Octubre 1917: La “culpa” de Lenin
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Hoy en día se recurre a pretendidas “novedades” que “confirman” que no existían diferencias de fondo entre Lenin y Stalin. Ahora se “descubren” unos “cadáveres en el armario” del primero gracias al general Dmitri Volkógonov. “Yo era leninista” dijo en una entrevista, y como tal sirvió con Stalin, y se convirtió en uno de los historiadores oficiales de Breznev, Gorbachov, y Yeltsin, sucesivamente. Entre sus grandes aportaciones se encuentran panfletos contra Soljenitsin y contra Sajárov, al que trató entre otras cosas de “desecho moral y basura social”.

Con Yeltsin, descubrió 3.724 documentos guardados en secreto. Entonces, dijo, “sufrí la más grande conmoción de mi vida”. Sin embargo, nada de lo que aportan dichos documentos altera básicamente algo que Trotsky, Deutscher o Carr, ya sabían: que, obsesionado porque la revolución no fuera destruida, Lenin puso un fuerte énfasis en las medidas represivas, algo que puede justamente espantar, pero a condición de que no se olvide de que se trataba de vida o muerte, y luego, en “nombre” de quién o de qué se habla.

Seguramente la más importante de estas medidas represivas fue la que afectó a la familia zarista. Una medida sangrienta que Volkógonov relaciona con citas y expresiones jacobinas de Lenin. Estas medidas también afectaron a disidentes de izquierdas, en particular a anarquistas y social-revolucionarios (él mismo sufrió las consecuencias de las acciones de éstos, un atentado que aceleró su muerte). Evidentemente, no se trata de dar por buena esta actitud, aunque se puede “comprender” ante los dilemas planteados por la guerra civil, en la que los “blancos” y sus apoyos occidentales no utilizaron precisamente métodos democráticos o humanistas.

Ahora parece evidente que Lenin “torció demasiado el bastón” hacia el reforzamiento del Estado, cuando, en consonancia con sus propios escritos de 1917 tendría que haberlo hecho hacia los soviets. Esta es, claro está, una de las grandes discusiones entre las izquierdas. Pero en modo alguno permite sentenciar sobre la “crueldad” innata e inicial. Octubre no quiso pasar a la historia como una las tentativas revolucionarias fracasadas, que acababan a sangre y fuego. Entre otras cosas, Lenin había leído detenidamente la Historia de la Comuna, de Olivier P. Lissagaray.


Octubre: revolución o dictadura militar terrateniente

Se trata de juzgar un tiempo tan terrible como el que rodea la Gran Guerra y unas circunstancias nacionales tan específicas como las rusas por el rasero occidental de la democracia, ententida ésta como una exclusiva del sistema liberal capitalista fuera de toda sospecha. Sin embargo, la realidad es que la revolución rusa no se enfrentó a una democracia. Se enfrentó primero a una autarquía que no había mostrado la menor capacidad de reforma y que estaba estrechamente ligada a los terratenientes cuyas tierras consideraban suyas los campesinos.

Luego se enfrentó a un gobierno provisional que fue entronizado para poner en práctica lo que no quería hacer. La “democracia” de febrero fue absolutamente incapaz de dar la tierra a los campesinos y de acabar con la guerra. Dependía más del compromiso con los terratenientes y con Gran Bretaña que del pueblo. Por otro lado, la revolución fue, ante todo, fruto de la participación activa de toda la población, incluyendo los sectores sociales más reacios a tomar la palabra.

Revolución popular, no golpe de estado

Cuando superaron la crisis de julio, los bolcheviques llegaron a constituir desde el 45% hasta el 65% de los delegados al congreso de los Soviets cuya representatividad era imperativa, directa, y no delegada.

No hay duda de que, de no haber contado con un apoyo social tan extraordinario, una revolución surgida de un puñado de agitadores, de un complot minoritario, apenas si habría ocupado una página en el libro de la historia y, por supuesto, no habría superado la guerra civil. No debería de resultar tan minoritaria cuando inmediatamente después se sucedieron movilizaciones, huelgas generales y crisis revolucionarias desde Hungría hasta Sudáfrica. Entre 1918 y 1923 tienen lugar en Alemania tres crisis revolucionarias, y en un año el partido comunista alemán llega a cambiar su dirección mediante el debate hasta en cinco ocasiones.

Este impulso revolucionario horizontal se haría sentir todavía a lo largo de los años veinte, a pesar de los estragos de la guerra, del cerco internacional, de las penurias derivadas de la destrucción de los principales soportes industriales, del atraso secular. Se respira a través de las tentativas pioneras en el ámbito de las transformaciones en las formas cotidianas de vida: en las reformas escolares y pedagógicas, y el desarrollo de una legislación familiar claramente feminista, en la invención artística, gráfica, teatral y cinematográfica, en la ebullición de proyectos, de recitales callejeros. Y en los debates políticos cuya riqueza y trascendencia se nos quiere escamotear como si las escobas que barrieron a Stalin o Ceauşescu pudieran servir para todas las voces que durante el “siglo corto” lucharon, hicieron suyas las promesas de Octubre y la aplicaron siempre “a su manera”, obviamente como el punto de partida –y no como el final- de algo nuevo.