Tom Kucharz (miembro de Ecologistas en Acción)
Los
movimientos antagonistas al modelo capitalista no podemos mirar a
otro
lado y disimular como si la escalada represiva del Estado y el actuar
de ETA no fuera con nosotros. ¡La espiral de violencia en el
País Vasco, incluida la del Estado, debe cesar antes de que se
vuelva abrir un nuevo ciclo de atentados!
Rechazo
profundamente la violencia de ETA y su desprecio por el derecho a la
vida, tristemente reafirmado con el reciente atentado con bomba lapa
contra un escolta de un concejal del PSE en la localidad vizcaína
de Galdakao. ETA
debe abandonar definitivamente las armas y el uso de la violencia. Su
única salida es la auto-disolución. Batasuna, por su
parte, debe tener la valentía para hacer prevalecer la apuesta
que realizó en Anoeta (y durante estos últimos años
y meses) y pedir a ETA que retorne a la tregua y deje las armas para
siempre. Pero
a pesar de mi repudio contra este nuevo intento de homicidio, así
como contra el atentado de ETA en la T4 de Madrid, que causó
dos víctimas mortales, rompiendo la tregua para seguir con su
nueva sinrazón y causando graves problemas para el movimiento
abertzale (que, por cierto, es más amplio que Batasuna),
sostengo lo que muchas y muchos hemos demandado el año pasado:
“Todos los proyectos políticos se pueden y se deben
defender. No hay que imponer ninguno. Si la ciudadanía del
País Vasco desea transformar, cambiar o mantener su actual
marco jurídico-político, todos y todas deberíamos
comprometernos a respetar y establecer las garantías
democráticas necesarias y los procedimientos políticos
acordados para que lo que la sociedad vasca decida sea respetado y
materializado y, si fuera necesario, tuviera su reflejo en los
ordenamientos jurídicos” (manifiesto elaborado por la
iniciativa de mujeres de Ahotsak). Además, este no es un
problema que afecte sólo a Euskal Herria, sino que nos incumbe
también a todos los ciudadanos y ciudadanas comprometidos con
la lucha por la paz, la democracia y la justicia global.
Uno
puede estar o no de acuerdo con las posiciones políticas de
Batasuna, pero la detención de sus dirigentes, los registros
en las sedes de EHAK y la repetida intención de ilegalizar al
partido ANV, es totalmente inaceptable. Lo mismo digo de la
criminalización, a lo largo de los últimos años,
del movimiento abertzale y la ilegalización de organizaciones
juveniles y sociales, medios de comunicación, etc. Mi más
absoluto rechazo ante el macrosumario 18/98+ contra varios
movimientos sociales vascos y ante la propia Ley de Partidos. Se ha
dado un salto cualitativo en la escalada represiva del Gobierno
español y el Poder Judicial contra la libertad de expresión,
el derecho a la reunión y asociación, así como
la libertad ideológica, entre otros. Ante esta situación
los movimientos sociales y políticos de izquierda estamos
llamados a actuar.
Me
pregunto entonces: ¿por qué tanto silencio entre la
izquierda (salvo
excepciones como Espacio Alternativo, SOC, etc.) mientras el
consejero de Justicia del Gobierno vasco, Joseba Azkarraga, denuncia
la “hipocresía política” del PSOE que persigue a
dirigentes de la izquierda abertzale “cuando todavía en el
mes de mayo de este año representantes del PSOE y del Gobierno
se reunieron con ellos para hablar del futuro político” de
Euskadi? Azkarraga arremetió contra el juez de la Audiencia
Nacional Baltasar Garzón, que ha ordenado las detenciones,
porque, según dijo, “ha transformado en delictiva una
actividad política y la pregunta que nos hacemos es hasta
cuándo piensa este juez instructor prolongar sus supuestas
investigaciones sin cerrar esta causa”. ¿El discurso de un
representante gubernamental es más coherente y tajante que el
nuestro?
Estoy
profundamente preocupado de lo paralizados que estamos en la sociedad
civil organizada ante el conflicto vasco. No es la primera vez, pero
ante los últimos acontecimientos indago: ¿Qué
pasaría si encarcelan a 23 dirigentes de cualquiera de las
organizaciones en las que militamos? ¿Acaso no esperaríamos
actos de solidaridad y pronunciamiento contundentes? Hoy
más que nunca debemos exigir el sobreseimiento del
macrosumario 18/98, la derogación de la Ley de Partidos y el
acercamiento de los presos vascos a Euskal Herria. Si
no nos unimos en la lucha antirepresiva, la espiral autoritaria
seguirá aumentando porque la represión es utilizada
para ganar ventajas ante los próximos comicios. La dispersión
de los movimientos sociales y políticos de “izquierdas”
impide una respuesta contundente lo que nos hará más
vulnerables, en el futuro, ante situaciones parecidas.
Puesto
que la reciente ola de represión contra la protesta social en
el País Vasco y la izquierda independentista debe ser
analizada en el marco más amplio de una coyuntura global de
las derivas securitarias y militaristas de los Estados. Estas
representan, en el caso español, por ejemplo las acusaciones
contra jóvenes catalanes que han expresado abiertamente y de
forma no violenta su opinión contra un sistema monárquico
que está asentado sobre un pasado histórico anclado en
la explotación feudal de la población para el disfrute
de una minoría social, la injusticia, la guerra, el genocidio
de los pueblos indígenas de América Latina y la
dictadura franquista, para solo apuntar algunos de las verdades
históricas de la corona.
Otros
ejemplos de la deriva autoritaria son las condenas disparatadas y del
todo punto desproporcionadas de más de 9 años a los
cuatro encausados por su participación en las protestas contra
la Ley
Orgánica de Universidades (LOU)
en 2001, el uso de armamento prohibido entre las Fuerzas de Seguridad
del Estado, como las pistolas de descargas eléctricas
denunciadas por Amnistía Internacional, o la condena contra
dos líderes de la Izquierda Sindical, Cándido Carnero y
Juan Manuel Morala, a tres años de cárcel acusados por
el Ayuntamiento de Gijón de provocar daños en una
cámara de tráfico durante una manifestación. Los
hechos se multiplican a diario como muestra la actuación
violenta de la Policía Nacional que impidió durante el
pregón de las Fiestas del Pilar en Zaragoza que se desplegara
una pancarta en contra de la instalación de una base de la
OTAN, confiscó una pancarta de la Asamblea por una Vivienda
Digna e identificó a los participantes de un “Pasacalles
anti-Expo”.
Un
retrato fiel de lo que está sucediendo es también el
asesinato de Osamuyi Aikpitanyi el pasado 9 de junio a manos de dos
policías en el avión que lo deportaba desde España
a su país de origen. Crimen que se ha quedado en la absoluta
impunidad. Igualmente
quedaron impunes los fallecimientos en 2005 de al menos 14 personas
de origen subsahariano a manos de las Fuerzas del Orden en el
perímetro fronterizo de España y Marruecos, separado
por la valla que delimita las ciudades de Ceuta y Melilla.
Asimismo
estamos observando una constante represión, acentuada en la
Unión Europea substancialmente desde el 11-S en 2001, contra
voces disidentes y movimientos antisistema, antiglobalización,
sindicalistas, grupos ecologistas, campesinos y vecinales. Hablamos
de procesos judiciales, detenciones extrajudiciales, escuchas
telefónicas, multas “millonarias”, encarcelamientos,
torturas y cargas policiales. Y también hablamos de
asesinatos. En Génova (Italia), durante las manifestaciones
contra la cumbre del G8 en 2001, la policía mató a
Carlos Giuliani a balas, torturó y lesionó gravemente a
cientos de activistas. También en Alemania, el pasado junio,
las Fuerzas de Seguridad reprimieron con un descomunal y
desproporcional operativo de seguridad de unos 16.000 efectivos las
protestas multitudinarias y pacíficas de miles de personas
contra el G8, con un saldo de cientos de heridos grave, procesos
“rápidos” sin garantías legales, controles abusivos
y detenciones “preventivas”. La policía alemana inició
un mes antes una gran redada en varias ciudades del país
contra los opositores a la cumbre del G8, quienes presumiblemente
pertenecían a un grupo terrorista, registrando 400 viviendas y
oficinas de grupos de izquierda.
Recientemente,
también en Alemania, se encarceló a un profesor de
sociología, en aplicación de una Ley antiterrorista de
1976, acusado de ser el celebro de un “grupo terrorista” por ser
“intelectualmente capaz de escribir los textos” de un grupo
acusado de “sabotaje”. En Dinamarca el desalojo del centro social
Ungdomshuset en Copenhague, con una imponente precisión
militar, fue el comienzo del actual gobierno danés, de una
coalición liberal-conservadora sostenida por la extrema
derecha xenófoba y ultranacionalista, para librar una batalla
política y cultural contra todo tipo de disidencia
antisistema. Mientras tanto el presidente francés, Nicolas
Sarkozy, quien provocó en su día un estallido juvenil
en los guetos metropolitanos por su política represiva de
“Tolerancia Cero”, presentó en Francia el nuevo proyecto
de ley nº 57, sobre el control de la inmigración, la
integración y el asilo. En junio 111 “sin papeles” fueron
detenidos en Holanda tras una de las redadas policiales más
grandes de la historia reciente del país. La busca de
migrantes pretende cumplir con la cuota fijada del Gobierno holandés
para expulsar 12.000 personas. Igualmente en Marruecos se ha vivido
un verano de abusos de los derechos civiles, con, entre otras cosas,
el encarcelamiento de sindicalistas por gritar consignas contra el
Rey.
Decía
Eduardo Galeano en el libro Días
y Noches de amor y de Guerra
de 1978: “Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz
hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra
con sal. Después, matar la memoria de la hierba. Para
colonizar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas
de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la comarca hubo algo
más que silencio, cárceles y tumbas. Está
prohibido recordar.”
¡Recordemos,
pues! El mismo juez que encarceló el 4 de octubre a la Mesa
Nacional de Batasuna, acusó en el macrosumario 18/98+ a los
miembros de la Fundación Joxemi Zumalabe, entre ellos Sabino
Ormazabal Elola, autor de “Un
mapa (inacabado) del sufrimiento”,
y Mario Zubiaga, profesor en la UPV de Derecho Constitucional y
Teoría Política, de “impulsar uno de los ejes de la
estrategia de construcción nacional de ETA”. Respondiendo a
esta acusación, Zubiaga denunció en una de sus
comparecencias ante los jueces en marzo de 2006 que “por la
confluencia de unos mismos objetivos” la acusación ha dado
por hecho la existencia de una relación orgánica entre
organismos sociales, formaciones políticas y la organización
armada, en una estrategia basada en la “presunción de
culpabilidad”. “Se trata de una rueda diabólica, kafkiana,
macarthyana, porque somos nosotros los que tenemos que demostrar que
somos inocentes”.
La
Fiscalía de la Audiencia Nacional sostiene, siguiendo la tesis
del juez Baltasar Garzón, que el documento “Piztu
Euskal Herria”
es un texto que contiene “el proyecto de ETA para la desobediencia
civil”, estrategia cuya implementación atribuye a la
Fundación Joxemi Zumalabe. Mikel Zuloaga, también
incriminado del 18/98 por supuesta “pertenencia a ETA”, elaboró
el documento «Piztu Euskal Herria» como marco de
reflexión para los colectivos sociales vascos. A su parecer,
la teoría del “entorno de ETA”, lanzada por Baltasar
Garzón, y que está en la base del sumario 18/98 “es
una teoría perversa”, en base a la cual “se dibuja una
línea, que nadie sabe cuándo se cruza y cuándo
estás en un lado o en otro”. Una línea roja que «”se
ensancha o se estrecha según los intereses políticos de
cada momento”, manifestó Zuloaga en su declaración
ante el tribunal en marzo de 2006.
Mario
Zubiaga, por su parte, afirmó ante la Audiencia Nacional que
la desobediencia civil es típica de los movimientos populares
de muchos lugares del mundo, y que la desobediencia civil que él
explica a sus alumnos en la Universidad, era la misma que se practica
en Euskal Herria. Valoró, asimismo, que se trata de una forma
de hacer política, “no sólo legítima, sino
también imprescindible para el funcionamiento de un Estado de
Derecho, para que no se anquilose”.
He
sido observador en algunas sesiones del macroproceso 18/98 y puedo
testificar que fue un “proceso político”, una
judicialización de las ideas políticas. Además,
no había garantías para un debido proceso. Los miembros
de la Fundación Joxemi Zumalabe y sus compañeras y
compañeros encausados tuvieron que narrar su trabajo político,
cuando la Constitución española dice que “nadie podrá
ser obligado a declarar sobre su ideología”.
Por
cierto, señor Zapatero, hablando de la Constitución,
tengo unas preguntas para usted: ¿Cree que va a ganar el pulso
a la extrema derecha del Partido Popular por el gobierno más
“españolista”, nacionalista, constitucionalista y
monárquico, igualándose con sus derivas “inquisidoras”
y apreciaciones autoritarias? ¿Cuántas más
concesiones va hacer al PP por intereses electoralistas? ¿No
cree que es tiempo de cambiar la política “antiterrorista”
y buscar una solución democrática y negociada al
conflicto vasco? ¿Cree de verdad que con el encarcelamiento de
dirigentes abertzales va derrotar a ETA? ¿No sería
necesario otro “talante” para distinguirse del PP y ser más
inteligente que ellos, garantizando, por ejemplo, que todas las
opciones políticas pueden ser defendidas?
¿Pero
qué se puede esperar del Gobierno español que apoya y
recibe con los brazos abiertos a criminales como el presidente
colombiano, Álvaro Uribe Vélez, implicado en la llamada
“parapolítica”? Ésta ha dado cuenta de los vínculos
de congresistas, senadores, funcionarios de la Administración
Pública y de la Justicia, gobiernos regionales y municipales,
e incluso de rectores de universidades
con los grupos paramilitares. Estos grupos cometieron en Colombia,
junto con las Fuerzas de Seguridad del Estado, al menos 41.400
crímenes como torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones
extrajudiciales
entre 1965 y 1988, y 14.814 violaciones de Derechos Humanos entre
1988 y 2003. Para el Movimiento Nacional de Víctimas de
Crímenes de Estado de Colombia, la estrategia paramilitar ha
sido diseñada, operativizada e institucionalizada por el
Estado colombiano mediante la creación de diferentes
dispositivos, entre los cuales se cuentan normas jurídicas que
han legitimado su accionar, y otras que buscan legalizar la impunidad
de sus crímenes. Así, los instrumentos jurídicos
utilizados en el llamado proceso de “negociación y
desmovilización”, como la Ley 782/02 y el Decreto 128/03,
han servido para el otorgamiento de indultos y amnistías al 93
% de los paramilitares. Otras normas complementarias han concedido
beneficios económicos y subsidios a quienes se han
“desmovilizado”, sin ni siquiera verificar su pertenencia a los
grupos paramilitares, y mientras continúa el proceso de
consolidación económica, política y social, y la
ejecución de nuevos crímenes a lo largo y ancho de la
geografía colombiana. Por su parte la Ley 975/05, mal llamada
“Ley de Justicia y Paz”, y su decreto reglamentario 4760/05,
pretenden cerrar este ciclo de impunidad. En el año 2005 el
juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón viajó
a Colombia para asegurar la viabilidad jurídica de dicha Ley.
¿Entonces,
qué se puede esperar de un juez que alaba a un régimen
que emplea el Terrorismo de Estado para exterminar a la disidencia,
un juez que ha participado en el diseño de la mal
llamada “Ley de Justicia y Paz” y,
con ello, ha justificado mecanismos de impunidad en Colombia? Una Ley
que vulnera los derechos de las víctimas, con el objetivo de
sustraer a los paramilitares de su responsabilidad penal
internacional a través de juicios parciales y que no permite
un proceso con las debidas garantías reconocidas por el
derecho internacional. Garzón consideró en una visita a
Bogotá en febrero de 2007 que el Gobierno de Colombia está
respetando la independencia de la justicia y la apoya con recursos
para que las investigaciones salgan adelante. La Federación
Internacional de Derechos Humanos (FIDH), en un informe llamado
“Colombia:
La desmovilización paramilitar, en los caminos de la Corte
Penal Internacional”,
llega a otra conclusión.
Según
la FIDH la nueva posición jurisprudencial
por medio de la cual se aclara que bajo ninguna circunstancia, los
miembros de grupos paramilitares pueden ser considerados como
sediciosos,
para conseguir rebajas de penas o para sustraer a los victimarios de
su responsabilidad penal internacional -como estaba previsto en la
Ley avalada por el juez Garzón- ha creado una grave tensión
entre la rama judicial y el gobierno nacional, quién pretende
la aprobación de un nuevo proyecto de ley por medio del cual
revive la condición de sediciosos a los paramilitares,
desconociendo la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia y la
consecuente separación de poderes. La sentencia Nº 26945
de la Corte Suprema de Justicia del 11 de Julio de 2007 sostiene que
“los delitos cometidos por personas vinculadas a grupos
paramilitares, como es el caso de los miembros de los grupos de
autodefensa que en virtud de acuerdos con el Gobierno Nacional se han
desmovilizado, bajo ningún pretexto alcanzan a ser
considerados como autores del punible de sedición, por cuanto
tales comportamientos no pueden ser asimilados al concepto delito
político”. El constitucionalista Rodrigo Uprimny Yepes
manifestó que el Presidente colombiano había
descalificado a la Corte Suprema, violando su deber constitucional de
auxiliar a la justicia y hacer cumplir sus decisiones. Álvaro
Uribe Velez declaró públicamente que los magistrados
del alto Tribunal tienen “sesgos ideológicos” y no
contribuyen a la paz, al no colaborar armónicamente con las
demás ramas del poder público, así como
contribuyen a la inseguridad jurídica.
Mientras
siguen activos 25 conflictos armados en el mundo, España
exportó armas en el año 2006 por valor de 845 millones
de euros, el doble que en el año 2005. Estas exportaciones se
siguen caracterizando por su falta de transparencia, de forma que es
imposible saber qué se vende exactamente y a dónde.
Además, en España se sigue fabricando y vendiendo
armamento como las bombas de racimo, especialmente dañinas
para las poblaciones civiles.
Por
todo lo anterior me sumo a la reflexión de Sabino Ormazabal
Elola, encausado del sumario 18/98: “No sería coherente que
se trabaje por evitar las víctimas en nuestro país y se
siguiera subvencionando la lógica de guerra. Las instituciones
deberían declarar su renuncia expresa a la guerra y a la
utilización de la violencia como medio de encarar los
conflictos. Con ese objetivo se debería de prohibir la
utilización de este territorio para maniobras bélicas y
rescindir los apoyos a las fábricas de armamento, procediendo
paulatinamente a su proceso de reconversión en actividades
civiles.”
Por la Paz y el Dialogo, en mi nombre sí.
Madrid, 9 de octubre de 2007
















