Eduardo Lucita *
Para nosotros, digo, para todos
aquellos que integramos la generación que se sumó a la lucha por la
revolución y el socialismo en la alborada de los años ’60 al calor de
la Revolución Cubana, el período iniciado hace más de 30 años ha sido
nuestra verdadera “medianoche en el siglo”, para ponerlo en palabras
de Víctor Serge en su poema Confesiones (1938).
Digo esto no
solo por las persecuciones, torturas, desapariciones, asesinatos y
exilios –externo e interno- que, conviene recordarlo, aún nos pesan,
sino también porque los profundos cambios que se introdujeron desde
entonces en el sistema mundial y también en nuestro país concluyeron
poniendo entre paréntesis el ideal revolucionario, cuestionando la
perspectiva socialista alcanzando también las propias bases teóricas
del marxismo.
Para quienes atravesamos la década de los ’80 y
en parte los ’90 esos años fueron una verdadera travesía en el
desierto, una permanente lucha a contracorriente. Sin embargo la
irrupción de la revolución bolivariana; de las masas insurgentes en
Bolivia y también en Ecuador; la convocatoria del Presidente Chávez a
debatir y construiir el socialismo del Siglo XXI, más allá de sus
insuficiencias, sus contradicciones y sus poco claros objetivos, han
abierto un canal para la circulación de ideas. Un espacio para
ejercitar esa conquista histórica de la humanidad que es el pensamiento
crítico y para pensar la idea misma del socialismo. Ya no en forma
abstracta sino asentada en procesos reales.
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El
Siglo XX ha sido el siglo de las revoluciones pero no el del
socialismo. Si echamos una rápida mirada a los últimos 150/160 años
nuestro balance en relación a las luchas del movimiento obrero, por su
reconocimiento, su dignificación, sus conquistas y reivindicaciones
materiales y organizativas, sigo convencido que es positivo. Si esa
misma mirada la hacemos sobre las experiencias revolucionarias bajo el
estalinismo, el post-stalinismo o el maoísmo, el balance final es
relativo, sino directamente negativo.
Esta afirmación no
implica dejar de reconocer las enormes energías y esperanzas puestas en
juego en cada una de las experiencias revolucionarias, las dificultades
que se enfrentaron y se enfrentan, y el heroísmo demostrado en
múltiples batallas y confrontaciones.
En estos tiempos
vivimos prisioneros de una realidad contradictoria e incontrastable que
la podemos ver en clave comparativa: durante los años del fascismo el
movimiento obrero fue aplastado militarmente pero el horizonte
socialista estaba presente. Por el contrario en todos estos años el
movimiento obrero no sufrió una derrota de aquellas proporciones pero
el horizonte se ha desdibujado.
En nuestra América latina esta
situación se expresa por su forma inacabada. Por un lado la iniciativa
la tienen la burguesía y el imperialismo que, sin embargo, a pesar de
la fuerte ofensiva de los ’80 y ’90, no han podido aplastar al
movimiento social, por el contrario este, en sus distintas y variadas
vertientes se ha recreado una y otra vez, ha buscado formas novedosas
de organización y lucha. Por otro lado esas nuevas formas de
organización y lucha no concluyen aún en una propuesta de solución
transformadora de la realidad existente.
Así la perspectiva
revolucionaria fue quedando cuando menos en suspenso. Las ideas de la
transformación radical de nuestras sociedades, del anticapitalismo, del
mismo socialismo, perdieron credibilidad. No hay convicción en las
grandes masas de que sus luchas concluyan en el anticapitalismo, en una
perspectiva superadora de la mediocridad actual. Aquí radica
seguramente una de las causales, aunque no la única, de que las luchas
resulten fragmentadas, aisladas, y dispersas.
Porque no
cuentan con un objetivo político compartido por el conjunto, que
articule los fragmentos de resistencias y las diferentes iniciativas
aisladas. Estamos entonces en un largo período de transición.
Hay
no obstante puntos de apoyo. Por un lado con la caída del Muro y la
implosión de la URSS que pusieron fin al período de la guerra fría, del
enfrentamiento entre bloques con formas de propiedad, relaciones de
producción y organización social diferentes, quedó en claro el
verdadero antagonismo: explotadores y explotados, países opresores y
países oprimidos.
Más aún el derrumbe del marxismo soviético,
del estatalismo como ideología, del determinismo carente de incertezas,
ha levantado la pesada lápida colocada sobre el marxismo. Del marxismo
tanto como crítica sistemática y completa del sistema capitalista, como
concepción del mundo y perspectiva de vida. Numerosos aportes teóricos
en las últimas dos décadas dan cuenta de esta vitalidad recuperada.
Por
otro lado en América latina lentamente está cayendo el velo que
ocultaba la realidad, la polarización social impuesta por el
neoliberalismo, ha hecho a nuestras sociedades mucho más clasistas, si
se quiere es un capitalismo más puro donde no hay espacios duraderos
para formulas de conciliación como en el pasado. Además América latina
es hoy el principal bastión de resistencias al imperialismo.
Estas tendencias confluentes abren nuevas perspectivas y posibilidades.
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En
este contexto la tarea central de los socialistas revolucionarios en
los inicios de este Siglo XXI es aportar a recuperar la credibilidad en
la idea del socialismo, ha reponer su condición de horizonte histórico
y sobre todo en el carácter emancipador del mismo.
El
socialismo, esa transformación histórico cultural que acordamos en
llamar socialismo, si es que alguna vez a de serlo, ha de ser crítico.
No solo crítico de toda realidad existente en las sociedades bajo la
dominación del capital, sino también crítico de nuestras experiencias
históricas. Crítico también de nuestros propios actos y consecuencias
en el presente.
Sin embargo esta recuperación/reposición de la
idea transformadora y de su carácter crítico, no puede hacerse
encerrado en los círculos áulicos de las ideas, al margen de la
intervención en la lucha de clases.
El punto de partida deben
ser las principales necesidades de las masas, en cada momento y con las
especificidades de cada lugar. Toda propuesta alternativa a la actual
situación de dominación del capital debe necesariamente partir de esta
cuestión.
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Pero hay mucho que ha cambiado.
Como respuesta al agotamiento del período dorado, ese ciclo único e
irrepetible que va desde 1945 a 1975, el capital lanzó una profunda
reestructuración de sus espacios industriales, productivos y de
servicios, que contemplaba una fuerte ofensiva del capital sobre el
trabajo. Donde las nuevas tecnologías, los cambios en los procesos
productivos, la descentralización y deslocación de unidades y procesos,
desempeñaron (lo hacen aún) un papel central.
Esta ofensiva
del capital ha sido generalizada y sostenida. Sostenida en el tiempo
porque se desplegó sin solución de continuidad desde los primeros años
’70 hasta la actualidad, generalizada porque ese despliegue lo fue
sobre el conjunto de las conquistas sociales que la clase obrera y el
conjunto de las clases subalternas fueron levantando, generación tras
generación, como barreras contra la voracidad del capital.
La
desregulación de los mercados, las privatizaciones, el desmantelamiento
de importantes bastiones del movimiento obrero, la aparición de una
enorme masa de trabajadores desocupados y otra de trabajadores
precarios, las oleadas de migrantes y su fuerza de trabajo barata, han
debilitado los sindicatos y al propio movimiento obrero.
Más
aun, prisionero de una crisis de sobreacumulación desde los años ’70, e
incapaz de acumular bajo las formas de la reproducción ampliada bajo la
hegemonía financiera, el capital ha vuelto a ciertas formas propias de
la acumulación primitiva, lo que autores como David Harvey denominan
acumulación por desposesión. Apropiación de tierras, de los recursos
naturales, del capital social acumulado (privatizaciones), del robo de
los derechos de las personas (salud, educación, vivienda, espacios
públicos…).
Cobran así significado los movimientos campesinos,
de los pueblos originarios, de la sociedad civil en general por la
defensa de la soberanía alimentaria, de la biodiversidad, del
equilibrio ecológico, de los recursos energéticos, del agua, contra la
mercantilización de los servicios públicos, contra el libre comercio,
contra la guerra...
Estos movimientos son muy diferentes de los
que había y de los que conocimos y aportamos a construir en los años
‘60 y ‘70. Aquellos se constituían alrededor de los sindicatos, en las
fábricas en torno a la órbita de la producción, incluso la unidad
obrero-estudiantil era mucho más clara. Por el contrario los nuevos
movimientos se mueven más en la esfera del consumo y la distribución;
de la sociedad civil en general y de la cuestión democrática.
Las
luchas obreras en este período, fragmentadas y dispersas, se dan en el
marco de este abanico de resistencias. Así se ha mostrado en los Foros
Sociales Mundiales. El movimiento obrero allí aparece solo como una
parte más de una lucha mucho más amplia contra el neoliberalismo. En
este abanico de resistencias las luchas obreras aparecen diluídas,
¿Cuál es el resultado? Que se ha puesto en duda la hegemonía del
proletariado para todo proyecto de cambio y transformación.
Pero
nosotros sabemos que la globalización –eufemismo que no hace mas que
encubrir esa tendencia histórica a la mundialización del capital- no
significa la superación de las leyes y contradicciones del capital, por
el contrario es la confirmación de las mismas, su verificación a nivel
mundial, en una escala inédita, que nunca antes conocimos, En este
sentido es necesario reivindicar el carácter anticipatorio del
Manifiesto Comunista.
El capital trata de hacer del mundo
entero una mercancía, pero el motor de esta avaricia sigue siendo la
lucha K/T. Es el propio capital el que reconoce la centralidad del
trabajo en la sociedad capitalista, esa centralidad que es fundamental
y a partir de la cual es posible construir la alternativa socialista
para el nuevo siglo.
En estos últimos años un cambio se ha
operado en el mercado de trabajo mundial. El capital ha ingresado en
una fase de crecimiento con una recuperación del capital productivo.
Claro que este crecimiento es débil, y la actual crisis financiera
global amenaza con desembocar en una recesión mundial. En paralelo la
recuperación para el mercado capitalista de China y los países de la ex
URSS ha significado el ingreso de mil millones de nuevos proletarios.
La
desocupación ya no es hegemónica –ha descendido (al menos por ahora) en
la UE, en los EE.UU y en AL- ese lugar lo ocupa ahora la precarización
de las relaciones laborales y de la vida misma. En muchos países el
movimiento obrero comienza a recuperarse, en nuestro país los
asalariados son ya más de once millones, claro que más del 40% trabaja
en negro. Una consigna gana espacios en varios continentes: “Tengo
trabajo, ahora quiero salarios y mejores condiciones”
Sin
embargo a pesar de que se mantienen los componentes esenciales del
capitalismo, y sin los cuales el capitalismo no seria lo que es –me
refiero a la explotación asalariada, la extracción de plusvalía, la
dominación imperialista, el fetichismo de la mercancía…- los cambios,
las mutaciones operadas en las últimas tres décadas, han modificado
muchos de los parámetros en que se fundaban los presupuestos de la
izquierda, y esto nos lleva a reformular la estrategia para el
socialismo del futuro.
Mas aún cuando la ofensiva neoliberal y el fracaso de los socialismos reales han desdibujado el horizonte de cambio histórico.
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Entonces
junto con la recuperación de la credibilidad y la esperanza en la
capacidad transformadora del socialismo, se nos hace imprescindible
recuperar también los debates estratégicos. Esos debates que hoy entre
nosotros aparecen desdibujados. Tengo la impresión de que al menos en
nuestro país la izquierda ha quedado, hemos quedado, prisioneros del
coyunturalismo, del economicismo y el estatalismo, de esa conjunción
perversa de populismo y escolasticismo estalinista que atravesó más de
medio siglo de nuestra historia política.
Si algún aporte
sustancial destaca del surgimiento de la llamada Nueva Izquierda en los
años ’60 y ‘70 – en abierta ruptura con el reformismo de los viejos
partidos comunista y socialista- no fue otro que poner en el centro de
los debates y de la práctica política el análisis de la estructura de
clases en nuestros países y el problema del poder y de sus vías.
¿Porque,
como acercarnos al movimiento y accionar de las clases y sus fracciones
sin un conocimiento más preciso de su composición, sus interrelaciones,
sus proyectos y grados de organización y enfrentamiento?
Por el
contrario hoy hemos retrocedido respecto a aquellos años. Nuevamente
las formulaciones pendulan entre el sindicalismo y el
reivindicacionismo por un lado y el ideologismo por el otro. El
baricentro del poder no esta presente.
Recuperar los debates
estratégicos significa reponer, en clave actualizada, la cuestión del
poder, pero también el carácter y los ritmos del proceso
revolucionario. La cuestión del sujeto, y como resultado de esto de la
organización política y la forma partido.
Está también el
debate y la política concreta acerca de la construcción de hegemonía.
La constitución de un bloque de los trabajadores y el conjunto de las
clases subalternas que se oponga al bloque dominante. No otra cosa es
que la “polis”, recuperar la capacidad de hacer política, que la
izquierda pareciera haber perdido.
Es en este marco que debemos pensar el Socialismo del Siglo XXI.
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Hay algunas precondiciones no taxativas que pueden enunciarse:
Que
ha de ser democrático y plural, autogestivo, feminista y ecologista,
que impulse el protagonismo social, y todas aquellas formas de
empoderamiento por parte de las clases subalternas, que favorezcan y
estimulen a pensar, decidir y hacer por su propia cuenta y decisión.
Que
las experiencias del partido único muestran cómo las contradicciones
inevitables en la sociedad en transición terminan volcándose en su
interior neutralizándolo. Por el contrario mantener el carácter creador
e innovador de todo proyecto socialista requiere libertad de
organización y expresión para las distintas tendencias revolucionarias.
Que es necesario una nueva relación entre las masas y el
partido –sea cual sea la forma política que este adopte-, entre
representantes y representados, y entre aquellas y el Estado (la
experiencia del Che en los primeros años de la Revolución Cubana es
orientadora en este sentido).
Que el socialismo no es posible
aislado en un solo país. Su dimensión es internacional, y en esta
coyuntura latinoamericana debe tener al menos una dimensión regional.
Que
no hay un modelo de revolución, que cada experiencia nacional,
parafraseando al peruano Mariátegui, “no ha de ser calco ni copia, sino
creación heroica”.
Que en la actual coyuntura la emergencia
de la revolución bolivariana en Venezuela y su influencia en la región;
el triunfo popular en Bolivia y la reciente recuperación de su renta
petrolera; la propuesta del ALBA y el reciente Tratado de Comercio
entre los Pueblos firmado por Cuba, Venezuela y Bolivia, muestran que
hay otra forma de comerciar, de relacionarse solidariamente, por fuera
del mercantilismo de la época. Y que tal vez estén inaugurando un nuevo
tiempo en la región.
Que al compás del ciclo expansivo que
transita la economía latinoamericana parecieran abrirse ciertos
espacios de acumulación para las burguesías locales, una suerte de
neodesarrollismo, lo que se contrapone con las visiones ultimatistas
que confundiendo tendencias históricas con fenómenos coyunturales dan
por agotados este tipo de movimientos cíclicos del capital.
Es
en este contexto complejo y contradictorio es que debemos intervenir,
buscando abrir caminos y senderos para el socialismo del nuevo siglo.
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En
nuestro país nada de esto será posible si la izquierda –orgánica o no-
no se constituye como una fuerza nacional. Si continua en el debate de
pequeñas parcialidades, de confrontaciones estériles entre sí. De
disputas menores que la muestran en un infantil juego de espejos,
donde las distintas fracciones o tendencias solo alcanzan a superarse
asimismas.
Por el contrario se trata de aportar a la
recomposición y reorganización del movimiento social en su conjunto sin
que la política de autoconstrucción (y las disputas tendenciales) se
anteponga a las necesidades del propio movimiento. En última instancia
se trata de reformular la forma de intervención política según las
nuevas condiciones impuestas por el capital.
El reagrupamiento
de la izquierda anticapitalista forma parte de la construcción del
socialismo de este siglo en América latina y también en Argentina. Pero
es necesario comprender que la lucha por el socialismo no es una
imposición dogmática de objetivos preestablecidos, de verdades
reveladas, sino que por el contrario es un inmenso laboratorio de
experiencias sociales y políticas, donde estamos en condiciones de
aportar pero que también tenemos que aprender.
Así la unidad no
puede sostenerse simplemente en una cuestión aritmética, o solo en
pautas programáticas. Por el contrario la unidad tiene que ver con la
capacidad colectiva de pensar la realidad. Esa realidad que demasiadas
veces nos es tan inasible.
La construcción del socialismo
requiere pensar esa realidad desde una perspectiva estratégica pero
también desde la intervención cotidiana. Para orientar la política
practica de todos los días.
Pero para hacer política hay que
tener visibilidad, romper el cerco de la marginalidad, no se puede
construir en abstracto. Y la política no soporta el vacío, no se puede
abandonar el terreno donde dominan los dominadores. No alcanza con la
sola intervención en las luchas cotidianas, no se puede renunciar a las
batallas electorales, estas son parte constitutiva del reagrupamiento
de las fuerzas anticapitalistas y de la construcción de una identidad
socialista. Aún a sabiendas de lo que estas significan y de los riesgos
de caer en un electoralismo vacío.
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Es
apenas un conjunto de enunciados plagado de interrogantes y de dudas,
seguramente incompleto, y cuyas interpretaciones pueden ser de lo más
variadas, pero tal vez intentando dar respuestas este inicio del Siglo
XXI nos permita proyectar un futuro socialista esperanzado.
Como
en la vida misma quedan abiertos más interrogantes que respuestas,
pero como dijera el filósofo francés Daniel Bensaïd mas vale admitir lo
que se ignora, o los obstáculos y peligros a vencer, que teorizar una y
otra vez con viejas formulas. Lo que no otra cosa es que teorizar sobre
nuestra impotencia.
Buenos Aires, septiembre de 2007.
* Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda.
Distribuido por: Correspondencia de Prensa - boletín informativo - red solidaria
Ernesto Herrera (editor): germain5@chasque.net
















