Mercedes Hernández, Comisión de Derechos Humanos Hispano-Guatemalteca
–CDHHG–
Más
de 306 han sido asesinadas en Guatemala durante el primer semestre de
2007. Más de 3.500 lo han sido en los últimos cinco años y más de
1.200 tan sólo durante 2006 en el triángulo norte de Centroamérica,
formado por Guatemala, El Salvador y Honduras, países en los que la
violencia contra las mujeres ha alcanzado niveles alarmantes que evidencian
un crecimiento acelerado de la criminalidad ciudadana, amenazando a
corto y medio plazo la democracia y la gobernabilidad, y
poniendo de manifiesto que la situación que viven las centroamericanas
es de inseguridad y riesgo permanentes sólo por ser mujer.
Estos
hechos delictivos muestran planificación, capacidad operativa, dominio
del territorio e intención de emitir mensajes de intimidación
por parte de los autores, lo que diferencia estos crímenes de la delincuencia
común y les otorga connotaciones terroristas y políticas que implican
a los estados centroamericanos, en los que, a pesar del reconocimiento
oficial de la existencia de la violencia de género, no se han tomado
las medidas pertinentes para su prevención, sanción y erradicación.
Para
comprender el devenir de este estado permanente de indefensión y terror
en el que viven las mujeres, es necesario tener en cuenta la situación
de posguerra que se vive en el triángulo norte y, más aún, indagar
en la violencia sufrida por la población femenina durante los años
de conflictos armados, sin menospreciar el hecho de que antes de las
guerras en El Salvador y Guatemala (la situación en Honduras responde
a un contexto diferente) el estatus sociocultural de las mujeres en
Centroamérica también era de exclusión y marginación, condiciones
propias del sistema de valores impuesto por el machismo enraizado en
la cultura de la región, que coloca a las mujeres en una permanente
subordinación a normas jurídicas y sociales que no las protegen ni
representan.
Desde
el inicio de la guerra interna, hacia 1960, hasta su fin, en 1996, la mayoría de los involucrados
en el conflicto armado fueron hombres: desde el alto mando responsable
de las acciones contrainsurgentes hasta las tropas que llevaron a cabo
buena parte del terror, pasando por los campesinos forzados a servir
al gobierno en las patrullas de autodefensa civil. El movimiento revolucionario
dio participación a las mujeres en la lucha, como combatientes
armadas y población de apoyo, pero también fue dominado por los hombres.
Como consecuencia de la participacion masculina en el conflicto armado, la mayoría de las víctimas fueron hombres, salvo en la región occidental, donde el terror fue masificado. El Estado consideró que los padres de familia eran los principales responsables de la actividad política local, incluyendo el apoyo a la guerrilla, por lo cual buscaron primero la eliminación de los hombres, quienes huyeron de sus comunidades a la primera señal de ataque militar. Se sabe de casos en comunidades cuyos hombres dormían entre sus parcelas o en el monte para evitar ser capturados. Con los hombres ausentes, los militares se ensañaron contra cualquiera que lograban capturar, ya fueran mujeres, niños o ancianos.
La cantidad de mujeres asesinadas aumentó con la intensificación del conflicto social a mediados de los setenta, llegando a su máximo en 1982, durante las campañas de "tierra arrasada", promovidas por el golpista militar Efraín Ríos Montt, y descendió paulatinamente cuando la violencia se volvio más selectiva. Como consecuencia, los hombres fueron objeto directo de la violencia política, pero las consecuencias del terrorismo estatal afectaron (y siguen afectando) desproporcionadamente a las sobrevivientes, quienes han padecido los efectos tanto inmediatamente después de las masacres como a largo plazo.
Durante el conflicto armado interno en Guatemala, las fuerzas represivas trataron a las mujeres como otro botín de guerra más. En muchas comunidades los soldados violaron a las sobrevivientes después de masacrar a los hombres, mientras que en otras las mujeres eran violadas y torturadas antes de ser asesinadas. Con la militarización y el colapso del orden moral, producto de la violencia institucionalizada desde la cúspide del gobierno, soldados y patrulleros civiles abusaron de las sobrevivientes, por la mera capacidad (u oportunidad) de hacerlo, por la extrema vulnerabilidad de ellas o porque nadie les impediría hacerlo.
En muchas comunidades en donde los hombres huyeron o fueron asesinados, algunas viudas permanecieron durante años como esclavas sexuales de los comandantes de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC). La violación también contribuyó como función contrainsurgente: humillar, dañar y destruir emocionalmente a los sobrevivientes y así desalentar la participación en el movimiento insurgente a través de crímenes de poder cuya función fue la vejación sistemática de las víctimas, su anulación y alienación como seres humanos en sus aspectos mas íntimos.
En la actualidad, las hipótesis más difundidas han sido aquellas que atribuyen el asesinato de mujeres a la delincuencia común y las que vinculan a las asesinadas con la participación en las maras (pandillas juveniles), sin reparar en que éstas son manifestaciones claramente reaccionarias, mas no el estímulo o la raíz de los asesinatos de género. Se ha dejado de lado el análisis de aspectos políticos o sociológicos, en cuyas profundidades se encuentra el fundamento de la violencia contra las guatemaltecas, invisibilizando la realidad y, con ello, minimizando los hechos y revictimizando a las asesinadas y sus familiares, que en muchos casos deben cargar no sólo con el duelo, sino también con los juicios emitidos por quienes terminan culpando a la víctima de su destino.
Al procesar la información sobre los casos de las mujeres asesinadas se observa que los patrones de ejecución tienen grandes similitudes con los utilizados durante las operaciones contrainsurgentes, heredados del surgimiento de poderes paralelos, producto del mismo conflicto, a lo cual hay que agregar el carácter violento del sistema patriarcal que impera en Guatemala. La combinación de estos factores frena, a través de la represión, la participación de las mujeres en los espacios públicos y privados, convirtiéndolas en un sector desprotegido y vulnerable y, por otra parte, mantiene la ingobernabilidad y la inoperancia del Estado de Derecho.
En Guatemala, la violencia
es dirigida hacia los sectores y las personas más débiles en las relaciones
jerárquicas de poder que abarcan ámbitos económicos, sociales, políticos,
públicos y privados, en los cuales las mujeres ocupan posiciones
subordinadas asignadas por una sociedad que las no las reconoce como
sujetos de dignidad y derechos. Son consideradas como propiedad
de un hombre: padre, esposo, suegro, hermano, novio, autoridad o cualquiera
a quien se haya delegado el tutelaje de su conducta. Estos
tutores están legitimados por la sociedad y por el marco jurídico
que la rige, para imponer sobre ellas su voluntad, incluso por medios
violentos, en la mayoría de los casos. En lo público la situación
no varía: la agresividad arraigada en las instituciones del Estado
y en la sociedad lleva a la normalización de las agresiones contra
las mujeres, culpándolas o relacionándolas con la responsabilidad
de haber sido asesinadas, lo cual no sólo desvaloriza la vida humana
en su totalidad (y específicamente la de las asesinadas), sino que
fomenta la impunidad y la reproducción de las conductas violentas contra
las mujeres.
La responsabilidad del
Estado de Guatemala en los asesinatos de mujeres es por omisión...
y por acción. El incumplimiento de los Acuerdos de Paz, en especial
el de Fortalecimiento del Poder Civil, y otros aspectos no atendidos
por el gobierno (como la falta de control sobre el papel del ejército
en una sociedad democrática o la casi nula desarticulación de los
cuerpos ilegales y los aparatos clandestinos de seguridad), han favorecido
el recrudecimiento del caos. A ello se suma la negativa a cumplir con
el traslado al Ministerio de Gobernación el control de armas y municiones,
que continúa en manos del Ejército (numerosas organizaciones afirman
que existen más personas armadas hoy en día en Guatemala que durante
el propio conflicto armado). De igual forma, la actitud negativa del
Estado ante la creación y el fortalecimiento de los mecanismos civiles,
entorpece y neutraliza las acciones de la sociedad guatemalteca, que
continúa militarizada no sólo por los poderes que aún detenta el
Ejército, sino por la proliferación y el descontrol de las más de
1.500 empresas de seguridad privada (la mayoría de las cuales exige
a sus empleados haber prestado servicio militar), así como por los
ex militares diseminados entre la población civil y vinculados a la
delincuencia organizada.
La ausencia de políticas
de prevención, la falta de justicia, la ineficacia -o pura y dura ausencia-
de sistemas adecuados de investigación y la inexistencia de condenas
contra los autores materiales e intelectuales de estos crímenes sumergen
y ahogan cada caso en la impunidad de los culpables, lo que tiene dos
efectos devastadores para cualquier sociedad: dejar al criminal sin
castigo y reproducir el delito a través de mensajes claros que dejan
patente la posibilidad de hacer cualquier cosa con la vida de una mujer
(pues no hay que rendirle cuentas a nadie por ello). La ineficacia en
la investigación criminal no responde exclusivamente a la falta de
profesionalización. Este sistema ridículo y cariado por la impunidad
empobrece los resultados al no tener capacidades suficientes en materia
jurídica, protección de la escena del crimen, recopilación, cuidado
eficaz de la evidencia científica, formulación de hipótesis, fundamentación
de las acusaciones, protección de los testigos, realización del debate,
sustentación jurídica de la sentencia y, en general, impulso del proceso
para esclarecer los hechos y lograr la identificación y la consecuente
sanción penal de los responsables intelectuales y materiales. La falta
de voluntad política para elevar la calidad en las investigaciones
(y con ello dar con los responsables de los crímenes contra las mujeres)
coloca al Estado de Guatemala en una grave posición de encubrimientos
flagrantes y permanentes de los delitos contra las mujeres.
La falta de un marco
jurídico adecuado propicia las circunstancias para que la ley sea inefectiva
e insuficiente, ya que la normativa del Estado no se corresponde
con la realidad y las necesidades de la población, y la falta de instrumentos
legales puede servir para fomentar la violación de derechos humanos,
pues no existe tipificación de los delitos, aun cuando es evidente
que responden al modelo de abuso por condiciones de género. Una vez
más se evidencia la falta de voluntad política, pues el Estado se
ha negado a reformar las normas, que siguen siendo el fundamento de
la legitimación de las perspectivas de superioridad de los hombres,
en un país cuya población está constituida, en más de un 50 %, por
mujeres y cuya base de organización social está formada por ellas.
Las mujeres guatemaltecas
representan y han representado históricamente un papel imprescindibile
y protagonista en la reconstrucción de Guatemala, especialmente en
el desarrollo de un nuevo movimiento a favor de los Derechos Humanos
y, actualmente, en la denuncia y visibilización de esta realidad, que
por lo desconocida que aún es y lo apartada que está de los intereses
de los organismos internacionales permanece en la impunidad y el olvido.
















