki pululan por aquí y por allá. Jerusalem es cada vez más de los judíos por la fuerza (igual que toda Palestina).
Mientras Irunea está de fiesta, nosotros hemos vivido nuestro chupinazo en Bil'in.
Salamat.