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Lo único legal del franquismo fue la violencia

Publicado el 15/07/2007 - 12:35

www.kaosenlared.net Franco_x.jpgPepe Gutiérrez-Álvarez / Kaos en la Red
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Se podía decir parafraseando a Voltaire, y sin miedo a exagerar, que la historia del franquismo es la historia de sus crímenes. Comenzó con el tiro en la nuca contra los mandos fieles a la palabra dada a la República, y nunca más dejó de matar: Puig Antich, Victoria, Atocha...

En algunas cosas, el paso del tiempo resulta inexcusable. En el caso del franquismo, lo ha sido por varios motivos. Primero por la magnitud del horror, una medida que la dan simples nombres: Sevilla, Extremadura, Málaga, Guernica, Valencia... Segundo, porque si bien en el siglo XX hubieron muchas guerras civiles, algunas tan crueles como la española, ninguna perduró tanto tiempo, gracias a los Aliados que ganaron la guerra contra el fascismo. Tercero porque su descomposición final fue muy desigual, de manera que los cuerpos represivos pudieron seguir jugando un papel de espada de Damocles. En una reciente encuesta efectuada en Cataluña, se registra que existe la creencia que el Ejército, la Iglesia y Fraga (o sea el franquismo “evolucionista” liderado por antiguos ministros que nunca mostraron el menor arrepentimiento), fueron los peores obstáculos en la Transición.

Quizás la pregunta no estaba bien planteada, fueron obstáculo para la gran mayoría que quería una ruptura democrática, y por lo mismo fueron un pilar para que dicha ruptura nunca afectara la continuidad del Estado, y por lo mismo, la pervivencia del “peso” del régimen, de sus instituciones, de su memoria como “advertencia” que había unos límites que no se podían cruzar. Esta persistencia es la que actualmente reproduce el PP, un partido que quiere que la derecha siga teniendo el monopolio de la democracia y por supuesto, de la memoria. Si gobiernan trataran de que las cosas sigan como lo han sido hasta ahora, y que el pueblo español esta agradecido al franquismo el“haber permitido” la democracia que tenemos. Donde no cabe nada más de forma que cualquier tentativa de ir más allá pueda ser anatomizada como una maniobra irresponsable, desestabilizadora. Y algo tan elemental como querer -¡70 años después¡- enterrar y dar nombre a los que fueron asesinados fuera de los campos de batalla, puede ser definido como “guerra civilista” cuando es algo que ellos nunca han dejado de hacer, y además con toques de tambores y de gloria.

Una buena muestra de esta actitud es la Iglesia valencia que quieren erigir a los “mártires de la fe”, cuando en realidad se trataba -como bien ha declarado impar Ventura-de “delincuentes que daban apoyo a un golpe militar”. Hay que despreciar mucho el Cristo del amor al prójimo y al de la otra mejilla para considerar que podía haber personas de buena fe que apoyaban a un mando militar dispuesto a matar a media España si era necesario. Es la fe que mostró el capellán que atendió al periodista portugués (según narra éste en la serie británica sobre la guerra producida por Granada): cuando éste, cuando comenzó a vomitar tras contemplar los cuerpos amontonados de las matanzas diarias de Badajoz siguiendo las órdenes del general Yagüe (me pregunto ¿cómo se sentirá uno trabajando en un hospital que lleva este nombre?). se le acercó amablemente y le dijo más o menos, pero hombre no se ponga usted así. “Se lo merecían”.

Historias como estas se han escuchado en algunos de los grandes desastres humanitarios del siglo pasado, iniciado según la inteligente cronología del historiador Eric J. Hobsbawn, con la “Gran Guerra”, la misma que se hizo en nombre de la libertad y de la patria. Grandes genocidios, crímenes monstruosos contra la humanidad, en especial contra los de abajo, contra los más oprimidos y los más débiles. Crímenes perpetrado desde los cuerpos represivos y en diversos tiempos, en nombre de los más fuertes, de los poderosos. Ya los romanos habían descubierto que a veces los mayores crímenes se cometen en nombre de las mejores ideas, y en este punto, la historia de las guerras religiosas son el mayor precedente. En el siglo XX sehicieron por la patria, por dios, la raza, o de la democracia como en Hiroshima y Nagasaki, o del socialismo. Eran historias que no saldrían fácilmente a la luz, es más sin la victoria militar contra el nazi-fascismo posiblemente todavía no se habría andado ni una décima parte de lo que hoy sabemos.

Pero es la perspectiva histórica, la labor constante de los testimonios, de los historiadores, y de las nuevas generaciones que se rebelan contra el olvido, lo que abre camino. Han tenido que pasar muchas décadas para que la historia del holocausto de los judíos europeos llevado a cabo por la Alemania nazi y sus colaboradores (que los tuvo, aquí mismo fueron compadres). Ha tenido que pasar el tiempo para; que se hagan exposiciones, películas. También ha tenido que pasar para que podamos hacer lo propio con el “apartheid” sudafricano, o sobre los métodosmás blandos que se desarrollaron en los Estados del Sur en los Estados Unidos hasta los años sesenta. No hay más que ver el peso que tiene en nuestros medias el “lobby” sionista para censurar todo lo que ya se puede decirdel “apartheid” contra los palestinos. El pasado martes mismo, El País daba cancha al presidente Olmert para que hablara de los islamistas de manera muy parecida a como Franco hablaba de los “rojos”, o los “afrikaners” hablaban de los “terroristas” africanos.

He dicho que también se perpetraron genocidios en nombre del socialismo. No hay la menor duda de la existencia de los Gulags, como no la hay de losdesastres relacionados con el llamado "Gran Salto Adelante" de Mao Zedong, como no las puede haber de los demenciales asesinatos masivos de PoI Pot.En estos concurren al menos tres factores diferentes. Primero, que las víctimas fueron ante todo los idealistas y el pueblo militante. Segundo, que están contextualizados en un marco de cerco infernal por parte de las potencias imperialistas. Segundo, que no tienen problemas de publicidad, más bien todo lo contrario ya que normalmente se tiende “alegremente” a estirar la cronología y las cifras. Y tercero, y no por ello menos importante, que contribuyen al desprestigio de unacausa que no representan. Stalin, Mao o Pol Pot no representan al socialismo sino a otra derecha, a la burocracia antisocialista. Pero nuestros publicistas que tan cuidadosamente diferencian entre Bush y Clinton, entre Pinochet y Nixon, recurren a la brocha gorda cuando se trata del “comunismo”.

Otra cuestión es que la izquierda no puede tener doble vara, y que por lo tanto cualquier denuncia de la barbarie reaccionaria debe de ir acompañada de una denuncia sin paliativos de esta misma barbarie cuando se ha manifestado en “nuestro nombre”. Lo antes dicho vale para muchas de las víctimas de la violencia incontrolada de los partidarios de la República o la revolución. Los hubo, y no siempre fueron sacerdotes armados opropietarios y patronos sin escrúpulos. Igualmente hay que denunciar desde 1937 la exportación de las técnicas de denigración y represión por parte del aparato policial soviético estalinista, con la connivencia parcial de los dirigentes comunistas españoles. De ahí que la izquierda deba hablar alto y fuerte de casos como los de José Robles, Camillo Berneri, Andreu Nin o Kurt Landau, así como de cualquier otro. Es de una obvia coherencia para poder hacerlo con rigor en todo lo demás.

Todo esto viene a cuento del debate que se está desarrollando por arriba y por abajo sobre la llamada “memoria histórica”. Los pactos de la Transición siguen estando bajo siete llaves, sobre todo cuando pueden ser “provocar” la reacción de una derecha que si es capaz de actuar como lo ha hecho ante el 11-M, ¿qué no será en algo tan lejano como el franquismo?.La Transición amnistió a los perseguidos y a los perseguidores, a los torturados y a los torturadores. Con la particularidad de que los primeros tuvieron que acomodarse a la nueva situación, mientras que los segundo siguieron “mandando”, o sea con mucho poder. Lo de la Iglesia salta a la vista, pero, ¿lo del ejército?, no hay más que ver como carraspean cuando se toca “la patria”.

Sin embargo, si no nos detuvieron en la lucha contra la dictadura cuando podían matar impunemente, ¿porqué van a detenernos ahora?, ¿porqué la izquierda en general y el PSOE en particular pueden perder votos del centro?. El PSOE ganó estas elecciones con la promesa de no decepcionar, o sea de no seguir decepcionando. El asunto se puede plantear justamente al revés, pero la mejor manera de plantearlo es in-de-pen-dien-te-men-te. Si el PSOE no quiere seguir por el camino que se exige desde las víctimas, desde las redes de entidades memorialistas, pues, lástima. Ya volverá si quiere. Pero lo que se trata hay y mañana es de verdad, justicia y reparación. Ni más ni menos.

Desde cualquier punto de vista democrático, el franquismo fue ilegal en todo momento, su única razón fue la fuerza, y esta la impuso contra cualquier ley, traicionando las más elementales. El punto de mira de algo es aquí como en Argentina o Sudáfrica, el punto de vista de las víctimas. En consecuencia, lo correcto es imponer que toda apología del franquismotipificada como delito, y por lo mismo, que se opere la retirada inmediata, tanto de la vía pública como de las diferentes instituciones, de todos los nombres y símbolos de la dictadura. Nombres que denigran la humanidad y la historia.

Cierto que no se trata de una historia de blanco o negro, y el ejemplo del “apartheid” sudafricano puede ser un buen ejemplo. Aunque la base de este viejo sistema fue el acuerdo entre los blancos de procedencia holandesa y los de procedencia británica para repartirse la “supremacía”, y de que tuvo partidarios muy ilustres en Occidente, desde el mariscal Montgomery hasta “nuestro” Fraga; a pesar de que, como declararía Mandela, su rango criminal solamente fue inferior al del holocausto nazi. A pesar de todo, siempre hay que remitirse a la complejidad de la historia. Vale la pena en este sentido ver la película In the country, de John Boorman, aunque deja mucho que desear. Sitúa a un periodista negro norteamericano y a un reportera “afrikaners” ante los juicios de la Comisión de la Verdad. Y lo dicho, no todo es blanco y negro. La resistencia no siempre supo controlar su violencia. Entre los africanos hubieron traidores. Por lo tanto, hay que remitirse a la complejidad de la historia para precisar lo máximo posible.

Pero no ha sido ese el problema. Personajes tan siniestros como Serrano Suñer han tenido una larga vida sin el menor percance jurídico. Un monstruo como el general Mizzian que estuvo al servicio de Franco, y que se distinguió por su extrema crueldad, ha llegado a ser homenajeado en Marruecos con la presencia de la diplomacia española. Los sucesivos gobiernos socialistas de la época de Felipe González se colocaron por “encima de la historia”, y se preocupó más que nada de no “provocar” a la derecha. En 1986, el ministro Narcís Serra (hoy uno de los grandes de las altas finanzas en Cataluña), prologó un libro producido por la élite militar en el que se exaltaba el 18 de julio. Es más, Felipe González trató de que esta lógica, envuelta en la exaltación de una Transición elevada a los altares, se aplicara en Chile y en Argentina, y criticó severamente a los que desde allí no querían detenerse en ningún “punto final”.

Es evidente que, con todas sus limitaciones, los procesos que se han vivido en Sudáfrica, Chile o Argentina, han sido avances en comparación con nuestro retroceso. Sus transiciones han sido menos cómplices de la impunidad y de la mentira. Las nuevas generaciones no sufrirán el mismo sentimiento que las nuestras, la firme sospecha de haber sido engañados y estafados. En Chile por ejemplo, la derecha sacó pecho justificando el golpe. El insigne Vargas Llosa testimoniaba en una de sus tribunas dominicales en El País de la palabras emocionadas de un empresario que le hacía llegar su tranquilidad, ahora ya no había lugar para las pesadillas que vivieron en otros tiempos (o sea bajo Allende, con el pueblo en la calle). Argumentaron que, a pesar de los posibles excesos, la dictadura había servido para crear las condiciones de la democracia. Como si lo antes lo hubiera sido menos. En todo lo que aquí se debate, los que pretenden que lo de la historia institucional (la que se enseña en las Escuelas), y la memoria establecida, siga como está, nos vienen a decir que la República fue una democracia inviable porque se atrevió a cuestionar ciertos límites.

Y nos dicen que querer recuperar la memoria popular es querer entrar en una pasado “superado”, en un territorio en el que ellos han seguido teniendo la sartén por el mango. Están quizás dispuestos a aceptar algunas reparaciones, no muy diferentes a las que se pudieron otorgar a los damnificados más directos de esa metáfora del capitalismo sin ley que fue lo del “Prestige”.Y bastante presumible que e PSOE se arrepiente de su parcial recuperación de la memoria extraviada, y que al final de todo, el franquismo siga ahí con toda su prepotencia y sus cartas marcadas.

Pero esta vez no pasará como cuando en los ochenta nos dieron gato por liebre, todo para no perder lo que tanto nos había costado. No podré olvidar nunca la reacción de un militante socialista de los de antes cuando, en medio de un debate sobre el proyecto constitucional de 1978, comenzó a gritar en medio de una asamblea en L´ Hospitales (los demás ponentes eran Joan Saura por el PSU, y Germán Pedra, del PCS, ambos por el Sí) porque el que escribe estaba poniendo en cuestión el papel que se le asignaba al ejército. Ese papel que le hacía depender del monarca y no de las cortes democráticas...Ahora, la perspectiva es muy otra, se parte justamente de la desconfianza en los políticos profesionales, y cualquier entidad memorialista que se precie, apunta ante a la verdad y a la justicia que a las trampas de los consensos con la derecha.

Después de siete décadas durante las cuales el pueblo sentía miedo a hablar de los sufrimientos de sus padres y abuelos, estamos siendo testigos de una reacción creciente, netamente comprensible y perfectamente legítima, que se levanta en contra del silencio impuesto durante la dictadura y de las maniobras de las razones de Estado de la Transición en las décadas siguientes a la muerte de Franco. No es de recibo que el problema radique en el “honor” de la Iglesia, los militares, los funcionarios franquistas, de falangistas o carlistas que se sientan señalados por la verdad. El problema debe ser justamente el contrario, y han de ser las víctimas las protagonistas. Lo han de ser en nombre de una verdad irrenunciable. Porque los crímenes contra la humanidad no prescriben, y que por lo tanto deben de ser castigados y repudiados en todos los órdenes.

La garantía de que esto ha de ser así y no como ha sido, será la existencia de un movimiento de base amplia que tenga muy claro los objetivos e verdad, justicia y reparación, y que no se avenga a ningún “contubernio”. Ese movimiento está obligado a encardinarse con las nuevas generaciones, porque serán ellos los principales beneficiarios de la verdad histórica. Se podrá expresar a través de de todos los sectores sociales que estén por la verdad y la justicia. Estarán creyentes que no pueden comulgar con la Iglesia de Franco y de la COPE. Estarán socialistas que no quieren perder más identidad. Gente de todos los colores democráticos que no comulguen con la impunidad y la mentira, que encuentren indigno que los que murieron por la libertad, por nuestra libertad, sigan en sin recibir siquiera una digna sepultura.
 


Fuente:
http://www.espacioalternativo.org/node/2228