Las políticas represivas y securitarias actuales y el pretexto de "la lucha contra el terrorismo"
Mariona Ferrer
La creciente criminalización
de los movimientos sociales y de la izquierda anti-capitalista que se
está produciendo en el conjunto del Estado español va acompañada
por un aumento de la represión policial y de la vulneración de los
derechos y libertades de los ciudadanos, hechos que forman parte tanto
de las particularidades propias de nuestra sociedad como de un fenómeno
de alcance global. Las políticas represivas, contrainsurgentes y
securitarias se han generalizado en toda la Unión Europea bajo el pretexto
de "la lucha contra el terrorismo global". Para asegurar la
hegemonía del capitalismo neoliberal se lucha contra los movimientos
sociales que puedan plantear una alternativa real al sistema neoliberal.
Terrorismo, crimen global, manifestación violenta de los antisistema
... éstas son algunas de las palabras que, a través de los grandes
medios de comunicación de masas, ciertos sectores de la ciudadanía
van asumiendo como expresiones de un "peligro" contra el cual
hay que luchar. Se producen discursos legitimadores para facilitar las
actuaciones policiales y represivas: la "guerra contra el terrorismo".
Los grandes medios de comunicación transmiten visiones catastrofistas
y atemorecedoras para que la ciudadanía acepte el incremento de la
seguridad y el control policial. Y para que acepte también, o vea como
necesaria, la represión policial.
Todo esto puede ser definido como una “construcción social de miedo”,
como un mecanismo para legitimar la represión y el control social,
buscando el consenso de sectores de la población respecto de estas
actuaciones. Es un fenómeno cada vez más generalizado en el discurso
de los grandes medios de comunicación. Medios que, como ya sabemos,
forman parte de las grandes corporaciones y poderes económicos y que,
por lo tanto, reproducen el sistema de dominación actual. Este discurso
mediático del miedo se está arraigando en el conjunto del Estado español
y con él se pretende la criminalización de los movimientos sociales
y grupos de izquierda anti-capitalista, que utilizan las acciones de
protesta como un repertorio más de su estrategia de acción.
En el caso catalán,
lo peor es que esta criminalización mediática de la disidencia social
y política va unida a un uso mayor de la represión contra los movimientos
sociales contestatarios y alternativos por parte de las autoridades
policiales (dirigidas por una Consejería del Interior y por un gobierno
tripartito teóricamente "progresistas"...). Un ejemplo reciente
de esta situación ha sido la fuerte represión por parte de los Mossos
d'Esquadra de la manifestación del pasado 17 de noviembre, convocada
por diferentes colectivos de la izquierda radical en Barcelona, como
protesta por el asesinato del joven antifascista en Madrid, (ver el
artículo en la p. ??).
Sin embargo, tenemos muchos más casos cercanos: la actuación represiva
por parte de la policía autonómica después del asunto de Núria Pòrtulas,
el secuestro de manifestaciones anti-represivas como la del 17 de junio
o la del 29 de septiembre, las detenciones a raíz de la quema de fotos
del Rey, el episodio del "kubotán", etc. La misma ordenanza
cívica del ayuntamiento de Barcelona plantea claros límites a la libertad
de expresión y de uso del espacio público para la denuncia social.
Una de las cosas que tienen en común todos estos casos es la represión
del derecho, recordemos, constitucional, de manifestar y expresar las
diferencias ideológicas. A nivel estatal, la persistencia del conflicto
vasco y la acción armada de ETA se utilizan para aprobar legislaciones
antiterroristas que vulneran los derechos básicos de la ciudadanía
(entre otros, la reforma del PP del Código Penal alargando penas a
40 años, la Ley de Partidos, el cierre de periódicos, etc.).
Ahora bien, esta situación de indefensión ciudadana ante la imposibilidad
o dificultad de ejercer los derechos de manifestación, de expresión
o de asociación no es exclusiva de la realidad estatal, aunque en cada
sociedad tenga particularidades propias. Esta política de prohibición
y de supresión, con el uso de la fuerza si hace falta, se tiene que
situar en un contexto mucho más global que se caracteriza por la extensión
de las políticas represivas, contrainsurgentes y securitarias en todo
el mundo y, muy en particular, en la Unión Europea y en los Estados
Unidos después del atentado del 11 de septiembre del 2001: "la
lucha contra el terrorismo global".
Obviamente, las democracias liberales capitalistas más "adelantadas" no son los únicos territorios que sufren esta oleada de políticas. No obstante, es importante destacar la importancia de este fenómeno en estos contextos, porque estos Estados ejercen como "modelos paradigmáticos" de la democracia representativa y capitalista que defienden. Y teóricamente una de sus características de legitimación es que la ciudadanía tiene derecho a participar en los asuntos públicos. Por lo tanto, si estos mismos Estados limitan la posibilidad de ejercer los derechos y libertades fundamentales de los y las ciudadanos, el modelo de referencia se convierte en "no democrático".
Las políticas represivas y securitarias actuales en Europa
En Europa, la lucha contra el terrorismo y la creciente importancia
de las políticas de ámbito comunitario y de las relaciones intergubernamentales
de la UE, facilitan la aplicación de políticas represivas y policiales
muy restrictivas.
Desde mediados de los años 70, se empezó a producir una creciente cooperación policial en Europa que culminará, más adelante, con la instauración de una autonomía policial a nivel supranacional, el desarrollo de la EUROPOL (policía europea) y la creación de una unidad antiterrorista dentro de ésta.
Además, desde los 90, se han ido poniendo en funcionamiento grandes
bases de datos y sistemas de información (Sistema de Información de
Schengen, SEIS) que facilitan el control policial transnacional de los
ciudadanos comunitarios y de los inmigrantes. Huelga decir que tales
sistemas vulneran los derechos a la intimidad y a la protección de
datos. También se ha aprobado la “decisión marco sobre el arresto
europeo”, que permite la extradición inmediata de detenidos al Estado
emisor de la orden de arresto.
Se han ido aprobando
reglamentos y normas intergubernamentales en materia de seguridad y
control fronterizo, pero sin desarrollar en forma suficiente la legislación
comunitaria. Eso facilita la arbitrariedad de la policía y provoca
la indefensión de los ciudadanos. Pensemos que, independientemente
de la valoración que hacemos de nuestro sistema judicial, normalmente
las acciones policiales en los Estados miembros están controladas,
en teoría al menos, por los magistrados. A nivel europeo, no. Se actúa
fuera de los límites jurisdiccionales de los Estados miembros, en un
contexto de ambigüedad legal- por falta de legislación europea-que
facilita la actuación de la policía.
Los reglamentos
y acuerdos se establecen en encuentros informales o desde los poderes
ejecutivos de los Estados-miembros fuera del control democrático de
la ciudadanía. Se produce una falta de transparencia, deliberación
y debate sobre estas políticas ante la opinión pública. Y el parlamento
europeo no tiene capacidad legislativa sobre muchas de estas medidas
ni siempre es informado. Pero tampoco lo son los parlamentos de los
Estados-miembros. De esta manera, se escapa al control de los poderes
legislativo y judicial que son la base de la división de poder del
modelo constitucional moderno. (Sabemos que en la práctica no es exactamente
así; pero en este caso tenemos una contradicción flagrante con su
propio modelo).
Dos fechas importantes se pueden destacar en el marco de la política
securitaria y represiva europea: La primera, el 13 de junio del 2001,
momento en que el Consejo de Europa establece la “orden de detención
europea” que sustituye los procesos de extradición (que eran más
garantistas en términos de derecho y permitían más alegaciones por
parte de la defensa de la persona encausada). Y todo eso se realiza
sin control democrático. Casi no existen controles jurídicos y el
parlamento europeo no tiene control de la situación. La EUROPOL puede
emitir “órdenes de detención europeas” con informes de los servicios
de información prácticamente inculpatorios.
La segunda fecha clave es el 13 de junio del 2002, con la aprobación
del Reglamento del Consejo Europeo que acerca las legislaciones antiterroristas
de los Estados y da también capacidad para organizar equipos internacionales
y órdenes de detención europeos. Dentro de la definición de “terrorismo”
de este reglamento se puede incluir aquellas situaciones que puedan
crear desestabilización del poder económico y político. Se amplía
la definición de aquello que es terrorismo de manera que se puede criminalizar
formas de oposición más radicales. Entre éstas, algunos mecanismos
de protesta típicos del movimiento obrero (pensamos en el caso reciente,
en el Estado español, del encarcelamiento y la apertura de diligencias
judiciales contra los sindicalistas asturianos Cándido y Morala).
Se deja abierta la posibilidad de que puedan ser consideradas “terroristas” acciones tales como las ocupaciones de edificios, cortes de tráfico, rotura de escaparates, el intento de interrumpir un acto o una cumbre internacional, huelgas de trabajadores, etc ... Entre otros supuestos encontramos, literalmente, "causar destrucciones masivas a una instalación gubernamental o pública, un sistema de transporte, a una infraestructura, incluido un sistema informático, a un lugar público o a una propiedad privada susceptible de poner en peligro vidas humanas o producir pérdidas económicas considerables", o la amenaza de realizar alguno de estos actos. Todo eso da pie a la interpretación subjetiva más amplia, que puede llegar a la arbitrariedad de los poderes públicos. Además, no sólo los individuos pueden ser penalmente responsables, sino también las personas jurídicas, es decir, las organizaciones.
La criminalización
de los movimientos sociales y de la izquierda anti-capitalista
La criminalización cada vez más extendida de la inmigración permite
un mayor control de las fronteras. Se limitan cada vez más los derechos
de los refugiados y de los solicitantes de asilo, así como la entrada
de inmigrantes, mediante la construcción de barreras físicas (como
los muros gigantes de Ceuta y Melilla, equipados con toda una serie
de accesorios para hacer daño) y la presencia policial en las fronteras
y en los aeropuertos. De esta manera, también se puede controlar mejor
la movilidad de los activistas de movimientos sociales (en particular,
en las cumbres de organismos internacionales, foros sociales, grandes
manifestaciones del movimiento antiglobalización, etc.). En las cumbres
internacionales del G-8, del OMC, se crean "zonas rojas" de
seguridad, se suspenden los decretos que regulan la libre circulación
de ciudadanos y se apunta a los activistas en "listas negras".
Y todo eso va acompañado de un discurso de lucha contra la delincuencia
y la contestación social, en el cual a menudo los movimientos sociales
son equiparados con el crimen organizado, legitimándose así el derecho
de reprimirlos. Se puede entender esto como una reacción a la demostrada
capacidad de movilización transnacional de los movimientos sociales
desde Seattle y Praga hasta Génova o Barcelona, mediante el uso
de nuevas y efectivas tácticas de desobediencia civil.
Se quiere construir
la imagen de que las alternativas al capitalismo neoliberal son antidemocráticas.
Y de esta manera impedir que la izquierda anticapitalista y el movimiento
antiglobalización consigan movilizar a franjas más amplias de la ciudadanía.
El uso de conceptos como "radicales", "antisistema",
etc. no es neutro. Lo tenemos que situar en un proceso de criminalización
de la disidencia por parte de las clases dirigentes que ven el peligro
de que los sectores que apuestan por la transformación y el cambio
radicales avancen. Y de aquí, los pretextos como la lucha terrorismo
y la lucha contra el crimen organizado.
El objetivo general de las políticas represivas y securitarias de la
UE y de sus Estados miembros es asegurar la hegemonía del capitalismo
neoliberal y, por lo tanto, luchar contra los movimientos sociales que
puedan plantear una alternativa real al sistema. Las consecuencias de
estas políticas son, entre otras, la restricción de las garantías
jurídicas de los ciudadanos ante los Estados (la defensa jurídica,
el derecho a la presunción de inocencia, el derecho a la movilidad
por el territorio, la vulneración de los datos personales, etc.). Tenemos
un ejemplo internacional extremo de este tipo de actuaciones en la prisión
de Guantánamo, en la cual la práctica de la tortura se ha llevado
fuera de las fronteras de los Estados y, por lo tanto, fuera del control
jurídico de éstos.
En definitiva, la escalada
actual de recorte de derechos y libertades, conjuntamente con el aumento
del poder policial sin defensa jurídica, podría conducir a la marginalización
de los movimientos sociales. Esta situación, por lo tanto, implica
un nuevo reto de lucha: hay que ser tremendamente beligerantes con las
actuaciones que impliquen arbitrariedad policial y vulneración de los
derechos. Hay que recuperar una cultura de defensa de las libertades
democráticas, en el marco de la cual se denuncien (en algunos casos
también, si es viable, utilizando la vía judicial) el creciente uso
del control policial y de la represión. Ha de combatirse que el derecho
de la ciudadanía a expresar la diversidad ideológica mediante, por
ejemplo, la organización de una manifestación o o la quema unas fotos
del rey, quede limitado.
En este sentido,
haría falta una mayor coordinación entre los diferentes sectores que
componen la izquierda anticapitalista y los movimientos sociales, para
crear una plataforma de denuncia de la creciente vulneración de los
derechos fundamentales y del recorte de libertades que se está produciendo
en nuestra sociedad.
De la guerra fría hasta "la lucha contra el terrorismo global"
El impulso de políticas represivas y securitarias que limitan los derechos fundamentales de la ciudadanía ha formado parte de la estrategia de los gobiernos de los Estados Unidos y de Europa a lo largo del siglo XX. En particular la administración de los Estados Unidos ha venido utilizando estrategias represivas y policiales como arma imperialista para remodelar las relaciones internacionales. Y lo hace también en la actualidad para asegurar la hegemonía de EE.UU. con respecto a otros bloques capitalistas como Europa y China.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en el contexto de la guerra fría
y del enfrentamiento entre los bloques de la OTAN y el Pacto de Varsovia,
los Estados Unidos tenía como objetivo principal convertirse en la
potencia hegemónica y controlar Europa Occidental ante la posibilidad
de que la Unión Soviética acaparara poder fuera de su territorio de
dominación. Al mismo tiempo los gobiernos de Estados Unidos querían
limitar, o anular, las posibles experiencias de izquierda comunista
en Europa Occidental. Entre los medios para hacerlo, la Alianza Atlántica
creó unos "servicios especiales", células de control de
la disidencia en Europa, llamadas “stay-behinds", que escapaban
al control de los Estados europeos. Para formar estas células cooptó
nazis, fascistas y grupos de extrema derecha, que tenían experiencia
en el espionaje y la represión. Estos "stay-behinds" eran
redes ocultas que recogían información, realizaban actos de sabotaje
o propaganda contra la disidencia, etc.
En los años 70 se volvieron a reactivar las políticas represivas y securitarias como reacción a los movimientos contestatarios de tipo estudiantil, anti-nuclear, pacifista, etc. Dichos movimientos utilizaban los mecanismos de protesta y la desobediencia civil para hacer oír sus demandas. La fuerte represión a partir de los años 70 se ha de situar también en un contexto de contrarrevolución liberal, cuyo objetivo fue limitar las mejoras sociales que había conseguido el movimiento obrero y popular durante los años 50 y 60.
Un nuevo proceso de reactivación de las políticas represivas y anti-insurgentes
se produjo a partir de los años 80 y 90, en el marco de las nuevas
políticas neoliberales y privatizadoras. Éste ha alcanzado su máxima
intensidad después de los atentados del 11 de septiembre del 2001.
Las políticas represivas y policiales se han incrementado bajo el pretexto
de "la lucha contra el terrorismo global", aunque existen
indicios que señalan que tales aumentos ya eran un objetivo antes de
los atentados. Los poderes políticos de las democracias liberales han
utilizado el atentado como justificación para recortar derechos fundamentales
y aumentar el control y la represión policial en el seno de sus países,
en sus frontera e incluso fuera de éstas.
















