Tariq Alí / Sin Permiso
Otra erupción de
crisis en Pakistán. La primera, protagonizada por la sociedad civil,
con abogados y jueces que pedían una separación de poderes y un sistema
jurídico independiente. De forma simultánea, un grupo de predicadores
de una mezquita de Islamabad tomó el partido de la acción violenta
directa, reivindicando la realización plena de la sharía (las
leyes religiosas para promover el aumento del control social de las
mujeres) y la institución de un cuerpo especial de policía religiosa
que vigilara por su aplicación. Una mezquita bajo control extremista en
el corazón de Islamabad ha sido la punta de lanza de sus
reivindicaciones. Está situada no demasiado lejos de los edificios
gubernamentales.
¿Cómo, sin apoyo
gubernamental en algún que otro momento, habrían podido disponer de tan
valioso terreno y construir en él los dos bloques de la mezquita y las madrassahs aledañas?
Imposible. El padre de los dos predicadores que han dirigido la
operación trabajaba para los servicios de inteligencia militar mucho
antes de que Musharaff apareciera en escena. Otrora ayudados y
financiados por el Estado, fueron después declarados ilegales: van,
pues, cortos de fondos. Todavía el año pasado podrían haber sido
sobornados; mas no hubo ofertas firmes. Ahora es ya demasiado tarde. Jihadistas armados
empezaron a disparar a la policía y a la soldadesca. Musharraf envió a
su muñidor favorito para pergeñar un trato, pero ninguna de las dos
partes podía aceptar las exigencias de la otra. Los militantes
desafiaron al régimen y devolvieron el golpe ayer [ 9 de julio] a
primera hora de la mañana.
Vale la pena observar que no ha habido movilización de masas para apoyar ni a los jueces ni a los jihadistas.
Las muchedumbres permanecen en silente pasividad: los intereses en
pugna, no los ven como suyos. La alianza de partidos religiosos, con
fuerza en las provincias de la frontera noroeste, no ha defendido al
grupo que transformó la mezquita y las contiguas madrassahs en un campamento armado, limitándose a pedir que las vidas de mujeres y niños inocentes fueran respetadas.
Todo eso plantea
una vieja cuestión: ¿Hasta dónde llega la penetración islamista entre
los militares? La extraordinaria prudencia mostrada por el régimen hace
algunos meses, cuando era evidente que los jihadistas
estaban tramando la conspiración, sólo puede ser resultado del miedo a
profundizar las divisiones en las fuerzas armadas. Los más cínicos se
preguntan: ¿de quién fue la brillante idea de organizar el secuestro jihadista de
ciudadanos chinos, que hacía imposible para el régimen seguir dando
largas al problema? Desde el momento mismo en que los intereses
nacionales del país entraron en juego, una acción decidida resultaba
inaplazable.
Musharraf llegó
al poder en 1999 con la promesa de un conjunto de reformas capaces de
transformar el país. Fracasó en todas, hizo cambalaches con corruptas
camarillas de políticos desacreditados, y acabó de debilitarse cuando
accedió a convertirse en el hombre fuerte de EEUU en la región. El
grueso del país siguió pudriéndose, lo que abrió un vacío que los jihadistas se aprestaron a llenar.
Mientras todas
esas cosas ocurrían en el interior, los 36 partidos políticos de la
oposición, grandes y pequeños, se reunieron en Londres, a fin de
planear una estrategia común para restaurar el gobierno civil. El
cónclave acabó sin acuerdos, símbolo de su impotencia política.
Hubo noticias de un nuevo atentado contra la vida del general Musharraf. Sobrevivió.
Su régimen está también a salvo, por el momento. Pakistán, ¡ay!, sigue inmerso en la confusión total.
Sólo la erupción
de un movimiento de masas desde abajo podría alterar el panorama, pero
el pueblo está en guerra. Demasiadas veces ha sido traicionado por el
general y por los políticos. ¿Por qué sacrificar vidas en vano?
* Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO. Traducción del original en CounterPunch para www.sinpermiso.info: Daniel Raventós