Octubre 1917: El derecho a la revolución
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   Pepe Gutiérrez

Aunque sea desde una perspectiva muy diferente a la de otras épocas, para un acontecimiento como la revolución de Octubre no son necesarios los pretextos conmemorativos para dedicarle una atención. De una manera u otra sigue estando al “orden del día”, aunque sea como la última tentativa de alternativa al sistema capitalista. El hecho es que, a pesar de su derrota, todo el mundo continúa concediéndole una gran importancia. De ahí la ingente bibliografía que sigue produciendo, en medio de la cual sobresale el soberbio trabajo de Moshe Lewin, El siglo soviético (Crítica, Barcelona, 2006), imprescindible para poner en orden las aportaciones de los clásicos marxistas del siglo XX.

La negación de la revolución se ha establecido como un paradigma, y se ha erigido en un prerrequisito para "salir en la foto". De hecho, el “nuevo orden” neoliberal le concede una especial trascendencia –negativa- por esa misma razón de alternativa derrotada, compendio de todos los males, superando el estigma, largo tiempo infranqueable, del nazismo-fascismo.

El revisionismo histórico neoliberal

Como todo "nuevo orden", el neoliberalismo se ha creado una historia oficial a la medida. En los momentos de mayor virulencia, se proclamaba el fin, no ya del comunismo, sino de la misma historia. Sobre el campo desolado de la derrota, Fukuyama se atrevió a escribir que el marxismo-leninismo, la doctrina que se consideraba inherente a la alternativa derrotada, había quedado reducida a una especie cultivada en lugares tan exóticos y testimoniales como la República Centroafricana, o en algunas de las universidades norteamericanas de la Costa Este.

Como era de esperar, ahora son los vencedores los que dictan la historia. En un panorama desolador en el que la izquierda o bien ha dejado de serlo o ha perdido toda ilusión y se ha retirado hacia la privacidad -cuando no carece de capacidad de reacción más allá de los circuitos insumisos-, el emblema de la revolución rusa ha cambiado de base. Ahora se blande como un antimodelo. Esto significa un cambio radical con el lugar que 1917 ocupó durante los años veinte y treinta, y ulteriormente en los años agónicos de la dictadura franquista. En esos tiempos, 1917 fue un referente incuestionablemente desde cualquier punto de vista popular.

En un período y otro, los libros sobre la revolución formaron parte de las bibliotecas ilustradas, y solamente los más reaccionarios se atrevían a cuestionarla en su totalidad. Durante los setenta se agota prácticamente todas las opciones comprensivas de la revolución, y en la mitad de los ochenta, la enciclopédica obra de E.H. Carr todavía era recibida con un respeto que unos pocos años después resultaría absolutamente impensable. Esta obra viene a ser algo así como la culminación de un combate en dos frentes: contra las amputaciones de todo tipo efectuadas desde la derecha, pero también contra las groseras deformaciones de la “historia oficial” estalinista.

Fueron muchos los testimonios y los autores que realizaron en todo este tiempo aportaciones de valor. Sin embargo, pocas comparten la primera línea que nos lleva desde Trotsky en su destierro en Prinkipo hasta las "vidas paralelas” y los análisis del Deutscher. Son pues una parte central de una auténtica pirámide de obras en las que la perspectiva histórica situaba la “cuestión comunista” más allá del dilema básico de la guerra fría, y se entendía como un riguroso balance crítico necesario para abordar las nuevas tentativas de búsqueda de alternativas socialistas liberadoras.

Con este cambio de base, ahora resulta que del árbol caído del “comunismo” se ha ido extrayendo munición contra todo lo que se mueve a la izquierda, últimamente apuntando hacia al altermundialismo como ya se había hecho contra la marcha de los indígenas zapatistas, o más localmente contra el auge electoral de cualquier expresión de una izquierda no domesticada. En estos casos, la referencia al “comunismo” o al “leninismo” actúa como advertencia, en particular hacia los intelectuales incautos que todavía quedan. De lo que se desprende que para la restauración conservadora se trata no solamente de descalificar un “ismo” que, según sus cálculos, arruinó la marcha “democrática” del siglo pasado, sino, y ante todo, de ajustar las cuentas con “la revolución “de una vez por todas.

 El lastre del Estalinismo

El hecho de que estas conclusiones sumarísimas se hayan apoderado incluso del escenario “militante” no se debe a una mera moda denigratoria de la que existen antecedentes desde el día de la toma del Palacio de Invierno. Son el producto de la hecatombe final del estalinismo, un sistema que había acabado con Octubre hacía décadas y cuyas aberraciones totalitarias, junto con la extrema corrupción de sus instituciones burocráticas, llegaron a exasperar incluso a los que, teóricamente, fueron sus principales beneficiarios: los trabajadores.

Esta descomposición provocaría una cascada de caídas en las que las aberraciones más grandes, como la de Ceauşescu o “Sendero Luminoso”, se amalgaman groseramente con movimientos cuya influencia y dignidad los sitúan en otro planeta. Pero la consecuencia general ha sido la desaparición de toda clase de expectativas, desde la que podía haber iluminado la caída del régimen del “apartheid” en Sudáfrica hasta una modesta movida feminista o insumisa en cualquier rincón del “mundo libre”.

Esta ha sido la consecuencia cotidiana más evidente de una hecatombe de que sí existe un antecedente en el siglo XX. es justamente la crisis de legitimidad del sistema liberal capitalista que duró desde la Gran Guerra hasta el “crack” de 1929. Un período de convulsiones sociales extremas en el que se inserta la revolución de Octubre, y que finalmente, obliga al capitalismo a una operación de supervivencia que pasa por desprenderse de su “espontaneidad” liberal y establecer las condiciones de lo que se ha llamado el “Estado del Bienestar”.

En aquel contexto, todo indicaba que el socialismo era la única alternativa, y esta fue una ilusión para millones de desheredados y a toda clase de inconformistas que no expresaban una “idea”, sino una necesidad apremiante. Sin embargo, si bien las necesidades apremiantes han sido atenuadas en Occidente gracias a este “Estado del Bienestar”, estas necesidades se han acentuado en gran parte del mundo.

Revolución o barbarie

Y esta es la cuestión de las cuestiones: ecológica, moral y socialmente, el triunfo del neoliberalismo ha resultado un desastre para la humanidad. El modo de vida norteamericano es insostenible, y la derecha se niega a tomar hasta las medidas más moderadas. Instituciones como el Banco Mundial tienen que informar que el número de pobres se ha multiplicado por veinte en la Europa del Este y la antigua URSS. Otras como la ONU se atreven a denunciar que el número de pobres se ha duplicado desde 1974. Continentes enteros como África son considerados como “desechables” por las grandes multinacionales que cada día concentran mayor parte del “pastel”, y condenan a la miseria y a las fugas migratorias a países enteros que, como Argentina, antaño eran “tierra de promisión” y no sabían lo que era el hambre. Como declara Pere Casaldáliga, el “capitalismo no sólo no tiene corazón, tampoco tiene cerebro”.

Ahora es el fracaso rotundo del neoliberalismo lo que está marcando un nuevo curso de la historia. Un curso que justo acaba de comenzar.