Josep Maria Antentas y Esther Vivas
En las últimas semanas Bolivia ha vivido un aumento de la tensión
política relacionada con el proceso de la Asamblea Constituyente. Desde
comienzos de julio la vida política ha estado polarizada por la campaña
de la oposición para trasladar la capitalía del país de La Paz (sede
del ejecutivo y del legislativo) a Sucre, actual sede del poder
judicial, y antigua capital plena hasta 1899. La propuesta obedece
tanto a la voluntad de introducir en la agenda política una cuestión
que divide y enfrenta a regiones, como al interés de ubicar la
capitalía en una ciudad conservadora alejada del epicentro de las
luchas populares.
A mediados de agosto estalló la crisis actual después de la decisión de
la bancada del MAS en la Asamblea Constituyente de eliminar el debate
sobre esta cuestión en las sesiones de la Constituyente. Este debate se
entrecruzó con la polémica por la decisión del gobierno de llevar a
juicio cuatro miembros del Tribunal Constitucional por prevaricación.
Ambas cuestiones fueron utilizadas por la derecha como pretexto para
desencadenar una estrategia de movilizaciones desestabilizadoras, cuyo
momento de auge tuvo lugar a finales de agosto y comienzos de
septiembre.
La trayectoría de la Constituyente
La convocatoria de una Asamblea Constituyente era uno de los grandes
imperativos que tenía el gobierno de Morales. La demanda de la
Constituyente expresaba los anhelos de una refundación (imprecisa) del
país en un sentido favorable a los sectores indígenas y populares.
Si el gobierno de Evo cumplió rápidamente la promesa de convocar una
Constituyente, la estrategia seguida ha estado plagada de importantes
errores de fondo que explican el empantanamiento actual. Lejos de
aprovechar la coyuntura creada tras su abrumadora victoria electoral
para convocar a una Constituyente en términos favorables a los
intereses de las organizaciones indígenas y populares, el gobierno optó
por una convocatoria a través de una ley específica, cuyo contenido es
muy criticable. La ley no contemplaba la posibilidad de representación
directa de organizaciones sociales a la Constituyente, dificultaba la
formación de agrupaciones de electores al margen de los partidos
existentes y requería una mayoría de dos tercios para la aprobación del
nuevo texto.
Este último elemento resucitó políticamente a la oposición de derechas.
Gracias al sistema electoral vigente, ésta obtuvo más de un tercio de
los miembros de la Constituyente en las elecciones de julio del 2006
(lo cual era previsible), adquiriendo por lo tanto derecho de veto. Des
entonces, la derecha y la oligarquía económica, desconcertada en
diciembre de 2005, ha podido recomponerse políticamente. Ha conseguido,
al menos de forma parcial, marcar el ritmo de la agenda y del debate
político.
La Constituyente empezó sus trabajos en agosto del 2006. Rápidamente
sus actividades se empantanaron en largas polémicas procedimentales
hasta febrero de 2007. Cuando por fin los temas de reglamento fueron
pactados, empezaron los trabajos de elaboración, pero en una dinámica
de creciente parálisis, bloqueo y sensación de desorganización. Su
incapacidad para culminar los trabajos en el plazo previsto (el 6 de
agosto del 2007) llevaron a la aprobación por parte del Parlamento de
una prórroga de sus sesiones hasta el 14 diciembre, hecho que supone de
facto la pérdida del carácter “originario” de la Constituyente y su
subordinación, al menos parcial, al poder constituído.
Las perspectivas de futuro
La campaña desestabilizadora de la derecha en las últimas semanas ha
puesto en jaque a la Constituyente, cuyas sesiones fueron suspendidas
por un mes a comienzos de septiembre. Al mismo tiempo, el clima y las
expectativas populares en torno a la misma se han ido enfriando durante
todo el proceso. Si finalmente la Asamblea puede culminar sus trabajos
y no fracasa, la nueva constitución que pueda aprobar el pueblo
Boliviano en referéndum significará mejoras respecto a la actual. Pero
el alcance de los cambios posibles se ha ido recortando
significativamente y, más que a una refundación de Bolívia, el proceso
de la Constituyente está encaminado a realizar algunas reformas
parciales a la actual Constitución, muy por debajo de las aspiraciones
expresadas en las luchas del período 2000-2005.
El proceso de la Constituyente muestra las contradicciones y los
límites estratégicos de los planteamientos del gobierno del MAS. Éste
se ha mostrado atrapado en su propia apuesta por encarrilar los cambios
políticos por una vía parlamentarista-institucionalista “ordenada”, y a
través de una “salida pactada”. Cuando ha recurrido a la movilización
popular, como en el masivo “cabildo” del 20 de julio en La paz en
contra del traslado de la capitalía o en las marchas de Sucre el 10 de
septiembre en defensa de la Constituyente, lo ha hecho, en general, en
clave defensiva y reactiva.
En este escenario, es necesario un giro en la orientación estratégica
del gobierno. Habría que profundizar en los cambios sociales y
económicos progresistas, y salir de la dinámica
parlamentarista-institucionalista y de la agenda política definida por
la derecha en beneficio de una política que se apoye en la
movilización de los sectores indígenas y populares. Por otro lado,
estos sectores necesitan volver a la calle y reforzar su organización y
articulación, movilizándose contra la derecha y, simultáneamente,
empujando al gobierno del MAS a ir más allá de los límites que hasta
ahora no ha estado dispuesto a franquear.
Publicado en Rouge nº 2220.