Claudio Katz / Rebelión
I. Catastrofismo
RESUMEN: El
dogmatismo ha decaído en la izquierda pero persiste en algunas
corrientes de la ortodoxia trotskista. Reivindican el catastrofismo,
sin registrar el contenido puramente valorativo que hacen de esa
noción. Simplifican la crisis identificándola con la
explosión y extrapolan las peculiaridades de la entre-guerra a
cualquier situación. Asocian la tesis del derrumbe con la
revolución, olvidando que fue la doctrina oficial de la
social-democracia y del stalinismo. Postulan una visión
estancacionista que sustituye el análisis concreto del
capitalismo contemporáneo por denuncias obvias de su carácter
destructivo.
La rígida
contraposición catastrofista entre progreso del siglo XIX y
decadencia posterior embellece los padecimientos del pasado y supone
que desde 1914 no ocurrió nada relevante. Esta simplificación
ignora la perdurabilidad de las reglas del capitalismo y desconoce la
importancia de las conquistas de post-guerra que atropellada el
neoliberalismo. Por otra parte, la presentación de una “crisis
mundial” sin localización, ni temporalidad contradice el
carácter necesariamente episódico de esas disrupciones.
Los catastrofistas no
explican los mecanismos de la crisis. Mencionan la pauperización
absoluta, sin notar que la reproducción del capital exige la
expansión del consumo y que la conversión de
asalariados en mendigos imposibilitaría el socialismo. Se
encandilan con la hipertrofia de las finanzas, olvidando que la
interpretación marxista jerarquiza la gravitación de la
explotación en la esfera productiva. Realzan la
sobreproducción sin definir sus causas y hablan de la
tendencia decreciente de la tasa de ganancia, desconociendo que esa
disminución opera a través de ciclos periódicos.
Presentan, además, una visión naturalista de las leyes
del capital, que recuerda el viejo objetivismo positivista e ignora
la especificidad de las ciencias sociales.
El catastrofismo es
cuestionado por una vertiente moderada que comparte muchas
conclusiones del dogmatismo. Esa visión postula una teoría
del capitalismo decadente, que atribuye solo a esta etapa
contradicciones que son propias de cualquier período. Buscan
un punto intermedio entre la aceptación y el rechazo de la
teoría del colapso que les impide avanzar en la comprensión
del capitalismo actual.
Los catastrofistas
establecen una relación directa entre el derrumbe y la
revolución social, desvalorizando la importancia de las
condiciones propicias o adversas para esta acción. Su enfoque
torna superfluas las tácticas y las estrategias socialistas.
Ignoran, además, la llamativa autonomía del colapso
económico que demostraron las victorias socialistas del siglo
XX.
Los catastrofistas
presentan escenarios políticos apocalípticos al aplicar
indiscriminadamente categorías de la revolución, que
fueron concebidas para situaciones muy específicas. Su
expectativa en revoluciones inminentes precipitadas por catástrofes
financieras es incompatible con el reconocimiento de las reformas
sociales.
Los dogmáticos
participan en la obtención de estos logros pero descalifican
la posibilidad de sostenerlos, al estimar erróneamente que la
era de esos avances está cerrada. Esta contradicción
conduce a un divorcio entre discursos de derrumbe y prácticas
sindical-reivindicativas.
LOS EFECTOS DEL
DOGMATISMO I. CATASTROFISMO
Claudio Katz
El dogmatismo es
una deformación de la acción política que se
manifiesta en la izquierda en repeticiones de fórmulas y
calcos de modelos. El endiosamiento de la Unión Soviética
y la copia de la experiencia china, vietnamita o cubana fueron los
principales dogmas del siglo XX. Estas modalidades han desaparecido,
pero el doctrinarismo perdura entre algunas corrientes trotskistas
que construyeron su identidad en la disputa con el oficialismo
comunista.
Las tesis de dos
autores pertenecientes a una misma organización política
––Pablo Rieznik y Luís Oviedo del Partido Obrero de
Argentina- ilustran esta permanencia del dogmatismo, en
caracterizaciones, posturas y estrategias. Su punto de partida es la
defensa del catastrofismo como “alma del marxismo” y esencia de
la revolución.
Reivindican
explícitamente un término que habitualmente es
identificado con la exageración o falta de seriedad. Ilustran
su visión del capitalismo contemporáneo con numerosos
ejemplos de quiebras industriales, bancarrotas financieras, gastos
bélicos y desequilibrios fiscales. Atribuyen estos temblores
al predominio del capital financiero sobre la inversión
industrial y a la pauperización absoluta. Presentan esta
visión como el fundamento insoslayable de un programa
revolucionario y cuestionan duramente a los “desmoralizados
vacilantes”, que no compartimos esa interpretación.
EL SIGNIFICADO DEL DERRUMBE
Los dogmáticos
presentan muchos datos pero pocas justificaciones conceptuales de su
reivindicación del catastrofismo. Le asignan a esta noción
un contenido puramente valorativo y lo utilizan para describir las
nefastas las consecuencias del capitalismo. Esta denuncia es muy
acertada, pero no tiene sentido elaborar teorías sobre el
“capitalismo espantoso, terrible o truculento”.
Los doctrinarios
exhiben abundantes citas de Marx que invocan autoridad, pero no
sustituyen su falta de razonamientos. Introducen, además, un
arma de doble filo, ya que del mismo autor se pueden extractar
también elogios al capitalismo (por ejemplo en el Manifiesto
Comunista), que no lo convierten en un apologista de la ganancia.
Marx legó una teoría del funcionamiento y de la crisis
de ese sistema, pero no de su catástrofe. Analizó las
contradicciones que empujan periódicamente al capitalismo a
severas depresiones y destacó que la irresolución de
estos desplomes- en términos socialistas- genera nuevos ciclos
de acumulación. Como estos ascensos preparan a su vez crisis
más intensas, promovió la erradicación de este
régimen, sin imaginar nunca el estallido final que sugieren
los catastrofistas.
Marx explicó
como las tendencias más explosivas del capitalismo estaban
morigeradas por la acción de fuerzas opuestas
(contra-tendencias) y distinguió el análisis puramente
conceptual de este conflicto (tomo I de “El Capital”) de sus
manifestaciones concretas (tomo III). Dado que los catastrofistas
extractan frases del primer texto tienden a moverse en un terreno de
contradicciones genéricas.
La percepción
de una catástrofe se insinuó ya en las últimas
crisis del siglo XIX, pero se tornó corriente durante la
depresión del 30 y la entre-guerra. Por eso el término
derrumbe fue adoptado por los socialistas revolucionarios de esa
época. Algunos historiadores han utilizado el mismo concepto
para caracterizar el período 1915-45 como una “era de las
catástrofes”, diferenciada de la fase de previa de
“optimismo” y de la “edad de oro” posterior.
Esta clasificación
resalta el sentido temporal de la noción en debate, al
referirla a un período acotado. En cambio los catastrofistas
extienden ilimitadamente su vigencia, como si la historia se hubiera
detenido luego de la Primera Guerra mundial. Diluyen el sentido de
esa etapa de colapso al ensanchar su duración. Repiten una
deformación que afecta al concepto de crisis y que tiende a
transformar lo excepcional en cotidiano. Nociones surgidas para
explicar lo anormal quedan identificadas con lo habitual y pierden
toda utilidad. Si la catástrofe gobierna al planeta en forma
invariable desde hace 90 años, resulta imposible distinguir en
qué se diferencia de una situación corriente.
Este vaciamiento
del concepto contrasta con el significado preciso que presentaba a
principio del siglo XX. En ese período, el teórico
revisionista alemán Bernstein rechazó la asociación
de la teoría marxista con alguna forma de derrumbe económico.
Argumentó que la expansión de la clase media y la
atenuación de los ciclos morigeraban los traumas del
capitalismo, convirtiendo al ideal de justicia en la única
justificación del proyecto socialista. Los dogmáticos
estiman que cualquier crítica a su catastrofismo equivale a
reproducir ese enfoque y recuerdan que esa discusión determinó
la división entre revolucionarios y reformistas.
Pero la acusación
choca un severo escollo: el principal oponente de Bernstein fue
Kaustky, otro social-demócrata que siguió el camino
pro-capitalista inaugurado por su adversario. Se consideraba
ortodoxo y recurrió al mismo arsenal de citas que actualmente
utilizan los dogmáticos. Argumentó que el derrumbe era
inevitable, pero postuló su regulación a través
de la acción estatal. Esta postura demuestra que la afinidad
con el catastrofismo no otorga patente de revolucionario.
La teoría
del derrumbe se mantuvo como doctrina oficial de la II Internacional,
a pesar del giro gradualista de esa organización. Algunos
teóricos como Cunow desenvolvieron incluso una concepción
totalmente evolucionista, sin renegar de la tesis del derrumbe. Esta
compatibilidad quedó posteriormente confirmada con la
incorporación de la teoría del colapso al programa
oficial del stalinismo, bajo la inspiración del economista
Yevgueni Varga.
Esa concepción
fue adaptaba a las necesidades políticas del momento y en
función de estos compromisos, el desmoronamiento del
capitalismo podía ser ubicado en un punto próximo o
lejano. Este multiuso del catastrofismo persiste hasta la actualidad.
Como es una teoría abstracta e inconsistente puede ser
acomodada a cualquier requerimiento.
EL ENIGMA DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS
La justificación
catastrofista tradicional se apoyaba en una caracterización de
estancamiento estructural del capitalismo, que expuso Trotsky a fines
de los años 30. El dirigente de los soviets estimaba
categóricamente que las fuerzas productivas “habían
cesado de crecer”. Este diagnóstico no es actualmente
explicitado por sus dogmáticos sucesores. Resaltan la
“destrucción” o el “bloqueo” de estos recursos, sin
definir si el concepto original perdió o no validez.
Esta confusión
es importante porque tanto el bloqueo de las fuerzas productivas como
su conversión en instrumentos destructivos forman parte de la
naturaleza intrínseca de un sistema, basado en la explotación,
la concurrencia y el beneficio. En cambio la tercera noción de
freno alude a una coyuntura específica de depresión y
no al funcionamiento corriente del capitalismo.
Trotsky
diagnosticó esa parálisis en el clima legado por el
crack del 29 y en las vísperas de la segunda guerra. Cometió
el error de presentar ese dato como un rasgo incorporado a la lógica
del capitalismo, en contradicción con su postura distante del
catastrofismo. La tesis que elaboró en torno al desarrollo
desigual y combinado presupone el funcionamiento dinámico del
sistema, ya que observa la mixtura de modernidad y atraso en los
países periféricos como resultado de una intensa
competencia internacional por el beneficio. Esa coexistencia emerge
porque la acumulación sucede periódicamente al
estancamiento, en un marco de fluida integración de las
economías dependientes al mercado mundial.
También el
análisis que presentó Trotsky de la
internacionalización creciente del capitalismo se apoyaba en
un reconocimiento del dinamismo de este sistema. Su específica
interpretación de las curvas del desarrollo de largo plazo
-resultantes del desenlace de grandes guerras y revoluciones- es
particularmente incompatible con cualquier esquema estancacionista.
Pero las
observaciones sobre la parálisis de las fuerzas productivas
que expuso sobre el final de su vida fueron transformadas en un
estandarte del catastrofismo. Esta interpretación fue
desarrollada en 1960-70 por los teóricos trotskistas ortodoxos
afines a la corriente de Pierre Lambert, en oposición a las
acertadas críticas que formuló Ernest Mandel .
Los defensores del
catastrofismo presentaban el freno de las fuerzas productivas como un
dato invariable desde 1914. Omitían que la destrucción
y desvalorización de esos recursos -como resultado de la
depresión y las guerras- había recreado su expansión
cíclica, junto a la recomposición de la tasa de
ganancia y la ampliación de los mercados. Como todos los
indicadores desmentían las tesis estancacionistas modificaron
el significado del concepto fuerzas productivas. En lugar de expresar
niveles de productividad, PBI, tecnología o consumo, esa
noción quedó identificada con el “desarrollo del
hombre”. De esta forma desplazaron hacia campo filosófico el
tratamiento de un tema nítidamente económico .
Pero con este
equivocado planteo intentaron al menos nutrir de algún
fundamento, a la tesis que los dogmáticos actuales simplemente
enuncian. Los catastrofistas del siglo XXI omiten cualquier
referencia a ese argumento, dando a entender que nadie ha opinando
sobre el tema desde 1940. Esta alergia a cualquier reflexión
impide entender en qué se apoya su enfoque. Por un lado se
resisten a reconocer que en los períodos de reactivación
las fuerzas productivas se expanden, pero por otra parte tampoco
reivindican la caracterización humanista de estos recursos
como un parámetro de realización del individuo. No
aceptan el curso fluctuante que adopta la evolución de las
fuerzas productivas en función del ciclo económico y se
limitan a ilustrar lo obvio: el carácter nefasto del
capitalismo en cualquier terreno. Qué relación guarda
esta conclusión con el augurio de catástrofe es una
incógnita sin respuesta.
¿SOLO DOS ÉPOCAS?
Los dogmáticos
recurren a vagas descripciones sobre el “progreso y la decadencia”
del capitalismo, para eludir evaluaciones concretas del ascensos y
caída de las fuerzas productivas. Contraponen la era de
pujanza del siglo XIX con una etapa de regresión iniciada en
1914. Estiman que esa fecha marcó una divisoria de aguas que
perdura hasta la actualidad, sin explicar como descubren esa misma
decadencia en los textos previos de Marx .
El contraste entre
dos períodos históricos retoma una idea que postularon
muchos marxistas de entre-guerra ¿Pero en la centuria
posterior no ocurrió nada trascendente? ¿El capitalismo
se mantuvo intacto desde esa fecha? El dogmático solo observa
una “profundización de las tendencias de la época”.
No registra que este clásico contrapunto histórico solo
tiene validez relativa. Indica acertadamente que las guerras, los
genocidios, la explotación y la destrucción del medio
ambiente se han multiplicado y que el capitalismo ha perdido
capacidad espontánea de acumulación. El sistema
necesita recurrir al creciente auxilio estatal para asegurar la
continuidad de su reproducción. Pero ninguna de estas
modificaciones elimina su sustento objetivo en la competencia por la
ganancia, que se dirime en crecimiento, innovación y
ampliación de los mercados.
Esta regla explica
la continuidad de las crisis periódicas. Si el capitalismo
pudiera frenar sus tendencias expansivas, también habría
podido regular las reactivaciones, atemperando la sobreproducción.
Esta imposibilidad diferencia a este régimen social de otros
modos de producción –como el feudalismo o el esclavismo-que
efectivamente padecieron estancamientos de largo plazo.
El contraste
simplificado entre un período floreciente y otro decadente del
capitalismo pierde de vista los rasgos del sistema, que han sido
comunes a todas sus etapas. Al enfatizar esa separación se
olvida que las reglas de funcionamiento expuestas por Marx perduran
hasta la actualidad. En lugar de analizar estas normas, el dogmático
recurre a una impugnación moral del presente, que embellece el
pasado librecambista. La imagen del siglo XIX como un período
floreciente olvida los terribles padecimientos populares de ese
período. Es absurdo afirmar que los tormentos de un asalariado
en la actualidad son superiores a los padecidos por sus antecesores.
El contraste entre
una época de reformas sociales (1880- 1914) y otra de
atropellos capitalistas (1914-1940) fue inicialmente establecida para
distinguir la expansión de la social-democracia del ascenso
del fascismo. Como el dogmático supone que el mundo quedó
congelado luego de esas dos experiencias, no percibe que otra
secuencia de avances sociales se registró durante el estado de
bienestar (1950-70) y otra escalada de atropellos patronales se ha
consumado desde el ascenso del neoliberalismo (1980-90).
Esta reiteración
confirma que el capitalismo continúa incluyendo etapas de
preeminencia de las mejoras populares y de las agresiones burguesas.
Quiénes desconocen esta fluctuación -porque han
decretado que en el “capitalismo decadente ya no hay reformas
sociales”- no pueden reconocer el alcance de las conquistas
sociales de post-guerra, ni comprender la reacción
thatcherista posterior. Suponen que el capitalismo arremete sin pausa
desde hace 90 años contra logros obtenidos a fines del siglo
XIX.
Los catastrofistas
demuestran poco interés por estudiar la dinámica del
capitalismo contemporáneo, porque tienden a atribuir más
relevancia a la esfera político-militar del sistema que a sus
fundamentos económicos. Presentan descripciones que diluyen la
lógica objetiva del capital y que contradicen sus propios
augurios de catástrofe. Pero lo más común es la
identificación de la decadencia con una “crisis mundial”,
que observan en todas las esferas del capitalismo .
Esta imagen de
disfunción permanente, sin fecha de inicio, puntos de
agravamiento o momentos de distensión resulta particularmente
indescifrable. Realza las tensiones contemporáneas, olvidando
que la armonía nunca rigió la existencia del género
humano. La crisis es siempre un momento de disrupción y nunca
una fase perdurable. No puede constituir una “categoría del
capitalismo en descomposición”, porque solo existe en
función de su par simétrico que es la estabilidad. Los
catastrofistas dan rienda suelta a su imaginación para
encontrar algún sostén conceptual de sus afirmaciones.
En esta búsqueda, la invención nunca empalma con el
rigor.
LOS MECANISMOS DE LA CRISIS
Todos
los marxistas de entre-guerra sabían que el derrumbe es un
concepto insuficiente para comprender la crisis capitalista. No
permite ir más allá de la enunciación básica
de las tensiones del sistema. Permite conocer las contradicciones que
oponen a las fuerzas productivas con las relaciones de producción
o al valor de uso con el valor de cambio, pero estas generalidades no
aclaran los mecanismos de la crisis, que cada teórico atribuyó
a fuerzas diferentes.
Kaustky priorizaba
la pauperización absoluta, Lenin la supremacía del
capital financiero, Luxemburg el subconsumo y Grossman la tendencia
decreciente de la tasa de ganancia. Los catastrofistas contemporáneos
parten de cero e ignoran esta montaña de trabajos. En lugar de
analizar el derrumbe con alguna opinión sobre estos debates,
recurren a simples datos periodísticos para ilustrar la
miseria creciente o el parasitismo de las finanzas. Como eluden
cualquier reflexión teórica, tampoco aclaran cuáles
son los vínculos que relacionan entre sí a los
distintos procesos que retratan.
Su identificación
del capitalismo decadente con la pauperización absoluta ha
sido reiteradamente refutada. No solo la teoría del salario de
Marx es explícitamente opuesta a esta tesis, sino que además
existen sobradas evidencias empíricas contra esa asociación.
La polarización total entre riqueza y pobreza degrada por
completo a los desocupados o a los precarizados, pero no a la masa de
los asalariados, cuya reproducción exige compensaciones del
esfuerzo laboral creciente. La propia reproducción del capital
requiere, además, una expansión significativa del
consumo.
En los países
centrales el salario no decae en términos absolutos en el
largo plazo, aunque retroceda en comparación a las ganancias o
al ingreso total. Unicamente sobre los informales recae el tipo de
exclusión, que podría asemejarse a la miseria
creciente. Este rasgo se verifica también en la acumulación
primitiva que procesan las economías periféricos y en
todos los picos de las grandes depresiones. Pero la reproducción
corriente genera -junto a la desigualdad de los ingresos- formas solo
relativas de pauperización. Si la miseria creciente fuera una
tendencia dominante convertiría a todos los asalariados en
mendigos, imposibilitando el socialismo. Este colapso conduciría
a la disgregación de los trabajadores como sujetos de la
transformación anticapitalista.
El catastrofista
no vierte ninguna opinión sobre este tema y tampoco explica
cuáles son las conexiones que establece entre la supremacía
de los bancos y el derrumbe. Solo enfatiza la existencia de una gran
autonomía de las finanzas, propagando la imagen fantasmal del
capitalismo, que suscriben todos los encandilados por el universo del
dinero. Estas miradas pierden de vista el basamento productivo de la
acumulación, que ha sido siempre subrayada por los marxistas
para explicar como funciona el sistema, a partir de la expropiación
de plusvalía. Esta centralidad explica porque rigen leyes del
capital en el ámbito productivo y no en la esfera monetaria.
La especulación financiera es un proceso derivado y
dependiente del valor generado por los asalariados y apropiado por
los patrones.
El catastrofista
desconoce estos principios básicos porque está
deslumbrado con los vaivenes de la Bolsa. Sigue con atención
todas las transacciones con bonos, acciones o títulos
públicos, olvidando que estas operaciones son regidas en
última instancia por expectativas de ganancias asentadas en la
explotación de la fuerza de trabajo. Su deslumbramiento por el
corto plazo financiero es congruente con su búsqueda de
explosiones, pero no facilita ninguna comprensión de las
contradicciones que caracterizan al capitalismo actual.
En medio de un
laberinto de tecnicismos financieros el catastrofista suele
argumentar que la hipertrofia bancaria deriva de la “crisis de
sobreproducción”. Supone que con una escueta afirmación
y algunas cifras de excedentes invendibles han dejado establecida la
conexión productiva, que le permite cumplir con el credo
marxista. Pero una frase al pasar no zanja ningún problema. La
sobreproducción es tan solo una expresión de cualquier
tipo de crisis capitalista. No define la intensidad de esa
turbulencia, ni ilustra los mecanismos de su expansión. El
dogmático constata como la producción ha desbordado al
consumo en tal o cual sector, pero no explica causas o alcances de
esa desproporción y tampoco aclara su relación con el
derrumbe .
Finalmente los
teóricos del colapso mencionan con grandilocuentes
calificativos otro cimiento posible de su concepción: la
tendencia decreciente de la tasa de ganancia .
Pero mantienen invariable su costumbre de ignorar medio de siglo de
discusiones sobre el tema. En esos debates, varios autores intentaron
correlacionar esa tendencia con un desemboque catastrófico.
Esa búsqueda
incluyó definir en qué momento la continuidad de la
acumulación quedaría imposibilitada, por extracciones
de plusvalía menores a las requeridas para asegurar la
reproducción del capital. Estos ensayos fallaron lógicamente
y chocaron con evidencias de funcionamiento cíclico de la
acumulación. El capitalismo no se degrada en picada hacia un
desmoronamiento final, sino que subsiste a través de espirales
de crecimiento y crisis convulsivas.
El dogmático no aprueba estas tesis en debate, ni rechaza las
críticas. Simplemente se abstiene de opinar.
FATALISMO Y NATURALISMO
Los catastrofistas
no aportan ninguna idea frente a controversias de varias décadas,
en torno a la pauperización, las finanzas, la sobreproducción
y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Sustituyen esta
contribución por una catarata de calificativos, que le asignan
al propio término de catástrofe infinitos significados.
Utilizan esta palabra como sinónimo de recesión,
sobre-inversión o burbuja financiera, como si fueran conceptos
equivalentes.
Consideran que el significado de cada término tiene tan poca
importancia como la preeminencia de una reactivación sobre la
depresión. ¿Para qué detenerse en estas
minucias, si todo puede resumirse en la sencilla enunciación
de un colapso?
El uso de alguna
categoría que permita evaluar etapas o coyunturas del sistema,
le parece al dogmático propia de un reformista que actúa
como “agrimensor del capital”.
Pero olvida que ese tipo de mediciones son indispensables para
comprender el funcionamiento y la crisis del capitalismo. En todo
caso, de esas estimaciones siempre pueden surgir hipótesis más
incitante que el simple gusto por el oscurantismo.
La discusión
que suscitó la teoría del derrumbe durante la
entre-guerra no se redujo a temas económicos. Incluyó
también un aspecto metodológico que cortó en
forma transversal a todos los participantes de ese debate. Al definir
el curso del capitalismo (teoría de la crisis) y su proyección
política (reforma o revolución), varios autores
expusieron su visión sobre la conexión entre los
procesos objetivos y subjetivos que caracterizarían a una
transformación anticapitalista.
Kaustky
interpretaba este curso como un sendero inexorable, en gran medida
independiente de la acción humana. Equiparaba las leyes del
capitalismo con las fuerzas de la naturaleza y entendía que
ese impulso conducía por sí mismo al socialismo. En
frontal oposición a ese enfoque, Luxemburg resaltó la
gravitación de la subjetividad, el papel de la huelga de masas
y la importancia de la espontaneidad en la acción popular.
Asignó un papel decisivo a la intervención
revolucionaria de los oprimidos, contra la expectativa en un devenir
socialista resultante de la auto-disolución del capital.
El trasfondo de
esta diferencia era la reivindicación o crítica del
naturalismo positivista que prevalecía en todos los esquemas
analíticos de la II Internacional. Al revisar este debate
surgen inmediatamente preguntas sobre la ubicación de los
catastrofistas contemporáneos. ¿Son más afines
al universo fatalista de Kaustky o están más próximos
al determinismo histórico-social de Luxemburg?
Basta observar las
caracterizaciones de los dogmáticos sobre la “naturaleza
terminal del metabolismo capitalista” o sus pronósticos
sobre la “marcha inevitable de la sociedad burguesa al
desmoronamiento”, para despejar cualquier duda sobre esta
ubicación. Los catastrofistas actuales reproducen el enfoque
objetivista de Kaustky, con una adición de elementos
voluntaristas. Combinan el naturalismo de la vieja social-democracia
con exaltaciones de la acción. El individuo es visto como una
fuerza muy activa, pero solo en la materialización de un curso
inexorable de la historia.
Los
dogmáticos comparten la misma incapacidad positivista de su
precursor, para distinguir las formas de la investigación que
separan a las ciencias sociales de las ciencias naturales.
Desconocen que en el primer campo no existe una distancia cualitativa
entre el sujeto y el objeto de análisis y que por esta razón
el cientista social se encuentra directamente involucrado en las
conclusiones que postula y en las recomendaciones que propone.
El dogmático ignora por completo esta diferencia.
EXAGERADOS Y MODERADOS
El apego de los
catastrofistas por la exageración es muy conocido. Suelen
identificar las tensiones del capitalismo con la implosión del
sistema y asemejan cualquier recesión, desplome bursátil
o quiebra bancaria con un inminente colapso. En sus caracterizaciones
de la “crisis mundial” tratan las tensiones económicas de
Argentina y Noruega o Ecuador y Suiza, como si fueran equivalentes.
Siempre pronostican la inminencia de una explosión, sin
detenerse a explicar porque falló su previsión
anterior. Han diagnosticado tantas veces semejanzas con la depresión
del 30, que ya no se sabe de qué acontecimiento están
hablando.
Estos exabruptos
han desatado la crítica de autores que comparten muchas
conclusiones del dogmatismo. Estos analistas rechazan la
reivindicación del catastrofismo y ponen distancia con todos
los excesos de una concepción, que no reúne requisitos
mínimos de seriedad .
Estiman que el colapso coexiste con la estabilidad y retoman en
parte la visión autocrítica de otro dirigente
trotskista (Nahuel Moreno), que intentó sustituir el
catastrofismo por una teoría del capitalismo decadente.
Este enfoque se
ubica en un punto intermedio. Reconoce la existencia de varios
problemas, pero no encuentra la vía para resolverlos. Aunque
percibe que el catastrofismo impide comprender la realidad, mantiene
su fidelidad a los fundamentos de esta concepción. En los
hechos, intenta erigir una teoría del capitalismo en
declinación semejante a la postulada por los autores que
cuestiona. Comparte el rígido criterio de división del
capitalismo en dos épocas y avala todos los esquematismos que
surgen de esa separación.
Los teóricos
del capitalismo decadente suelen argumentar que en esta etapa se
afianza la “incapacidad del sistema para resolver los problemas que
ha generado su regresión”.
Pero es evidente que esta impotencia no es un dato novedoso del siglo
XX, sino una contradicción generalizada de este modo de
producción, en cualquiera de sus estadios. Este tipo de
incapacidad se manifestaba especialmente en el pasado, en la
incapacidad para atenuar el impacto de la competencia privada y se
verifica en la actualidad, en la impotencia para contrarrestar los
efectos de la intervención estatal.
Este enfoque busca
también una opción intermedia en el plano teórico,
entre el estancacionismo ortodoxo (Lambert) y su crítica
(Mandel). Pero como ese lugar equidistante no existe, el resultado es
una permanente indefinición frente a las grandes disyuntivas.
Postulan un “ni” constante, ante cada problema significativo.
Como temen deslizarse
hacia un reformismo pecaminoso si cuestionan abiertamente las tesis
del derrumbe, evitan tomar partido en todos los debates sobre los
mecanismos de la crisis o la lógica del ciclo. Emiten un
invariable mensaje a favor de “no exagerar” pero tampoco
“capitular”, sin notar que la economía es un terreno poco
propio para tantas vacilaciones,
Esta indefinición
les impide avanzar en su intento de la evaluación del
capitalismo actual. En este terreno la consistencia de sus
diagnósticos está socavada por la ausencia de nítidos
criterios de análisis. Por un lado rechazan la imagen de
crisis permanente que postula el catastrofismo, pero por otra parte
tampoco aceptan las categorías de ciclos cortos, etapas
cualitativamente diferenciadas, fases de crecimiento y depresión,
que proponemos los críticos del dogmatismo.
Esta indefinición
conduce al titubeo permanente. Las advertencias de cautela se suceden
al momento de evaluar la coyuntura actual, con llamados a “no
sobre-estimar” y no “subestimar” la crisis o la consistencia de
la recuperación. Este punto medio constituye una ilusión.
Sin adoptar una teoría marxista de la crisis resulta imposible
avanzar en esa indagación.
Esta indeterminación
se refleja también en la suscripción de las acusaciones
que propagan los teóricos del derrumbe.
Este aval confirma que no se puede ir muy lejos cuestionando formas y
aceptando contenidos del catastrofismo.
“LA REVOLUCIÓN A LA VUELTA DE ESQUINA”
En tanto concepción
económica el catastrofismo no suscita gran interés.
Pero en la medida que constituye un aspecto del dogmatismo tiene
significativas consecuencias políticas. Los teóricos
del derrumbe establecen una relación directa entre el colapso
que siempre avizoran y la revolución social. Resaltan los
vínculos inmediatos que ligan a ambos procesos y estiman que
el abandono de la tesis del colapso equivale a desertar del
socialismo.
Consideran que Marx
siempre actuó suponiendo que la “revolución estaba a
la vuelta de la esquina…y podía acontecer en el instante
siguiente”. Estiman que aún “cuando estas expectativas no
se cumplieron en los plazos del pronóstico original” legaron
conclusiones “proféticas” para las generaciones
posteriores. Subrayan que el catastrofismo permite preservar esta
conducta contra las recurrentes caídas en la
“desmoralización”.
Pero es evidente que
esta opinión incentiva más creencias que reflexiones.
Solo convoca a preservar la fe en el estallido social que sucederá
a la debacle. Aplicando este criterio, cualquier estrategia
socialista parece superflua. Si alcanza con imaginar la proximidad de
la revolución para actuar acertadamente: ¿Qué
importancia tienen las condiciones de ascenso o de reflujo popular,
las victorias o derrotas de la izquierda? ¿Para qué
sirven las tácticas y políticas que guían la
acción militante?
Marx razonaba de otra
forma y por eso buscó ajustar su acción política
al contexto que enfrentaba. Rechazó el putchismo de Blanqui y
Bakunin que sustituían esa evaluación por el tipo de
excitaciones que fascinan a los catastrofistas.
Los dogmáticos
resaltan que la revolución se ha tornado inmediatamente
factible, desde el momento que el capitalismo obstruye el desarrollo
de las fuerzas productivas. Retoman esta idea de un conocido texto de
Marx (Introducción a la crítica de la economía
política). Suponen que un concepto de 1857 brinda suficiente
sostén para anunciar la inminencia de la revolución en
el 2007. Pero se olvidan del carácter genérico de esa
observación, que el autor de “El Capital” formuló
como indicación puramente abstracta. No incluía juicio
alguno sobre la insurrección alemana de 1848, la lucha de los
cartistas ingleses o las huelgas de los sindicalistas franceses. Solo
aludía en términos analíticos a contradicciones
objetivas del capitalismo, excluyendo cualquier consideración
de la lucha de clases. Por esta razón menciona a la revolución
como un proceso sin sujetos.
De ese señalamiento
de Marx no surge ninguna relación conceptual, entre catástrofe
y revolución. Extendiendo sus hábitos de la economía
a la política, el dogmático no aporta ninguna
demostración de sus afirmaciones.
La identidad que
establece entre derrumbe e inminencia de la revolución choca,
además, con la enorme autonomía que demostraron las
victorias socialistas del siglo XX de cualquier colapso capitalista.
La revolución rusa fue un resultado directo de la guerra y no
de la depresión (que estalló posteriormente). Y otros
hitos anticapitalistas se consumaron durante el comienzo (Yugoslavia,
China) o la plenitud (Cuba, Vietnam) de la prosperidad general de
post-guerra. Pero el doctrinario no puede registrar esta
independencia relativa porque le ha quitado significado concreto a
todos los problemas que enuncia.
SIMPLIFICACIONES Y EXTRAPOLACIONES
La revolución
ha constituido en la última centuria un acontecimiento tan
factible como excepcional. Nunca fue un dato cotidiano. Irrumpió
en pocas oportunidades y no abarcó a todos los países.
Cuándo Lenin caracterizó su época como un
“período de guerras y revoluciones” se refería
estrictamente a la etapa que describía (1914-22). Los
dogmáticos convirtieron esta caracterización en un
diagnóstico aplicable a cualquier momento y lugar de los
ochenta años subsiguientes. También en esta
extrapolación, la fe ha reemplazado a la reflexión.
El dirigente
bolchevique nunca concibió a la revolución como un
encuentro diario “a la vuelta de la esquina”. Introdujo muchas
categorías para evaluar la posibilidad, factibilidad o
proximidad de ese acontecimiento. Jamás atribuyó el
estallido a un genérico bloqueo de las fuerzas productivas.
Desarrolló numerosos conceptos sobre etapas, situaciones,
crisis y coyunturas revolucionarias. El contraste entre este rigor y
el verbalismo catastrofista salta a la vista. El líder de
octubre no abrumaba a sus lectores con la presentación de
escenarios explosivos, ni con invariables retratos de la “crisis de
poder”, cuyo significado es tan cristalino como la “crisis
mundial”.
Los dogmáticos
estiman que todas las luchas parciales se desenvuelven en un marco de
catástrofes y guerras, que desembocan en disyuntiva de poder.
Dónde, cómo, cuándo y de qué forma se
desarrolla este tipo de secuencias es un misterio. Pero como la
revolución está esperando a la “vuelta de la
esquina”, simplemente basta con poner manos a la obra para asegurar
el fin del capitalismo. Al catastrofista no le provoca gran inquietud
que jamás haya podido materializar sus creencias. Solo le
preocupa arremeter contra los “pasatistas desmoralizados”, que
cuestionan su diagnóstico de incendios sin calendario, ni
localización.
Con la misma
liviandad que registran colapsos de regímenes políticos
en cualquier rincón del planeta, los dogmáticos
resaltan la presencia de “situaciones revolucionarias”, a veces
atemperadas con alguna sub-clasificación (“pre-
revolucionaria”) o incluidas en “etapas” más genéricas
pero del mismo signo.
En cualquier caso
postulan que el estallido es más o menos inminente, sin tomar
en cuenta el sentido que asignaban Lenin o Trotsky a todas las
categorías vinculadas con la revolución. Inicialmente
desarrollaron esos conceptos para resaltar la gravitación de
la acción subjetiva contra el naturalismo fatalista de la II
Internacional. Posteriormente adaptaron estas nociones al marco
creado por la revolución rusa en el convulsivo contexto de
entre-guerra. Siempre aludían a coyunturas específicas
y no a decenios, ni geografías planetarias.
El abuso dogmático
más común afecta a la noción de “situación
revolucionaria”, que Lenin originalmente asoció a tres
rasgos: crisis de las clases dominantes,
agravamiento de la miseria de las masas e intensificación de
la resistencia popular. Posteriormente sintetizó esta idea en
la conocida fórmula de “los de abajo ya no quieren”
y los de arriba ya no pueden” seguir viviendo como en el pasado.
Estas caracterizaciones aludían a momentos nacionales
concretos, tomaban en cuenta la correlación de las fuerzas y
no pretendían ilustrar el estado general del capitalismo.
Guardan muy poca afinidad con las generalizaciones doctrinarias sobre
la impotencia de los dominadores y la insurgencia de los dominados.
También
Trotsky le asignaba al concepto “situación revolucionaria”
un alcance específico, referido al desenvolvimiento potencial
de la crisis en ciertos países (Gran Bretaña en 1931) o
al papel decisivo que podrían jugar los partidos proletarios
en grandes confrontaciones (1940). Mantenía una cautela, que
no han heredado sus ortodoxos seguidores a la hora de aplicar a ese
concepto a variadas coyuntura.
Los dogmáticos
transmiten un grado irritación verbal que contrasta con la
moderación de caracterizaciones, que predominó entre
los líderes que condujeron revoluciones en las últimas
décadas. Los dirigentes chinos, vietnamitas o cubanos de estos
triunfos no se excedieron en la evaluación de la coyuntura
capitalista y habitualmente evitaron las proclamas de colapso. Quizás
por esta razón pudieron ajustar sus definiciones al curso de
una lucha real. Por el contrario el catastrofismo conduce a un
divorcio constante entre proclamas majestuosas y prácticas
cautelosas.
REFORMAS Y
CONQUISTAS
Quién espera
una revolución inminente precipitada por catástrofes
financieras no debe lógicamente apostar mucho a la obtención
de reformas sociales significativas. Es obvio que si el capitalismo
afronta una agonía final, no está en condiciones de
otorgar ese tipo de concesiones. Los catastrofistas no asumen esta
consecuencia de su enfoque. Eluden el problema con frases ambiguas,
que resaltan la creciente necesidad de logros mínimos, pero
sin no aclarar si resulta posible obtenerlos.
Interpretan que su
amalgama de escenarios terminales y planteos mínimos
constituye una aplicación del Programa de Transición
que desarrolló Trotsky en 1938.
En ese texto el líder soviético buscaba establecer
mediaciones entre las demandas mínimas, el nivel de conciencia
de los oprimidos y el desenvolvimiento ininterrumpido de la
revolución. Con estos puentes intentaba a favorecer la
maduración política socialista de los trabajadores.
Los dogmáticos
recitan literalmente esas mismas fórmulas, olvidando que
fueron escritas hace 80 años en condiciones económicas
(secuela de la depresión), militares (preparación de la
conflagración mundial) y políticas (autoridad entre las
masas de la Unión Soviética), muy diferentes al
contexto actual. En lugar de recoger la metodología de esa
plataforma – basada en buscar puentes entre las expectativas de los
explotados y el proyecto socialista- reiteran los planteos expuestos
a mitad del siglo pasado. Prescinden de lo perdurable y resaltan lo
coyuntural.
La concepción
dogmática conduce a desvalorizar las conquistas mínimas.
Supone que estas mejoras pueden lograrse pero no preservarse. Es
evidente que si se identifica el escenario actual con el vigente en
la pre-guerra, el espacio para mantener los avances populares es muy
reducido.
Esta descalificación
es también consecuencia de la atadura al principio de dos
etapas invariables del capitalismo. Si se supone que las reformas
sociales fueron un rasgo excluyente del siglo XIX -y han quedado por
lo tanto vedadas desde 1914- es lógico descartar su viabilidad
contemporánea.
Los catastrofistas se
irritan frente al señalamiento de esta contradicción
que apuntamos en un texto anterior .
Resaltan su defensa de las reivindicaciones básicas e ilustran
como su acción militante contribuyó al logro de varias
demandas (reducción de la jornada laboral, aumento de
salarios, etc). Pero como ese compromiso nunca estuvo en debate, esas
menciones están fuera de lugar.
Lo que se discute no
es la voluntad de lucha, sino la incongruencia de la tesis del
derrumbe con la factibilidad de sostener logros mínimos. Son
dos problemas completamente distintos y la polémica gira en
torno al contrasentido de postular en forma consecuente la inminencia
del colapso, aceptando al mismo tiempo la viabilidad de las reformas.
Con la mirada catastrofista se debe suponer que estos avances
constituirían a lo sumo, un episodio irrelevante de la
disyuntiva que opone a la revolución socialista con la
barbarie capitalista.
Nadie puede sostener
con sensatez que la “era de las reformas está agotada” y
que la obtención de las mejoras sociales es factible. Ambas
tesis son inconciliables y resulta necesario optar por una u otra. Si
se elude esta definición, el resultado es la típica
fractura entre el discurso y la práctica. Con la acción
sindical se consiguen, por un lado, las conquistas mínimas
(totalmente plausibles). Y con la retórica dogmática se
afirma, por otra parte, que esas victorias forman parte de una lucha
más o menos próxima por el poder.
El resultado de esta
inconsistencia es la presencia conjunta de discursos catastrofistas y
prácticas reivindicativas. Las alusiones al colapso conviven
con la cotidianeidad reformista, sin causarle al dogmático
ninguna molestia. Con frases altisonantes se defiende una lucha
básica, imaginando que en estas batallas se juega la
insurrección comunista. Bastaría con aceptar que estas
acciones constituyen experiencias preparatorias de futuras
confrontaciones más significativas con el capital, para evitar
tantos contrasentidos. Pero este reconocimiento afectaría un
dogma tan inútil, como venerado.
4-10-07