Hoy
en día se recurre a pretendidas “novedades” que
“confirman” que no existían diferencias de fondo entre
Lenin y Stalin. Ahora se “descubren” unos “cadáveres en
el armario” del primero gracias al general Dmitri Volkógonov.
“Yo era leninista” dijo en una entrevista, y como tal sirvió
con Stalin, y se convirtió en uno de los historiadores
oficiales de Breznev, Gorbachov, y Yeltsin, sucesivamente. Entre sus
grandes aportaciones se encuentran panfletos contra Soljenitsin y
contra Sajárov, al que trató entre otras cosas de
“desecho moral y basura social”.
Con
Yeltsin, descubrió 3.724 documentos guardados en secreto.
Entonces, dijo, “sufrí la más grande conmoción
de mi vida”. Sin embargo, nada de lo que aportan dichos documentos
altera básicamente algo que Trotsky, Deutscher o Carr, ya
sabían: que, obsesionado porque la revolución no fuera
destruida, Lenin puso un fuerte énfasis en las medidas
represivas, algo que puede justamente espantar, pero a condición
de que no se olvide de que se trataba de vida o muerte, y luego, en
“nombre” de quién o de qué se habla.
Seguramente
la más importante de estas medidas represivas fue la que
afectó a la familia zarista. Una medida sangrienta que
Volkógonov relaciona con citas y expresiones jacobinas de
Lenin. Estas medidas también afectaron a disidentes de
izquierdas, en particular a anarquistas y social-revolucionarios (él
mismo sufrió las consecuencias de las acciones de éstos,
un atentado que aceleró su muerte). Evidentemente, no se trata
de dar por buena esta actitud, aunque se puede “comprender” ante
los dilemas planteados por la guerra civil, en la que los “blancos”
y sus apoyos occidentales no utilizaron precisamente métodos
democráticos o humanistas.
Ahora
parece evidente que Lenin “torció demasiado el bastón”
hacia el reforzamiento del Estado, cuando, en consonancia con sus
propios escritos de 1917 tendría que haberlo hecho hacia los
soviets. Esta es, claro está, una de las grandes discusiones
entre las izquierdas. Pero en modo alguno permite sentenciar sobre la
“crueldad” innata e inicial. Octubre no quiso pasar a la historia
como una las tentativas revolucionarias fracasadas, que acababan a
sangre y fuego. Entre otras cosas, Lenin había leído
detenidamente la Historia
de la Comuna,
de Olivier P. Lissagaray.
Octubre:
revolución o dictadura militar terrateniente
Se
trata de juzgar un tiempo tan terrible como el que rodea la Gran
Guerra y unas circunstancias nacionales tan específicas como
las rusas por el rasero occidental de la democracia, ententida ésta
como una exclusiva del sistema liberal capitalista fuera de toda
sospecha. Sin embargo, la realidad es que la revolución rusa
no se enfrentó a una democracia. Se enfrentó primero a
una autarquía que no había mostrado la menor capacidad
de reforma y que estaba estrechamente ligada a los terratenientes
cuyas tierras consideraban suyas los campesinos.
Luego
se enfrentó a un gobierno provisional que fue entronizado para
poner en práctica lo que no quería hacer. La
“democracia” de febrero fue absolutamente incapaz de dar la
tierra a los campesinos y de acabar con la guerra. Dependía
más del compromiso con los terratenientes y con Gran Bretaña
que del pueblo. Por otro lado, la revolución fue, ante todo,
fruto de la participación activa de toda la población,
incluyendo los sectores sociales más reacios a tomar la
palabra.
Revolución
popular, no golpe de estado
Cuando
superaron la crisis de julio, los bolcheviques llegaron a constituir
desde el 45% hasta el 65% de los delegados al congreso de los Soviets
cuya representatividad era imperativa, directa, y no delegada.
No
hay duda de que, de no haber contado con un apoyo social tan
extraordinario, una revolución surgida de un puñado de
agitadores, de un complot minoritario, apenas si habría
ocupado una página en el libro de la historia y, por supuesto,
no habría superado la guerra civil. No debería de
resultar tan minoritaria cuando inmediatamente después se
sucedieron movilizaciones, huelgas generales y crisis revolucionarias
desde Hungría hasta Sudáfrica. Entre 1918 y 1923 tienen
lugar en Alemania tres crisis revolucionarias, y en un año el
partido comunista alemán llega a cambiar su dirección
mediante el debate hasta en cinco ocasiones.
Este
impulso revolucionario horizontal se haría sentir todavía
a lo largo de los años veinte, a pesar de los estragos de la
guerra, del cerco internacional, de las penurias derivadas de la
destrucción de los principales soportes industriales, del
atraso secular. Se respira a través de las tentativas pioneras
en el ámbito de las transformaciones en las formas cotidianas
de vida: en las reformas escolares y pedagógicas, y el
desarrollo de una legislación familiar claramente feminista,
en la invención artística, gráfica, teatral y
cinematográfica, en la ebullición de proyectos, de
recitales callejeros. Y en los debates políticos cuya riqueza
y trascendencia se nos quiere escamotear como si las escobas que
barrieron a Stalin o Ceauşescu pudieran servir para todas las voces
que durante el “siglo corto” lucharon, hicieron suyas las
promesas de Octubre y la aplicaron siempre “a su manera”,
obviamente como el punto de partida –y no como el final- de algo
nuevo.
Octubre 1917: Combates por la historia (de la revolución)
Octubre 1917: El derecho a la revolución